El pasillo se abrió como un párpado que despierta.
Una luz suave cruzó el corredor,
no cálida,
no fría,
solo presente.
Como si el Camino quisiera confirmar
que Syra había dejado atrás algo que —por fin—
podía morir.
Syra avanzó despacio.
Cada paso tenía un eco corto,
un retorno breve
que no se extendía más allá de un par de metros.
Era la resonancia de alguien que ya no caminaba acompa?ado
por aquel silencio impuesto que antes lo seguía a todas partes.
Por primera vez en mucho tiempo,
el vacío no sonaba a amenaza.
Sonaba a espacio.
A posibilidad.
El Camino descendió en una curva suave
y allí encontró una sala circular.
No había figuras.
No había ecos.
No había sombras.
Solo un cuenco de piedra en el centro,
y dentro de él,
un espejo de agua perfectamente quieta.
Syra se detuvo en el borde.
El líquido no reflejaba la luz del entorno.
Reflejaba solo una cosa:
él mismo.
No su reflejo exacto.
No su imagen presente.
Reflejaba todas sus edades superpuestas.
El Syra que lloraba sin entender por qué.
If you encounter this narrative on Amazon, note that it's taken without the author's consent. Report it.
El Syra que solo asentía cuando le daban órdenes.
El Syra que tuvo miedo de hablar.
El Syra que se odiaba por no poder proteger a nadie.
El Syra que se creyó vacío.
El Syra que encontró a Ashryel.
El Syra que eligió seguir vivo aun cuando dolía.
Todos estaban ahí.
No como fantasmas,
sino como capas.
Una sobre otra.
Unidas.
Syra sintió un tirón en el pecho.
No doloroso.
No cómodo.
Solo honesto.
Acercó la mano al agua,
pero el reflejo habló antes de que pudiera tocarla.
—Ese no fue tu primer nombre.
La voz era la suya,
pero más joven,
más rota,
más callada.
Syra bajó la mano.
—Lo sé —respondió.
La superficie se agitó sin romperse.
—Te lo quitaron antes de que entendieras lo que significaba tener uno.
Syra cerró los ojos un segundo.
Recordó algo discontinuo,
una frase que nunca había sido suya
pero que lo había definido durante a?os:
Abrió los ojos.
—Pero ahora sí lo entiendo —dijo.
La voz dentro del agua respondió:
—Entonces dime…
?cómo te llamas?
Syra respiró hondo.
No era un acto ritual.
No era una muestra de valentía.
Era un reconocimiento:
había caminado demasiado lejos
para seguir temiendo la respuesta.
—Syra —dijo, despacio, firme—.
Me llamo Syra.
El agua se estremeció
como si todo el Camino contuviera el aliento.
Su reflejo cambió.
Las capas se estabilizaron,
dejando solo una figura:
él mismo.
El de ahora.
El que había sobrevivido.
—Ese es tu nombre —respondió la imagen—.
No el que te dieron.
No el que te quitaron.
El que elegiste.
Syra levantó la mirada.
Algo detrás del cuenco se abrió,
una puerta sin marco,
de luz tenue,
como un latido tranquilo invitándolo a continuar.
Pero antes de cruzarla,
Syra volvió a mirar el agua.
Su reflejo no dijo nada.
Solo lo miró con una expresión que jamás había tenido:
orgullo.
No orgullo por poder.
Ni por fuerza.
Orgullo por existir.
Syra dio un paso hacia adelante,
cruzó la puerta en silencio
y el Camino cambió de tono.
Había superado la primera parte del juicio de la culpa.
Lo que venía ahora
no buscaba romperlo.
Buscaba saber si podía sostenerse.

