El pasillo que siguió no era recto.
Era un laberinto silencioso,
hecho de esquinas demasiado estrechas
y corredores que parecían cambiar de longitud
cuando Syra dejaba de mirar.
No era desorientación.
Era intención.
El Camino quería que caminara sin referencias externas.
Las marcas ardían con un calor tenue, no doloroso,
como si le recordaran que, aunque estuviera solo,
no estaba vacío.
Syra respiró despacio
y cruzó el siguiente umbral.
El espacio que encontró
no era oscuro.
Tampoco luminoso.
Era un lugar donde la luz estaba incompleta.
Fragmentos de brillo colgaban en el aire,
como restos de un amanecer que alguien intentó recordar
pero no logró terminar.
Allí, entre parpadeos de claridad rota,
había más figuras.
Cuatro.
Cinco.
Quizá seis.
Todas humanas en forma,
pero ninguna completa.
Algunas tenían brazos sin manos.
Otras, rostros sin boca.
Una tenía piernas que no tocaban el suelo,
flotando como si aún buscara aprender a caminar.
Syra se tensó.
Estas no eran como la del capítulo anterior.
No lo observaban.
Lo ignoraban.
No por desprecio,
sino porque estaban atrapadas en un acto repetido.
Los fragmentos hablaban,
pero sus voces se apagaban antes de llegar al final de cada frase:
—Si hubiera…
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—No fue…
—Yo quería…
—No me dejaron…
—Pensé que…
—Tenía que…
Silencios.
Inmensos silencios.
Cada uno cayendo como un golpe.
Syra reconoció la sensación:
estas eran las versiones de él mismo
que nunca terminaron lo que quisieron decir.
Lo supo al instante.
El Camino no mostraba portadores pasados.
Mostraba .
Los que se tragó.
Los que se guardó hasta que se hicieron nudo.
Los que pesaron más que la culpa misma.
Las figuras repetían sus frases incompletas
como si estuvieran condenadas a ese ciclo
hasta que alguien terminara por ellas.
Syra dio un paso.
Y otro.
Cuando pasó cerca de una de ellas,
escuchó claramente:
—Yo…
no… quería…
La figura tenía el brazo extendido,
pero le faltaba la mano.
Como si hubiera querido pedir algo
y nunca se permitió hacerlo.
Syra se detuvo a su lado.
No habló de inmediato.
Las palabras no se regalan a la fuerza.
Se entregan cuando pesan lo suficiente.
Finalmente dijo:
—…dolerte.
La figura tembló.
El brazo incompleto se volvió polvo fino
y se deshizo.
No murió.
No desapareció como Aelian.
Simplemente cesó
como si por primera vez
alguien hubiera terminado la intención
que ella no pudo.
Syra sintió un pinchazo en el pecho,
leve pero profundo.
Siguió avanzando.
La segunda figura susurró:
—Nunca…
quise… ser…
Syra cerró los ojos un instante,
y respondió:
—…una carga.
La figura se desmoronó suavemente,
como si descansara.
La tercera murmuró:
—No sé…
si puedo…
Syra, con la voz apenas audible:
—…seguir así.
Otro silencio liberado.
Otra pieza suelta que aprendió a dejar de pesar.
Syra llegó a la última figura.
La más peque?a.
Una forma del tama?o de un ni?o,
sentada con las rodillas recogidas.
Su voz era apenas un hilo:
—Yo solo quería…
Syra se agachó.
No para hablar desde arriba.
Sino para estar a la misma altura
de quien alguna vez tuvo miedo de pedir algo tan simple
que dolía admitirlo.
Y completó:
—…que alguien me escuchara.
La figura dejó caer la cabeza hacia adelante
y se desarmó en un suspiro peque?o,
casi agradecido.
Las luces incompletas del espacio
parecieron reorganizarse,
como si un rompecabezas emocional
hubiera encontrado algunas de sus piezas.
Syra se incorporó lentamente.
No estaba ileso.
Cada frase terminada le había abierto un sitio
que él mismo había mantenido cerrado durante a?os.
Pero había algo nuevo en su postura.
Un tipo de quietud que no era silencio negativo,
sino silencio lleno.
El Camino se abrió frente a él,
reconociendo el avance.
Syra dio un paso.
La culpa había empezado a hablar.
Y por primera vez en su vida,
él no la estaba callando.

