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Capítulo 50 — El Eco Que No Era Ajeno

  El pasillo que siguió no era largo,

  pero tenía una cualidad extra?a:

  cada vez que Syra avanzaba,

  el aire parecía hacerse más espeso,

  como si caminara dentro de un recuerdo húmedo.

  La luz se volvió azulada,

  luego más profunda,

  casi como si descendiera hacia el fondo de un lago

  que aún no sabía que estaba allí.

  No había sonido.

  Pero sí había una sensación:

  No detrás.

  No al lado.

  Dentro.

  Syra siguió andando hasta que el corredor se abrió en un punto amplio, casi vacío.

  El suelo estaba cubierto de una fina capa de polvo oscuro

  que se movía con cada respiración,

  como ceniza suspendida en tiempo lento.

  En el centro del lugar

  había una sola figura.

  No era una silueta,

  ni un espectro,

  ni un eco distorsionado del valle.

  Era algo peor.

  Porque era casi humano.

  Casi completo.

  Casi vivo.

  Pero no tenía rostro.

  Solo una superficie lisa,

  como si alguien hubiera borrado toda expresión,

  toda identidad,

  todo pasado…

  dejando únicamente la forma

  de lo que alguna vez quiso existir.

  Syra se detuvo.

  El cuerpo sin rostro no se movía.

  Pero su mera presencia alteraba el aire

  como si desplazara más realidad de la que debería.

  Syra sintió un tirón en el centro del pecho,

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  una presión

  no física

  sino emocional.

  Una presión que reconoció.

  Porque era la misma que sintió

  cuando se negó a sí mismo

  por primera vez.

  La figura inclinó la cabeza.

  El gesto era imperfecto,

  como si imitara algo que jamás había aprendido del todo.

  Y entonces habló.

  No con voz,

  no con sonido,

  sino con un pensamiento que no venía del exterior:

  —No sigas…

  Tú no estás listo.

  Syra no retrocedió,

  pero sí bajó los hombros apenas,

  como alguien que escucha una frase demasiado familiar.

  —Tú no decides eso —respondió.

  El cuerpo sin rostro dio un paso, lento,

  y cada movimiento parecía arrastrar

  un peso que no tenía origen físico.

  —Volverás a fallar.

  Como antes.

  Como siempre.

  Las palabras entraron como agujas finas,

  no por su agresividad,

  sino por su precisión.

  Eran palabras que Syra había pensado tantas veces

  que ya no recordaba cuándo habían empezado a doler.

  —No estoy aquí para repetir nada —dijo Syra.

  La figura se acercó un paso más.

  Ahora estaba lo bastante cerca

  para que Syra sintiera que aquella forma vacía

  había sido moldeada a partir de él mismo.

  De lo que había descartado.

  De lo que creía muerto.

  —Yo soy… lo que dejaste atrás.

  El aire se tensó.

  Syra sintió cómo las marcas en sus brazos

  reaccionaban al tono de esa presencia.

  No como alarma,

  sino como un reconocimiento involuntario.

  La figura extendió una mano incompleta,

  como si cada dedo intentara recordar la forma correcta.

  —Si avanzas…

  tendrás que cargar conmigo otra vez.

  Syra observó esa mano.

  Era la suya.

  Era la que tembló tantas veces cuando quiso hablar.

  Era la que aprendió a cerrarse para no pedir ayuda.

  Era la que guardó silencio incluso cuando dolía.

  Syra cerró los ojos un segundo.

  Respiró.

  Y cuando habló,

  no lo hizo con desafío.

  Ni con rabia.

  Lo hizo con algo mucho más difícil:

  honestidad.

  —No vine a deshacerte.

  Vine a entenderte.

  La figura tembló.

  Como si esa simple frase

  la hubiera fracturado.

  Syra avanzó dos pasos más.

  —Si voy a cargar contigo…

  entonces quiero saber por qué existes

  No hubo respuesta.

  Pero el cuerpo sin rostro retrajo la mano,

  la escondió contra su pecho,

  como alguien que teme ser visto.

  Syra extendió la suya.

  No para tocarlo.

  Para decir sin palabras:

  Entonces ocurrió algo suave.

  La figura retrocedió,

  lentamente,

  y se deshizo en fragmentos de sombra

  que no huían,

  sino que se desarmaban…

  como alguien

  que finalmente podía descansar.

  Syra quedó solo otra vez.

  Pero el aire ya no pesaba igual.

  Había dado el primer paso

  en el juicio de la culpa profunda:

  mirarse sin huir.

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