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El Yunque de Latón

  —?Seguro que está bien, Gustab? —la voz de Eril sonó en el aire viciado de la habitación como un cruce agónico entre el llanto de un ni?o y el susurro de un muerto.

  —Que sí, joder. Por décima vez, sí —respondí sin abrir los ojos.

  Mantenía los dedos apretados contra el puente de mi nariz, tratando de contener una migra?a que amenazaba con partirme el cráneo en dos. Habíamos llegado a Leokvaar con las primeras luces del alba, de esas que no iluminan, sino que deslumbran con una crueldad necesaria, exponiendo lo feo, sucio y roto que está todo en este mundo. Por una vez, la suerte decidió no escupirnos directamente a la cara y encontramos una posada abierta. El Yunque de Latón, rezaba un cartel que colgaba de una sola cadena oxidada.

  El due?o estaba demasiado borracho como para fijarse en que nuestro paladín tenía plumas en lugar de barba, aunque la ausencia de su ojo derecho y la catarata del izquierdo probablemente ayudaron a la confusión. Alquilamos dos habitaciones que olían a humedad persistente, a madera carcomida y a los sue?os podridos de todos los miserables que habían pasado por allí antes que nosotros. Pero, al menos, tenían un suelo firme donde caerse muerto. Y en ese momento, eso era un lujo.

  Llegar hasta aquí no fue el mayor de nuestros problemas, el camino desde la carnicería del dragón había sido llano y extra?amente tranquilo. El verdadero problema, el que tenía a Eril al borde de un ataque de nervios, era el equipaje que nos habíamos traído de la haza?a.

  Eril, con esa fijación insana que tienen los nigromantes por no dejar que nada descanse en paz, decidió que abandonar el cadáver del dragón era un desperdicio imperdonable. Tras arrancarle un par de colmillos, escamas del tama?o de escudos y unas garras que podrían servir como arados o lanzas —o mejor dicho, para sacar unas cuantas monedas de oro—, usó su magia para reanimar los restos del bicho. Pero claro, intentar entrar en un pueblo civilizado escoltando a un dragón zombi del tama?o de un barco mercante es la forma más rápida de acabar colgado de una soga mientras la multitud aplaude.

  Ahí es donde mi magia de compresión salvó nuestros traseros.

  —Míralo, Eril. Ahora mismo parece una bola de sebo rancia —dije, se?alando con un gesto vago el bulto negruzco y palpitante que descansaba sobre la mesa de madera—. Está ahí dentro. Todo él. Cada gramo de carne muerta y escama.

  El elfo se acercó, acariciando la esfera con una aprensión casi religiosa. Sus ojos de color platino reflejaban el miedo genuino de quien cree que su juguete favorito va a estallar en su cara en cualquier segundo.

  —Si recupera su tama?o aquí dentro... —murmuró con la voz temblorosa—, no va a quedar ni el recuerdo de esta posada. Ni de nosotros.

  —No se va a despertar porque está muerto, genio. Mi hechizo solo reduce el espacio entre la materia, no el alma... si es que a ese montón de carne le queda algún resquicio de lo que llamamos alma. En cuanto deshaga el nudo del flujo, volverá a su forma original. Muerto, sí, pero muy, muy grande.

  Rintaro, que se estaba despojando de las placas de su armadura con una torpeza impropia de un paladín, alzó su cabeza emplumada y me clavó esos ojos profundos, oscuros como pozos sin fondo.

  —?Se podría hacer con algo... vivo? —preguntó. Pude ver cómo las plumas de su cuello se erizaban ante la mera idea.

  —Es... complicado —admití, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la humedad del cuarto—. Una vez vi a un maestro probarlo con una rata. Fue rápido. La comprimió hasta el tama?o de un guisante. Pero cuando la descomprimió... bueno, supongo que ser aplastado desde todas las direcciones a la vez no es la mejor terapia de relajación. Estaba hecha papilla por dentro. Mi teoría es que es jodidamente doloroso. El cuerpo se dobla por donde no existen articulaciones. Así que diría que no, Rintaro. No es algo que quieras experimentar estando consciente.

  El Tengu soltó un graznido seco que quiso ser una carcajada cargada de ironía, y se desplomó sobre su jergón mugriento como si le hubieran cortado las cuerdas.

  Me quedé solo con mis pensamientos mientras el resto de la habitación se sumía en una sinfonía de ronquidos y siseos. Me acerqué a la ventana, el alféizar estaba frío y cubierto por una capa de mugre que parecía tener vida propia. Me quedé allí, inmóvil, observando cómo Leokvaar bostezaba y despertaba. El mundo tiene esa manía irritante de seguir girando con total indiferencia, aunque tú acabes de estar a un segundo de morir calcinado por un lagarto del tama?o de una casa.

  En ese momento, algo hizo clic en mi cabeza. Giré la vista hacia la mesa donde reposaba la bola de dragón comprimido. Me percaté de que la había subido por las escaleras como si fuera una simple manzana, pero allí dentro, atrapados en esa esfera palpitante, había toneladas de bestia, hueso y escamas.

  Me quedé dándole vueltas un rato, preguntándome si mi magia no solo comprimía el volumen, sino también el peso percibido por la realidad. Decidí que aún había demasiados porqués que no comprendía de mi propio hechizo de compresión, así que me encogí de hombros con un bostezo que me desencajó la mandíbula y devolví mi atención a la calle.

  Vi cómo las lavanderas cargaban sus cestos, vi cómo el humo fino de la herrería se volvía espeso y negro a medida que el fuelle despertaba las brasas, y escuché el murmullo de los primeros lugare?os entrando en la taberna de abajo para ahogar sus penas en cerveza rancia. Cerré los ojos un segundo, apoyado en el marco de madera, escuchando el pulso del pueblo. Solo un segundo...

  Pum. Pum. Pum.

  —Manda a la mierda a quien sea, Gustab... —balbuceó Rintaro desde algún lugar profundo de su inconsciencia, revolviéndose entre las sábanas mugrientas con un chasquido de pico.

  Yo ni siquiera podía moverme con dignidad. Tenía el cuello rígido como un poste y un dolor punzante en la espalda que me recordaba que los humanos no fuimos dise?ados para dormir doblados sobre el marco de una ventana como una silla de tijera vieja. Fue Eril quien, con un suspiro de resignación, se arrastró hacia la puerta.

  La abrió apenas un palmo para inspeccionar el pasillo, pero terminó abriéndola de par en par al reconocer la figura que esperaba fuera. Era Beonir. Nuestro líder no parecía haber dormido ni un minuto, tenía los ojos inyectados en sangre y las ojeras le llegaban a la barba, pero mantenía la espalda tan recta como el mástil de un barco. Murmuró algo ininteligible al elfo y luego clavó su mirada de acero en mí.

  —Tenemos trabajo —soltó, con esa voz de barítono que no admite réplicas ni quejas. Se rascó la barba poblada y a?adió con una mueca que, en él, era lo más parecido a una sonrisa—, Nos vamos a cazar goblins.

  Bajamos al salón común con el hambre clavando sus garras en mis entra?as. Resultó que ya no era temprano, el sol del mediodía golpeaba con fuerza las ventanas manchadas de la posada, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire denso y aceitoso del local. Allí estaban ya los demás, sentados a una mesa larga de madera astillada por décadas de uso, dando cuenta de unos platos que contenían algo parecido a un guiso de legumbres con trozos de carne de procedencia más que dudosa.

  —?Goblins? ?Ahora mismo? —pregunté mientras me dejaba caer en un banco y atacaba un trozo de pan que estaba más duro que la conciencia de un verdugo.

  —Cuando bajé, me topé con un mensajero —dijo Beonir, ignorando mi quejido y se?alando con su cuchara de madera hacia la puerta—. Al parecer, el problema en las cuevas se está volviendo demasiado... costoso para esta gente. Y tenía razón, me ha ofrecido un pago decente, pero con una condición de mierda. Cuanto más tardemos en limpiar el nido, menos oro veremos. Es un incentivo a la eficiencia, o una forma educada de decir que nos demos prisa antes de que los goblins se coman a alguien lo suficientemente importante como para que el presupuesto se agote.

  Asentí mientras saboreaba aquella bazofia. No era comida, era combustible para no morir.

  —Tenemos que irnos ya —a?adió el enano entre bocado y bocado, ignorando mi debate existencial con el pan.

  A él no parecía afectarle el sabor de aquel insulto a la gastronomía, supongo que los estómagos de los enanos están forjados en el mismo material que sus yunques. Los demás, aparentemente, compartían mi asco, lo cual me hizo sentir extra?amente aliviado, al menos no era el único con estándares mínimos. Beonir siguió hablando mientras limpiaba el cuenco con la corteza del pan.

  —Los goblins son vagos por naturaleza, bichos de costumbres fijas. Duermen cuando el sol está en lo más alto y la luz les quema las córneas. Es nuestra mejor oportunidad para pillarlos con la guardia baja y terminar esto antes de que anochezca.

  K’thaar, que hasta entonces se había limitado a observar su plato con un desagrado soberano, soltó un bufido que hizo vibrar las jarras de la mesa y se levantó. Las escamas de su rostro brillaban con un matiz metálico bajo la luz sucia que se colaba por los ventanales.

  —Yo os espero fuera —soltó el draconiano con esa voz rasposa que siempre parece que está arrastrando piedras.

  Aril, el elfo berserker, soltó una carcajada estridente que hizo que un par de lugare?os se encogieran en sus asientos, asustados.

  —?Míralo! ?El lagarto de secano no soporta el olor a guiso barato! —se mofó Aril, ense?ando los dientes manchados de legumbres.

  K’thaar no respondió. Solo le dedicó una mueca lateral, mostrando un par de colmillos afilados como dagas antes de enfilar la salida. Terminamos de comer en un silencio tenso, solo roto por el sonido metálico de las cucharas contra el barro. No era la comida de un rey, pero después de casi morir calcinado, cualquier cosa que no estuviera carbonizada sabía a gloria.

  Antes de salir del pueblo, hicimos una parada obligatoria. Mi espada se había convertido en un amasijo de esquirlas de metal inservibles tras mi experimento de compresión con la flecha del dragón. Y un mago guerrero sin acero es solo un tipo raro con una túnica sucia que reza para que sus conjuros salgan bien, porque si salen mal, no tiene nada que separe su cuello del enemigo.

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  La herrería era un local humeante y ruidoso situado al final de la calle principal, donde el aire vibraba con el martilleo constante. La herrera resultó ser una mujer de brazos anchos y una mirada de pedernal que me hizo sentir especialmente peque?o. Tenía el pelo rojizo, recogido en un grueso nudo tiznado de hollín, y me observó como quien mira a un insecto curioso que acaba de entrar en su territorio.

  —Hola… busco una espada —dije, tratando de sonar profesional y seguro. Como habréis deducido por mi historial, fallé estrepitosamente. Mi voz sonó como la de un adolescente pidiendo permiso para ir al ba?o—. Con empu?adura a dos manos, pero… que no sea demasiado pesada, si es posible.

  La mujer soltó una carcajada seca, un sonido metálico que compitió con el golpe de su martillo sobre el yunque. Me recorrió de arriba abajo con un gesto de burla que me dolió más que el calor del horno.

  —?Que no sea muy pesada? —repitió con un sarcasmo que cortaba—. ?Seguro que no prefieres una daga de costurera, hechicero? El acero pesa lo que tiene que pesar para que no se doble cuando golpeas algo más duro que un melón.

  Sus ojos verdosos se me clavaron como pu?ales. Tragué saliva.

  —?Es para ti, guapete? —preguntó de repente. Asentí al instante, hipnotizado por la forma en que sus labios resecos se fruncían en una sonrisa—. ?Cuál es tu clase?

  La pregunta me pilló desprevenido. A diferencia de mis compa?eros, mi atuendo no era el más identificativo, parecía más un vagabundo con delirios de grandeza que un héroe.

  —Mago… —dije al fin. Al ver que una sombra de duda crecía en su rostro, a?adí rápidamente—, Mago como clase principal, guerrero como secundaria.

  Terminé mi explicación consciente de que mis palabras sonaron más a una disculpa que a una hoja de servicios. Sin embargo, la herrera asintió, soltando un par de risitas cargadas de ironía mientras desaparecía en la trastienda. Al cabo de un momento, salió con una pieza de aspecto funcional. Sin adornos, sin florituras, pero con un filo que prometía soluciones definitivas. La tomé y sopesé el equilibrio. Estaba perfectamente ajustada, aunque mis brazos, todavía débiles por la fatiga, protestaron de inmediato.

  —?Cuánto? —pregunté, intentando ocultar el temblor de mis bíceps mientras comprobaba que la funda de mi antigua espada servía para esta nueva compa?era.

  —Dos piezas de oro y cinco de plata —soltó ella, cruzándose de brazos sobre su peto de cuero—. Si puedes con ella, claro…

  Solté un gru?ido de descontento que me salió del alma. Dos monedas de oro y cinco de plata... Teniendo en cuenta que diez de plata hacían una de oro, me estaba pidiendo una peque?a fortuna para el estado actual de nuestra bolsa, que estaba más famélica que un lobo en invierno. Era un robo a mano armada, pero entre el cansancio y la urgencia de Beonir, no tenía energía para un regateo legendario.

  —Creo que te has equivocado, jefa —dije, apoyándome en el mostrador y tratando de sostenerle la mirada desde abajo, lo cual era difícil porque ella imponía lo suyo—. Una de oro y siete de plata. Es mi última oferta antes de que me dé la vuelta y me compre un palo afilado.

  Sus ojos verdes me recorrieron de arriba abajo una vez más, con una expresión fría e indescifrable que me hizo dudar de si me lanzaría el martillo a la cabeza.

  —?Perteneces al grupo que llegó al amanecer, verdad? —preguntó, soltando un suspiro cansado que suavizó un poco su postura. Asentí en silencio. —Supongo que os han convencido para ir a intentar acabar con esos malditos goblins...

  —Pues sí... —admití. Había algo en la forma en que subrayó la palabra intentar que me revolvió las tripas. No era la clase de matiz que quieres oír antes de entrar en una cueva oscura.

  —En tal caso... —continuó ella, dejando el martillo a un lado. —?Esta noche piensas volver a esa mierda de posada?

  Asentí algo confuso, esperando una advertencia sobre las chinches o el guiso. Pero entonces, ella sonrió y, con una mano que desprendía el calor del metal recién forjado, me dio una caricia sorprendentemente ligera en la mejilla.

  —Págame eso ahora mismo. Y esta noche, cuando vuelvas... me pagas el resto.

  Me gui?ó un ojo con una chispa pícara que barrió de golpe todo el hollín y el sudor de su rostro, dejando entrever una sensualidad poderosa que me dejó sin habla.

  —Está bien —alcancé a decir, tragando saliva con dificultad mientras ponía las monedas sobre el mostrador, tratando por todos los medios de ocultar la reacción involuntaria de mi cuerpo ante su cercanía.

  Envainé la espada con un movimiento que pretendía ser fluido y heroico, pero que resultó ser tan torpe como el de un pato con armadura. Salí de la herrería sin mirar atrás, sintiendo el calor de su mirada en mi nuca. Según me alejaba, su proposición me sonaba menos a negocio y más a una forma piadosa de despedirse de alguien que cree que no va a volver.

  —Estoy listo. Vamos a por esos malditos engendros —anuncié al reunirme con mis compa?eros, tratando de sonar mucho más valiente de lo que me sentía.

  Salimos de Leokvaar dejando atrás el humo de la herrería y el relativo aroma a civilización, directos hacia las colinas. El camino que Beonir había elegido estaba descuidado, devorado por una maleza que parecía crecer con una intención maliciosa. Tenía que vigilar cada paso, las raíces asomaban como trampas torcidas y el suelo húmedo cedía bajo mis botas con un chapoteo desagradable.

  —?Estás seguro, jefe? —preguntó Rintaro, rompiendo el silencio.

  El paladín y yo habíamos hablado sobre el trabajo. Por muy emocionado que estuviera con la idea de que el grupo no se disolviera, el cansancio se me había instalado en los huesos como una humedad persistente que ninguna fogata podría secar.

  —La paga es buena por este trabajo de mierda... —gru?ó Beonir por encima del hombro. Sabía que todos teníamos reparos, pero su obsesión por el oro era el motor que nos mantenía andando—. Y son goblins, maldita sea. Hay mil maneras de matarlos. Gustab lanza una bola de fuego, mata a unos cuantos, Eril los levanta para que luchen por nosotros y nos vamos a casa. Fin del plan.

  El plan sonaba sencillo. Aburrido, incluso. Y después de lo del dragón, cualquier cosa que no tuviera alas y escamas me parecía un paseo por el campo... o eso quería creer.

  Beonir escupió en el suelo, un gesto de desprecio soberano que dio por terminada la lección de metalurgia, y reanudó la marcha con paso pesado.

  —Más te vale no necesitarla hoy… —gru?ó entre dientes, aunque no estoy seguro de si se refería a la espada o a la supuesta compasión de la herrera.

  Rintaro se acercó entonces. Con una de sus manos delgadas, cubiertas por ese plumón oscuro que parecía absorber la luz, tomó la espada con una delicadeza casi ritual. La sopesó un instante y, con una sonrisa que hizo casta?ear levemente su pico, lanzó un tajo vertical al aire seguido de uno horizontal. El silbido del acero cortando el viento fue limpio, una nota musical perfecta.

  —Está muy bien equilibrada y es de gran calidad —sentenció el Tengu. Sus palabras sonaron con un respeto que rozaba la reverencia. Sus ojos oscuros se quedaron fijos en el brillo del filo antes de devolvérmela—. Es un arma que empu?aría con orgullo, Gustab.

  Al recuperarla, me pareció que pesaba la mitad. Las palabras de Rintaro tenían ese efecto, cuando un paladín bendice tu acero, aunque sea un paladín que parece un pájaro gigante, uno se siente un poco más cerca de ser un héroe y un poco menos un fraude.

  —No hagas caso al enano —susurró Eril, poniendo una mano sobre mi hombro mientras caminábamos—. Todos los enanos están amargados de nacimiento. En cuanto a la herrería, creen que el mundo se forjó en sus monta?as y que el resto solo jugamos con barro.

  Aril soltó una de sus carcajadas salvajes, dejando claro que disfrutaba de cualquier insulto dirigido al jefe.

  —Supongo que aún se desconfía del valor de una mujer en la fragua… —reflexioné en voz alta—. ?No es un poco raro?

  El nigromante me miró con una sorpresa genuina, ladeando su cabeza de rasgos perfectos.

  —?En serio piensas eso? —miró a su hermano gemelo y luego volvió a mí—. Nuestra hermana mayor es la líder de nuestro pueblo en Xersax. Es más fuerte que Aril y mucho más poderosa que yo.

  —No jodas… —solté, realmente sorprendido. La imagen que yo tenía de los Altos Elfos como seres etéreos y delicados se estaba desmoronando por segundos.

  Mientras el camino se volvía más angosto, los gemelos empezaron a desgranar su historia. Me contaron que venían de una familia modesta, marcada por la tragedia. Su padre había sido ejecutado tras ser acusado de ladrón —algo que, según admitieron con una encogida de hombros, resultó ser verdad—. Pero la verdadera herida la causó Ocuilar, el anterior líder de su hogar, quien secuestró y violó a su madre.

  Me di cuenta de que su rareza —un Berserker y un Nigromante entre la élite elfa— no era un capricho, sino el resultado de un trauma que les había podrido la pureza. Los tres hermanos se habían tomado la justicia por su mano, asaltaron la casa de Ocuilar, masacraron a su guardia y acabaron con él. Aril fue quien encontró a su madre moribunda y, en ese momento, su mente se quebró, dando paso a esa furia ciega que ahora era su sello de identidad. Solo la intervención de Eril evitó que matara a todo lo que se movía, incluidos sus propios hermanos.

  Tras la masacre, los gemelos decidieron exiliarse para no manchar el nuevo liderazgo de su hermana Iral. Eran dos parias buscando un lugar donde su oscuridad no asustara a los suyos.

  —Vamos, trío de imbéciles. Me estáis costando oro por cada segundo que pasáis charlando —gru?ó Beonir.

  Se había detenido junto a Rintaro y K’thaar. El enano alzó su mano callosa y se?aló hacia delante.

  Allí estaba. Una brecha en la falda de la colina que parecía una boca desdentada hambrienta de luz. La entrada de la cueva era amplia, estaba sumida en una sombra absoluta y, lo que era peor, guardaba un silencio demasiado perfecto. Ni un pájaro, ni un insecto, solo el olor rancio de los Goblins flotando en el aire húmedo.

  —Hemos llegado —sentenció Beonir.

  Desenvainé mi nueva espada. El metal brilló por última vez bajo el sol del mediodía antes de que nos tragara la oscuridad.

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