K’thaar encendió las antorchas en la hoguera que yo mismo había preparado unos minutos antes con una pila de le?a seca. El peque?o campamento ya estaba listo en la boca de la cueva, el draconiano se quedaría allí, vigilando nuestra única salida y guardando los suministros, mientras el resto nos preparábamos para engullirnos en la oscuridad.
El hecho de que no hubiera guardias de ningún tipo en la entrada nos pilló por sorpresa, y no de las buenas. En este oficio, la falta de resistencia suele ser el preludio de una emboscada. Eril reaccionó rápido, metiendo la mano en su bolsa y liberando un par de murciélagos no muertos que alzaron el vuelo con un chirrido seco, adentrándose en el túnel a modo de reconocimiento. Tras todo este tiempo viajando con el nigromante, había aprendido a valorar lo condenadamente útiles que podían llegar a ser sus habilidades, los muertos no tienen miedo a lo que acecha en las sombras.
—Bueno… —empezó Beonir, mesándose la barba con un gesto inquieto—. Si los juguetes de Eril no se confunden, hay un grupo bastante numeroso en la cámara principal. —Frunció el ce?o, escudri?ando el techo de piedra—. Pero sigue pareciéndome raro que no haya centinelas. Tiene que haber trampas en las galerías laterales.
Alzó la mirada y la paseó por cada uno de nosotros, deteniéndose en mi nueva espada antes de dar las órdenes.
—Eril y yo iremos delante. Saca unos cuantos de esos ratones para que nos alerten si pisamos donde no debemos. —El nigromante asintió y comenzó a rebuscar en su bolsa, extrayendo peque?os cadáveres resecos que empezaron a agitarse entre sus dedos. —Aril y Rintaro, retaguardia. —Luego me se?aló a mí—. Gustab, tú irás en el centro. Ten preparados los hechizos de protección. Si una piedra se mueve, quiero un escudo antes de que toque el suelo.
Asentí sin pensarlo, igual que el resto. El enano inició la marcha con el arco ya en la mano. A mi lado avanzaba Eril, y de sus palmas saltó un peque?o grupo de ratoncillos reanimados que se esfumaron entre las sombras con una agilidad que me revolvió un poco el estómago.
Había algo en el calor de la antorcha que me reconfortaba, una peque?a burbuja de seguridad contra la humedad opresiva de la cueva. Frente a mí, Rintaro era el único que no portaba ninguna fuente de luz, avanzaba con una naturalidad felina en la negrura absoluta, mientras Eril mantenía la suya en alto para que yo pudiera ver por dónde pisaba.
Los goblins, al igual que los enanos, se desenvuelven bien sin luz, y el hecho de que avanzáramos tan iluminados se sentía casi como gritar nuestra posición a los cuatro vientos. Por ello, Eril generó un velo de sombras, un truco de óptica nigromántica que avanzaba junto a nosotros, cualquiera que estuviera frente a la galería solo vería oscuridad profunda, ocultando al grupo que se aproximaba tras la luz distorsionada.
Tragué saliva mientras avanzaba con la mano derecha apretando la empu?adura de mi nueva espada. Sentía el corazón golpeándome las costillas y no podía evitar que mis ojos saltaran de una grieta a otra con puro nerviosismo. Aun así, al observar la espalda de mis compa?eros moviéndose con esa determinación profesional, una peque?a sonrisa involuntaria apareció en mi rostro. No estaba solo.
Nadie pronunciaba palabra. Nuestros pasos no resonaban al tocar la tierra húmeda gracias a un hechizo de silencio que había aprendido de un viejo papiro en una cueva no muy diferente a aquella, tras acabar con una peque?a plaga de goblins que acosaba una granja. La magia amortiguaba el roce de nuestras botas y el tintineo del equipo, envolviéndonos en una burbuja de quietud artificial.
El techo era alto, tan alto que la luz de nuestras antorchas se perdía en la negrura antes de rozar la piedra superior. Siempre quedaban huecos sumidos en una sombra absoluta, y no podía evitar el temor de que fueran el cobijo de alguna bestia alada o algo peor, acechando para dejarse caer sobre nosotros. Aun así, ver la nuca de Beonir y el paso firme de los gemelos me daba una confianza que mis propios pies no habrían tenido por sí solos.
De pronto, Beonir alzó una mano y sacó una flecha del carcaj que colgaba de su cintura con una suavidad letal. Nos detuvimos al unísono. Tensos. Alertas. El aire aquí abajo empezaba a oler a rancio, a carne cruda y a esa acidez característica de los nidos de trasgos.
Uno de los ratones de Eril regresó junto al elfo, correteando por su bota hasta su mano. El nigromante lo tomó con delicadeza, cerró los ojos un instante para asimilar lo que el rastro de magia le devolvía y asintió. El peque?o animal quedó inerte de nuevo y desapareció en su bolsa de cuero. Eril retrocedió un par de pasos hacia mí, mientras Aril y Rintaro se acercaban formando un círculo cerrado.
—Justo delante está la cámara principal —susurró Eril, con la voz apenas audible—. Pero hay un problema, el techo está plagado de estalactitas. Si lanzamos una bola de fuego, la onda de choque provocará una reacción en cadena. La cueva se nos vendrá encima antes de que los goblins dejen de gritar.
Tragué saliva y miré la oscuridad del recodo que nos quedaba por doblar. Mi mejor arma quedaba descartada por la propia arquitectura del lugar.
—Plan B, entonces —murmuró Rintaro, ajustando el agarre de su mandoble. Su pico emitió un chasquido seco, una se?al de que el paladín estaba listo para la carnicería.
—Plan B —convino Eril.
Aril sonrió mientras se crujía los nudillos con un sonido que, a pesar del hechizo de silencio, me pareció atronador en mi cabeza. No me gustaba el Plan B. El Plan B significaba que yo era el que tenía que dar la cara y convertirme en el faro de toda la cueva.
Los tres se adelantaron pegados a la pared de roca. Yo aspiré hondo, cerré los ojos un segundo para estabilizar el flujo de energía en mis manos y pensé en el conjuro de iluminación. Cuando los abrí, Rintaro y el berserker ya estaban en posición de carga. Eril se había situado justo tras Beonir, quien ya tenía una flecha preparada en la cuerda y tres más entre los dedos, listas para disparar sin pausa.
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El enano me dirigió una mirada rápida y asintió. Era la se?al. Solté el aire lentamente y extendí la mano hacia el vacío de la gran cámara.
Solté el aire lentamente y extendí la mano. Mis compa?eros se cubrieron los ojos por puro instinto justo cuando recité el conjuro.
Una bola de luz blanca, densa y violenta, salió despedida hacia el techo de la cámara. Por un instante quedé cegado por mi propio brillo, la cueva se iluminó de forma brutal, revelando cada grieta y cada rostro asustado de los goblins que descansaban abajo. Antes de que el eco del hechizo se apagara, la cuerda del arco de Beonir ya estaba restallando. El enano disparaba con una velocidad increíble, impulsando los proyectiles en una danza mortal. Cuatro flechas volaron de su arco antes incluso de que Aril y Rintaro se lanzaran de cabeza contra el campamento.
Con dificultad logré abrir los ojos. Varias sombras se movían con una rapidez vertiginosa ante mí, tardé un segundo en comprender que eran mis aliados, moviéndose con la precisión de quienes han sobrevivido a mil desastres.
Me giré rápidamente hacia mi espalda y, con un movimiento de manos que ya se sentía casi automático, recité un hechizo de protección. El escudo translúcido se alzó ante mí, firme y vibrante, sellando nuestro flanco. Mi parte del plan estaba prácticamente terminada, ahora solo me quedaba mantener la guardia y rezar para que mis compa?eros no necesitaran más de mis mermadas reservas mágicas.
Cuando recuperé la visión por completo, vi que a apenas unas decenas de pasos los cadáveres de los goblins ya se extendían por el suelo. No habían tenido tiempo ni de levantarse de sus lechos de paja, la eficiencia de Beonir era aterradora.
Rintaro y Aril luchaban en el centro de la estancia con un frenesí coordinado, cubriéndose la espalda el uno al otro. Sus aceros destellaban bajo la luz mágica que yo mantenía en el techo. Las flechas de Beonir, precisas como cirujano, buscaban específicamente a los chamanes goblin, que caían con la boca abierta antes de poder articular una sola maldición.
Sin embargo, una sombra mayor emergió entre los goblins más alejados de la luz. El grupo enemigo comenzó a organizarse para contraatacar, un chamán de aspecto decrépito gritó órdenes agudas, pero antes de que pudieran cargar contra Aril y Rintaro, ocurrió algo que me heló la sangre por un segundo, otro grupo de goblins cargó por la espalda de mis compa?eros.
Pero no nos atacaron a nosotros.
Los diez goblins corrieron hacia los suyos, ignorando por completo a los invasores, y empezaron a matarse entre ellos con una sa?a maníaca. Mis ojos buscaron rápidamente a Eril. El nigromante, con las manos envueltas en un aura de color verde mortecino, me gui?ó un ojo con una sonrisa de suficiencia. La nigromancia, por muy turbia que fuera, me resultaba cada vez más útil y necesaria.
Rintaro inició otra carga, su mandoble trazó un arco perfecto en el aire y partió por la mitad a cuatro enemigos de un solo golpe limpio. Aril, con los ojos desorbitados y la respiración pesada de un animal herido, movía su hacha con una furia que rozaba lo inhumano. Un goblin trató de alcanzarlo por la espalda, pero el berserker, sin siquiera mirar, lo golpeó con el pu?o cerrado. Escuché perfectamente cómo le estallaba el cráneo en un amasijo de hueso y carne.
Verlos moverse con tanta soltura y poder despertó en mí una tentación peligrosa de unirme a la melé. No fui consciente de que ya tenía mi nueva espada desenvainada y el brazo tenso hasta que la voz de Beonir me devolvió a la realidad.
—?Tu lugar es la retaguardia, Gustab! —me gritó el enano sin dejar de apuntar.
Asentí, sintiendo un ramalazo de vergüenza. Todo estaba saliendo exactamente según lo planeado... y, por alguna razón, me sentía inútil viendo cómo ellos se llevaban toda la gloria y el peligro.
Los enemigos cayeron casi por completo sin que ninguno de nosotros sufriera una sola herida. La coordinación había sido tan letal que el aire, antes cargado de tensión, ahora solo pesaba por el olor a sangre y ozono.
—?Los últimos son míos! —gritó Aril, cuya sed de sangre no parecía haberse saciado con la limpieza inicial.
Rintaro detuvo su carga, envainando su mandoble con un movimiento seco y elegante. Beonir bajó el arco, aunque mantuvo una flecha nockeada por pura precaución profesional. Eril, con un gesto suave de las manos, dejó caer la magia que sostenía a los goblins reanimados, los cadáveres se desplomaron como marionetas a las que les hubieran cortado los hilos de golpe. Aril corrió hacia los tres supervivientes que se amontonaban contra la pared. Su hacha impactó en el pecho del primero con tal fuerza que, al alzar el arma, el cuerpo salió despedido e impactó contra el segundo. El tercero intentó saltar sobre él en un acto de desesperación suicida, pero el berserker lo atrapó en el aire. Su mano se cerró sobre la cabeza del trasgo y el cráneo se aplastó en un amasijo de hueso y carne.
Aparté la mirada, sintiendo una punzada de náuseas. La cueva quedó sumida en un silencio sepulcral, solo roto por el goteo de la sangre y la respiración agitada de Aril. Nos reunimos en el centro de la estancia, bajo la luz mortecina de mi hechizo que empezaba a parpadear.
—Qué raro… —murmuró Beonir, barriendo la cámara con la mirada.
—?Qué sucede? —pregunté, acercándome al grupo mientras desactivaba mi escudo de protección.
El enano observó a su alrededor con el ce?o tan fruncido que sus cejas casi ocultaban sus ojos.
—Es un nido extra?o, Gustab. No hay rastro de los otros grupos que supuestamente vinieron antes. Ni equipo abandonado, ni restos de hogueras antiguas, ni huesos que no sean de estos desgraciados… Y aunque había chamanes, no había ningún líder, ningún rastro de botín. Es como si alguien hubiera puesto a estos goblins aquí hace apenas dos días solo para darnos algo que matar.
—Tienes razón —convino Rintaro, olfateando el aire húmedo—. No hay rastro de vida prolongada en esta cámara.
—Pues yo no veo nada raro —replicó Aril, limpiando su hacha con un trozo de tela mugrienta—. Un goblin muerto es un goblin muerto.
Eril se giró y le dio un empujón brusco en el hombro.
—A ver, cabeza hueca. ?Has visto algún escondrijo con tesoros o restos de aventureros? —Aril negó con la cabeza, confuso—. Pues eso. Aquí no hay nada de lo que se supone que veníamos a buscar.
Beonir apretó la mandíbula.
—Vámonos. No me gusta nada esto. Es demasiado fácil, demasiado limpio.
Los ratones que aún correteaban por las galerías laterales regresaron de golpe hacia Eril. El elfo los tomó en sus manos, pero al cerrar los ojos para recibir el último rastro de sus sentidos, su rostro palideció hasta volverse traslúcido. Alzó la mirada hacia nosotros, desencajado.
—Es una trampa —dijo con un hilo de voz.
Busqué instintivamente las antorchas que habíamos dejado caer durante el ataque para iluminar el camino de vuelta. Entonces vi una figura alzándose justo donde yo había permanecido casi todo el tiempo, cubriendo la retaguardia. Tras ella, el escudo que yo mismo había levantado seguía en pie, pero la figura estaba dentro.
—?K’thaar? —pregunté, con la voz quebrada por la confusión. El draconiano debería estar en la entrada, a cientos de metros de distancia.
La figura susurró algo, una letanía en una lengua antigua y sibilante que no logré entender, pero que hizo que el aire mismo vibrara de forma dolorosa. Por el rabillo del ojo, vi a Beonir reaccionar con la velocidad del rayo, tensando el arco y apuntando al pecho de nuestro compa?ero.
—?Abajo! —rugió el enano.
Pero no hubo tiempo. Antes de que la flecha pudiera volar, el suelo bajo nosotros, esa roca que parecía milenaria y sólida, crujió con un estruendo de cristales rotos. La tierra desapareció, el mundo se dio la vuelta y la oscuridad absoluta nos tragó a todos antes de que pudiéramos soltar un solo grito.

