Este es mi segundo día desde que llegué del aeropuerto. Realmente dormí bastante bien; la cama estaba bastante cómoda, pero ese fue realmente el último día que tuve de descanso. Tengo que ponerme a estudiar para saber algo en las dos semanas que me quedan antes de que empiecen las clases.
Antes de viajar, cuando todavía estaba en casa de mis padres, logré sacar de mis ahorros para comprarme un libro sobre cómo aprender japonés.
Consulté también en algunas guías de internet sobre cómo empezar a aprender; pero primero, me fui a la cocina y, evidentemente, no había nada, así que voy a tener que aguantar el hambre hasta que termine de estudiar. Por lo tanto, regresé a la habitación e hice del suelo mi sala de estudios, con mi lápiz, el libro de japonés y un cuaderno para anotar.
Empecé y miré la hoja llena de símbolos; parecían dibujos que haría un ni?o de primaria.
—Voy a intentar leer uno.
—Ka... ki... ku... —sentí cómo mi ce?o se fruncía un poco—. Realmente suenan muy parecido.
Seguí un poco más.
"あ".
Eso era "a".
Durante un rato seguí repitiendo las vocales; había pasado una hora ya. Sonaban simples, demasiado simples, pero lo difícil fue intentar combinarlas con otras sílabas. Nunca había sentido mi lengua tan torpe. Estuve un buen rato repitiéndolo; perdí la cuenta de cuántas veces lo hice.
El problema no era solo memorizar; es que todas sonaban parecidas y yo intentaba traducirlas como lo hacía en el inglés, pero así no funcionaba.
Después de un buen rato estudiando sentí que mi estómago rugía; ya eran las dos de la tarde y tenía bastante hambre. Me levanté del suelo; me dolía algo la espalda.
—Si consigo más dinero, debería comprar una silla.
Tomé algo de dinero, me alisté y volví a bajar esas infernales escaleras para dirigirme a la tienda.
Había mucha más gente en el camino y bastante de ella se me quedaba mirando por mi altura.
—Por lo que veo los japoneses no son muy altos; si no me equivoco, su estatura promedio es de 1.75, mientras que yo mido 1.84.
Llegué a la tienda y el que atendía era diferente. Caminé por los pasillos del local y encontré lo que quería: fideos instantáneos. Luego seguí caminando hasta las bebidas y compré bastantes botellas de agua y un poco de los dulces que vi ayer; me los comeré después, cuando termine de estudiar. Una vez conseguí todo lo que quería, pagué arreglándomelas con el traductor de mi celular.
Llevé las cosas en una funda y me dirigí hacia el apartamento. Nuevamente me las arreglé para subir esas escaleras y, una vez arriba, organicé todo y empecé a hacer los fideos instantáneos, no sin antes guardar las aguas en el refrigerador.
Luego de comer, volví a la habitación y seguí estudiando hasta que se hizo de noche. Ya había llenado dos hojas escribiendo lo mismo una y otra vez; ya me dolía la mano de escribir tanto. Las vocales ya estaban claras. Estaba cansado, así que me fui a dar una ducha y luego a acostarme.
El segundo día, aunque un poco mejor, todavía me estaba resultando bastante difícil. Ya me sabía las sílabas por separado, pero cuando intentaba juntarlas se me enredaba la lengua en medio de una frase. Durante toda la ma?ana seguí repasando una y otra vez, y así fue todo el día.
—Siento un peque?o avance; igualmente, todavía tengo casi dos semanas para seguir aprendiendo.
Me levanté del suelo y dejé mis cosas en la cama para estudiar luego.
—Esta vez no iré a la tienda, sino a explorar la ciudad; espero no perderme.
Una vez fuera del apartamento, al bajar las escaleras esta vez casi me caigo por pisar mal, pero por suerte logré agarrarme del barandal. Bajé con más cuidado y tomé una decisión importante una vez abajo:
Ir para la izquierda o para la derecha.
Siempre me ha ido mejor al ir a la derecha. Caminé y las casas eran bastante grandes y bastante lujosas. Me gustaban bastante los dise?os; cada una era diferente, pero al final de la calle hubo una casa que era mucho más grande que el resto, especialmente porque al costado tenía una especie de dojo o lugar de entrenamiento. Tenía un logo con una espada; tal vez ahí hacen kendo o algo similar.
Eso fue todo cuando fui por la derecha, así que volví. Ya me había tomado un buen descanso y subí a mi apartamento para seguir estudiando.
Así fue toda la noche hasta las once, cuando por fin decidí ir a acostarme.
Abrí los ojos; este sería mi tercer día estudiando y el cuarto que llevo en Japón.
El tercer día fue diferente.
No porque supiera mucho más... sino porque entendí un poco mejor.
Estaba practicando una frase sencilla:
"わたしは _ です。"
La había repetido tantas veces que ya no necesitaba mirar la hoja.
—Watashi wa...
Eso era yo.
No tuve que traducirlo.
Por primera vez, el japonés no se sintió tan difícil.
—Este día es el más agotador que he tenido, pero hacer un avance se siente realmente bien.
Ya me había quedado sin algo que comer, entonces salí del apartamento hacia la tienda de conveniencia que quedaba a la izquierda del lugar donde vivo.
Una vez empecé a caminar hacia la tienda, no estaba prestando mucha atención por andar viendo las casas y me choqué con alguien. Cuando miré al frente, vi a una chica.
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Tenía el cabello corto, color rojo intenso, y se movía mucho. Estaba cortado en capas desiguales, con las puntas ligeramente hacia afuera, lo que le daba un estilo desenfadado. Llevaba un flequillo largo y asimétrico que caía sobre el lado derecho del rostro, casi llegando a su ojo, mientras que el resto enmarcaba la cara con mechones sueltos y angulados.
Su rostro era fino y parecía de mi edad. Tenía ojos grandes y almendrados de tono ámbar rojizo, con una mirada bastante seria. Las cejas eran delgadas y ligeramente arqueadas. Tenía la nariz peque?a y delicada.
Llevaba una camisa negra y una chaqueta del mismo color con detalles metálicos, y unos jeans negros. Cargaba algo que creo que era una katana de madera en la mano derecha, mientras que en la otra llevaba un bolso rojo de los que se usan para entrenar.
Me disculpé como pude con el traductor, mientras que ella solo me miraba de manera seria. No parecía enojada, pero sí me intimidaba un poco. Me llegaba hasta el cuello; era bastante alta. Ella siguió su camino mientras yo me quedé mirando su espalda unos momentos más. Era bastante bonita.
Una vez en la tienda, compré más fideos instantáneos y botellas de agua. Con la chica todavía rondando en mi cabeza, pensé en la katana de madera; tal vez entrenaba en el dojo al final de la calle. Sea como sea, caminé hacia la salida una vez compré todo lo que quería.
Volví al apartamento para seguir estudiando.
Ya habían pasado las dos semanas antes del inicio de clases. Estuve practicando una y otra vez el idioma, por lo que al menos ya puedo entender lo que me dicen. Ayer había revisado el armario de la habitación y ahí dentro estaban unos tres uniformes del instituto.
Me estiré en la cama y revisé mi celular: eran las 5:30 a. m. Estaba nervioso; siempre que vuelvo a clases me siento nervioso por alguna razón, pero ahora estaba en otro país. Estaba más nervioso de lo que debería y sentía cómo se me revolvía el estómago.
Había estado estudiando aproximadamente seis horas todos los días por dos semanas.
—Puedo hacerlo, puedo comunicarme. Ya he tenido conversaciones con personas; bueno, solamente con el que atiende en la tienda durante la noche, pero pude conversar un poco con él.
Pude entender partes de lo que me dijo y me las arreglé para comprender. Mi pronunciación había mejorado.
No era fluido.
No era experto.
Pero ya no estaba perdido.
Ya crucé la línea entre no entender nada y poder comunicarme.
No sabía a qué hora llegaría el se?or que vendría a recogerme, entonces me levanté de la cama y, luego de tomar una ducha, me puse el uniforme del instituto. Luego me preparé fideos instantáneos y empecé a comer.
—Ya son las seis de la ma?ana. Llevo dos semanas comiendo casi todos los días fideos instantáneos; debería ver dónde hacer compras para cambiar mi alimentación.
Luego de unos momentos escuché cómo tocaban el timbre. Mi corazón se aceleró y mis nervios volvieron; era hora.
Me levanté y caminé hacia la puerta. Detrás de ella estaba el se?or que me fue a recoger al aeropuerto.
—Buenos días —dijo él primero—. Vamos, acompá?eme al auto.
Se veía bastante serio y su tono era muy cortante.
—Buenos días.
No tuve que agregar nada más. Se me quedó mirando unos momentos antes de empezar a bajar las escaleras.
Logré entenderle y responder, aunque sea. También empecé a bajar las escaleras detrás de él. No lo había visto bien cuando llegué; era un se?or peque?o, ya con bastantes canas, pero todavía se le podía ver cabello de color negro.
—Si me preguntaran a mí, diría que tiene unos cincuenta y tantos.
Una vez abajo, fui con él hacia el auto; era el mismo con el que me recogió en el aeropuerto. Una vez adentro, encendió el auto y empezó a manejar hasta la academia.
—Bueno, joven, le voy a dar una breve explicación —fijó su mirada en mí por el espejo del auto y empezó—. Desde donde usted se aloja, tiene que ir primero a la izquierda, luego caminar recto hasta ver una cafetería y después girar a la derecha. Siga hasta llegar a un puente; lo cruza y, a la izquierda, estará el instituto.
Mi cabeza pareció entrar en un peque?o trance. Logré entender más o menos lo que me dijo, pero habló bastante rápido.
—Muchas gracias.
Me siento orgulloso de haber podido entender la mayoría de las cosas que dijo.
—Una última cosa, joven: los útiles escolares y los libros se los entregarán en colecturía, en la parte izquierda de la entrada.
Asentí con la cabeza; no sentí la necesidad de decir gracias nuevamente. Tenía la mirada fija en la ventana, memorizando el camino. No estaba tan lejos, ya que íbamos lento y tardamos diez minutos en llegar, con algo de tráfico por el inicio de clases.
El se?or me dejó en la entrada del instituto.
Era enorme y había muchos estudiantes. Me dijeron que sería peque?o por mi situación económica, pero no esperaba que fuera un instituto enorme. ?Se habrán confundido?
Caminando hacia el plantel, observé el campus. El patio era amplio; tenía algunos árboles bastante grandes y, en sí, lo que se robaba toda la atención era el edificio, que por lo que veo tenía cuatro pisos de alto, y se extendía bastante por los costados.
Tragué saliva; estaba nervioso, pero no había vuelta atrás. Entonces caminé hasta la entrada del edificio. Mucha gente pasaba a mi lado, la mayoría mirándome, probablemente por mi altura.
—Ahora tengo que encontrar mi aula.
Fui a donde mucha gente estaba reunida y, en un gran marco de madera, estaba la lista de estudiantes en cada aula. Busqué durante unos minutos y me tocó el aula 3-C; al parecer era hasta D. Había cuatro aulas por grado, de aproximadamente treinta estudiantes.
Empecé a buscar mi aula. En el primer piso no estaba, ni tampoco en el segundo, y cuando fui al tercero, luego de un rato, por fin lo encontré. Al parecer todos mis nuevos compa?eros ya habían entrado al aula.
Giré mi cabeza hacia la izquierda: la clase 3-B, y frente a la puerta, para mi sorpresa, estaba la chica de cabello rojo que vi hace dos semanas. Al parecer tiene mí misma edad.
—Eh... hola.
Estaba algo nervioso.
La chica solo me miró, asintió con la cabeza y se metió a su aula. Parece que yo no era relevante para ella.
Entré a mi aula de clases, no muy seguro, pero abrí de todas maneras la puerta corrediza, que se movía hacia el lado izquierdo. Ahí vi a bastantes personas de mi edad sentadas, que hicieron silencio cuando abrí la puerta. La profesora ya estaba ahí; era una mujer de unos cincuenta a?os. Era bajita, pero me transmitía seguridad.
—Por fin llegaste.
La profesora me miró.
—Buenos días. Disculpe por llegar tarde.
—No hay problema. Por favor, venga aquí y preséntese frente a la clase.
Caminé hacia la profesora y miré a toda la clase.
—Buenos días. Mi nombre es Gael de Solar, soy estudiante de intercambio y espero llevarme bien con todos.
Sentí cómo se me liberaba un peso de encima. Estuve una semana entera repasando cómo presentarme y logré entender a la profesora. Realmente el esfuerzo valió la pena.
—Gael, por favor, siéntese al lado de la se?orita Emiko Yamada. Emiko, levante la mano.
Al fondo del salón vi cómo una mano se levantaba. Caminé hasta ahí, me senté en el espacio libre y miré a mi izquierda; tenía a la chica bastante cerca.
Tenía el cabello corto, a la altura de la mandíbula, en un tono rubio dorado claro. Está cortado en un estilo bob recto, pero ligeramente redondeado hacia las puntas, lo que le da un aspecto ordenado y delicado. Llevaba un flequillo recto y espeso que cubría casi toda la frente, dividido en mechones finos que caían de forma natural. En un lado, se sujetaba parte del cabello con un peque?o pasador circular dorado.
Su rostro se veía suave, con facciones redondeadas. Tenía ojos grandes y brillantes de color azul claro. Las cejas eran finas y delicadas. Y su nariz peque?a y sutil.
—Gael, mucho gusto. Te veías nervioso allá al frente.
—Sí, un poco.
Me hice un poco hacia el lado, pero ella igualmente se acercó más.
—Tu japonés no está tan mal. ?Dónde vives?
—Eh... ?por qué preguntas eso?
Intenté alejarme un poco, pero ella seguía acortando el espacio.
—No sé. Yo vivo en el vecindario que está a la izquierda saliendo del instituto; es la cuarta casa de la calle.
Tenía una ligera sonrisa.
—?Y por qué me dices eso?
Estaba realmente confundido.
—Porque vamos a ser amigos.
Su sonrisa se hizo más grande y luego se alejó lentamente.
—Dime, ?Cuál es tu comida favorita? A mí me encanta el ramen.
Mientras me decía eso, sacaba un cuaderno y una cartuchera de su bolso.
Hablando de eso, me olvidé de ir a recoger los libros y cuadernos donde me dijo el conductor.
—No tengo una comida favorita. Como de todo.
—Qué aburrido. Algo debe gustarte más que lo demás.
Infló sus mejillas.
Parecía un pez globo.
—Supongo que las hamburguesas.
—?Y qué te gusta hacer en tu tiempo libre?
—No he hecho mucho. Solo estudiar japonés y, antes de venir aquí, me gustaba jugar videojuegos.
A Emiko se le iluminaron los ojos.
—?Videojuegos? ?A mí me encantan!
En ese momento la profesora dijo en voz alta:
—Se?orita Yamada, guarde silencio, por favor.
Yamada se sentó correctamente; tenía toda la cara roja.
—Qué vergüenza...
Se tapó la cara. Algunas personas nos miraban también.
Pasó un rato y yo estaba prestando atención a clase. Esto, por lo que entendí, era historia. Entendía la clase a medias; no se me quedaba todo y muchas palabras no las entendía.
De vez en cuando conversaba un poco con Yamada sobre videojuegos. Tuvimos dos horas de historia y luego cuarenta minutos de biología, y fuimos a recreo.
Salí del salón de clases con Yamada y, cuando salimos, vi del salón de al lado salir a la chica de cabello rojo. La miré un momento y luego sentí que alguien me tocó el hombro.
—?La conoces, Gael?
—No. Me choqué con ella por accidente hace unas sema—
Antes de terminar, Yamada me tapó la boca, me agachó la cabeza y no me soltó hasta que se vació el pasillo.
—?Y eso por qué fue...?
Cuando intenté levantar la cabeza, choqué con algo suave.
—Ah...
Yamada se hizo para atrás y sentí cómo mi rostro se ponía caliente.
—Lo siento, fue sin querer.
Miré al frente y Yamada tenía la cara más roja que antes en clase y se tapaba el rostro con una mano y con la otra sus pechos.
—E-Está bien... fue mi culpa por agachar tu cabeza así.
Yamada se recompuso y sacó unos lentes de su bolsillo.
—Verás, la chica que estabas mirando era Saki Nakamura. No hay tantos hombres como mujeres aquí, pero entre los chicos ella es una de las más conocidas, no solo por su belleza, sino porque es fría y muy directa. Además, es la capitana del club de kendo y falta poco para que vaya a un campeonato nacional.
—Ya veo. Entonces hay clubes. ?Cuántos hay?
—No los he contado, pero los principales son kendo, básquet, natación, ajedrez y teatro, y hay muchos más.
—Bueno, nos vemos luego. Voy a comer en la cafetería con unas amigas.
Yamada se fue y me dejó ahí.
?Debería unirme a un club?
Empecé a caminar sin rumbo, explorando las instalaciones, hasta que me acordé de algo.
Los cuadernos.
Rápidamente bajé y empecé a buscar colecturía. Estuve unos diez minutos buscando hasta que la encontré y retiré mis cosas: eran unos diez libros y quince cuadernos. Pesaban demasiado.
Como pude, los llevé al salón de clases y luego terminó el recreo. Al parecer nos mezclaban en ciertas materias, por lo que me tocó ir a otro salón. No pasó nada interesante.
Intentaba entender las clases, pero todavía se me dificultaba. No había nada muy interesante ese día; nadie se me acercaba y todavía no me sentía muy seguro como para acercarme a alguien a tratar de conversar.
Me fui al departamento como pude, pero me perdí unos quince minutos hasta que encontré el camino que me dijo el chofer. Los cuadernos y libros ya los había guardado en el casillero que me habían asignado en el instituto.
Una vez en el departamento, me tiré a la cama. Estaba cansado; me dolía la cabeza de tratar de entender las clases.
—Voy a dormir un poco antes de seguir estudiando.

