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El fantasma de un guerrero.

  El viento helado silbaba entre las monta?as de Frosteria, levantando remolinos de nieve que cubrían los caminos.

  Kael caminaba en silencio, la mirada perdida entre la niebla.

  Sus pasos pesaban, no por el frío, sino por el vacío que cargaba en el alma.

  Pensó que alejarse del mundo le daría paz… pero la paz no llega a quienes nacieron para luchar.

  De pronto, un estruendo lo detuvo.

  A lo lejos, una columna de humo se elevaba sobre una peque?a ciudad.

  Los gritos se mezclaban con el rugido gutural de bestias —ghouls.

  Por un instante, Kael dudó.

  No quería involucrarse más en guerras que no eran suyas…

  Pero su alma no le permitió seguir caminando.

  —Tsk… Siempre termino haciendo lo mismo —murmuró, mientras ajustaba el abrigo.

  Corrió hacia la ciudad.

  Y cuando llegó, los ghouls ya habían tomado las calles.

  Con un solo movimiento de su espada, Kael trazó una línea brillante entre la nieve.

  Un susurro del viento… y en un segundo, todo acabó.

  Los cuerpos de las criaturas se desvanecieron, dejando solo un silencio abrumador.

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  Los aldeanos salieron de sus casas, temblando.

  Uno tras otro, se acercaron, arrodillándose ante él.

  Un anciano alcalde lo miró con lágrimas en los ojos.

  —Nos has salvado… durante dos a?os esas cosas nos han cazado. Por favor, acepta nuestra gratitud.

  Kael intentó negarse, pero el cansancio lo venció.

  Su visión se nubló, y el mundo se volvió oscuro.

  Un día después...

  Kael despertó en una camilla.

  El techo blanco lo cegó por un instante.

  A su lado, el alcalde sonreía aliviado.

  —Por fin despiertas, muchacho. Dormiste casi dos días enteros. Ya pensábamos que no lo lograrías.

  Kael se incorporó lentamente.

  —Dos días... —repitió sorprendido.

  El alcalde le tendió su abrigo limpio y su espada, brillante, envuelta en telas frescas.

  —No tienes por qué marcharte aún —dijo el hombre—. Esta es tu casa mientras quieras quedarte. Nos diste esperanza.

  Kael bajó la mirada y asintió.

  —Gracias... pero aún tengo algo que hacer.

  Y entonces, un rugido.

  Un nuevo ataque.

  Kael salió corriendo, su espada en mano.

  En el horizonte, un grupo de ghouls se acercaba.

  Pero esta vez, uno de ellos habló.

  —Tú... tú eres Kael Draven.

  El héroe se detuvo en seco.

  Los ghouls hablaban.

  Eso no se ve siempre.

  —?Cómo saben mi nombre? —preguntó.

  El ghoul sonrió, una sonrisa rota.

  —Venimos del Punto Infernal. El lugar donde nacen todos los nuestros.

  Allí, incluso los demonios recuerdan tu nombre.

  Y sabemos... De donde vienes.

  Ahora se le conoce como... Tierras Libres, en honor a ti.

  Fue decisión de Nymeria.

  Kael guardó silencio.

  Por primera vez en mucho tiempo, sintió gratitud… y una punzada de nostalgia.

  —Entonces —dijo con calma, desenvainando—, acabaré con ustedes. Y luego... con el mal que los engendró.

  Los ghouls rugieron.

  Kael avanzó.

  Un solo destello atravesó la tormenta, y la nieve volvió a te?irse de blanco.

  Al día siguiente, Kael se despidió de los ciudadanos.

  Les agradeció su hospitalidad, y con una peque?a sonrisa, se marchó.

  Su destino: La Ciudad Blanca, donde gobierna el dictador de Frosteria.

  Su objetivo: liberar el país de su tiranía.

  Y mientras caminaba, recordó las palabras de aquel anciano de mirada imposible.

  —“El equilibrio del alma se romperá pronto... ve al norte, Kael. Ahí empieza todo.”

  Kael apretó el pu?o.

  —?Cómo era que se llamaba...? —murmuró—.

  Ah, sí...

  Thunder.

  El viento se detuvo un instante.

  Thunder... ?no había muerto junto a Titan?

  La nieve volvió a caer, cubriendo sus huellas.

  Fin del capítulo.

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