Miroslava rio y negó con la cabeza.
—Está usted exagerando, se?orita Lombarde —dijo, y movió la mano para quitarle importancia—. Rex me escribió porque iba a venir; no vino porque me escribió.
Verónica frunció el ce?o, descifrando el quiasmo de Miroslava. Una vez lo entendió, asintió.
—De todos modos. Se tomó la molestia de escribirte. A mí ni los buenos días me da —se rio. No era una queja en serio.
—Pues a mí tampoco. —Se encogió de hombros—. ?No va a ir a buscar a su amigo?
La se?orita Lombarde asintió y se despidió de su anfitriona antes de partir hacia la estación de trenes. En la ciudad y el resto de la costa este, los trenes abundaban. Salían incluso múltiples veces al día. Pero mientras más al oeste fueras, menos trenes verías; y al parecer el tren de San Domingo pasaba dos veces a la semana nada más, por lo que el peque?o drama de Víctor solo funcionaba hoy y en tres días.
Víctor estaba sentado en una banca con su morral a los pies y el mentón entre sus manos. Cuando vio a Verónica acercarse, se incorporó.
—Se?orita Lombarde… —dijo a modo de saludo y con un poco de sorpresa.
—Se?or Guadalupe. Ya déjese de berrinches —le reclamó ella con las manos en las caderas—. Ni yo tengo el lujo de la ciudad ni usted tiene el de la ley.
Víctor alzó una ceja y miró a Verónica, esperando que dijera más. La se?orita Lombarde se sentó al lado de él con un suspiro.
—Tampoco estoy del todo cómoda con este nuevo estilo de vida que adoptamos rumbo a Cambolana —admitió—, pero de nada nos sirve quejarnos de cómo son las cosas en el oeste.
Víctor exhaló con resignación.
—Es temerario. ?Olvida que es precisamente ese estilo de vida el que lo hizo ganarse una bala en el pecho?
—No. Y él tampoco lo olvidará pronto, estoy segura —dijo casi a modo de reprimenda—. Pero eso era cuando estaba con sus amigos forajidos. Ahora está con nosotros.
—Sí, pero no quiere hacer las cosas de manera legítima.
—Y usted no las quiere hacer de manera ilegítima. Entonces ?quién de los dos debe ceder? ?él, que es quien sabe cómo son las cosas en las planicies, o usted, que cree saber cómo deberían serlo?
Víctor abrió la boca para contestar, pero se lo pensó mejor.
—Rex me mandó a hablar con usted porque los dos son igual de necios. Y yo vine no por hacerle caso sino porque estoy cansada de hacer de mediadora y ya es hora de que hagan las paces. —Se cruzó de brazos—. Lleguen a un punto medio y trabajen juntos. Los dos quieren lo mismo, ?no es cierto?
Víctor se tomó un momento para contestar.
—él quiere matar a James.
—Y usted lo quiere colgar. Es lo mismo.
—Bueno, sí, pero hay un proceso…
—Eso discútanlo después. Deje que Rex jale la palanca de la horca para que los dos estén satisfechos. Ambos me dijeron que me llevarían por el Rumbo Largo y no llevamos ni un cuarto del camino.
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Víctor soltó aire.
—Es usted una fuerza de la naturaleza, se?orita Lombarde —dijo con media sonrisa.
—Sí —confirmó—. Ahora vamos. Lo van a hablar como ni?os buenos y después iremos a perseguir bandidos.
Víctor la miró, pensativo.
—?Sabe? —dijo—. Deberíamos ense?arle a disparar.
—?Usted cree? —contestó Verónica, fingiendo olvidar que hace unos momentos Rex había dicho igual.
—Me sorprende que no nos lo haya pedido.
—Estaba esperando a que me lo ofrecieran.
★
Cepillando el caballo de Rex, con una mano que tenía libre, la joven del establo daba de comer peque?os bocados a éste para que no se asustara. Tarareaba una melodía. Al verla, Rex titubeó. Su caballo nunca se dejaba tocar por personas extra?as.
—?Cómo se llama? —preguntó la chica.
—Rex.
—Te gusta ser cepillado, ?no es así, Rex?
El hombre no corrigió que lo hubieran confundido. Le preocupaba más que no habían pagado por el servicio de una cepillada.
—La casa invita. No se preocupe.
—Me llevaré mis caballos ahora.
—?Tan pronto?
La mujer le recordó que podían ocupar el establo el día completo, pero Rex insistió en que tenían trabajo que hacer.
—Bueno —dijo la chica—. Si abandona San Domingo, tenga cuidado. En las afueras hay bandidos a quienes les gusta aprovecharse de los viajeros.
—Son los que están dibujados.
—?Sí! En los carteles de recompensa.
La joven terminó de entregarle sus caballos al hombre.
—El pobre Sheriff los encierra y encierra, y siempre se escapan de nuevo —miró al suelo—. Hay un caballero que les paga la fianza.
De repente, la chica se interrumpió a sí misma para dejar de hablar del tema. No quería molestar.
—Por favor —insistió Rex.
—Pues, es un hombre que a veces viene al pueblo. Lo llaman “El Monstruo”. Es muy cruel. Si yo fuera usted, me alejaría del Rumbo Largo. Mejor vaya por el nuevo camino, con el tren moderno. He escuchado que es más seguro así.
“Ya lo creo”.
Al toparse con Víctor y Verónica, y ordenarles que partieran, la se?orita Lombarde le soltó a Rex un grupo de tres sílabas repetidas que no significaban nada, pero indicaban que no se iba a mover a ningún lado.
—Tú y Víctor necesitan hablar.
En un principio, Rex creyó que era broma. Sin embargo, la se?orita Lombarde dijo lo siguiente.
—Es la última vez que resuelvo un problema entre los dos.
—Soy… —dijo Rex—. Soy malo con las palabras.
—Pues, lo vas a tener que intentar —miró a ambos—. Los dejaré a solas.
Pasaron unos instantes de silencio. Rex ofreció la rienda de su caballo a Víctor. No pudieron evitar mirarse.
—Ford —dijo Víctor.
—Ah. Ahora soy “Ford” y no Rex.
Rex no mentía sobre ser malo con las palabras. Estaba acostumbrado a una vida donde las personas se disparaban entre ellas antes de siquiera considerar hablar las cosas. Para él, Víctor y la se?orita Lombarde eran, de hecho, los primeros que no cumplían esta realidad.
Rex suspiró.
—Quizá puedo dejar vivir a algunos de los hombres de James. Darles en la pierna…
—Rex —interrumpió el oficial—. No eres un perro al que tengo que ponerle correa. Puedes matar a quien quieras. Me preocupa, realmente, que el que trae puesta la correa soy yo.
—?A qué te refieres?
—Me refiero a que, si me la quito, desconozco en lo que me convertiré. “El oficial de Los Llanos que se unió a dos valientes. Que se volvió loco y mató a treinta personas en cada pueblo”.
—No te vas a volver loco.
Víctor no estaba del todo seguro. Rex siguió hablando.
—Sólo déjame hacer lo mío. Así obtendrás lo que quieres.
—?Y qué es lo que quiero?
Se miraron a los ojos.
—Justicia.

