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El tiroteo de San Domingo (Parte 5)

  —Tú quieres venganza y yo quiero justicia —confirmó Víctor—. Vaya combinación.

  —En este caso son lo mismo, ?no crees?

  Víctor se tomó unos segundos para contestar.

  —En este caso, lo son.

  Ahora Rex guardó silencio por unos instantes.

  —Son hombres malos, Víctor.

  Víctor suspiró.

  —Lo son. Pero… ?no eras tú como ellos?

  Rex respondió casi inmediatamente.

  —No. No como ellos.

  El hombre subió a su caballo y echó a andar con las riendas de la montura de la se?orita Lombarde para entregarle a su yegua. Víctor subió al suyo y miró a sus compa?eros. A veces era demasiado evidente que lo único que tenían en común era su meta de viajar por el Rumbo Largo; Verónica en realidad no tenía interés en atrapar a James, pero necesitaba encontrar pruebas de que su colega Edward Gunn estaba jugando sucio de alguna manera; y Rex quería matar a James, no atraparlo. Aun así, a pesar de sus diferencias, estaban juntos y lo estarían por semanas si no es que meses.

  ★

  Una vez cabalgando, había mucha menos tensión entre ellos. Quizás porque tenían que ser cuidadosos y no podían arriesgarse a tener mala comunicación. Un paso en falso podía significar la muerte en las planicies de Bravo, sobre todo al perseguir bandidos.

  —?Conoces a estos tipos, Rex? —preguntó Víctor después de un rato.

  —No conozco a todos los que trabajan para James —respondió el hombre—. ?Acaso tú conoces a todos los oficiales?

  Víctor puso los ojos en blanco.

  —A todos los de mi territorio, sí. Al menos de nombre.

  —Bueno, pues San Domingo no era mi territorio.

  Verónica se?aló una columna de humo blanco a la distancia.

  —?Eso es un campamento? ?Serán ellos?

  Rex entrecerró los ojos para ver donde su compa?era había se?alado.

  —Puede ser. Hay que acercarnos.

  Víctor dejó que su caballo trotara a la altura del de Rex.

  —?Y el plan es llegar y disparar a todo lo que se mueva?

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  —Bueno, si quieres llevarlos vivos, el plan es dispararles en las piernas, pero sí.

  —?No nos van a disparar primero? —preguntó Verónica, alcanzándolos.

  —Poco probable. No parecemos oficiales. Bueno, éste todavía un poco. —Cabeceó hacia Víctor—. Quizás hagan un par de tiros de advertencia.

  Verónica no se veía del todo tranquilizada por aquella información.

  —Rex tiene razón, se?orita Lombarde —aseguró Víctor—. Querrán saber si somos amigos o enemigos primero. James tiene muchos hombres por todas partes.

  —Y no todos se conocen entre ellos —les recordó Rex, haciendo que Víctor suspirara pero asintiera.

  A menor distancia, el campamento no parecía ser tan peque?o. Había cinco tiendas que pudieron contar antes de que un hombre saliera con un rifle en las manos. Todavía estaban a unos cien metros, y el hombre no les apuntaba todavía, esperando a que se acercaran más para verlos bien. Mejor para ellos, pensó Rex, pues mientras más cerca, mejor puntería tendrían.

  Cuando estuvieron a unas cincuenta yardas, el hombre del campamento apuntó.

  —Hasta ahí es suficiente. ?Quiénes son? —preguntó con una voz áspera.

  Sostenía el arma firme, sin titubear. Rex notó la mirada cansada del hombre. Inteligente, o al menos esa impresión daba. Víctor también notó esa peculiaridad, pues los oficiales más ancianos desarrollaban la misma apariencia estoica. Seguramente, aquel hombre había quitado una vida antes.

  Mentir era una mala opción. Usualmente, mentir funcionaba con los paranoicos y los de mente opaca. Este hombre poseía templanza.

  Tampoco se trataba de alguien que estuviera dibujado en las recompensas, pues aquellos criminales parecían cerca de la edad de Rex. Este hombre era completamente anciano. La poca barba que le crecía, le crecía blanca.

  —Tu silencio me lo dice todo, muchacho —continuó el hombre—. ?Estás pensando en qué decir? Porque si dicen ser viajeros, no veo ningún equipaje. Si dicen que son oficiales, no lucen como tal.

  De otra tienda de campa?a salió un chico. éste era mucho más joven que su acompa?ante y seguro unos diez a?os menor que Rex. Se le veía en las pupilas. Grandes, alertas, filosas como navajas. Sin embargo, llenas de incertidumbre. El anciano debía ser su mentor o algo parecido.

  El joven, rubio, tenía la cabellera despeinada. Quizá la manejaba así a propósito. Se acercó al anciano y se colocó en posición. Esperando órdenes.

  —Voy a preguntar de nuevo —continuó el anciano—. ?Quiénes son?

  —Somos cazarrecompensas —decidió hablar Víctor—. Venimos en busca de Jerry Chu, por el cargo de escapar de aprisionamiento. Drake Manitoc, por el cargo de estafa y falta de comparecencia, y, Ridge Blackwater, por el cargo de golpear a una dama y falta de comparecencia.

  El anciano volteó a ver a Verónica, quien sabía que no cargaba consigo pistola alguna.

  —?La se?orita? —Se?aló con el rifle—. ?Es también cazarrecompensas?

  Rex intervino.

  —Es nuestra patrocinadora —mintió a medias.

  El anciano guardó el rifle.

  —Bueno —habló—. Dicen la verdad. Quizá porque no les dejé más opción.

  El joven rubio dejó de estar en posición alerta.

  —?Ustedes qué hacen aquí? —preguntó Rex. El anciano se le quedó mirando. Rex insistió—. Ya contestamos su pregunta. Ahora contesten la nuestra.

  —Hijo, hago exactamente lo mismo que tú.

  Rex, Víctor y la se?orita Lombarde bajaron de sus caballos y el anciano empezó a patear el resto de las tiendas para que salieran los demás campistas.

  —Estos son mis hombres —describió primero al joven rubio—. Pepe, Cruz, Blanco y Raúl.

  Empezó a dar un recorrido del lugar. Rex y los demás notaron algo que no habían visto por la distancia, un poste de madera con dos hombres atados a él. Los hombres, con la ropa raspada y ensuciada de tierra, eran Drake Manitoc y Jerry Chu. Habían sido golpeados y amarrados de todas las extremidades.

  —Logramos encontrar a estos dos. El plan es hacerlos pasar la noche aquí. Así se aflojarán sus bocas —el anciano bofeteó a uno—. Se rehúsan a decir el paradero de Ridge. Y Ridge es el que más nos importa, pues el sheriff de San Domingo quiere ponerle una bala en la cabeza personalmente. La dama que golpeó era su hija.

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