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Alice II

  A primera luz del alba, el tinte violáceo en el cielo tendió su bello manto sobre la Torre de Aguamiel. Sin embargo, Lydia, su rolliza doncella, como de costumbre, no se atrevió a robarle el sue?o hasta que los rayos de luz dorada se hubieron asomado por los ventanales, y comenzaran a ba?ar a cada una de las piedras preciosas que exhibía en sus aposentos. La muchacha la ayudó a ataviarse con sedas sencillas y una diadema de platino con amatistas relucientes incrustadas. Con manos diestras le cepilló los cabellos de casta?o miel hasta dejarlos tan lisos como los suyos. Y cuando finalmente hubo terminado de atender a su Reina, la acompa?ó hasta su destino sin musitar una sola palabra.

  El patio principal se encontraba atestado, si bien era todavía temprano en la ma?ana, por resoplidos de caballos somnolientos, por órdenes guturales de mando de algunos hombres y el siseo de sus pisadas metálicas. Los criados también recorrían el lugar con brazos atiborrados de baúles, sacos de provisiones y algún que otro regalo hasta la eminencia del gigantesco carruaje bermellón en el que había arribado la Duquesa hacía dos semanas.

  — Con algo de suerte no tendremos que esperar tantos a?os para la próxima ocasión. — Diane Liongborth se volvió hacia Alice, con una sonrisa reluciente en los labios y una venda de color blanco embellecida con bordes de oro sobre los ojos.

  — Despedíos de vuestra tía. — ordenó a sus hijos con el tono dulce y a la vez inflexible que solía emplear con ellos.

  De mala gana, solo un tanto, a decir verdad, el príncipe Richard rodeó con sus brazos a Diane por unos segundos, y luego se retiró sin agregar más que la sucinta cortesía que se esperaba de él. Pero con Elliot y su candor inagotable todo resultó muy distinto. La Duquesa se acuclilló para ponerse a su altura, y el peque?o se abalanzó sobre ella. La apretujó durante tanto tiempo, que Diane resolvió erguirse entre carcajadas de júbilo, mientras su hijo seguía aferrado a su cuello con la capa lila y el cabello largo de almíbar ondeando al viento.

  — Ya no te doy tanto miedo, ?o sí, peque?o Príncipe? — rio cuando lo hubo depositado en el suelo con cuidado.

  — No, ya no tanto.

  En un primer momento, Elliot casi había echado a correr de inmenso miedo al vislumbrar aquellos ojos blancuzcos que se posaban sobre él. Indiscreto como cualquier ni?o, había contado abiertamente a todo mundo que su tía le había causado pesadillas la primera noche después de su llegada. Aunque apenas hicieron falta un par de días para que el temor se convirtiera en un inocente recelo, y más tarde, en un afecto impresionante. En defensa de Diane, Elliot era realmente cándido y asustadizo, aún para su edad.

  — Me alegra escuchar eso. — Diane le obsequió una última sonrisa. Le tanteó el rostro con dedos gráciles, y le regaló un beso en la mejilla. El Príncipe se ruborizó, y bajó la vista hacia sus zapatos.

  — Diane, tu escolta no es demasiado numerosa. — se?aló Alice con un tono azorado que dejó en evidencia su preocupación.

  — ?Cien espadas no son suficientes para que una mujer ciega no pierda el camino a casa, Alteza? — Siempre era toda sonrisas.

  — Sabes que no me refería a eso. — Para la tirria y paranoia de Alice ni mil espadas serían suficientes.

  — El Camino de los Peregrinos es muy seguro — a?adió el príncipe Richard. —. La Corte se ha encargo durante a?os de que los bandidos sean un problema del ayer.

  ? Justo eso. La Corte. ?

  — Ya veis — afirmó la Duquesa. —. Además, son los mismos cien hombres con los que llegué en primer lugar. Todo saldrá bien — Y al canto de ?Margott?, con voz amable aclamó por su doncella, y en cosa de unos segundos, esta apareció entre un cuantioso grupo aproximándose con el vestido amplio recogido para ayudarse a trotar. Cuando llegó, hizo una profunda reverencia ante la Reina, y se ofreció a ayudar a Diane. — Ha sido un placer haber venido, Alteza — siguió al aceptar el brazo de su dama de compa?ía.

  — Ya lo hemos discutido. Puedes quedarte tanto como desees. — Alice hablaba de forma ordinaria y con cierto deje acongojado. No consentía del todo que su prima partiese tan pronto.

  — Y os estoy inmensamente agradecida, pero al igual que vos tengo una familia de la cual cuidar. Y otros asuntos importantes de los que ocuparme. Necesitaba un respiro de mi castillo, y lo he conseguido —. Hizo una ligera reverencia, dio media vuelta, y se dejó guiar hacia su carruaje. —. Espero veros pronto, Alteza.

  ? Siempre con la misma broma ?. Aun cuando había sabido reírse en más de una oportunidad, no estaba de humor para que surgiese de ella otro gesto que no fuera el de torcer la boca de considerable decepción.

  Mientras Alice observaba resignada como su prima, su mejor amiga de la infancia, se alejaba un poco más con cada paso, Elliot se sacó de encima las manos de su madre que descansaban sobre sus hombros, y echó a correr descorazonadamente.

  — Tía Duquesa, no te vayas. Por favor. — Salió de su boca una súplica casi como un llanto, y la tironeó del vestido.

  Diane se volvió con gesto conmovido.

  — No te preocupes, peque?o Príncipe. Tengo el presentimiento de que esta no será la última vez.

  Ya era mediodía cuando Elliot correteaba por los jardines reales, cerca de los estanques de agua, huyendo de los gansos que lo perseguían por haberlos molestado. Tan distraído que daba se?ales de haber olvidado cuanto lloró por la partida de Diane. En un momento dado, tropezó con una roca escondida entre la hierba, y perdió el equilibrio. Cuando a la desesperada intentaba levantarse, cuatro peque?os gansos lo alcanzaron para a tirar de su capa favorita. Lanzó un chillido exagerado, víctima del pánico en su inocencia envidiable, mientras Lydia corría en su ayuda. Era tan susceptible, tan abierto, tan afable, tan parecido a la ya olvidada Alice Marshall en los albores de su ni?ez y tan distinto a Alice Liongborth, Reina de Dranova.

  En cuanto a Richard, lo había criado para que fuera lo más parecido a ella posible en cada aspecto. Lo había educado sin darle muchas más opciones que devinir en fuerte, en sensato y consecuente; generoso con sus aliados y, ante todo, severo con los que pretendieran hacerle da?o. La clase de hombre que se consideraba un verdadero Rey. Y en los tiempos que corrían, se echaba en falta alguien de sus cualidades. Con apenas dieciséis a?os, se le vía más interesado en llegar al trono que lo que su padre alguna vez lo estuvo. Tanto porque Richard sentía que era su deber como por encontrar gusto en el cumplimiento de sus responsabilidades.

  No había pasado más de una hora en los jardines, cuando ser Robert Vasíliev se presentó con una reverencia, y se mostró dispuesto a escoltarla hasta la audiencia del Rey.

  ? ?Dos audiencias en dos días? ?. La sola idea la desconcertó, pero guardó un poco más de su recelo habitual para cuando hubo observado desde el mirador balaustrado de la Sala del Trono a su esposo arrellanado sobre su engalanado sitial. Lucía por encima del jubón de seda, una capa de hilo de oro, y en su cabeza, una enorme corona que a Alice hacía que le doliese el cuello de solo verla. Otras cosas no, pero Leonor sabía cómo vestirse para la ocasión. Esperar más de él sería pedir imposibles.

  El salón se hallaba pleno de nobles sentados en las gradas laterales que se habían alzado para ellos. Según se veía, la audiencia anterior había fungido para que los siervos pagasen tributo y cundieran al Rey de ofrendas y elogios, pero en aquel entonces estos mismos se?ores exigían que sus voces fueran escuchadas y sus problemas remediados por la autoridad de la Corona.

  Uno a uno aquellos que otrora lamieran las botas a Leonor, se presentaban ante Su Majestad para que devolviera el favor con relación a unas cuantas peticiones, algunas muy descaradas. Los asuntos particulares de tropeles de condes, barones y caballeros giraban en torno a tierras, deudas, impuestos y vasallos. El Rey los apoyaba o rehusaba su ayuda según le venía en gana. En más de una ocasión, su Consejero se vio obligado a interferir con prudencia, y de vez en vez, el monarca se aventuraba a cambiar de opinión.

  Un joven y bien parecido barón, un tal Devan Arnholt de quien nunca Alice había escuchado hablar, expuso la primera y única solicitud que llamó especialmente su atención.

  — Vienen por las noches, Majestad. Se mueven como sombras gigantes y veloces, cuando las nubes ocultan el brillo de la luna. Destrozan al ganado con sus grotescas fauces; envenenan el agua de los pozos con sus colas que escupen y se mueven como serpientes; asestan coces, por así decirlo, a las puertas de las familias que juré proteger. Son lo bastante listos como para no adentrarse en mis fortificaciones ni enfrentarse a mi reducida guardia, pero los habitantes de la villa están lejos y no corren con la misma suerte. Vienen por decenas y no somos suficientes guerreros como para hacerles frente. Los he visto matar caballos con la fuerza de un brazo tan grueso como el tronco de un árbol.

  Por extra?o que fuera, su esposo se mostró interesado. Se movía entre los cojines de su enorme trono con alegre inquietud.

  — Ya, venga. Sin más rodeos. ?De qué estás hablando?

  — Lucifersons, Majestad.

  Un murmullo de consternación recorrió algunos rostros de la sala. En cambio, el Rey soltó una carcajada con una sonrisa que se mantuvo hasta mucho después.

  — ?Ja! ?Lo que uno tiene que escuchar! Y qué me dices, lord Devan, ?estos Lucifersons son tan horribles como las leyendas los pintan? — Habituaba a hablar de aquella forma tan vulgar… Alice nunca había sabido si lo hacía por despreocupación o era una manera insolente de manifestarles que estaba por encima de toda formalidad.

  — Con el debido respeto, Majestad, no se tratan de leyendas. Son tan reales e incontenibles.

  — Me intrigas, mi lord. Prosigue.

  — Es una situación peculiar, por decir lo menos. Estas aberraciones han salido huyendo de las cuevas que eran sus hogares. Creemos que a causa de los estallidos que han estado ocurriendo las últimas semanas. Sí, estallidos. Están sucediendo cosas extra?as, Majestad. Como si escucharais un barril de pólvora explotar. Tan lejos que nadie puede verlo y que apenas levanta humo. Y, sin embargo, con la suficiente fuerza como para arrancaros del sue?o. Una noche antes de que los Lucifersons comenzaran a salir del bosque ocurrió por primera vez. Y desde entonces van media docena de veces. Hay guardias que dicen haber visto luces que cruzan el cielo por las noches. No os lo podría asegurar; no las he visto. Pero sí que he escuchado esos condenados estallidos.

  — Soldados es lo que buscas.

  — Son difíciles de abatir. Ya sabéis que llevan la sangre del Diablo corriendo por sus venas.

  — Hijo mío — el Arzobispo necesitó de la ayuda de uno de sus feligreses para levantarse de su asiento al pie de las escaleras del trono. —, si estas circunstancias son el suplicio de vuestras tierras, se deberá a los pecados en los que habéis incurrido. Una maldición ha caído sobre vosotros.

  ? ?Y eso en que ayuda — Alice frunció el ce?o ante semejante ineptitud. —, viejo mantecoso? Las personas seguirán muriendo ?.

  — No estoy seguro si una maldición, Su Excelencia — explicó el barón. —. La villa de por sí se hallaba cerca de los límites de Wickedforest, pero ahora sus demonios son más inquietos que nunca. Y me temo que no van a retroceder, mientras lo que sea que esté pasando en ese condenado bosque continúe. En el peor de los casos, estarán buscando otro hogar, porque el suyo ya no les es propicio. Por tal motivo, vine a pediros ayuda, aquí incluso más desesperado de lo que me veis.

  — Rezad a su vez por la protección de Dios.

  — Conocemos muy bien lo que se dice acerca de esas criaturas. Aún con ello, ya van varios sacerdotes que mueren tratando de practicarles un exorcismo. Os pido a todos que me creáis cuando os digo que no funcionan. Solo los enfurece más. Nadie puede salir durante la noche. E incluso hay miedo de hacerlo durante el día. Majestad — se volvió hacía él, e hincó una rodilla. —. Necesitamos espadas, arcos, flechas, cualquier arma que les haga da?ó y hombres para que las empu?en. Os prometo que las familias de Ilaryan estarán eternamente agradecidas con vos y vuestra generosidad.

  — ?Cuántos afirmáis que son? — inquirió el Consejero. — ?Decenas?

  — Puede incluso que más, lord Stanford. Y cada uno capaz de plantarles cara a un pu?ado de hombres sin arriesgarse a recibir heridas. Como os he dicho, son gigantes, veloces y letales.

  El Rey se llevó una mano al mentón en gesto reflexivo.

  — Quinientos hombres. Arqueros y piqueros con su propio equipamiento y provisiones en caballos rápidos. Es todo.

  Antes de que el joven barón pudiera dar las gracias, lord Ashton Lyall se levantó de su asiento con aires de preocupación.

  — Majestad, la hueste de ser Logan se ha llevado consigo el grueso de nuestras fuerzas. En las filas tenemos a los hombres de la Guardia de la Ciudad y poco más a vuestra disposición. Con el caos del festival, no deberíamos prescindir de más espadas.

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  — Lord Ashton, ?sois el comandante de la Guardia de la Ciudad o mi Consejero?

  — Ninguna de las dos, Majestad. — El hombre se encogió de hombros.

  — Entonces no me prestéis vuestro consejo en estos asuntos, al menos que lo pida. — dijo con desprecio. Leonor nunca había sabido suavizar sus palabras. Como Rey decía lo que quería, sin importarle nada más. —. Lord Stanford, vuestro consejo.

  Edward se mantuvo con la boca abierta antes de comenzar.

  — Os aconsejaría que enviarais a setecientos soldados, Majestad. Qué los hombres de la villa Ilaryan levanten armas junto a los de la Capital. Entre mayor sea la resistencia, menor lo serán las bajas. Y como compensación por el apoyo en momentos en los que no deberíamos prescindir de muchos hombres, que se vea intensificada la producción en cada ámbito entre los pueblerinos y que los impuestos a la Corona se incrementen por un lustro, una vez socavado el pánico por estos monstruos.

  — Bien, bien. Qué así sea. — El Rey mostraba ya indicios de desazón. Por lo general, se aburría con la misma facilidad que su hijo peque?o.

  Lord Thomas, encargado del tesoro, se frotó las manos ante la perspectiva de más monedas.

  — ?Y qué serán esos estallidos? Doy fe de que en esos montes hay minerales en abundancia, y me han llegado historias del otro lado del mundo de técnicas para minar usando explosiones.

  — Y habrá que enviar a gente a que investigue eso — agregó Leonor de pasada. —. Luego de que acaben con los enemigos.

  Tiempo después, cuando el ocaso comenzaba a derramarse ya sobre la Sala del Trono, un conde más de entre el gentío que se había congregado se adelantó. Pero el Rey hizo ademán de torcer los ojos agotados y bostezar sin discreción antes de acallarlo con solo alzar su mano. En seguida, Leonor prestó unas cuantas palabras a su Consejero, y se levantó para salir por la puerta de atrás del trono con rostro fatigado.

  Lo único que sorprendió a Alice fue darse cuenta de que por poco su esposo batía su récord personal de horas haciéndose cargo de sus responsabilidades. Mas una ligera sonrisa le asaltó los labios al ver a lord Edward Stanford representar la palabra del Rey a partir de entonces.

  El crepúsculo había cedido ya su lugar a la fría noche, cuando despidió a Lydia, su doncella tímida y de palabra hermética, con un gesto de mano en el umbral de la puerta. Se adentró al paraje mustio de sus aposentos en el penúltimo piso de la Torre de Aguamiel, y finalmente se dejó llevar por el cansancio. Como muchas veces en el pasado, al final del día se sintió de golpe exhausta, patética y solitaria, tanto como para arrojarse sobre la colcha sin deseos de levantarse hasta que el amanecer viniera por ella una semana después; y desde luego no antes.

  A desgana se detuvo ante el espejo luengo de un costado. Y pese a los a?os de disgustos y antipatía en un lugar donde solo podía probar de la felicidad dulce en efímeros momentos de olvido, vislumbró en el reflejo a una mujer que todavía, a duras penas, gozaba de belleza y juventud; a una mujer que no había conseguido ni de cerca todo lo que deseaba, salvo un poder que para entonces lucía más incierto y carente de valor que nunca. Y sin importarle que nada más el viento alcanzara a oírla, antes de echarse a llorar como una ni?a sobre las sábanas, Alice eligió seguir frunciendo el ce?o con rigor, aunque aquello hubiese aliviado nunca el suplicio del día a día.

  ? ?Tantos a?os han pasado ya? ?, advirtió con extra?eza y desenga?o.

  Se deshizo de cada una de sus prendas frente al reflejo de su agriada belleza, y contempló más tarde con esmero las curvas que describían sus caderas de buen ver, la firmeza pasajera de aquellos pechos y el volumen de sus posaderas. La voluntad de las velas arrancaba destellos de luz de sus ojos de miel, como si fuera por una se?al que proclamara excelsitud y fuego en ellos de los que Alice aún podía valerse.

  Supo entonces que tenía que ir a verlo a él.

  Se entregó a la calidez de las aguas perfumadas de su ba?era de bronce, e intentó deshacerse de la suciedad y de la tristeza como único medio para perpetuar su atrevimiento. Sin la menor prisa se retocó el maquillaje, para embellecerse todo lo bien que pudo en ausencia de Lydia. Se atavió con ropas de encaje del tejido más vaporoso que encontró, y cubrió todo vestigio de su piel desnuda con una túnica gruesa que le llegaba hasta el calzado.

  Y en el acto, salió a hurtadillas, con una sonrisa marcada bajo los pómulos empolvados, a través de la puerta por la que tiempo atrás había entrado lúgubre. Se echó encima la capucha, mientras bajaba por la escalera de caracol de la torre. Entre tanta espontaneidad e imprudencia, fue de pronto consciente de que actuaba mal, pero no se detuvo allí. Durante su descenso, tanteó el contorno de los ladrillos y contó cada pelda?o en el que se afianzaba su creciente determinación. La débil brillantez de las antorchas apostadas en la pared iluminaba su camino.

  A las afueras el viento chocaba con los muros del castillo y se colaba por las troneras sin marco ni postigos.

  ? Ciento veintiséis, veintisiete… veintiocho ?. Y la cuenta concluyó por fin. Después de escabullirse por ocho plantas sin más ruido que un fantasma, se agachó ante el último escalón. Allí entre la penumbra de una esquina donde no llegaba el fulgor de las antorchas tanteó la piedra con avidez hasta hacerse con el minúsculo saliente rocoso de un ornamento. Tiró de él con la punta de sus dedos. Al cabo de unos segundos, una composición de mecanismos la sumergió en un alivio que se desvaneció tan pronto como hasta sus oídos arribó el sonido de unas pisadas que ascendían por las escaleras.

  Rápidamente un escalofrío apagó todo el entusiasmo que sintiera hasta entonces, y se apresuró a usurpar la peque?a compuerta de piedra que se había abierto en la base del escalón. Cogió de ella la llave de cobre que con tantas ansias había estado buscando, cerró de golpe el artilugio, y casi dejándose llevar por un temor equiparable de una ni?a por la Sombra, subió a zancadas una serie de pelda?os, mientras los pasos se aproximaban a ella desde su espalda.

  Era uno de los guardias, lo sabía mejor que nadie, pero si la encontraba en aquellas instancias vestida de manera tan sospechosa…

  ? A la mierda con él y con lo que pueda ver o decir. ?De qué vale la palabra de un peón, si se compara con la de una Reina? ?. Amainó sus nervios, aunque no así sus ánimos de remontar el número de salientes que palpaba. Trece ladrillos sueltos en el muro Alice había llegado a percibir con su mano. El decimocuarto era el indicado. Debajo de una antorcha, repitió el mismo procedimiento que antes para revelar una peque?a cavidad detrás de la piedra. E incluso con más prisa, por cuanto valía mantener todo en absoluto secreto, introdujo en la hendidura la llave hacia su consuelo. Al girarla, un mecanismo pareció accionarse. Tiró hacia abajo del madero de la antorcha como si de una palanca se tratara, y entre la piedra rugosa surgió el relieve de una portezuela. Sucedió tan rápido que Alice no llegó a saber con exactitud si el guardia consiguió verla a medida que se colaba por la entrada.

  Una vez sumida en el silencio y la media luz del pasadizo, no pudo recordar si había colocado el ladrillo de vuelta en su lugar. No lo llevaba consigo, pero la llave yacía aún entre sus dedos. Era una buena se?al.

  Aquel paraje no era más que un pasillo estrecho y gris, donde cada pisada resonaba con la estridencia de una juerga. El beso de la luna rozaba su piel, en vista de que los haces de luz se colaban por algún lugar de los andamios superiores. Era un sitio claustrofóbico y polvoriento, trazado en piedra con la complejidad de una telara?a que podía causar en ocasiones la impresión de extenderse hasta el infinito.

  Fue así como la Reina atravesó el castillo desde el más recóndito de sus adentros, para ir en busca de aquello prohibido que hacía arder las ansias que zumbaban su cabeza y la acompa?aban en la penumbra. Cruzó a la derecha en un recodo, después a la izquierda, y nuevamente a la derecha. Así una y otra vez, sin una pizca de indecisión, al tiempo que el camino se ramificaba como un laberinto en todas direcciones. Más temprano que tarde, a través del marco de otra compuerta oculta en la pared, arribó hasta el confín de sus deseos. El olor embriagador de los inciensos de lavanda y el crepitar de las llamas le dieron la bienvenida a la habitación de su amante. Sus ojos se ti?eron de pleno amor y desespero al verlo apoyado sobre la mesa labrando su ingenio en papel, mientras los trozos de vela a medio consumir lo envolvían. Alice se echó la capucha sobre los hombros, y se adentró al dormitorio, haciendo ruido al caminar.

  Lord Edward alzó la vista, y se estremeció en su asiento.

  — Alte… — Las palabras se le atoraron en la garganta. — Alice.

  Ella sonrió inocentemente, y se acercó aún más.

  — Lo menos que pretendía era asustarte.

  — Mi Reina… No — Empujó la silla hacia atrás, y se levantó. Lucía tan pálido como nervioso. —. No deberías estar aquí.

  — ?Qué no debería? — Soltó una carcajada pícara, mientras caminaba con un sinuoso movimiento de sus caderas y un hormigueo entre las piernas. Rodeó la mesa, y con la yema de sus dedos fue rozando la superficie que los separaba a ambos. — ?Por qué no debería estar aquí?

  — No es el mejor momento — Intentó disimular cómo cubría los pliegos en los que había estado trabajando con otras cartas —. Hay mucho por hacer. Se suponía que no vendrías esta noche.

  — Se suponía que no debí haber venido en tantas ocasiones, pero heme aquí, Edward. — Y como tantas otras veces, se situó ante el hombre de sus delirios, el consejero de su esposo y verdadero Rey tras la fachada del trono, y colocó las manos sobre su camisa. Con ansiedad, Alice se mordió el labio y fue en busca de los de él. Sus comisuras se encontraron por un instante, pero Edward retrocedió con gesto decaído.

  — Mi Reina de Corazones — dijo sin atreverse a mirarla a los ojos. Bien sabía que si lo hacía caería cautivo de sus garras tersas. —, aunque tus dulces besos sean un deleite para el paladar… Me temo que esta noche debemos abstenernos.

  ? Qué cursi, qué meloso eres ?. Pero era justo eso lo que necesitaba para ahogar su amargura.

  Alice hizo caso omiso de cualquier objeción. Dispuesta, húmeda, jadeante y por poco desesperada, rápidamente buscó apegarse a él. Lo rodeó con sus brazos, y presionó su frente contra la del encantador hombre al que en secreto amaba.

  — No he venido hasta aquí en espera de una negativa — habló con dureza y cierto deje de avidez, incapaz de contener el calor que llevaba dentro. Así que lo besó de nuevo en los labios, y después su boca bajó jugosa hacia su mentón hasta llegar a su cuello. Todo esto mientras sus manos jugueteaban con el fino vello de su rostro. —. Te ves muy estresado, Mi Rey de Dedos. ?Qué asunto es tan importante que lo nuestro deba esperar a otra noche?

  ?Mi Rey de Dedos?, era el nombre que le había susurrado cientos de veces al oído. Edward no solo era el titiritero que revolvía los hilos del reino tras la imagen de aquel otro monarca de juguete. Para Alice era incluso más. Era el Rey que volcaba su mundo de revés, con un par de movimientos hábiles de sus dedos, cuando entraba en ella.

  Edward no respondió. Quizás no era capaz; quizás no se atrevía a rehusarse.

  — ?Qué es tan importante? — se empecinó en saber Alice, a la vez que seguía seduciéndolo con su aliento tibio, con ojos brillantes de miel, con sus manos traviesas y su boca suave como pétalos de flor.

  Y el mismo hombre al que se le atribuía con razón la locuacidad y la elocuencia más diestras que se pudieran escuchar, parecía quedarse exento de palabras. Finalmente desistió de sus vagos esfuerzos por conservar el juicio, y la miró directo a los ojos. La magia del aroma de Alice y la exquisitez de su tacto lo enroscaron en un abismo caprichoso que logró cegarlo. Abrió su boca, y respondió a sus besos para darle de beber también de su entusiasmo.

  — Nada… Nada podría ser más importante que tú.

  La Reina desanudó el cordón de su túnica, y le permitió observar su desnudez aderezada por un vestidillo veraniego de color blanco. Y él le sonrió con un gesto tan dulce que consiguió ablandar la coraza con la que Alice solía envolver su corazón.

  — Reconozco que es tu deber atender ciertos asuntos para el reino — Le acarició el cabello, introduciendo los dedos entre sus hebras de azabache. —, pero es tu obligación atender algunos otros para tu Reina. — Sus rostros eran un festival auténtico de respiraciones ansiosas y sonrisas interminables.

  Y en algún momento, después de que se perdieran de sed y hambre en los ojos del otro, Edward hizo componer una risa impecable en la boca de su amante, cuando pasó un pulgar con suavidad por sus finos labios. Su risa, acostumbraba a decirle, era como un canto melodioso a sus oídos. Alice percibió el vigor en su hombría, con el roce de su pierna, mientras ambos exhalaban una súplica bravía. Extasiados en el calor más agradable que emitían, Eddie descendió por las curvas de su vientre con su ofrenda en labios vehementes, y le juró otro instante más de felicidad con sus besos hasta probar de lo que para todos los demás hombres era prohibido.

  Primero la sedujo con la magia de sus dedos; luego, Alice se tumbó de espaldas sobre las sábanas del lecho, ofreciéndose para que se abrazara a ella mientras la conquistaba a embestidas.

  Mas adelante, cuando la luz de las velas estaba a punto de desvanecerse, cayeron jadeantes y exhaustos, envueltos en los brazos del otro. Cortaron el silencio con suspiros colmados de dicha. Alice no supo decir cuánto tiempo había transcurrido desde el albor pasional de su velada, desde que se hubiera entregado a él. Cierto era que cuando yacía junto a Edward no había sentido del tiempo ni lugar más placentero que su cama.

  — Eres maravillosa. — La tibieza del susurro de Edward le acarició el oído. Casi sin aliento.

  Alice profesaba aún el hormigueo y un rocío entre sus piernas, con sollozos confesos de que esperaría por más. Por su mente nunca había cruzado la idea del adulterio, la infidelidad o del pecado que cometía cada vez que subía al regazo de otro que no fuera su esposo. En aquel acto bienaventurado nada importaba más que el fervor de dos almas que se amaban con locura. Y aunque en él hubiera de sobra alevosía, estaba dispuesta a mandar a la mierda a toda la Iglesia y sus principios, si con ello conseguía aferrarse a la sensación espléndida de tener a alguien que la adorase y la hiciera sentir mujer.

  — ?Qué tan maravillosa crees? — quiso saber tendida sobre el cuerpo de Edward.

  — No me resulta fácil expresarlo con palabras.

  Un mar de regocijo le cayó encima en medio de otra oleada de sus agitados besos.

  — Inténtalo, Eddie — Sus dedos habían caído al pecho de aquel hombre, y dibujaban círculos sobre sus tenues vellos. —. Eres bueno para hablar.

  No respondió de inmediato.

  — No importaría cuanto me empe?ase en ello. Aun cuando estudiara cada palabra de todos los idiomas que existen. Resultaría en vano, porque ningún hombre sería capaz de concebir las palabras suficientes para describir a una mujer tan extraordinaria como tú, mi Reina de Corazones. Todo lo que pudiera decir no sería más que una sombra, una menudencia tras toda la gloria que rodea tu belleza. No podría describirte con todas tus virtudes, con todas tus cualidades — Le regaló una de esas sonrisas enigmáticas que tanto le gustaban. —. Si no supiera que la magia ya no existe en este lado del mundo, pensaría que tu solo eres una ilusión. Eres tan única que casi no puedo creer que seas real… Sin ti a mi lado yo solo sería…

  Ella lo interrumpió súbitamente con un beso. De nuevo lo abrazó, y fue entonces cuando evocó un sue?o olvidado de su juventud. Una falsa esperanza cercenada por los a?os. Una estúpida fantasía que giraba en torno a un caballero o un príncipe azul.

  — Te amo, ?lo sabías, Eddie? — La voz se le quebrantaba con cada beso. No aguardó a una respuesta. — No ha habido y no habrá jamás mejor hombre. Te he entregado mi confianza sin temor a que me hagas da?o, porque sé que nunca lo harás. Te he entregado mi corazón y mi felicidad, pero lo único de lo que me arrepentiré toda mi vida es que los frutos de mi vientre no crecieron gracias a ti — Apretó los labios, y una peque?a pero radiante brizna de delicia asomó en sus dulces ojos. — Me amas, ?verdad?... ?No dirás nada?

  Por unos segundos él no supo que decir. Tan solo se quedó mirándola con una alegría que poco a poco se fue transformando en desmesurada tristeza. Se ahogó en su propio silencio como tratando de tragar saliva, y alzó medio cuerpo para tomar asiento, no sin antes acercarse a ella para respirar de su aroma a jengibre.

  — Alice… — La voz fue apenas un susurro afligido. — Te he amado desde siempre. Desde mucho antes que vinieras a mi lecho — La Reina le acarició el cabello, su delicada piel, y buscó preservar cada mínimo detalle de sus facciones hasta que se vieran una próxima vez. Los labios de Edward temblaban con esa inquietud tan característica de quién estaba a punto de echarse a llorar. —. Lo siento mucho. Debes irte ahora.

  — Ya no quiero ir a ningún lado, mi Rey. Estaremos juntos hasta que el amanecer vuelva por nosotros y tengamos que regresar a nuestras vidas. No antes. — Se acercó de nuevo para beber de su calor y de su aliento, pero él evitó su boca con tosquedad.

  — No lo comprendes. — Intentó zafarse de sus brazos, pesaroso. — ?Cómo podrías hacerlo? Tienes que irte de la ciudad ahora mismo. Aquí estás en peligro.

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