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Anhelo Irracional

  La celda era un chiquero, una pocilga en todo su incierto esplendor de inmundicia. El ambiente era gris y húmedo, inundado por un insufrible olor a orina de alguna clase de animal. Y la única fuente de luz provenía de una minúscula ventanilla con barrotes de acero oxidado, situada tan alta, que incluso con su extraordinaria estatura, no llegaba a rozarla con la punta de sus dedos.

  Tenía los nudillos y los antebrazos en carne viva; hinchados y sangrantes. Las manos le ardían más allá de las heridas, ya que un fuego incontrolable aún corría por sus venas. Había golpeado las frías paredes del calabazo, desde que lo hubieron arrojado dentro, en arranques de furia que iban y venían sin abandonarlo del todo. El dolor era cruel y desmedido, pero no llegaba a compararse con la vergüenza, con la humillación de la derrota ante la mirada de tantísimas personas.

  ?Se habían reído de él? No estaba del todo seguro. El sucio golpe lo había dejado aturdido, y la rabia que vino poco después acabó por cegarlo. Para cuando entró de nuevo en sus cabales, se lo llevaban fuera de la arena, lejos de la vista y los aplausos de unos espectadores que ya no lo ensalzaban a él.

  Aunque cierto era que, no faltó quien lo abuchara en su efímera victoria, en su momento más glorioso, cuando la puta rubia se encontraba tendida en el suelo.

  Maldita fuera su mala suerte. Si ganaba era para muchos una barbaridad, un cobarde que peleaba contra una mujer; si perdía era una vergüenza, el hazmerrír que caía derrotado contra una mujer. ?Qué otra cosa podía hacer si no vencer? So?aba, ansiaba y necesitaba ese torneo. Se había apuntado en busca de un minuto de gloria, de renombre y un poco de honra. El Ariete, el que se codeaba con caballeros platinados; el que se había mantenido firme ante ser Konash; aquel que atraía las miradas de doncellas de buen ver; el Ariete, aquel cuyo nombre sonaba y viviría en el habla popular como un gran guerrero…

  En aquel momento solo quería que se olvidaran de su nombre, de sus acciones, todo el que lo hubiera presenciado. Porque él nunca podría. Aquel truco barato con el escudo se había llevado su sonrisa triunfante y unos cuantos dientes. Se pasó la lengua una vez más por las encías, donde aún bailaba el sabor de la espesa sangre. No podía regresar el tiempo atrás para recupéralos ni tampoco le volverían a crecer, al igual que su antigua dignidad sin mella.

  ?Cómo iba a ganarle a él una mujer?

  La espada sobre su cuello y todo habría terminado allí. Era tan sencillo como eso.

  ?Por qué? ?Por qué? ?Por qué no lo había hecho?

  — Grandísimo hijo de puta. Imbécil. Es-escoria. — La mandíbula resquebrajada le atizaba un ramalazo, cada vez que abría la boca.

  En vez de eso, se hubo girado a las gradas, en busca de alguna aclamación.

  Los grilletes en sus tobillos y las cadenas que ce?ían sus mu?ecas una contra la otra, eran un símbolo crudo e injurioso de su degradación. Los ropajes de lana marrón que le habían proporcionado, al usurparlo de sus pertenencias, estaban andrajosos, mugrientos. La pierna derecha a medio tratar le punzaba horriblemente, allí donde la flecha del condenado Nathan Hengist le había atravesado la parte inferior de su pantorrilla.

  Hubo sido también Nathan, comandante de la Guardia de la Ciudad, una de las miles de cabezas que observaron, con ojos embriagados de gozo, el ?risible final de tan infame guerrero?, según había escuchado decir de sus labios. Lo había presentado personalmente ante el juicio de Su Majestad en donde la corte del Rey y la audiencia de los se?ores menores dictaron sentencia y lo despojaron de todo lo que poseía hasta entonces: de las tierras de cultivo que heredase de su familia, del poco oro que había ganado, y por supuesto, de la armadura bien confeccionada de hierro negro laminado. En ausencia del monarca, a lord Edward se le hubo concedido el honor de imponer la justicia del Rey y lo castigó a sesenta días, con sus noches, en la más ro?osa celda que hubiera en la ciudad. ?Una clemente decisión para tan innoble guerrero de escrúpulos inciertos?, se había dignado a escupirle la Reina en aquella ocasión.

  — ?Maldita seas, Atenea! — rugió por quinta vez en la noche, poco antes de arrojar al suelo un salivazo entremezclado con sangre. — Maldito sea el Rey — susurró. —. Escupo sobre vosotros y sobre esas leyes de mierda.

  ?Cuántos días tendría que pasar en aquel agujero antes de que lo vinieran a rescatar? Era apenas su primera noche confinado en aislamiento y ya se encontraba imperado por la desesperación de salir libre, dominado por aquella locura e impotencia que, tarde o temprano, terminaba abatiendo hasta la más fuerte de las mentes y convertía a un hombre en poco más que un mal viviente amasijo. Impaciente, resentido e iracundo, cojeaba de un lado a otro sin lugar a donde ir y sin nada para hacer, mientras lanzaba resonantes blasfemias y pu?etazos a diestra y siniestra. El recuerdo de los abucheos del público, de las miradas desde?osas de los se?ores, del desprecio y la comida que una multitud le arrojó por el simple hecho de llevar cadenas, y de la insolencia de Atenea, sobre todo ella, inundaban cada uno de sus pensamientos y sacaba a flote sus más profundos deseos de venganza.

  Se encontraban vacíos el resto de los casi cuarenta calabozos del cuartel de la Guardia de la Ciudad, por lo que únicamente el eco respondía de vuelta a sus alaridos. Cuando el Ariete conseguía callarse unos segundos, el silencio que lo envolvía se tornaba demasiado triste y abrumador. La sangre le hervía con más furia cada vez, tanto que juraba escucharla borbotear a altura de las sienes; ardía en deseos de estampar las cabezas de Nathan y Atenea contra la pared por malditos y desvergonzados.

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  — Qué el Diablo se lleve tu sentencia, Stanford. Qué el Diablo se lleve tu hipocresía, Hengist.

  De repente, la rendija de la puerta reforzada se abrió, acompa?ada por una voz conocida.

  — Espero que de verdad te haya dolido, desgraciado — indicó entre risas el hombre que apareció detrás. — ?Cuántos dientes te faltan ahora?

  El Ariete se aferró a un derroche de súbita serenidad, respiró profundo, y caminó hacia la puerta. Los grilletes en sus tobillos no hacían más que empeorar su ligera cojera al desplazarse sobre el más mugriento de los suelos. El ce?o y la boca notablemente fruncidas fueron el poco rastro que dejó ver de su furor corriente, limitándose en un primer momento, pues su única esperanza de huida dependía de aquel cabrón.

  — Los mismos que te faltarán a ti cuando salga de este maldito lugar, Rowan. — comenzó diciendo con tranquilidad.

  La estrecha hendidura solo permitía apreciar su mirada de ojos pardos reflejando la luz de la antorcha del corredor. El hombrecillo observaba con deleite magnifico la amargura con la que el Ariete pasaba su primera noche en prisión.

  — Una mujer — expresó Rowan, entre risas irritantemente agudas. —. Aposté veinte de cobre a que no pasarías de los octavos de final, pero ?eliminado por una mujer?… Nadie puede recuperarse de algo como eso.

  — Nadie puede recuperarse de un cráneo roto a pedazos. — advirtió, asestando un duro golpe contra la puerta.

  — Para ser tan descerebrado como algunos dicen, eres muy ingenioso para responder a insultos, tengo que reconocerlo. Aunque no así para usar la espada.

  — ??A eso es a lo que has venido, soldado raso!? ??A regodearte mientras aún disfrutas de tener la columna pegada a la espalda!?

  Rowan de nuevo dejó escapar una risita fastidiosa, muy similar al cántico chillón de un delfín.

  — ??A que vienes, maldito raso!? — Asestó otro golpe, uno más contundente, y el sujeto tras la puerta se estremeció al escucharla temblar.

  — Tengo un mensaje para ti — titubeó con voz entrecortada. —. De Ramskull.

  El Ariete se alejó cojeando, y se adentró a la penumbra de la celda. Comenzó a rondar por la peque?a habitación con gesto caviloso. El incesante arrullo de las cadenas acompasaba sus pasos cortos. Era algo seguro que tuviera que comparecer ante la Horda también por sus desaciertos.

  Rowan sacó algo de debajo de una de sus mangas, aquello simplemente lo intuyó al oírlo. Luego, se enteraría de que era un peque?o pliego amarillento de papel.

  — Se te… dieron órdenes e-estrictas — leyó en tono muy severo. —. Se te exigió que calmaras tus ánimos hasta el momento indicado. Tendrías que haber mantenido un perfil bajo.

  — ?Perfil bajo? — inquirió, consternado el hombre de más de dos metros de altura al que llamaban el Ariete.

  — Pero, ahora com-comprendemos que no eres siquiera capaz de acatar una simple orden — siguió Rowan, balbuceando demasiado al leer, y dejando bien en claro sus escasos dotes. —. Pudiste haber puesto en riesgo tan importante convenio para todos nosotros… Bla, bla, bla, bla, bla, bla… Ah, sí… Sin embargo-o, el asunto se ha adelantado, y prescindir de tu fuerza es un lujo que no nos podemos permitir en estos mementos… No. Momentos… En estos momentos en los que soldados escasean. Si vuelves a meter la pata una vez más, te pudrirás en la mazmorra en la que te encuentras durante todo lo que dure el arreglo. — Ocultó el papel, y miró, absorto, al corpulento suboficial al otro lado de la puerta, en busca de alguna réplica, a la espera de algún grito.

  — ?Cuántos días más? — preguntó tan infame guerrero, permitiéndose un gesto de agotamiento sobre su desgraciado semblante. Más temprano que tarde tendría que pagar por sus descuidos. Ellos no lo pasarían por alto, así como si nada. Si de algo podía estar seguro era que Rex Azus era un hombre que no pasaba por alto ninguna afrenta.

  — De hecho, solo serán unas cuantas horas — Sus ojos pardos resplandecieron con un perverso brillo de llamas anaranjadas. —. Todos se encuentran ya muy impacientes. El asunto se llevará a cabo esta misma noche. La sangre del Cordero correrá pronto por los ríos.

  El Ariete asintió con dureza. La desidia se esfumó por fin, sucedida por cierta preocupación que no quiso admitir ni dejar ver. Escuchó la rendija cerrarse de golpe a su espalda, cuando se daba la vuelta, y se dirigía con sosiego al fondo de la celda.

  ? Raymond. Maldito Raymond.?

  Segundos más tarde, justo después de recostarse sobre un cúmulo de heno mal oliente, percibió como la rendija se abría de nueva cuenta. Tuvo que mirar.

  — Rayos, lo olvidé por un momento — se apresuró a comentar Rowan. —. Es sobre aquella mujer… la rubia del torneo.

  El magno soldado se levantó atropelladamente, arrugó la cara y, entre bramidos de absoluta violencia, pateó contra la puerta la cubeta en donde se había visto en la obligación de defecar tiempo atrás.

  — Deja de ser tan escandaloso — advirtió el otro, que por poco se había librado del excremento que voló por dentro de la abertura de hierro. —. Esto es muy serio… Ya, escúchame. El apellido de esa chica era Pryce, creo recordar… Bien, pues es el nombre de familia que se encuentra en nuestra lista de quehaceres. Sí, los Pryce y esos tales Birdwhistle. En fin, creí que deberías saberlo.

  El Ariete quedó en silencio, aturdido, aunque su rostro no tardó en desfigurarse un tanto más por la vil y desmesurada parodia de un gesto de satisfacción. De pronto, toda la fatiga, toda la ira y la miseria que lo había tenido sometido se esfumó, al igual que lo hiciera la mayor parte de su dentadura. Sus heridas aún palpitaban, pero habían dejado de manar dolor. Se sentía sin peso, flotando de pura felicidad. Intentó llevarse las manos a la cabeza, y, abordado por un anhelo irracional, colmó la celda con tan estrepitosa carcajada, casi enfermiza, que se postergó durante no supo cuánto. Simple y llanamente, no podía concebir semejante golpe de fortuna.

  — Bonita sonrisa, eh. — se mofó Rowan.

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