A pesar de que mi vida ha sido una tormenta constante, cargada de sombras y secretos, siempre he creído que incluso entre las grietas de un muro de piedra puede nacer algo especial. No todo en la vida de una "villana" es odio. A veces, nosotras también vivimos momentos que parecen detenidos en el tiempo, instantes de una pureza que casi nos asusta.
—Ten esta flor... —la voz de Hadram me sacó de mis pensamientos. Estábamos en el jardín privado, bajo el sol suave de la tarde. él sostenía un lirio blanco, tan puro que contrastaba con la dureza de su armadura—. ?La quieres?
—?En serio? —pregunté, sintiendo un leve cosquilleo en el pecho.
—Si no la quieres, puedo tirarla —dijo él con su usual arrogancia, pero sus ojos me decían que esperaba que la aceptara.
La tomé con delicadeza. Tú dirás que, al ser la villana, mi corazón debería estar seco, pero te equivocas. Antes de ser lo que soy, hubo belleza. Pero lo que el mundo no imagina es que la maldad no solo viste sedas en el palacio; a veces nace en el pueblo y se arrastra hasta los tronos.
Unos días después, el ambiente en la sala del trono era cálido. El Rey Zekeriel nos recibió con una sonrisa que rara vez mostraba.
—Dime, querida, ?te has sentido mejor tras los incidentes del harem? —preguntó el soberano con tono paternal.
—Mucho mejor, suegro. La paz del palacio me ha sentado bien —respondí con una reverencia.
—Ella está perfecta, padre. No te preocupes por ella, yo cuido sus sue?os —a?adió Hadram, rodeando mi cintura con su brazo, atrayéndome hacia él con una posesividad que me hacía sentir segura y cautiva a la vez.
Zekeriel asintió, pero en el fondo de su mente, un pensamiento lo satisfacía: "Qué bueno que se olvidó de Leora, esa plebeya. Esta princesa es lo que él necesitaba".
De pronto, Tibar interrumpió la charla. Su paso era firme y su rostro, como siempre, una máscara de lealtad absoluta. —Soberano, perdone la interrupción. Ha llegado un mensajero de Jerusalén. El Rey le envía esto.
Zekeriel rompió el sello de cera roja del papiro. Sus ojos se iluminaron mientras leía: "Hola, Rey Zekeriel. Me enteré de que su hijo se casó con la princesa de Hai. Me alegro por eso; disfrute estos momentos felices. Le deseo lo mejor... Att: El Rey de Jerusalén".
—?Vaya! Mi viejo amigo me felicita —exclamó el Rey—. Fuimos amigos desde los diez a?os. él siempre fue como mi hermano; me daba consejos de gobierno y hasta de cómo conquistar mujeres.
—?Y tiene hijos? —pregunté, sintiendo curiosidad por esa alianza.
—Su hijo se llama Melkart —respondió el Rey—. Un caballero guapo, atento y romántico.
—Es un odioso —bufó Hadram, cruzándose de brazos.
—Yo lo conocí —confesé, recordando las fiestas en el reino de mi padre.
—?En serio? —el Rey me miró divertido—. ?Verdad que es guapo?
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—Sí, es muy guapo. Y sumamente caballeroso —respondí con una sonrisa pícara.
Hadram se tensó de inmediato. El aire en la sala pareció enfriarse por sus celos. —?Lo ves guapo? ?Acaso tuvieron algo? ?Te enamoraste de ese príncipe de cuento?
—No, amor. Nunca pensé en él de esa manera.
—?Ves, papá! —exclamó Hadram—. ?Hasta las mujeres más serias se emboban con Melkart! Es un tipo aburrido, conservador de su pureza que ni ha tocado a una mujer.
Me acerqué a él y, sin importarme la presencia del Rey, lo besé con pasión para silenciar su berrinche. Cuando nos separamos, Hadram estaba sin palabras.
—Estás celoso —le susurré—. Melkart intentó cortejarme en el pasado, pero le dije que ya estaba comprometida contigo.
—?Ja! Por eso eres mía —sentenció él, recuperando su orgullo.
—Eres diferente a él, Hadram —reí—. Eres seductor, maleducado, mujeriego, romántico e idiota. Eso es lo que eres tú, y eso es lo que amo.
El Rey Zekeriel soltó una carcajada que resonó en las paredes de piedra. —Tiene razón mi nuera. Eres un idiota, pero eres su idiota.
Más tarde, el Rey Zekeriel se retiró a sus aposentos privados. La soledad siempre traía consigo el recuerdo de su esposa difunta. Sostuvo entre sus manos una joya de oro labrado, una pieza que guardaba más sentimientos que valor monetario.
Se hundió en sus recuerdos: La veía a ella, su Reina, recibiendo el regalo con los ojos empa?ados. "Es valioso porque me lo das de corazón", le decía ella, "y eso vale más que el trono".
—Cuánto te echo de menos... —susurró el Rey en la oscuridad, dejando que una lágrima cayera sobre el oro frío—. Me gustaría que conocieras a Lizarel, pero también me pregunto por qué decidiste tomar otro camino...
En nuestros aposentos, la noche era joven. Decidí que era el momento de mostrarle a Hadram una parte de mí que nadie más conocía.
—Después de estos meses, quiero darte el mejor regalo. No lo hice en nuestra noche de bodas porque no estaba lista, pero hoy sí —le dije.
Me puse de pie y comencé a moverme. No era un baile cualquiera; era la "Danza de la Flor", un baile sagrado de mi tierra que combinaba la elegancia con una seducción casi mística. Hadram bebía su vino, hipnotizado por mis movimientos, por la forma en que mis manos dibujaban el aire. Al terminar, me arrodillé ante él.
—?Te gustó? Es mi regalo para ti.
—Me encantó —respondió él, tirando la copa y atrayéndome hacia sí—. Ven aquí...
En medio de nuestra intimidad, Hadram se detuvo al acariciar mi brazo. —Lizarel... ?por qué tienes este morado aquí?
Mi corazón se saltó un latido. Recordé los golpes de mi pasado, pero la mentira salió de mis labios con naturalidad: —Ah... me caí hace poco y se quedó la marca.
Hadram guardó silencio, recordando las palabras del médico que me examinó tras el ataque: "Tiene marcas antiguas, príncipe...". —?Segura que te caíste? —insistió.
—Sí, amor. Solo fue un tropiezo —mentí de nuevo, ocultando la sombra de Yusuf en mis recuerdos.
Pasó un mes. El reino de Jericó brillaba bajo una aparente prosperidad, pero la naturaleza comenzó a dar se?ales extra?as. En los corredizos del harem, Amreh y Kesi sentían el cambio.
—Qué frío hace... —dijo Amreh, frotándose los brazos.
—Yo no siento frío físico —respondió Kesi con la mirada perdida—. Pero el ambiente se siente pesado. Algo va a pasar, Amreh. Lo sé.
Incluso la Segunda Esposa, desde su encierro, lo notó. —Este frío es igual al que sentimos el día que la Reina falleció. Algo se rompe en el destino de este palacio...
Hadram, sintiendo una inquietud que no podía explicar, se dirigió al gran santuario. El lugar era imponente, lleno de estatuas de dioses antiguos ba?adas en incienso. Se arrodilló ante el altar principal, dejando una ofrenda de oro y especias.
—Dioses, sé que me oyen —oró con la cabeza gacha—. Les doy esta ofrenda como se?al de respeto. Perdónenme si he sido cruel o si he pecado. Siento que algo terrible está por suceder... les ruego que protejan mi hogar, que protejan a Lizarel. Les prometo más ofrendas si nos permiten superar lo que viene.
Al terminar su oración, Hadram sintió un escalofrío. El sol se ocultaba tras las dunas del desierto, y por primera vez en mucho tiempo, el futuro de Jericó se veía envuelto en una niebla que ni siquiera el acero de su espada podría cortar.
'Nos vemos en el próximo capitulo'

