—Soberano y suegro... ?qué hace aquí a estas horas? —preguntó ella con suavidad.
—La verdad es que siempre me ha gustado estar aquí, Lizarel —respondió el Rey sin apartar la vista—. El jardín es el único lugar que guarda la esencia de lo que perdí.
—Entiendo. Le recuerda a su esposa, ?verdad? —preguntó Lizarel, intrigada por la mujer que había cautivado al Rey antes de que las intrigas del palacio empa?aran su vida.
—Sí, la recuerdo aún cada segundo —confesó el Rey con un suspiro—. Ella era hermosa, de una belleza que no necesitaba adornos. Sus ojos tenían un azul único, profundo; su sonrisa era perfecta y su cabello... tenía el color café de la miel silvestre. Era amable, sencilla; nunca le gustaron las joyas. Lo que más amaba era la paz de estar conmigo y con nuestro hijo. Fue mi primer y único amor.
—Por cómo la describe, debió ser una mujer llena de luz —dijo Lizarel—. ?Cómo se conocieron? ?Cómo se llamaba?
—Su nombre era Amaht. Y la conocí en un lugar donde los príncipes no suelen buscar esposas.
El vértigo de los recuerdos reales: El sol castigaba los campos de los calderos. Una joven de manos ágiles y mirada fiera cortaba frutas con una delicadeza que contrastaba con su ropa de campesina. Zekeriel, entonces un joven príncipe arrogante, la observaba desde su caballo mientras ella recolectaba manzanas.
—Disculpe por interrumpir —dijo el príncipe Zekeriel, cautivado—. Parece que hoy he encontrado la hermosura más grande de toda la cosecha.
Amaht lo miró de arriba abajo, sin una gota de miedo o sumisión. —Vaya, usted parece ser de la nobleza.
—Soy el príncipe de Jericó, por si no lo habías notado —respondió él, esperando que ella se arrodillara ante su presencia.
—Entiendo —dijo ella, volviendo a su labor con las manzanas—. Con su permiso, príncipe. No es común ver a alguien de su clase aquí. Normalmente los nobles nos ven como si fuéramos animales; eso los vuelve corruptos y tiranos. Supongo que usted será igual cuando herede la corona de su padre.
—Te equivocas, bella campesina. Yo seré diferente.
—Eso dicen todos los herederos... —sentenció ella con una sonrisa desafiante—. Y todos terminan convertidos en monstruos de piedra. Con su permiso, tengo trabajo que hacer.
De vuelta en el presente, Zekeriel sonrió con una mezcla de tristeza y orgullo. —Ella siempre fue decidida, nunca tuvo miedo de decir la verdad. Por eso me recuerdas tanto a ella, Lizarel. Tienes esa misma voluntad inquebrantable. Pero debo irme; el santuario me espera para mis oraciones. Que los dioses te acompa?en.
Lizarel regresó a sus aposentos, donde el ambiente se sentía denso y cargado de una electricidad extra?a. Al entrar, vio a Amreh esperando cerca de los baúles. Hadram estaba sentado en su silla tallada, pero parecía ignorar todo lo que le rodeaba.
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—Amreh, necesito que la costurera haga un vestido nuevo —instruyó Lizarel, tratando de ignorar por un momento la figura sombría de su marido—. Que no sea exagerado, algo sencillo para dormir, ?podrás encargarte?
—Sí, princesa. Me encargaré de que lo hagan —respondió Amreh con una reverencia.
—Bien, entonces te mostraré la tela que...
Lizarel se detuvo al ver a Hadram. él estaba absorto, admirando una navaja plateada y única que brillaba peligrosamente bajo la luz de las antorchas. Parecía no escuchar nada de lo que ocurría a su alrededor.
—Hadram, amor, ?qué haces aquí? —preguntó ella, pero él seguía en silencio, hipnotizado por el metal. —?Hadram! ?Hadram! ?Hadram!
—??Qué?! ??Qué pasa, Lizarel?! —reaccionó él al fin, sobresaltado.
—?Qué estabas haciendo? Parecías en otro mundo con esa navaja.
—Solo... admirándola. Es una pieza especial, ?no lo ves? —respondió él con una voz fría que le dio escalofríos a Lizarel.
—Bien... te decía que el eunuco pasará por aquí porque quiero hacerme un vestido pijama nuevo. él llevará la seda a la costurera. Así que, por favor, no te pongas celoso por eso...
Antes de que pudiera terminar la explicación, Hadram se levantó bruscamente. La tomó por la cintura y la besó con una pasión posesiva, interrumpiéndola por completo.
—Ha... Hadram... —jadeó ella cuando se separaron.
—Pasa —ordenó Hadram, mirando con frialdad a Amreh.
—Disculpe, yo... —balbuceó el sirviente, incómodo.
—Amreh, la tela está en el baúl —dijo Lizarel—. Encárgate de que esté bien cuidada y dásela a la costurera.
Hadram, sin soltar a Lizarel, la cargó con fuerza y la sentó entre sus piernas en la silla, envolviéndola con sus brazos musculosos de forma posesiva, como si marcara su territorio frente al sirviente.
—No dejaré que ningún hombre te toque ni se acerque a ti, ?me oíste? —le susurró Hadram al oído—. Ni siquiera un eunuco.
—Amor, él no podría hacer nada, ya te lo he dicho —rio ella con suavidad—. No tienes por qué estar celoso de él.
—Tú eres mía, Lizarel. Y yo cuido lo que es mío —sentenció él con firmeza. Lizarel, para calmarlo, comenzó a hacerle una trenza en el cabello, acariciándolo con ternura. Pero su mirada volvió a la navaja plateada—. Oye... ?y esa navaja?
—Es algo especial, Lizarel —respondió Hadram, volviéndose serio de nuevo.
—?A dónde irás? ?Hadram! —insistió ella, pero él volvió a besarla para silenciar sus preguntas.
—Vuelvo pronto. Espérame aquí —dijo él antes de salir de los aposentos, dejando a Lizarel con un nudo de sospecha. ?Por qué estaba tan concentrado en esa arma?
Hadram caminaba por los corredizos con paso firme. A cada paso que daba, el ambiente parecía volverse más denso y pesado. Encontró a Tibar en la sala de armas.
—Tibar —llamó Hadram.
—Sí, príncipe. ?Qué necesita? —respondió el general, siempre leal.
—Acompá?ame a la sala de estrategia. Estoy muy pensativo sobre los movimientos de Herzor y necesito hablar contigo sobre nuestra posición —dijo Hadram con una cordialidad que Tibar no sospechó.
Ya en la sala, rodeados de mapas de pergamino, Tibar explicó la situación: —Mire, su padre reforzó estos puntos en el Sur. Si los enemigos de Herzor vienen, atacarían desde el Noreste. Usted sería el blanco central aquí, justo en medio. Para evitarlo, debemos ir por atrás para después atacarlos por sorpresa.
Hadram asentía, pero sus manos se movían hacia las jarras de bebida. —?Entiendo... quieres vino o agua, Tibar?
—Agua, príncipe. No me gusta beber vino cuando hablamos de la seguridad del reino.
—Tienes razón. Eres un hombre ejemplar, Tibar. Eres mi amigo y no mereces menos que mi atención —dijo Hadram, dándole la espalda.
Con un movimiento rápido y oculto por su vestidura, Hadram sacó un frasco peque?o. Dejó caer una gota de un líquido incoloro en la copa de agua de Tibar. Luego, sirvió vino tinto para él mismo.
—Listo. Tomé, aquí está —le entregó la copa con una sonrisa gélida.
—Gracias, príncipe —dijo Tibar.
—Es agua, el mío es vino —a?adió Hadram—. Brindemos por la victoria. ?Salud!
—?Salud! —respondió Tibar, confiando plenamente en su príncipe.
Tibar bebió el agua de un solo trago. Hadram lo observó fijamente, esperando.
?Qué pasará cuando el veneno haga efecto?
?Se dará cuenta Tibar de la traición o será demasiado tarde?
El Filo de la Sospecha y el Cáliz de la Traición'
Tu qué piensas de Hadram él tiene un plan o que será

