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🖤 Capítulo 29: Secretos de Sangre y Ofrendas al Fuego

  I. El Atentado en la Oscuridad

  La noche estaba tranquila; las antorchas se habían apagado, dejando que la luna fuera la única luz que se filtraba en la alcoba. Sin que nadie lo supiera, una sombra se movía en los aposentos empu?ando una espada. Lizarel, al despertar de repente, vio a una persona cuya identidad el manto de la noche ocultaba, pero pudo distinguir el brillo letal de una navaja. Antes de que pudiera reaccionar, Hadram la agarró abrazándola con fuerza, cayendo ambos de la cama en un movimiento rápido para protegerla.

  —?Estás bien? —preguntó Hadram con la respiración agitada.

  —Sí, amor, estoy bien —respondió Lizarel, temblando.

  A pesar de la oscuridad, Hadram pudo ver que la navaja estaba clavada profundamente en la madera de la cama. No había nadie más en la habitación, pero la puerta estaba abierta de par en par, solo dejando claro que alguien lo hizo a propósito.

  —?Quién habrá sido? ?GUARDIAS! —rugió Hadram. Un soldado entró al instante. —?Príncipe! —Llamen a Tibar ahora. Y ustedes, ?protéjannos! Quisieron matarnos.

  Hadram se volvió hacia su esposa, tomándola por el rostro. —Lizarel, ?estás bien? ?Viste quién fue?

  —No, solo pude ver la navaja y eso... casi muero... —susurró ella con el corazón en la garganta.

  —Todo va a estar bien, ?sí?

  —Pensé que iba a morir...

  —Tranquila. Quien osó intentar herirte, yo mismo lo mato. Quien sea: mujer, hombre, anciano o adolescente. Quienquiera que te haga da?o, yo lo haré sufrir, no tendré piedad, mi amor. Tú eres mía y de nadie más, ?entendido?

  Al ver el rostro de su marido transformado por un odio visceral, Lizarel solo pudo temblar de miedo, intentando controlarse mientras Hadram la estrechaba en sus brazos como si fuera su único escudo.

  II. Conspiración en las Sombras del Harem

  En el harem, la Segunda Esposa entró ansiosa. Las mujeres del Rey Zekeriel estaban concentradas entre perfumes, joyas, cremas y vestidos, pero la tensión era evidente.

  —?Qué pasó? Dime —preguntó la Tercera Esposa, acercándose con cautela.

  —Aquí no podemos hablar, vamos a mis aposentos —sentenció la Segunda Esposa.

  Se encerraron, asegurando la puerta para que ningún oído indiscreto las escuchara.

  —Entonces, dime, ?lograste el objetivo?

  —Lo iba a hacer —gru?ó la Segunda Esposa con frustración—, pero esa perra despertó y, antes de que muriera, Hadram la salvó.

  —Pero ?te vio? Dime que no.

  —No. Solo dejé la navaja clavada en la cama y logré huir de los aposentos a tiempo.

  —Es mejor que dejes de vengarte —le advirtió la Tercera Esposa con miedo—. Si lo intentas de nuevo, Hadram te matará. Sabes que mata a quien ose desafiar lo que él más aprecia. Ya cayó otra persona en sus manos.

  —?Pero mi rabia es más! Cuando la veo, tengo ganas de matarla, ?eso me da rabia!

  —Si lo vas a hacer, hazlo sola. La venganza se sirve en plato frío. Yo no voy a ayudarte más, ya no quiero vengarme.

  —?En serio? ?No me vas a apoyar? —No. Ya me cansé. Lizarel es la primera mujer que no ha caído en tus provocaciones, por eso estás irritada, porque ella no ha cedido...

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  La Segunda Esposa le soltó una bofetada fulminante a la Tercera, demostrando una furia digna de una villana consumada.

  —?CáLLATE! Tú no puedes decirme eso. ?Yo soy mejor que Lizarel! Si no me ayudas, ?le contaré que tú te aliaste con Herzor! Lo sabes, ?sabes que un traidor al reino es ejecutado! Así que, si no me ayudas, le diré todo. ?Entendido? ??Sí O NO?!

  —Sí... sí... —balbuceó la Tercera Esposa, aterrorizada.

  —Si tú no me ayudas, yo misma acabaré contigo. Sé tú oscuro secreto también, no creas que te librarás. ?No me delates y ayúdame!

  —Sí... claro...

  —Ahora vete. Déjame pensar aquí —concluyó la Segunda Esposa con frialdad.

  III. El Llanto de la Futura Reina y la Sospecha de Tibar

  En los aposentos reales, Hadram intentaba calmar la situación.

  —Ma?ana será nuestra coronación, amor.

  —?Por qué? —preguntó Lizarel extra?ada

  —. ?Por qué ma?ana? —Después te explico... ?Tibar, llegaste!

  Tibar entró a la habitación, pálido al ver la escena.

  —Supe lo que pasó. Por los dioses... en su cama hay una navaja.

  —Querían matar a mi mujer —dijo Hadram con los ojos fijos en el arma—. Lo bueno es que reaccioné a tiempo.

  —?Dónde está ella?

  —En la terraza. No ha querido moverse de allí.

  Lizarel, oculta en la penumbra de la terraza, sentía su corazón destruido. No podía creer que en ese palacio la muerte fuera moneda corriente. Aunque aún no estaba embarazada, sentía miedo por sus futuros hijos, temiendo que murieran en manos de la intriga palaciega. Sus lágrimas caían sin cesar.

  —Ella está llorando —observó Tibar.

  —Si, por culpa de esa persona. Ese asesino hizo llorar a mi mujer —dijo Hadram con voz ronca—. Vigila a todos, Tibar. Siento que alguien aquí es capaz de esto.

  —?De quién sospecha, príncipe?

  —La Segunda Esposa y su cómplice. Manda a vigilar cada uno de sus movimientos. Hazlo con cautela, que sea disimulado.

  —Sí, príncipe. Con su permiso.

  IV. La Verdad Sale a la Luz

  Hadram se acercó a Lizarel en la terraza y la vio deshecha.

  —Estás llorando... —No, no lo estoy haciendo —mintió ella, secándose el rostro.

  —No debes apenarte. Tú misma dices que un hombre que llora no es débil...

  —Es diferente. Muchos dicen que las mujeres somos débiles por género, pero yo tengo un miedo que nunca sentí... miedo a la muerte.

  —Amor... yo...

  —Sé que tú no tienes miedo, Hadram —lo interrumpió ella con voz firme.

  —?De qué estás hablando? —No tienes miedo porque sé el motivo... Sé que tú mataste a tu padre.

  Mientras tanto, en el corredor, Tibar organizaba a los hombres.

  —Soldados, busquen quién fue. ?Ahora! Ustedes dos vengan, los otros dispérsense. El capitán, aunque humilde ante su rango, daba órdenes precisas.

  —Vigilarán a la Segunda y Tercera esposa, las viudas de Zekeriel. Sean discretos, son mis hombres de confianza. Infórmenme de todo.

  —Sí, capitán —respondieron los soldados, reconociendo en Tibar al futuro comandante del reino.

  Pero a pesar de que Tibar fuera la mano derecha de Hadram él nunca fue capitán ya que los soldados si lo consideraban uno...

  V. La Discusión del Poder

  Dentro de la habitación, el aire se volvió pesado.

  —?Cómo lo sabes? —preguntó Hadram con una mirada que mezclaba miedo y tristeza.

  —Esa noche me preocupé por ti —confesó Lizarel llorando—. Fui a buscarte y escuché voces. Te vi a ti y a tu padre discutiendo por algo del pasado... y luego, con esa mirada fría, lo mataste. Por eso no sientes miedo.

  —Lizarel, lo hice por ti —intentó justificarse él.

  —??Por mí?! ?Lo hiciste para reinar! Para llegar al poder. Solo lo dices para tranquilizarme, pero nadie puede dominarme, ya te lo demostré. Soy dura, pero no soy una asesina.

  —?En serio? ?Acaso debía perdonar a mi padre que mandó a matar a mi madre y a mis hermanos?

  —?Tu padre me trató como a una hija de verdad!

  —?él fingió amarte! —gritó Hadram—. Lo hice por ti. Para tener la corona es necesario derramar sangre, pronto lo entenderás.

  Hadram intentó besarla con delicadeza para calmarla, pero ella se apartó con asco. —?NO ME TOQUES! Tus manos están llenas de sangre.

  —Lizarel, yo... —?No me toques! Déjame a solas.

  —Está bien. Nos vemos cuando estés mejor —dijo Hadram, saliendo herido de los aposentos mientras Lizarel se hundía en el llanto.

  VI. Oscuros Secretos y Ofrendas al Fuego

  En el harem, la Segunda Esposa disfrutaba de un aroma delicioso, pero su mente no descansaba.

  —Haré todo para que Lizarel no esté. Me desharé de ella antes de la coronación, y tú me ayudarás —le dijo a la Tercera Esposa, recordándole las cicatrices que Hadram le había dejado en el pasado.

  En los aposentos, Lizarel se quedó dormida de tanto llorar. Hadram regresó, la cargó con delicadeza hasta la cama y la acostó con ternura.

  —Vaya, cómo puede dormir mi leona... guardando secretos tan valiosos. Te amo, pero sé que nunca me delatarías, porque si lo haces, me dolería tener que matarte, mi amor. Espero que no lo hagas... —susurró mientras acariciaba su cabello con una dulzura agridulce.

  Hadram salió de allí y caminó hacia el lugar más sagrado del palacio: el santuario.

  —Dioses, cuánto tiempo —dijo frente al altar—. E aquí mi ofrenda, un banquete real. No se enojen, les traje algo especial. Abrió una peque?a caja de madera. —Para contentarlos, les traje lo más precioso: el corazón de un animal. Espero que les guste.

  Hadram se inclinó ante la ofrenda. —Ayúdenme a reinar y a vencer a mis enemigos, como Herzor y Egipto. Sé que lo harán. Debo irme a descansar para ser coronado.

  Al dejar el banquete, el fuego del santuario se hizo más grande, como si los dioses hubieran aceptado el pacto de sangre del nuevo Rey.

  'Nos vemos en el próximo capitulo'

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