El Serpiente de Mar ancló frente a la isla, y su tripulación desembarcó para instalar un campamento provisional cerca de la playa. La primera jornada transcurrió tranquila mientras transportaban víveres y equipamiento desde el barco hacia la arena. La espesa jungla que se alzaba tras ellos, en apariencia hermosa y exuberante, les provocaba una inexplicable sensación de inquietud.
El lugar parecía idílico, con playas de arena blanca, aguas turquesas, y palmeras que se mecían suavemente con el viento. Pájaros exóticos cruzaban el cielo, llenando el aire con sus cantos. A pesar de esto, Jana sentía una desconfianza latente que no lograba sacudirse.
Al caer la noche, la tripulación encendió una fogata en la playa. Allí compartieron comida, historias y risas para disipar la tensión. Gregor rompió el silencio con una carcajada:
—?Se acuerdan cuando asaltamos ese barco mercante y sólo hallamos especias? La capitana nos obligó a comer guiso picante durante una semana.
Las risas resonaron entre la tripulación, relajando un poco la tensión del día. Malik, conocido por su sentido del humor negro, se inclinó hacia adelante con una sonrisa desafiante:
—Espero que aquí no nos toque otro guiso picante. He escuchado cuentos sobre islas así; caníbales ocultos que se devoran a los visitantes descuidados. Si me atrapan, por lo menos que se quemen la lengua con mi carne bien sazonada.
Las carcajadas de algunos se desvanecieron rápidamente, dando paso a un silencio incómodo. Jana frunció ligeramente el ce?o.
—?Caníbales? ?De dónde sacas eso, Malik?
él se encogió de hombros con una sonrisa maliciosa.
—Marineros supersticiosos, ya sabes.
Brannon, serio como siempre, miró con desaprobación a Malik:
—Deja de contar historias absurdas, sólo logras inquietar más a la tripulación.
Sin embargo, aquella noche nadie durmió completamente tranquilo.
La segunda noche cayó y como de costumbre Jana y la tripulación se sentaron alrededor del fuego en la playa, relajándose entre bromas y conversaciones casuales. Las risas y murmullos eran constantes, un sonido reconfortante frente al inquietante silencio de la jungla.
Fue entonces cuando Jana sintió una extra?a incomodidad, algo fuera de lugar en medio de esa calma aparente. Observó detenidamente el círculo de rostros iluminados por la hoguera. Algo no encajaba.
—?Alguien ha visto a Finn? —preguntó de repente, interrumpiendo las conversaciones.
La tripulación intercambió miradas rápidas, algunos encogiéndose de hombros. Finalmente, Maren contestó con un tono despreocupado:
—Probablemente esté meando por ahí. Ya sabes cómo es.
Algunos rieron con suavidad, intentando restarle importancia.
Jana frunció el ce?o ligeramente, insegura.
—Esperaremos hasta el amanecer. No hay necesidad de alarmarnos por ahora. Si no regresa al campamento para entonces, saldremos a buscarlo.
La tripulación aceptó con leves asentimientos, y poco a poco las risas regresaron, aunque más apagadas que antes.
La ma?ana llegó más pronto de lo esperado, y cuando Jana despertó, encontró a toda la tripulación reunida silenciosamente en torno al lugar donde Finn solía dormir. Una tensión incómoda flotaba en el aire.
Jana suspiró profundamente, anticipando lo inevitable.
—Muy bien, lo buscaremos. —Observó seriamente a cada uno—. Nos dividiremos en grupos peque?os, manténganse juntos y no pierdan de vista a sus compa?eros. Esta isla podría ser más peligrosa de lo que creemos.
La tripulación se dividió en peque?os grupos irregulares y comenzaron a internarse en la espesura, armados con machetes que cortaban sin piedad las enredaderas y plantas enredadas. El sol ardía, intensificando la humedad hasta el punto de que la ropa se adhería a la piel empapada en sudor.
La tripulación se dividió en peque?os grupos irregulares y comenzaron a internarse en la espesura, armados con machetes que cortaban sin piedad las enredaderas y plantas enredadas. El sol ardía, intensificando la humedad hasta el punto de que la ropa se adhería a la piel empapada en sudor.
Con el tiempo, Jana notó que las voces que gritaban el nombre de Finn iban reduciéndose gradualmente, pero no le dio mucha importancia; probablemente solo se habían cansado de gritar. De repente, un ruido sordo seguido por algo arrastrándose sobre las hojas llamó su atención.
—?Alto! —gritó bruscamente mientras giraba sobre sus pies, el machete listo en su mano.
Sus ojos recorrieron rápidamente el entorno, buscando el origen del sonido. Malik se detuvo a su lado, su respiración pesada rompiendo el silencio incómodo que los rodeaba. Los otros dos tripulantes restantes se pusieron tensos, sosteniendo con más fuerza sus armas mientras esperaban instrucciones.
—?Escuchaste eso? —preguntó Jana en voz baja, casi en un susurro.
Malik asintió lentamente, sus ojos oscuros muy abiertos.
—éramos más personas hace un momento —murmuró nerviosamente—.
Ahora quedaban solo Malik, Jana, y otros dos tripulantes que permanecieron en absoluto silencio, tratando de captar cualquier otro movimiento. Solo se escuchaba el zumbido constante de los insectos, cada vez más sofocante.
—Maldita sea, Malik, tus caníbales parecen bastante reales ahora —masculló John entre dientes, con la voz cargada de irritación y nerviosismo, sin dejar de vigilar la jungla a su alrededor.
—Regresemos al campamento —ordenó finalmente, con tono firme pero tranquilo—. Lo que sea que está aquí, juega con ventaja entre los árboles. Necesitamos reagruparnos y planear mejor cómo continuar.
Con un gesto silencioso accedieron, y comenzaron a retroceder lentamente, manteniendo la formación. Pero antes de dar siquiera unos pasos, otro crujido resonó claramente en el follaje justo a su derecha. Esta vez, no podían ignorar que estaban siendo acechados.
—?Prepárense! —rugió Jana, levantando el machete mientras fijaba la mirada en la espesura—. ?Corran hacia la playa, ahora!
El grupo echó a correr en dirección a la orilla. Sus bocas pronto se llenaron de insectos que golpeaban sus rostros mientras cortaban frenéticamente las hojas y ramas para abrirse paso. Pero rápidamente, los insectos dejaron de ser su único problema: piedras comenzaron a volar hacia ellos desde la jungla, cada una más afilada y precisa que la anterior.
—?Tenemos que movernos más rápido! —gritó Malik, esquivando una piedra que pasó silbando cerca de su cabeza—. ?Estamos demasiado expuestos aquí!
Aceleraron aún más su paso, jadeando, mientras el miedo impulsaba cada uno de sus movimientos. Al alcanzar finalmente la playa, los ataques cesaron de inmediato. Exhaustos, algunos se desplomaron en la arena mientras otros se apoyaban en sus rodillas, intentando recuperar el aliento. Jana, asqueada por los insectos que cubrían su cuerpo, corrió directamente al mar, sumergiéndose para limpiarse y refrescarse.
Tras unos minutos de recuperación, se reunieron nuevamente en la orilla. Antes de que pudieran empezar a planear qué hacer a continuación, un par de tripulantes que no habían desembarcado llegaron desde el barco en el momento justo. Malik, con una sonrisa burlona y aliviada, se acercó a uno de ellos y le dio un abrazo exagerado:
—Nunca pensé que me alegraría tanto de verte, Zaylid.
Zaylid, con evidente disgusto, lo apartó con un empujón.
—?Qué demonios está ocurriendo, capitana? —preguntó con confusión en el rostro.
Mientras Jana comenzaba a explicar la situación, un fuerte grito resonó desde la jungla cercana a la orilla, haciendo que todos giraran bruscamente la cabeza hacia el origen del sonido. Un instante después, Finn apareció gateando desesperadamente desde la espesura, con el rostro medio ensangrentado y la mirada desencajada.
—?Capitana! —jadeó Finn con el aliento entrecortado mientras intentaba llegar hasta ellos.
Jana corrió rápidamente hasta él, seguida por el resto del grupo. Finn respiraba con dificultad, completamente agotado.
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—Respira, Finn, cálmate —dijo Jana intentando tranquilizarlo, mientras John, mucho más impaciente, interrumpió con urgencia:
—?Qué ha pasado? ?Has visto al resto?
Finn tragó con dificultad antes de responder:
—Caníbales, capitana. Malik tenía razón. Nos rodearon silenciosamente y nos llevaron uno a uno, sin apenas ruido. Nos llevaron a un templo en ruinas, en lo más profundo de la isla. El lugar estaba lleno de cadáveres, restos humanos... huesos amontonados por todas partes. Estaban preparándose para algo un ritual o algo parecido; apenas logré escapar cuando estaban distraídos.
—Volvamos al barco, tomaremos más armas y regresaremos por ellos —dijo Jana con firmeza.
Antes de que pudieran moverse, Sara, que había acompa?ado a Zaylid, habló con voz tensa mientras se?alaba hacia la orilla vacía:
—Capitana… el bote no está.
Todos se giraron bruscamente. La arena donde lo habían dejado estaba completamente lisa, sin una sola marca reciente.
Zaylid escupió a un lado con fastidio.
—Dijiste que nunca dejáramos un bote esperándonos en la orilla, por si algún bastardo se arrimaba al barco mientras estábamos fuera. La barca tiene la orden de volver a recogeros al atardecer.
El silencio cayó un instante sobre el grupo, y Jana apretó la mandíbula. La orden había sido suya, y ahora esa misma precaución se volvía en su contra.
—Entonces no tenemos más remedio —respondió, mirando la selva con el rostro endurecido—. Iremos por ellos con los que tenemos.
—?Tenemos que ir? —preguntó con un hilo de voz—. Quedan más tripulantes en la Serpiente de Mar que los que hay ahora mismo en esta isla… no le harán falta, capitana. Si vamos a por ellos podríamos no volver…
Ante esas palabras, Zaylid, Sara, John,Finn y Malik lo miraron con los ojos muy abiertos, como si no hubieran creído escuchar bien. La expresión de horror en sus rostros hizo que el hombre tragara saliva y se apresurara a a?adir, titubeando:
—O… o mejor podríamos esperar a que regrese la barca… o que alguien se quede aquí por si ninguno logra salir, para avisar al resto.
Todos se centraron en su capitana, esperando su reacción. Jana, con el rostro completamente inexpresivo, levantó el machete y lo alzó hasta quedar a la altura de la cara del tripulante que había hablado. Su voz salió fría y cortante:
—Nadie se queda atrás.
Bajó el machete lentamente y, sin apartar la mirada de él, lo clavó con fuerza en la arena húmeda.
—Aunque tienes una elección… —continuó con tono implacable—. Puedes seguir con nosotros o ser la excepción a mi norma… y quedarte atrás.
No esperó respuesta. Sacó el machete de la arena de un tirón y se giró hacia la selva, adentrándose en ella sin una sola palabra más. El resto de la tripulación la siguió de inmediato, incluso Finn, que apretaba con ambas manos las partes heridas de su cuerpo como si temiera que se le deshicieran.
El tripulante que había osado hablar se quedó quieto un momento, mirando de reojo hacia el barco a lo lejos. Tragó saliva, el miedo y la duda reflejándose en su rostro. Finalmente, con pocas ganas pero impulsado por la vergüenza y el instinto, echó a correr para alcanzar al resto antes de quedarse solo en aquella orilla.
El grupo avanzó en silencio entre la espesura, cada paso hundiéndose en la tierra húmeda mientras cortaban la maleza a machetazos. El aire se volvía más pesado a medida que se adentraban; la selva parecía tragarse cualquier sonido, dejando solo el eco de sus respiraciones y el golpeteo de gotas de sudor cayendo al suelo.
Finn guiaba como podía, tambaleándose, sus manos aún apretando sus heridas.
—Es por aquí… —murmuró con voz ronca—. Más adelante… el templo…
Finalmente, entre los árboles, surgió la silueta de piedra cubierta de enredaderas. El aire olía a humedad, sangre vieja y carne podrida. Jana levantó la mano, ordenando silencio. Avanzaron agachados hasta la entrada.
El interior estaba iluminado tenuemente por antorchas clavadas en las paredes. El suelo estaba cubierto de huesos blanquecinos y restos humanos en distintas fases de descomposición. Malik frunció el ce?o y escupió al suelo para ahuyentar el sabor metálico que sentía en la boca.
En el centro de la estancia, varios de los tripulantes desaparecidos estaban atados a columnas de piedra, con mordazas improvisadas y los ojos desorbitados de miedo.
—?Joder! —soltó John en un susurro furioso, corriendo hacia ellos.
—?Silencio! —espetó Jana en voz baja, levantando la mano.
Sara y Zaylid se apresuraron a cortar las cuerdas, mientras Malik vigilaba la entrada. El sonido de las fibras desgarrándose se mezclaba con la respiración agitada de los prisioneros liberados.
Uno de ellos, apenas capaz de hablar, susurró:
—No… no tardarán en volver… escuchamos los tambores.
Apenas esas palabras salieron de su boca, un sonido profundo comenzó a retumbar desde la selva, un golpe rítmico que hacía vibrar el suelo bajo sus pies. Jana cerró la mandíbula y se irguió, el machete listo.
—Tenemos que salir de aquí, ahora.
Malik asintió y miró a los liberados:
—?Arriba, vamos! Si podéis correr, corréis; si no, os arrastramos, pero salimos todos juntos.
El grupo comenzó a salir a toda prisa, algunos cargando a los heridos. El eco de los tambores se acercaba, mezclándose con voces extra?as que gritaban en un idioma gutural. Cuando cruzaron la entrada del templo, la primera lluvia de lanzas cayó desde los árboles.
—?A la playa, rápido! —rugió Jana, abriendo paso a machetazos mientras los caníbales emergían de la espesura como sombras vivientes.
No estaban bien organizados y su forma de vida parecía primitiva, pero lo que les faltaba en inteligencia lo compensaban en número. Se abalanzaban sobre sus víctimas, mordiéndolas y desgarrando la carne a tiras. El caos era absoluto mientras corrían por la selva; algunos de los tripulantes no lograron salir, sus gritos se apagaban bajo la mara?a de cuerpos salvajes.
Justo cuando estaban a punto de alcanzar el límite de la selva, Jana se detuvo un instante, asegurándose de que todos los que podían escapar salieran primero. Gritaba órdenes mientras su machete abría paso, aniquilando a cualquiera de los caníbales que se atrevía a acercarse demasiado. Cuando el último de los suyos cruzó, Jana dio media vuelta para huir hacia la orilla junto al resto… pero no llegó a dar ni tres pasos.
Algo, o más bien alguien, se lanzó sobre ella con una fuerza brutal, derribándola contra el suelo. Pesaba mucho más que cualquier hombre de su tripulación. El cuerpo que la inmovilizaba estaba cubierto de una tinta negra que brillaba con el sudor; solo destacaban el blanco de sus ojos, los dientes y algunos fragmentos de piel en la cintura donde la pintura se escurría.
Jana reaccionó instintivamente, pensando que sería otro caníbal dispuesto a arrancarle la garganta, pero al segundo se dio cuenta de algo extra?o: no intentaba morderla. Estaba luchando con ella, como si tratara de inmovilizarla, no de devorarla. Era uno de ellos… y al mismo tiempo, no lo era.
Con un esfuerzo desesperado, Jana consiguió darle una patada, zafarse de su agarre y lanzarlo unos pasos más allá. Se incorporó de un salto, el machete en guardia.
—?Quién eres? —escupió con la respiración entrecortada.
El salvaje se puso en una posición baja, como un gorila preparándose para cargar, los hombros tensos y las manos dibujando círculos en el aire, esperando ver quién atacaba primero. Sus ojos salvajes la observaban con una intensidad feroz. Jana repitió la pregunta, más fuerte:
—??Quién eres?!
Esta vez, algo cambió. Los ojos, antes llenos de instinto y rabia animal, comenzaron a suavizarse, como si de pronto pudiera comprender lo que ella decía. Con movimientos lentos, empezó a enderezarse, incorporándose poco a poco hasta quedar de pie como una persona normal.
Fue entonces cuando unos gritos rompieron la tensión:
—?Capitana! ?Capitana!
Las voces de su tripulación llamándola la arrancaron de aquel extra?o trance. Jana parpadeó, dudando. El hombre, ya erguido, la miraba fijamente, como esperando algo más… como si quisiera hablar. Jana miró hacia la orilla donde sus hombres la reclamaban, y luego de nuevo al salvaje, atrapada entre ambas decisiones.
Finalmente, giró sobre sus talones y echó a correr hacia la playa. No se atrevió a mirar atrás hasta que estuvo casi fuera de la selva. Cuando lo hizo, el misterioso salvaje no la seguía. Estaba completamente erguido, inmóvil, y levantó una mano cerrada en un pu?o.
En cuanto ese gesto se dibujó en el aire, los gritos y pisadas de los otros caníbales se apagaron de golpe. El silencio regresó a la selva como una ola, pesado y absoluto, mientras Jana salía a la orilla con el corazón martillando en el pecho.
Cuando Jana emergió de la selva, la tripulación que la esperaba en la orilla soltó un suspiro colectivo. Finn, aún apoyado en Malik, parecía a punto de desplomarse. Zaylid se adelantó, sujetándola del brazo para asegurarse de que estaba entera.
—?Qué demonios pasó ahí dentro? —preguntó John, jadeando—. Los gritos de los caníbales cesaron de inmediato y nos dejaron de seguir.
Jana no respondió de inmediato. Aún sentía el eco de la mirada de aquel extra?o salvaje y el pu?o levantado deteniendo todo el caos. Finalmente, sacudió la cabeza, empu?ó el machete y solo dijo:
—Después. Ahora tenemos que salir de esta maldita isla. Ya esta atardeciendo encended la fogata para que nos envíen mas barcas.
—?Ahí vienen! —gritó Malik al ver las luces de las barcas aproximarse desde la distancia.
Cuando los botes tocaron la arena, la tripulación restante se apresuró a ayudar a los heridos a bordo. Jana subió la última, echando una última mirada a la selva que se extendía tras ellos, ahora completamente silenciosa.
De vuelta en el Serpiente de Mar, la tensión era palpable. Jana ordenó que el mensajero fuera traído a cubierta. Lo arrastraron hasta el centro del barco, y allí, empapada de sudor y con la cara aún manchada de sangre ajena, Jana lo encaró con una calma aterradora.
—Nos mandaste aquí a morir —dijo sin levantar la voz, pero cada palabra pesaba como plomo.
El mensajero, atado de manos, negó frenéticamente.
—Yo… yo solo seguía órdenes…
—?De quién? —la interrumpió Jana con un tono tan frío que hizo callar hasta el mar.
El hombre apretó los labios, temblando. Jana le sostuvo la mirada unos segundos más y luego habló sin apartar los ojos de él:
—Zaylid, Sara. Preparad un bote.
El mensajero abrió mucho los ojos, comprendiendo al instante lo que significaba. Jana se agachó hasta quedar a su altura, el machete descansando en su hombro.
—?Sabes lo que hay en esa isla? —preguntó Jana con voz baja, casi calmada.
El hombre negó rápidamente con la cabeza, temblando.
—Voy a ser misericordiosa contigo, ya que no sabias lo qué había allí —decía mientras le ataba las manos. Lo llevaron hasta el borde del barco.
—No te preocupes, no vamos a tirarte al mar —murmuró con un tono casi sereno—. Vamos a llevarte a la isla— Jana levantó el machete y se?aló hacia la costa oscura que apenas se divisaba en la distancia —Y yo te voy a esperar hasta el amanecer. Para entonces, si el destino te quiere vivo, tal vez sobrevivas a esta isla … y que estés dispuesto a cooperar. Si no… —hizo una pausa mientras se incorporaba— no seré yo quien te salve.
Jana no a?adió nada más; no tenía ganas de perder más tiempo ni de mancharse las manos con él. Para ella, era perfecto: la isla lo torturaría por ella. Y si al amanecer no quedaba nada que rescatar… también le servía.
El viaje en barca fue relativamente tranquilo; el pobre mensajero no tenía idea de lo que le esperaba al tocar tierra. Nadie dijo una sola palabra durante el trayecto, solo el sonido de los remos cortando el agua acompa?aba el silencio.
Esa noche, mientras la Serpiente de Mar permanecía fondeada a distancia segura, una silueta comenzó a moverse en la playa. Saltaba de un lado a otro, agitando los brazos y gritando pidiendo auxilio. Nadie bajó. El cansancio había roto a todos; uno a uno, se dejaron caer en cubierta, rindiéndose al sue?o tras la pesadilla que acababan de sobrevivir.
El amanecer llegó con una calma extra?a. Jana salió a la cubierta con el rostro serio y observó la orilla. Tal como había anticipado, no había nadie . Solo la playa desierta y las huellas borradas por la marea.
Sin decir palabra, dio la orden. Las velas se desplegaron lentamente mientras el barco giraba sobre las olas, dejando atrás la isla y sus horrores. Era hora de retomar la misión original.

