El Serpiente de Mar entró bajo la cobertura del anochecer en un bullicioso puerto cerca de la isla canibal, con su tripulación exhausta pero alerta. La promesa de provisiones frescas y un breve descanso era un cambio bienvenido. Cuando el barco echó anclas, Jana recorrió con la vista el puerto, notando la mezcla de navíos mercantes y buques de guerra. El aire estaba impregnado con el olor a sal y pescado, mezclado con los sonidos lejanos de risas y comercio.
Una vez que el barco quedó asegurado, la tripulación se dispersó para buscar suministros y pisar tierra firme después de tantos días de balanceo constante en el mar.. Jana, sin embargo, tenía otra misión en mente. Se adentró en las sinuosas calles hasta llegar a un burdel, cuyo cartel se balanceaba suavemente con la brisa de la tarde. Las mujeres eran más comunes en lugares como ese, y esperaba pasar desapercibida entre ellas.
Jana llevaba un vestido sencillo, las capas de tela cayendo hasta los tobillos mientras se adentraba en el burdel. El interior estaba vivo, lleno de marineros, comerciantes y locales que intercambiaban mucho más que historias y cotilleos. Jana se deslizó dentro del establecimiento tenuemente iluminado con paso inseguro, dejando que sus ojos se adaptaran al humo del ambiente.
Encontró un asiento cerca de un grupo de hombres absortos en conversación escuchando atentamente sus palabras mientras se mezclaba con las trabajadoras del lugar, cuando sintió una mano peque?a pero firme aferrarse a su brazo.
—Eres nueva, ?verdad? —preguntó una voz femenina a su lado.
Jana no tuvo tiempo de responder; la joven que la sujetaba ya la estaba arrastrando con prisa hacia el fondo del local. Sorprendida, la miró de reojo, sin entender qué estaba pasando.
—No me mires así —dijo la muchacha con una sonrisa nerviosa mientras tiraba de ella—. Se te nota por la cantidad de ropa que llevas encima. Ven conmigo antes de que te vea la madame. Así fue mi primer día aquí, y me habría encantado que alguien me hiciera este favor.
Se giró apenas para dedicarle una sonrisa cálida mientras seguían avanzando por el pasillo.
—Soy Mary, por cierto. Encantada. ?Y tú?
Jana permaneció en silencio unos segundos, observando a la joven habladora que la llevaba casi corriendo. Finalmente, respondió con voz seca:
—Jana.
—Pues bienvenida, Jana. —Mary le gui?ó un ojo—. Ya que todavía no te han asignado habitación, vente a la mía. Te preparo y te maquillo antes de que empiece la noche.
El peque?o cuarto al que entraron estaba tenuemente iluminado por una vela. Mary empezó a rebuscar entre telas y frascos mientras hablaba sin parar. Jana, sin objetar, dejó que la joven retirara parte de sus prendas exteriores. Los hombros y la clavícula quedaron al descubierto, y las capas marrones que cubrían su corsé dejaron ver el contorno ajustado que llevaba debajo.
No tenía pensado implicarse tanto, pero ya que la chica se había ofrecido a camuflarla, no podía rechazar esa inesperada amabilidad. Mary trabajó rápido, aplicando polvo en el rostro de Jana y un pintalabios rojo que sobrepasaba las comisuras de sus labios. Cuando terminó, retrocedió un paso para admirar su obra.
Entrando en personaje, Jana tomó con entusiasmo las manos de la joven y, con una voz casi chillona y un marcado acento campesino, exclamó:
—?Muchas gracias, Mary! No sé qué habría hecho esta noche sin ti.
Mary soltó una risa breve mientras abría la puerta.
—Probablemente la madame te habría dado el peor y más asqueroso cliente del lugar. —Le gui?ó un ojo con complicidad mientras ambas salían al oscuro pasillo que conectaba con la vivienda interna del burdel. El murmullo de voces y el sonido de jarras golpeando mesas se hicieron más claros a medida que se acercaban al salón principal. Jana se quedó al margen, mezclada entre las sombras mientras Mary se escabullía hacia su puesto.
En una de las mesas, una voz grave rompió el ruido ambiente:
—Decidme, ?no has estado vos recientemente en Valtoria? —dijo un hombre de barba espesa y tono curioso, arrastrando las palabras con un deje de vino—. ?Es cierto lo que murmuran, que los demonios andan escapando del mismo infierno?
El comerciante al que iba dirigida la pregunta levantó la jarra y bebió un buen trago antes de responder con un tono cargado de importancia:
—Ah, sí, amigo mío… las cacerías contra esos seres van en aumento en esas tierras.
—?Cuenta tu historia ya, hombre! —saltó otro de la mesa, que hasta ese momento había estado absorto en la belleza de la mujer sentada en su regazo.
El comerciante dejó la jarra en la mesa con un golpe seco.
—Allá voy. No soy muy conocedor de su procedencia, pero alguien de mi entera confianza jura que habló con uno de ellos. Y asegura que vienen de tierras muy lejanas, tan lejanas que ni en nuestros mapas existen. Dicen que pueden enga?ar la mente humana y que sus haza?as no son obra de magia, sino de algo que llaman… ciencia.
Los hombres de la mesa soltaron una carcajada casi al unísono.
—?Ciencia? —rió uno, golpeando la mesa con el pu?o—. ?No es ese el nombre elegante que dan los profanadores de cadáveres a su brujería? Los mismos que prometen sanar a las gentes infligiéndoles heridas peores que las que ya traen.
Desde una mesa adyacente, una voz áspera interrumpió el coro de risas:
—?Pedazo de ignorantes! A eso se le llama cirugía. Y gracias a esos “burros”, como vos decís, mi hermana hoy está viva.
La tensión subió como pólvora encendida. Un amigo del comerciante se levantó de golpe, mano en el cinturón y jarra en la otra, tambaleándose con el rostro enrojecido por la bebida.
—?Bien! Una puta más que follar en el mundo, ?maravilla de artes! —espetó con sorna.
El burdel entero estalló en carcajadas, pero el hombre de la mesa adyacente no se quedó quieto. Tiró su silla hacia atrás con un estrépito y avanzó directo hacia él. En cuestión de segundos, la primera bofetada retumbó en el salón, seguida de un estrépito de jarras y el choque de cuerpos.
Una pelea de taberna había comenzado. Las mujeres gritaban alarmadas, apartándose mientras las mesas se volcaban una tras otra. Jana, absorta en sus pensamientos, no podía apartar de su mente las palabras del comerciante: Hombres de tierras lejanas que aparecen de repente… que aseguran usar ciencia y no magia. Demasiadas coincidencias con los Guardianes del Tiempo para pasar por alto, pero no bastaba con rumores de taberna. Necesitaba más pruebas antes de atreverse a volver al Serpiente de Mar y cambiar el rumbo de toda la tripulación.
Entre los gritos y el desorden, una silueta apareció en el marco de la puerta interior. Una mujer mayor, de porte sorprendentemente digno para aquel lugar, avanzó despacio con un abanico en mano. Las trabajadoras callaron de inmediato y bajaron la mirada con un miedo palpable.
—La madame… —susurraron las chicas presentes casi al unisono.
—Caballeros… —dijo la mujer con voz firme mientras desplegaba el abanico como una espada ceremonial—. Miren lo que han hecho a mis pobres ángeles. No querrán que sus bellezas se vean arruinadas por vuestro disturbio, ?verdad?
Durante unos segundos, ambos hombres detuvieron los golpes, jadeando mientras se miraban con odio. Pero el silencio duró poco. Apenas la madame terminó de hablar, volvieron a enzarzarse con más rabia.
El abanico se cerró de golpe, el chasquido seco resonando como un látigo. La madame giró la cabeza hacia el hombre tras la barra, que asintió en silencio. En un momento, los dos contendientes fueron agarrados por el pescuezo y arrastrados a la calle, donde siguieron la pelea. Sus gritos y golpes aún se escuchaban desde dentro mientras el burdel recuperaba poco a poco el aire enrarecido de la calma.
Cuando la calma volvió poco a poco al burdel, la mesa del mercader resonaba de risas gruesas.
—Como siempre… no hay jornada en la que este bruto no cause pendencia —dijo uno, dándole un golpe amistoso en la espalda al hombre que había iniciado la trifulca.
—Algún día perderá la vida por ello —a?adió otro entre carcajadas.
—?No deberíamos socorrerle? —preguntó uno más, mirando hacia la puerta por donde habían sacado a los contendientes.
El mercader alzó la jarra como si diera sentencia:
—No sería honrado meter las manos en duelo ajeno. Si ha escogido la reyerta, que la concluya con su acero o con su pellejo.
La mesa estalló en risotadas. Jana, viendo que la plática se alejaba de lo que le interesaba, apretó los labios y decidió intervenir.
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Se aproximó a la mesa con paso lento, ladeando la cadera como había visto hacer a Mary. Al llegar, inclinó un poco la cabeza, dejando que el maquillaje tosco y el polvo sobre su rostro jugaran a su favor.
—He oído vuestras palabras de antes… —dijo con voz suave, dejando caer una sonrisa coqueta—. Esos hombres de tierras lejanas… suena historia digna de ser oída.
El mercader la miró de arriba abajo, y con una sonrisa torcida la aferró de la cintura, sentándola en su regazo. Su mano áspera rozó sus hombros desnudos.
—Tú eres nueva en esta casa… jamás mis ojos te vieron, y eso que frecuento este lugar cuanto puedo —murmuró con voz grave.
Jana soltó una risa breve, fingiendo naturalidad.
—?Qué os puedo decir? A los clientes siempre les place la carne fresca.
Los hombres de la mesa soltaron carcajadas mientras el mercader, aún con la mano en su cintura.
—No solemos escuchar cuentos tan sabrosos en este burdel… —dijo Jana con una sonrisa juguetona, inclinándose hacia él—. ?Qué os parece, buen se?or, deleitar a este pobre alma?
El mercader soltó una carcajada grave y, apretando un poco más su cintura, replicó con voz ronca:
—Se supone que ese es tu oficio, doncella.
—Ya llegará mi turno —susurró con una sonrisa ladeada Jana.
El mercader rió entre dientes y, viendo la expectación de sus compa?eros, levantó las manos como rindiéndose:
—Está bien, está bien… pero habrás de compensarme, muchacha.
—No dudéis de ello —respondió Jana, voz melosa y ojos brillando con fingida picardía.
El mercader se acomodó y bajó el tono de voz, haciendo que todos acercaran la oreja.
—Dicen que hasta las mejores espadas del reino han cruzado acero contra ellos… y ni aun desarmados caen. Les han visto quebrar huesos, dejar hombres paralizados sin filo ni flecha. Mas curioso es que pocos mueren.
Uno de la mesa escupió al suelo y murmuró con voz grave:
—Son descripciones del mismo diablo. No puede tomar almas por su mano, así que las retuerce en sus cuerpos.
Otro asintió con el ce?o fruncido, inclinándose sobre la mesa:
—?Y sabéis qué es lo más extra?o? A los pocos que han atrapado les hallaron cadenas en las mu?ecas que nadie ha podido romper. Hubo quien les cortó las manos para arrancarlas… y ni así las soltaron
Al escuchar esas palabras, la mente de Jana comenzó a correr.
??Valtoria?? El nombre resonaba en su memoria. La mención de gente con poderes extra?os le hizo pensar inmediatamente en los guardianes del tiempo. Comprendió que no podía perder tiempo: si no encontraba el orbe, al menos en Valtoria podría hallar una parte de su hogar… o de su pasado atrapado en el olvido.
Al escuchar esas palabras, la mente de Jana comenzó a correr, estaba hablando de los guardianes del tiempo.
—Eres toda una buena oyente —dijo el mercader con una sonrisa torcida, acercando su mano a la de ella.
—Eres un gran narrador —respondió Jana con una sonrisa forzada, retirando su mano con suavidad—. Pero debo irme.
El hombre le sujetó el brazo con fuerza, frunciendo el ce?o.
—?Y a dónde crees que vas, preciosa? La noche aún es joven.
Jana tiró de su brazo, intentando zafarse mientras mantenía la voz baja y calmada.
—Si queréis más, tendréis que pagar más… dudo que queráis enfadar a la madame.
El mercader apretó el agarre, el rostro enrojecido.
—?Pagar más? ?Así rompes tu promesa delante de todos?
—No es nada personal, se?or —replicó Jana, buscando soltar la presión en su mu?eca—. Solo trabajo, ya lo sabéis.
Un hombre de la mesa soltó una carcajada y gritó:
—?Eso te pasa por creer en las promesas de una cortesana!
Las risas recorrieron el salón como cuchillos. El mercader se puso rojo de ira, no soportando la humillación pública.
—Te entregarás a mí hoy mismo… —gru?ó entre dientes— y si hace falta, delante de toda esta gente. Te doy a elegir, puta: aquí… o allí.
El gesto de Jana se endureció, sus ojos fríos como acero. No contestó. El silencio solo enfureció más al hombre. Se levantó de golpe, derribando la silla, y la alzó en vilo para arrojarla sobre la mesa. Los platos y jarras se estrellaron contra el suelo. Entre las risas de algunos y los gritos de las trabajadoras, él le agarró las piernas y comenzó a levantarle la falda.
El filo helado de la daga que Jana llevaba oculta bajo el corsé brilló bajo la luz tenue. Un instante después, la hoja descansaba contra la garganta del mercader.
—Tócame otra vez… y no verás el amanecer —susurró Jana, con una calma tan fría que heló el aire.
El hombre abrió los ojos de par en par. Durante un segundo, nadie en el burdel respiró. Luego, él intentó forzar una sonrisa, creyendo recuperar el control.
—No te atreverías puta…
Jana presionó apenas la hoja. Un hilo de sangre fina bajó por su cuello.
—Prueba.
En un movimiento seco, Jana lo empujó hacia atrás. El hombre cayó de espaldas contra el suelo entre los restos de comida y cerveza derramada. La daga seguía en su mano, y sus ojos recorrían lentamente la sala llena de rostros atónitos.
Jana dio un paso atrás, bajó la falda y se encaminó hacia la puerta, dejando al mercader en el suelo, temblando de rabia y vergüenza mientras el murmullo de la taberna volvía a llenar el aire.
El camino de regreso al barco fue de lo más desagradable. Entre acercamientos indeseados, manos sudorosas que intentaban rozarla y silbidos groseros lanzados desde las sombras, el ce?o de Jana no podía fruncirse más. Caminaba a grandes zancadas por el puerto, los pies retumbando contra la madera del embarcadero mientras mascullaba insultos por lo bajo
Aún estaban atracados, y un par de tripulantes del Serpiente de Mar, sentados cerca de unas barricas, la vieron pasar sin reconocerla. Su vestido, el maquillaje mal aplicado y la postura rígida no ayudaban.
—?Por qué no subes a acompa?arnos, moza? —le gritó uno con una sonrisa torcida.
El otro, con una jarra en la mano, a?adió entre risas:
—Te pagaremos bien y... ?eh, quién sabe! Igual te hacemos un sitio fijo a bordo.
Pero cuando vieron que aquella desconocida se dirigía directamente hacia el barco y comenzaba a subir la pasarela.Ambos se levantaron, tropezando con sus propias botas para intentar recibirla.
Cuando Jana pisó la cubierta, su expresión era un poema de furia contenida y las sonrisas en los rostros de los dos jóvenes se congelaron. Los que estaban allí se giraron al verla, y tras unos segundos de sorpresa... estallaron en carcajadas.
—?Capitana! —soltó uno, entre risas—. ?Ha cambiado de oficio sin avisarnos?
—Podría haberla acompa?ado, capitana… —se atrevió a bromear incluso Liora, la sanadora, cuya expresión solía ser de mármol. Aquello dejó al resto de la tripulación aún más sorprendidos, y estallaron en un sonoro “?Ooooooh!” como ni?os de secundaria.
Jana, sin ganas de alimentar más el circo, apartó a codazos a quienes se interponían y avanzó firme hacia el timón, donde Brannon pelaba una manzana con su cuchillo. Justo cuando se llevaba un trozo a la boca, la vio venir.
—Cof, cof... —tosió, atragantado—. ?Qué os ha pasado, capitana? ?Noche dura?
Ella lo fulminó con la mirada.
—Reúne a todos.
Pocos minutos después, la tripulación entera se encontraba en cubierta. Algunos aún reían por lo bajo, otros susurraban entre dientes. La escena de la capitana disfrazada de cortesana iba a dar tema para rato.
Jana se cruzó de brazos, esperó a que callaran y habló con tono seco:
—Partimos en tres días hacia... — antes de poder anunciar el destino fue interrumpida por los murmullos que subieron de tono y las bromas que se esfumaron dando paso a susurros más tensos.
—?No pensábamos quedarnos diez días en puerto, capitana? —saltó uno.
—No es tiempo suficiente ni para cargar los barriles —a?adió otro.
—?Y a dónde vamos exactamente? —preguntó un tercero.
Jana alzó la voz:
—A Valtoria.
El nombre cayó como plomo. Las quejas y risas se esfumaron. El silencio fue tan pesado que se podía oír el crujido de las velas.
Thorne, el artillero, dio un paso al frente.
—Capitana… supongo que estará al tanto de las guerras en las aguas valtorianas. Con Drakoria la cosa no ha hecho más que empeorar.
—?No era que os gustaba el peligro? —replicó ella sin mirarlo.
—El gusto no justifica poner nuestras vidas en riesgo.
Jana avanzó con paso firme hacia él.
—?Me estás acusando de poner en peligro a mi propia tripulación?
Los ojos de Jana ardían. Brannon, desde el fondo, la observaba con atención. Esa mirada… ese fuego… era la misma que había visto a?os atrás en el rostro del capitán anterior. A Jana solo le faltaba decir “soy vuestra capitana, y si os ordeno morir, lo hacéis.” Pero algo, una punzada que ni ella supo explicar, la frenó. No podía decirlo.
Inspiró hondo, contuvo la rabia y optó por otra vía.
—Tengo noticias del paradero de la Lágrima —dijo con voz más medida—. Fuentes me confirman que está en Valtoria, en manos de un mercader.
Bajó ligeramente los hombros, consciente de que aquella mentira era la única forma de justificar la urgencia. Tampoco podía hablar de los Guardianes del Tiempo… así que usar la Lágrima como excusa era lo más sensato.
—?Y qué tan fiables son esas fuentes? —saltó Elara, cruzada de brazos.
Jana la miró, la mandíbula apretada.
—Lo suficiente —escupió con voz seca.
Y sin decir nada más, giró sobre sus talones.
—Disfrutad del tiempo que os queda —a?adió por encima del hombro.
Se alejó hacia su camarote sin mirar atrás, mientras la tripulación quedaba en un silencio espeso, cada uno procesando lo que acababa de pasar.
Con la decisión tomada, los preparativos comenzaron la ma?ana siguiente. El Serpiente de Mar ajustó sus velas y puso rumbo al reino devastado por la guerra. Jana se mantenía firme en el timón, con la mirada clavada en el horizonte y la mente llena de pensamientos sobre la posible presencia de Guardianes del Tiempo. Incluso llegó a preguntarse si su hermano estaría entre ellos. Por extra?o que pareciera, echaba de menos aquellas bromas estúpidas que siempre hacía buscando pelea, las mismas que se habían vuelto parte de su rutina diaria en el UOTC.
A medida que se aproximaban a las aguas de Valtoria, izaron una bandera blanca como se?al de que no eran enemigos, solo un barco en tránsito que buscaba adentrarse en el reino. Jana esperaba que ese gesto de paz fuera comprendido. Sin embargo, a cada milla que se acercaban, el aire se volvía más espeso, más tenso. En el horizonte, la flota valtoriana se desplegaba con todo su esplendor: naves imponentes cuyas velas brillaban como cuchillas bajo el sol.
De pronto, sin aviso, la flota abrió fuego. Las balas de ca?ón cortaban el aire silbando como si tuvieran sed de sangre, y se estrellaban contra el casco del Serpiente de Mar con una precisión mortal. Jana rugía órdenes, intentando sacar la nave del rango de fuego, pero el ataque era implacable.
—??Por qué nos atacan?! ?Les mostramos nuestra bandera! —gritó Brannon por encima del estruendo.
Jana no tenía respuesta. Su mente iba a mil, tratando de comprender la situación. No fue hasta que se acercaron al navío principal de la flota enemiga que lo vio: una figura conocida, erguida en la cubierta, dirigiendo el ataque con despiadada eficacia.
Rodrick.
Creído muerto, estaba vivo. Y no solo eso: ahora comandaba la flota de Valtoria. El corazón de Jana se hundió al comprender el alcance de su poder. Había sobrevivido… y se había alzado hasta dominar uno de los ejércitos navales más temidos del continente.
El Serpiente de Mar tembló bajo el impacto de otra andanada.
—?Agárrense a lo que puedan! —gritó Jana mientras el agua comenzaba a invadir la nave.
La tripulación corría por cubierta, gritando, lanzándose al agua mientras el barco se hundía sin remedio. Entre el caos, Jana alcanzó a ver a Rodrick en la cubierta de su buque insignia. Su sonrisa era la de un lobo.
—?Debiste quedarte escondida, Jana! —rugió, su voz abriéndose paso entre el fragor de la batalla. Luego giró la cabeza hacia su hijo, que lo observaba con los ojos desorbitados—. ?Mira ahora a los traidores!
El joven, pálido y tembloroso, observaba cómo el Serpiente de Mar era destrozado. Rodrick, sin piedad, abordó el barco enemigo con sus hombres y ejecutó a la mayoría de la tripulación de Jana con una brutalidad fría y metódica. Los pocos que sobrevivieron se aferraban a trozos de madera, flotando entre los restos como náufragos perdidos.
Después de la masacre, Rodrick tomó a su hijo por el cuello con fuerza.
—Por muy cruel que me creas, no dejaría que mi sangre se ahogara en esta basura —gru?ó, arrastrándolo de vuelta al navío principal.
Jana, luchando por mantenerse a flote entre las olas, vio cómo la nave de Rodrick se alejaba lentamente, con su bandera ondeando como si celebrara una victoria. Su visión se volvía borrosa. El Serpiente de Mar se hundió por completo bajo la superficie, dejando tras de sí un silencio sepulcral. El destino de su tripulación se perdía en la espuma y la oscuridad del mar.

