home

search

CAPÍTULO 8: PIES EN TIERRA

  Jana despertó en la orilla arenosa, con la boca llena de arena y el sabor salado del mar pegado a la lengua. Tosió con fuerza mientras intentaba incorporarse. Cada músculo de su cuerpo palpitaba con un dolor sordo. Su ropa estaba hecha jirones, la piel cubierta de cortes, hematomas y restos de sangre seca. Estaba empapada, herida, temblando.

  A su alrededor, el mar estaba en calma, como si nada hubiese ocurrido. Pero en su pecho, el pánico se agitaba como una tormenta.

  El corazón le latía desbocado. Gritó nombres su voz se quebrandose con cada intento. No hubo respuesta. Solo el romper de las olas y el chillido lejano de las gaviotas.

  Vagó por la playa, tropezando entre restos de madera y velas rotas. La mayoría del Serpiente de Mar había desaparecido bajo el agua. No había se?al de su tripulación. Ningún movimiento entre los escombros. Solo el batir de las olas y el silbido del viento.

  La playa era amplia, rocosa, y se extendía hasta un bosque oscuro. La marea subía, lamiéndole los talones, dejando algas y aparejos destrozados a su paso. Jana miró a su alrededor, desesperada por encontrar alguna vela, una se?al, una figura moviéndose entre los restos. Nada. Solo el batir de las olas y el silbido del viento.

  El Serpiente de Mar se había ido.

  La desesperación le ara?aba el pecho. Por un instante, la magnitud de su pérdida la desbordó, obligándola a luchar contra las lágrimas. Se había prometido no encari?arse, mantenerse distante, pero los recuerdos la golpeaban con fuerza: risas, camaradería, lazos forjados entre peligros y victorias compartidas. Ahora... solo vacío.

  La imagen del ataque volvió de golpe: el terror, los gritos, el caos. Su cuerpo aún dolía con la violencia de lo vivido. Intentó caminar, pero se tambaleó. Se sostuvo en una roca cubierta de musgo, respirando entrecortadamente.

  Pasaron horas. No encontró a nadie.

  —Se han ido todos —susurró, el peso de sus palabras oprimiéndole el pecho.

  Finalmente, se obligó a dar un paso. Luego otro. Cada movimiento era un esfuerzo, pero no podía quedarse quieta. Con cada paso, se alejaba un poco más de la playa, avanzando hacia lo desconocido.

  El terreno se tornó más seco y pedregoso. El sol empezaba a subir, quemándole la piel, y la ropa mojada le pesaba como una armadura rota. Encontró un camino de tierra y lo siguió sin pensar, impulsada solo por la necesidad de moverse.

  El ataque seguía repitiéndose en su mente como una pesadilla interminable. El caos. El fuego. Los gritos. Los rostros de su tripulación, distorsionados por el miedo, desapareciendo uno por uno. Su cuerpo aún sentía cada golpe, cada caída, como si la batalla no hubiera terminado. Y en cierto modo, no lo había hecho.

  El dolor era insoportable, pero Jana lo enterró. Sabía cómo hacerlo. El UOTC no entrenaba para rendirse, sino para sobrevivir. Su corazón, aunque apretado por la pérdida, no podía permitirse quebrarse del todo.

  De repente, sus ojos captaron una bandera a lo lejos, ondeando con la brisa. Entrecerró los ojos, su mente luchando por procesar lo que estaba viendo. No era la bandera de Valtoria. Maldijo todo por lo bajo, sintiendo una abrumadora sensación de derrota.

  Estaba en Drakovia, el reino vecino conocido por sus fronteras cerradas y su gobierno tiránico.

  Jana permaneció inmóvil, demasiado cansada incluso para procesar sus emociones. El peso de su situación la aplastaba, y sentía como si se estuviera convirtiendo en piedra, incapaz de moverse o pensar.

  Después de darse un momento para lamentarse, Jana negó con la cabeza y se secó los ojos.

  —No tengo tiempo para esto —murmuró.

  El pueblo con el que se topó era sombrío y oprimido, con un aire de rebelión y miedo colgando pesadamente en el ambiente. La gente vivía en la pobreza, sus ropas eran harapos y sus rostros demacrados. El aspecto desali?ado y gastado de Jana no desentonaba. Se acercó a una posada con la esperanza de encontrar un lugar donde descansar, pero fue brutalmente rechazada.

  —?Pordiosera, lárgate! —gru?ó el posadero, empujándola a la calle.

  Cansada de resistirse y sin fuerzas, Jana permitió que el posadero la echara. Se alejó con la cabeza baja, la muerte de su tripulación afectándola más de lo que había imaginado. Pasó la noche en un callejón, acurrucada contra la fría pared de piedra, con ratas correteando a su alrededor. Mientras tiritaba, una ni?a de no más de 10 a?os con ojos grandes y curiosos se le acercó, ofreciéndole un pedazo de pan.

  A case of content theft: this narrative is not rightfully on Amazon; if you spot it, report the violation.

  —Pareces hambrienta —dijo suavemente la ni?a.

  Al principio, Jana rechazó el pan, contenida por el orgullo y la desconfianza. Pero el hambre y el agotamiento terminaron ganando.

  —Gracias —respondió, con la voz ronca.

  —Me llamo Aveline. ?Por qué estás aquí fuera? —preguntó la ni?a.

  Jana suspiró, luchando por encontrar una respuesta a una pregunta tan simple.

  —Solo estoy de paso —dijo en voz baja—. Supongo que me perdí.

  Aveline la miró con los ojos muy abiertos.

  —Mi madre solía decir que a veces perderse es parte del camino.

  —Tu madre es una mujer sabia. ?No te dijo que no hablaras con extra?os? —dijo Jana, intentando acortar la conversación.

  La expresión de Aveline se volvió sombría.

  —Si hubiera vivido más tiempo, tal vez me lo habría dicho.

  Por un momento, Jana olvidó sus penas.

  —Seguramente lo habría hecho. Gracias por el pan, Aveline —dijo, logrando esbozar una leve sonrisa.

  Se sentaron juntas en el callejón, compartiendo el pan y una tranquila conversación. La presencia de la ni?a hizo que la fría noche fuera un poco más cálida para ambas.

  Al día siguiente, Jana se limpió lo mejor que pudo, lavando la suciedad y la pena de sus recientes pérdidas. Recorrió el pueblo, tomando nota de todo a su alrededor: la gente, los edificios, las rutinas... todo era información valiosa. No se cambió de ropa, mezclándose con los habitantes empobrecidos.

  Mientras vagaba, observaba las patrullas constantes y el miedo en los ojos de la gente. Su aspecto desali?ado le permitía moverse sin ser notada, siempre tramando un plan. Cuando estuvo lista para actuar, atrajo a un hombre a un callejón, lo dejó inconsciente y le robó sus pertenencias. Echaba de menos el poder de su brazalete, que habría hecho su viaje mucho más fácil. El brazalete tenía una función que le permitía cambiar de atuendo al instante, pero sin el orbe, era inútil.

  Ahora vestida con la ropa robada, Jana se sentía más segura. Logró colarse en un carro de comerciantes que iba hacia la capital, escondiéndose entre las mercancías. El viaje fue largo e incómodo, pero le proporcionó la cobertura que necesitaba para acercarse a su objetivo.

  Sin embargo, durante el trayecto, los comerciantes la descubrieron.

  —?Qué tenemos aquí? —dijo uno de ellos, sacándola a la fuerza de su escondite.

  Pensando rápido, Jana fingió inocencia.

  —Por favor, solo necesitaba un viaje. Mi familia está enferma y necesito conseguir medicinas en la capital —suplicó.

  Los comerciantes la miraron con recelo, pero finalmente decidieron echarla. La dejaron lejos de la capital, obligándola a luchar por su cuenta en la naturaleza. Jana siguió la caravana desde la distancia, comiendo solo lo que podía cazar fácilmente y calentándose junto a las hogueras que dejaban atrás cada noche.

  Los días se convirtieron en noches, y Jana se debilitaba en cuerpo y espíritu. Una noche, mientras se acercaba al fuego del campamento para calentarse, una de las pocas mujeres del grupo la notó. Conmovida por la compasión, la mujer ayudó a ocultar a Jana en la caravana, asegurándose de que no la descubrieran de nuevo, y comenzó a pasarle restos de comida en secreto siempre que podía.

  Jana sintió, agradecida por la amabilidad de Isolde. Permanecía en su escondite, luchando contra el deseo de morir, obligándose a reunir fuerzas y pensar en su próximo movimiento. Cada día era una lucha, pero sabía que debía continuar. Aún recuperándose, pasaba la mayoría del tiempo perdida en sus pensamientos, reflexionando sobre su misión y los recientes eventos traumáticos. Los recuerdos la atormentaban, pero también alimentaban su determinación. Necesitaba encontrar el orbe y a su hermano, y ese era el único camino.

  Una ma?ana, cuando el sol empezaba a salir, el líder de la caravana anunció su llegada inminente.

  —Estaremos en la capital al anochecer —dijo en voz alta.

  A medida que se acercaban a la capital, la caravana hervía de actividad. Los comerciantes preparaban sus mercancías, ansiosos por vender. Jana permanecía oculta entre los suministros, escuchando las conversaciones a su alrededor. Aprendió sobre el dise?o de la ciudad, sus bulliciosos mercados y la estricta seguridad. La información era invaluable, y la memorizó toda.

  Las murallas de la capital se alzaban a lo lejos, altas e imponentes. El corazón de Jana latía con fuerza mientras se acercaban a las puertas. Sabía que debía tener cuidado; cualquier paso en falso podía llevarla a ser capturada. La caravana pasó por las puertas sin incidentes, y Jana suspiró aliviada.

  Una vez dentro de la capital, Jana esperó con ansias el momento adecuado para escabullirse de la caravana antes de que la descubrieran, y lo hizo con rapidez mientras estaban ocupados descargando otros carros. Agradeció a Isolde por última vez, su gratitud evidente en la mirada.

  —No olvidaré tu amabilidad —susurró antes de desaparecer entre las sombras.

  Al recorrer las calles abarrotadas, Jana se maravillaba ante el marcado contraste entre la opulencia de la capital y la pobreza de los pueblos que había cruzado. Se mezcló entre la multitud, su ropa robada ayudándole a pasar desapercibida.

  La primera prioridad de Jana era reunir más información sobre los guardianes del tiempo y posibles aliados. Pasaba los días en los mercados bulliciosos, escuchando conversaciones y captando rumores. Aprendió que la única forma de cruzar las fronteras fuertemente vigiladas era a través de los caballeros que se reunían en el palacio. Estos escuadrones usualmente cruzaban a los campamentos para luchar, y solo lo hacían después de que el grupo anterior había sido brutalmente derrotado por las fuerzas valtorianas. Era una rotación peligrosa y mortal, con cada escuadrón dirigiéndose hacia una muerte casi segura.

  Decidida a saber más, Jana decidió infiltrarse en el palacio y enterarse de cuándo sería la próxima salida. Pasó días en vigilancia, observando cuidadosamente las rutinas de los guardias y los movimientos de los caballeros. Cada detalle contaba, desde los cambios de turno hasta las entregas de suministros. Notó cómo los escuadrones se preparaban para su tarea sombría, sus rostros cargados de temor y determinación.

  Una noche, mientras observaba el palacio desde la distancia, algo increíble llamó su atención. Entre los caballeros y nobles, vio a alguien tan imposible que, por un instante, pensó que su mente le estaba jugando una mala pasada.

Recommended Popular Novels