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El mundo está más loco que yo (IV): Escape.

  Un hombre estaba afuera de la celda dibujando su rostro y escribiendo cosas en un papel. Así es… papel.

  Maribel había esperado encontrar algo parecido al papiro, pero este mundo ya parecía haber descubierto cómo fabricar papel.

  No era ni de lejos tan blanco como el que ella recordaba; a la vista parecía cuero curtido, pero el sonido al rozarlo delataba claramente que era papel.

  —Debería culparla de robo y asesinato… esas prendas… —murmuró—. No. Miriam las desea, así que no debería acusarla de ladrona…

  El hombre se estremeció. Sintió una presión repentina en el pecho y un escalofrío le recorrió la espalda. No entendía por qué: no percibía ninguna amenaza real, pero su cuerpo reaccionaba como si algo lo observara.

  Miró a la chica frente a él.

  Ella no parecía interesada en su parloteo; algo, en especial, parecía haberla irritado.

  —?Qué miras, perra? ?Acaso estás pidiendo unirte a las de enfrente? —dijo con expresión burlesca—. Si quieres, yo te puedo atender…

  De pronto, de forma extra?a, dejó de sentir ganas de molestarla.

  Algo lo incomodaba, así que decidió seguir con su trabajo.

  Maribel no dejaba de maldecir en su mente, con tal intensidad que incluso parecía haber espantado al sistema.

  Los minutos pasaron.

  Mientras observaba un corte en su brazo y pensaba en lo poco que deseaba que se infectara, una idea volvió. Ya la había considerado antes: ofrecer curar las heridas de los contrabandistas.

  La descartó de inmediato.

  Incluso si debía sufrir, no quería ser útil para esa clase de basura humana. Y, por una vez, el sistema parecía estar de acuerdo.

  Pronto, cinco mujeres más fueron encerradas en la jaula contigua a la de Maribel. Ella evitó mirarlas, pero los sollozos contenidos inevitablemente llegaban a sus oídos.

  —Ya vuelvo, mamá… —dijo una voz infantil.

  Maribel se sobresaltó y giró la cabeza sin querer.

  —Pronto llegaremos, ellos dicen que nos dejarán ir junto con papá…

  Era un ni?o de unos siete a?os que acariciaba el cabello desordenado de su madre.

  Maribel, inconscientemente, sintió las emociones de su entorno.

  Antes de darse cuenta, sintió que su estómago se agitaba.

  —Blergh…

  No pudo contener el vómito. Y, aunque se suponía que aquello debía aliviar las náuseas, las emociones ajenas solo lo empeoraron.

  —??Qué diablos?! —gritó el hombre—. ?Estás arruinando mi retrato!

  You might be reading a stolen copy. Visit Royal Road for the authentic version.

  Se apresuró a limpiar el ácido estomacal que había salpicado su rostro y el dibujo.

  —?Carajo! Está arruinado. Zorra malparida, esta vez sí vas a sangrar.

  Abrió la puerta de la jaula. Las mujeres retrocedieron como pudieron, arrastrando los pies encadenados.

  La mente de Maribel comenzó a trabajar a toda velocidad.

  —Oye… es solo un dibujo —dijo, apenas pudiendo hablar—. Puedes hacerlo de nuevo…

  —?Solo un dibujo? —escupió—. Llevo cinco horas haciendo un folleto falso de búsqueda. Y los materiales para nuestro negocio no salen de lo que cagas, ?sabes el problema en el que me metiste?

  Maribel quiso responder ?Es tu culpa por estar tan cerca?, pero otra idea se le adelantó.

  —?Ehhh…? Entonces tu jefe te maltrata, je, je, je… —dijo inclinando la cabeza. Su voz sonó oscura—. Pensaba que todos ustedes eran unos desgraciados, pero parece que hay niveles.?

  El hombre la agarró de la ropa y le dio un fuerte golpe. Ella apenas se estremeció.

  —?Así que realmente te oprime tanto? —continuó—. Me pregunto quién dominaría en la cama entre tú y él.

  Una sonrisa oscura, burlona, nació desde el fondo del pecho de Maribel. Aquello enfureció aún más al carcelero.

  —?Silencio! —rugió—. Yo soy un hombre de pies a cabeza. No me metería con algo menos que una mujer.

  —Oh… —respondió ella—. Pareces desesperado por demostrarlo —rió por lo bajo—; dicen que esos son los que más se esconden. ?Ser la perra de tu jefe te da vergüenza?

  Otro golpe le cerró la boca, pero no la detuvo.

  —Demuéstralo… —murmuró con sorna—. Demuestra que no eres su perrita y desafíalo.

  Las mujeres de la jaula vecina ya imaginaban la muerte de la recién llegada. Sin embargo, el hombre volvió su color rojizo a un tono normal; dejó de atacar.

  La furia se transformó en confusión.

  Luego, en búsqueda.

  —…

  Maribel sintió que su habilidad no estaba funcionando del todo bien.

  Insistió.

  —Ehh… no me digas que te tiene tan domesticado que ni siquiera te atreves.

  El hombre abrió los ojos sorprendido, como si hubiera tenido una epifanía.

  Entonces, la notificación apareció.

  [Has extraído la lealtad de un subordinado de fuerte voluntad.]

  —?Y qué sería ese acto de rebeldía, según tú?

  El corazón de Maribel se aceleró. Sabía que, si se equivocaba, la lealtad volvería inmediatamente a su due?o original.

  Midió cada palabra mientras empujaba su habilidad al límite.

  —Bueno… —dijo—. ?Qué tal si dejas salir a ese ni?o?

  Se?aló al peque?o que custodiaba la llave de las esposas. Ella había visto cómo esa única llave abría y cerraba todos los grilletes de las mujeres, antes de que las mujeres fueran llevadas a los carros con los hombres.

  —Jeh… ?Algo tan simple? —bufó—. Ese bruto no…

  Dudó un instante. Luego asintió y dejó salir al ni?o.

  —Listo. ?Ahora quién es la perra de quién?

  Maribel sonrió con burla.

  —?Qué? ?De verdad piensas que eso es suficiente? —replicó—. Sigues temiendo que te descubra; incluso le agachas la cabeza cuando ni siquiera está presente… knu.

  El hombre le agarró la mandíbula con fuerza y le metió en la boca la llave que el ni?o había estado usando. Luego le dio unas palmaditas en la mejilla.

  —Buena perra —dijo divertido.

  Tomó la hoja manchada de vómito y se marchó.

  Maribel pensó que había desperdiciado una oportunidad de oro.

  Un minuto después, un clic seco resonó.

  La puerta se abrió.

  —?Qué… cómo?

  Ahí estaba el ni?o. El mismo que antes custodiaba las llaves de las esposas.

  En medio de su arrebato emocional, el ni?o había logrado robarle la llave al guardia. Sumadas a la que Maribel tenía ahora…

  Maribel escupió la llave en su mano y sonrió apenas.

  —Buen trabajo —susurró.

  El ni?o no respondió. Solo asintió con fuerza, como si cualquier palabra pudiera romper el impulso que lo sostenía.

  Las cadenas comenzaron a caer una tras otra.

  El sonido del metal al golpear el suelo fue bajo, casi tímido, pero para quienes estaban encerrados sonó como un trueno.?

  La fuga había comenzado.

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