Apenas escaparon, se movilizaron con rapidez.
Las mujeres, una vez libres de sus cadenas, soltaron a los hombres, quienes tomaron las armas. De forma sigilosa, quitaron las cadenas de todos y, en cuestión de minutos, la rebelión comenzó.
Cerca de las jaulas había garrotes, látigos y arcos con flechas, todos ocultos bajo mantas.
Junto a ellos, herramientas de jardinería y otros objetos que solían usar para proteger la mercancía ante cualquier ataque.
Estaban escondidos, pero solo para los invasores de la caravana; los secuestrados los habían visto usarlos y sabían perfectamente qué mantas levantar o qué botas mover para encontrar las armas.
Lo que siguió fue una masacre.
—Fuu… fuuu… fuu…
Maribel estaba agotada. No solo debía cuidarse de no ser atacada, sino que había estado usando su habilidad sin descanso.
Rompió la camaradería de algunos cuantos, provocando que se mataran entre sí.
A otros les arrebató la voluntad de pelear y la entregó a los defensores.
En el caos, un bandido se filtró en las filas, alcanzando a las mujeres. Cuando casi le clava un cuchillo, Maribel forzó una expresión de ternura en su rostro y manipuló las emociones del atacante: el hombre terminó peleando contra sus propios camaradas… y murió poco después.
Incluso la mujer que vestía su ropa de médico quedó expuesta. Cuando Maribel comenzó a robarle la preocupación, el sentido de urgencia, el deseo por el dinero, la camaradería y hasta el instinto de supervivencia, la sanadora cayó en batalla por puro descuido.
El mundo empezaba a darle vueltas.
Los adultos agradecían a los cielos cuando los esclavistas simplemente perdían las ganas de luchar y dejaban caer sus armas, lo que les permitía obtener mejores herramientas para matar.
Finalmente, el alivio llegó.
Lograron superar la desventaja numérica y mataron a todos los enemigos, perdiendo solo a la mitad de los hombres en el proceso.
Los ni?os estaban a salvo.
Maribel respiró hondo y se dejó caer al suelo.
Sabiendo que todo había salido bien, bajó la guardia.
—?NOOOO!
Un grito de agonía absoluta resonó desde la jaula de los ni?os.
Maribel giró la cabeza.
Aun con la visión borrosa, pudo enfocar lo suficiente. Si algo pasaba, estaba lista para ayudar aunque se desmayara.
Pero lo que vio le heló la respiración.
??Qué… qué estoy viendo…??
La cabeza de un ni?o estaba en las manos de un hombre adulto, separada de su cuerpo.
—Eso se lo ganó por ayudar a esos cabrones a cerrar las celdas —dijo con frialdad—. Si ese dibujante no hubiera sido tan estúpido, ese ni?o nos habría cagado la vida.
La madre del ni?o, que parecía haberse recuperado durante el fragor de la venganza, estaba ahora arrodillada en el suelo, intentando arrebatarle la cabeza de su hijo al hombre.
La escena destrozó los esquemas de Maribel.
Ella pensó que esto no pasaría.
Ella pensó que solo los adultos morirían.
Podía entender el rencor... pero lo había subestimado.
Un ardor punzante subió de su estómago hasta su cabeza. La rabia la invadió.
—…
—…
—…
—…
—…
El traidor y la multitud se sobresaltaron cuando una atmósfera pesada cayó sobre ellos.
Sus corazones se oscurecieron.
Sus estómagos comenzaron a doler.
Sus piernas temblaron.
Una energía opresiva empezó a arremolinarse alrededor de Maribel.
Y luego... nada.
Se desmayó.
—Haa…
Un suspiro colectivo y ahogado recorrió el lugar. El silencio se impuso.
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—?D-deberíamos…? —dijo alguien, pasando un dedo por su garganta.
La pregunta implícita tensó los nervios de todos.
—?Estás loco? Si… si despierta y se enoja más…
—No había notado su existencia hasta ahora. Pensaba que era una mortal.
—Tonto, ?cómo alguien puede decir que eso no es una cultivadora?
—No importa lo que digan. Eso era qi... y en enormes cantidades. Solo los cultivadores tienen tanto.?
—He oído de magos con enormes reservas de ki también.
—?IGNORANTES! —gritó un hombre—. Esa mujer es una cultivadora, y no se la puede comparar con ningún mago. Cualquiera puede aprender magia si estudia, pero solo unos pocos pueden decir que la energía les responde a voluntad. Y aun entre esos, deben cultivarla para que crezca. Si la tocan, podría manipular el entorno con un pensamiento y llenarse de poder antes de que puedan arrodillarse a suplicar perdón. Si nunca vieron pelear a un cultivador, les digo esto: cuando encuentran mortales que los atacan, solo ven gusanos. Atacarla sería un suicidio. No podrán atravesar su piel.?
—E-entonces… ?por qué no peleó todo este tiempo?
—??Quién es tan estúpido para preguntar?! —rugió—. ?No viste cómo esos hombres detenían sus ataques sin razón? ?No sentiste tu cuerpo revitalizado? ?Piensa cómo matamos a cincuenta bandidos en un choque frontal cuando solo éramos siete hombres peleando y tres protegiendo ni?os y mujeres! Era como si esos bandidos ni siquiera notaran el motín hasta que ya los teníamos encima.?
Un ruido seco resonó.
La cabeza de un hombre rodó por el suelo.
Todos fueron tomados por sorpresa.
Nadie intentó reprender la acción.
La mano del decapitado soltó la cabeza del ni?o, y su madre pudo recuperarla al fin.
Pedro se sintió sinceramente aliviado.
Por un momento pensó que regresaría a su antigua vida, con asesinatos públicos para el placer de los espectadores. Pero estaba de acuerdo en algo: ese hombre debía morir.
Le recordaba demasiado a su padre como para aceptarlo entre los sobrevivientes.
Pasadas las horas, Maribel finalmente despertó.
El olor a sangre ya no era tan intenso como lo recordaba, pero la indignación seguía ardiendo en su pecho.
Se incorporó de golpe, con la intención clara de hacerle la vida miserable al hombre que se había atrevido a matar a un ni?o. Estaba dispuesta a torcerle la mente hasta que el agua le pareciera heces, le tuviera fobia a la luz, hacerle temer al placer y al descanso, sentir que, si no es miserable, su vida no tiene sentido, que la brisa le cause paranoia y respirar le aterre.
Pero, al abrir bien los ojos… lo encontró muerto.
Ella sintió que su mundo quedaba en silencio, como si hubiera perdido propósito.
Miró tentativamente el entorno.
Las carretas estaban siendo lavadas en un río cercano, y Pedro comía junto a otros ni?os, alimentados con las provisiones que los malhechores guardaban en sus tiendas.
El mundo seguía moviéndose como si nada.
—…Realmente… sistema —murmuró—. Este mundo está más loco que yo.
?No exactamente. Solo es diferente de tu mundo original?.
—En mi mundo original estas cosas no pasaban…
?Solo no te pasaban a ti?.
Los vellos de Maribel se erizaron.
El recordatorio fue suficiente para helarle la espalda. El pavor que esa gente realmente indefensa debió sentir… no podía ni quería imaginarlo.
?Quiero una respuesta, sistema. ?No estoy teniendo mucha mala suerte??
?No?.
La afirmación le pareció escandalosa al principio. Pero, al pensarlo con frialdad, perderse en el camino había sido culpa suya.
Entonces… encontrarse con esclavistas también.
?Llegué a un nuevo mundo sin nada, lo cual no es culpa de nadie. Pasé por precariedad por lo mismo, tampoco es culpa de nadie. Pero luego quisieron venderme como esclava… eso sí fue mi culpa?. Apretó los dientes. ?No hay nadie a quien culpar... soy una inútil, sin duda?.
Maribel abrió la boca; quería quejarse en voz alta, pero no tenía el corazón de hacerlo. Estaba exhausta.
?Supongo que no estoy teniendo mala suerte…??
Con una inquietud nueva, dirigió la vista al cielo.
?Entonces… ?qué será de mí cuando la tenga??
Maribel encontró los ojos de los demás.
Ahora solo cuatro hombres custodiaban al grupo, pero, de algún modo, se mostraban más confiados que antes.
Maribel, por su parte, se sentía incómoda por la sangre seca en su brazo, y más aún por las miradas que atraía. No eran hostiles. Tampoco solidarias. Solo miradas.
Para despejar la mente, se sumergió en el río. El agua fría le arrancó el aliento. Cuando salió, no encontró la cicatriz que esperaba.
Aquello le pareció extra?o… pero estaba demasiado exhausta para preocuparse.
El río siguió su curso. La masacre quedó atrás, como si el mundo ya la hubiera olvidado.
El tiempo pasó lento desde entonces.
Unas horas después.
Maribel estaba quieta, sentada en la horilla del río, mirando la extensión libre de vegetación; el agua escurría por su ropa y cabello.
Un ni?o semihumano de tipo lobo había copiado sus acciones y se había sumergido con ropa, ahora estaba sentado junto con ella.
El viento fresco corría por el lugar causando escalofríos y haciendo sonar las hojas de los árboles detrás. Un tallo de bambú crecía un poco lejos y algunos peces nadaban en el rio. Gotas de agua caían lentamente por su cuerpo haciéndole cosquillas en los todo el cuerpo.
Pedro estaba empapado también, con algo de moco saliendo de su nariz.
—Ven aquí— Dijo Maribel
Cuando el ni?o se acercó, ella puso dos dedos sobre su nariz.
—Sopla— ordenó.
—...
Maribel no supo cómo reaccionar. Pedro literalmente empezó a soplar por su boca, pero por gracioso que fuera, ella no sentía ganas de reír.
—Así no, me refiero a que soples desde tu nariz.
Cuando lo hiso, el ni?o pareció asombrado.
—No sabía que se pudiera arreglar así mi molestia
—Ven siéntate— Dijo Maribel palmeando sus piernas.
Mientras el resto jalaba agua y lavaba las caretas tanto como podía, ambos pasaron un tiempo indeterminado así, sentados, solos y contemplando el rio con la brisa fresca.
Cuando se dieron cuenta sus cuerpos y ropa ya se habían secado con el sol.

