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Liberación, paz forzada (I): El duelo a uno mismo

  Clara se encontraba estupefacta.

  Rememoraba las últimas horas.

  Las acciones del alcalde le habían dejado una fuerte impresión; ya podía sentir cómo el respeto que le tenía se desmoronaba poco a poco, aunque, en el fondo, sabía que no tenía otra opción.

  Solo atinó a suspirar.

  ?Al menos salió ileso?.

  El alcalde había estado en el suelo, aferrado a los pies de Maribel como un ni?o que no quería volver a casa después de un rega?o.

  Por fortuna, no hubo golpes esta vez. Quién sabía qué habría sido de Puerta de Sal si su dirigente recibía un golpe directo de Maribel.

  El viento sopló lento y frío.

  Rozó el rostro de Clara, que habló con un dejo de tristeza.

  —Suspiro… ?Qué haremos ahora? —dijo, con un aliento más cargado de resignación que de cansancio—. Esa malagradecida no quiere ayudarnos…

  —Oye, no hables así. ?Qué harás si te escucha? —advirtió William desde su mesa de carpintero.

  Clara lo miró.

  Su rostro se enrojeció de indignación.

  —?Es que esto es…! Esto es… Ya, es obvio… Esto es un gran problema. Incluso si son solo cinco de esas bestias, no podremos hacer nada. Estamos en las peores condiciones, y no me refiero solo a la defensa; estamos abandonados por el reino. Si yo no cocinara, tal vez me mandarían a botar estiércol.

  William golpeó la mesa con un dedo. También estaba molesto.

  —Y ni siquiera deberíamos tener estos problemas. Se supone que el feudo debe protegernos, pero a nadie allí le interesa ayudarnos.

  Clara pensó un momento mientras tendía una manta en el suelo.

  —Tal vez sí deberíamos irnos… —murmuró, pero se detuvo—. Tsk… ?Qué cosas digo? Incluso si nos fuéramos, no podríamos empezar de cero.

  —Es verdad. Aun vendiendo todo lo que tengo en mi inventario, no alcanzaríamos para una casa… ni siquiera para un techo decente.?

  —William… Creo que, si el cielo no nos sonríe, estaremos acabados —dijo mientras acomodaba las espigas sobre el suelo—. Al menos no dormiremos sobre pelusa de pasto.

  El viento volvió a correr con frialdad.

  Algo de polvo se levantó.

  Clara miró el suelo sin pasto seco, sintiendo que la injusticia pesaba demasiado.

  En el establo, Maribel jugaba con el cabello del ni?o sin nombre. La naturalidad con la que el pelaje de sus orejas se transformaba en cabello la dejó sin palabras.

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  ?Qué curioso… ?Qué clase de anatomía es esta??

  Una imagen de disección cruzó su mente.

  Negó con la cabeza.

  No estaba interesada en recorrer ese camino.

  Sin embargo, al observar la superficie suave de sus orejas infantiles, por fascinantes que fueran, otro pensamiento la atravesó con fuerza: todo aquello era real.

  Dolorosamente real.

  El hambre, la soledad, la falta de higiene, el abandono… no, peor aún: haber sido arrancada de su mundo.

  ?No tengo de dónde sostenerme para conseguir una vida digna… Incluso mis conocimientos no sirven aquí?.

  Era real.

  Estaba en otro mundo, con todo lo que eso implicaba.

  Le dolía admitirlo, pero el ni?o le provocaba un sabor agridulce: la calidez de encontrar a alguien que, sin quererlo, le recordaba todo lo que había perdido. No podía culparlo, y eso solo hacía más frustrante el sentimiento.

  Mientras Maribel se perdía en sus pensamientos, el ni?o trepó a un árbol cercano.

  Ella escondió el rostro entre las rodillas.

  ?Mi habitación alquilada, mis padres, mi carrera, la comida bien preparada, la ropa cómoda, mis sue?os… Incluso él… Debí decirle que lo amaba, aunque fuera por capricho. Todo eso se fue. ?De qué sirve esta “segunda oportunidad” si no puedo tener nada de eso??

  [La anfitriona no ha recibido una segunda oportunidad. Es falso afirmar que tienes “otra oportunidad” en el sentido que entiendes.]

  —…—

  Una punzada atravesó el pecho de Maribel. Le tomó unos segundos recuperar el aliento.

  ??Seguro? Aquí nadie me conoce. Casi me matan… o tal vez sí morí. ?Entonces no es esto otra oportunidad? Aunque… pensándolo bien, no sé si esta mierda pueda llamarse así. Se parece más a un castigo?.

  Alzó la vista al cielo, dudando.

  ?Todo se ve tan irreal… tan vacío de sentido. Sistema, yo solo quería hacer el bien?.

  Un dolor familiar ardía bajo sus párpados.

  ?Quería que, cuando abriera mi consultorio, otros vinieran a mí por ayuda… Incluso eso me fue arrebatado?.

  Bajó la cabeza.

  Las lágrimas cayeron primero lentas, luego sin contención.

  La misma voz sonó, menos artificial.

  ?El mundo humano está sustentado en ilusiones, Maribel. El mundo humano es una ilusión?.

  Para Maribel el tiempo se detuvo unos segundos. Sintió que no podía respirar.

  Luego estalló.

  ???Te estás burlando de mí?! ?Dices que nada de lo que viví tiene sentido? ?No comprendes mi dolor!?

  Iba a continuar, pero la emoción que emanaba del sistema la dejó inmóvil.

  No era desprecio.

  Era calma.

  Una calma absoluta, incómoda.

  No había crueldad… solo compasión.

  —Frotar, frotar—

  Un cabello desordenado y sucio rozó su mejilla.

  —?Por qué estás llorando?

  La pregunta la congeló.

  Sus emociones se disiparon como niebla sobre un estanque.

  ?Por qué lloraba?

  Todo se sentía distante, sin peso… casi irreal. Le costaba creer que, hacía solo unos días, pasaba noches en vela en un hospital.

  —Ah… ?Yo? No sé… Realmente no sé por qué lloro —respondió—. Creo que solo dejé salir todo.

  Guardó silencio un momento.

  —Necesito pensar un poco… —dudó—. Pero antes… ?Podrías darme un abrazo, por favor?

  El ni?o no tardó ni dos segundos en lanzarse a sus brazos, como si abrazara a una hermana largamente a?orada.

  ?Por qué lloraba?

  La pregunta permaneció.

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