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Capítulo 50 - Abrazo de Tormenta

  Decir que cabalgarían sin descanso era mucho más fácil de decir que de hacer. Con mucho esfuerzo Olivia trató de mantenerse despierta durante la extenuante cabalgata pero su debilidad la obligaba a permanecer en un estado letárgico, con su cabeza apoyada en el pecho de Silas, quien hacía todo lo posible por mantener el control del caballo con una sola mano sujetando las riendas mientras que su portentosas garras de oso sostenían a Olivia por la espalda, asegurándose así de que la muchacha no se desplomara. Ella en su interior se lamentaba por haberse convertido en una molesta carga para él pero por el momento no podía luchar contra su propio cuerpo que se resistía a cooperar. Cada tanto alzaba la vista y observaba sus ojos dorados, opacados por una preocupación que podía percibir en la manera que los brazos que la envolvían y se tensionaban alrededor de ella.

  Con el paso de las horas, el caballo de Rovenna también comenzó a mostrar signos de agotamiento hasta que su galope se fue convirtiendo en un trote lento y tambaleante. Finalmente tuvieron que aceptar que no podían continuar así. Por más que quisieran llegar a su destino lo más rápido posible, forzar al caballo hasta el límite sería un error que les costaría más tiempo, y no encontraron mejor alternativa que detenerse al caer la noche y refugiarse bajo unos arbustos lo bastante altos como para esconderse debajo de sus ramas.

  –Tú duerme, yo vigilo –le dijo Silas tras ayudarla a desmontar con cuidado y acostarla en el suelo. él ató al caballo a una rama y se sentó a su lado con los ojos atentos observando los alrededores.

  –Tú también tienes que descansar –le dijo Olivia con sus ojos semicerrados que apenas podían soportar el peso de sus propios párpados.

  –Eres tú quién más lo necesita. Ya te lo haré pagar, no te preocupes.

  Olivia esbozó una sonrisa cansada. No era usual que Silas adoptara un tono burlón.

  Sin embargo, ella no podía dormirse sin discutir antes qué harían una vez que llegaran a Abrazo de Tormenta. Mientras cabalgaban, Silas le había narrado todo lo ocurrido luego de que su cuerpo hubiera sido poseído por Chispa: la traición de los actores, el incendio de la Casa de Gobierno, su huida a través de los campos, el encuentro con Eldrin y la no menos sorprendente aparición de la mismísima Maestra Arcanista, Rovenna Astra, que derivó en aquel enfrentamiento que había culminado con la muerte de su maestro de toda la vida.

  Todavía no podía creer que Eldrin se hubiera desvanecido de la faz de la tierra de aquella forma. Por supuesto que creía lo que Silas le contaba pero de repente su vida se había vuelto irreal, irreconocible. Cuando se lo dijo, ella permaneció un momento en silencio esperando nacer el dolor dentro de su pecho pero los recuerdos de su antiguo maestro que la había iniciado en la magia y le había ofrecido valiosos consejos ya no les inspiraban ningún tipo de sentimiento y se veían opacados ante su innegable traición. Durante toda su vida, ella había pensado que Eldrin era la persona que más la entendía y escuchaba, mientras que todo ese tiempo él sólo había estado confabulando con Daephennya y poniéndola en contra de su propio padre, quien, a pesar de su sofocante sobreprotección y deseos de controlarlo todo, sólo había intentado mantenerla a salvo de conocer la trágica verdad de su origen.

  Pero su padre también se había equivocado porque los secretos no la habían salvado. En realidad, a medida que ella iba descubriendo aquellos peque?os trozos ocultos de su vida, sentía como si algo dentro suyo se estuviera rompiendo para dejar paso a una fuerza desconocida que amenazaba con tragarla entera.

  –Hay algo que no te he dicho todavía –le dijo Silas interrumpiendo por fin sus pensamientos –. Justo antes de morir, Eldrin mencionó algo de un sello élfico, y de la nada un montón de símbolos raros salieron del cuerpo de Rovenna y se incrustraron en su cuerpo.

  Olivia no pudo contener el asombro.

  –?No sabía que Rovenna Astra podía manejar sellos élficos!

  –No parecía que los estuviera controlando... más bien aparecieron sin que ella hiciera nada.

  –Pero ella fue entrenada por Narthoss, el Se?or del Bosque de los Espejos...

  Silas arrugó las cejas.

  –?Es decir... tu tío?

  –Ah, sí... –Olivia no pensaba mucho en sus dos... tíos... que no eran más que dos extra?os a los que nunca había conocido y que además desconocían de su existencia. Aquello debía de ser una de las razones de por qué su padre nunca había querido llevarla en sus viajes, ya que temía lo que los dos se?ores elfos podrían hacer si se enteraban de la existencia de su sobrina mitad humana.

  –?Quiere eso decir que Narthoss no está del lado de su hermana?

  –Desde que el Gran Bosque se dividió en tres se sabía que existía cierta hostilidad entre los hermanos, incluso que conspiraran uno contra el otro, pero no existen registros que se atacaran tan abiertamente.

  –Hasta ahora...

  Olivia asintió y Silas hizo una mueca burlona antes de que su mirada adoptara un aire pensativo.

  –Nunca me imaginé que saliendo de las monta?as provocaría tanto revuelo.

  Olivia posó una mano sobre su hombro.

  –No es tu culpa. Esto se estaba cociendo mucho antes de que tú y yo naciéramos, mientras otros miraban para otro lado.

  él inspiró hondo.

  –En cuanto el caballo descanse, deberemos continuar viaje cuanto antes. No sabemos cuánto podrá Rovenna atrasar al resto de los magos.

  Ella se aclaró la garganta.

  –Es increíble que confíes en ella.

  Silas se encogió de hombros.

  –Ella nos salvó.

  –Lo digo porque ella también es descendiente de cazadores de quimeras.

  El pecho de Silas se agitó.

  –Ah, pero... –continuó Olivia nerviosa –. Los Astra ya no cazan quimeras. Fueron castigados por el Consejo... en realidad, creo que es la única de su familia que se convirtió en maga desde la última guerra.

  Silas permaneció pensativo antes de responder.

  –Ahora entiendo lo que quiso decir antes... antes de que despertaras.

  –?Qué te dijo?

  –Que algún día yo tendría que decidir que hacer con ella... y algo de enmendar los pecados de su familia.

  Olivia retuvo el aire.

  –?Y ahora que lo sabes?

  –No estoy seguro... –suspiró él –. Supongo que pasará mucho tiempo antes de que la vuelva a ver... pero... por alguna razón... no me siento enojado con ella... Incluso sonaba como avergonzada... como si se sintiera obligada a cargar con la culpa.

  Eso estaba bien, pensaba Olivia, mientras soltaba el aire que se había atascado en la garganta, aliviada y a la vez maravillada del cambio que se había obrado en Silas mientras ella estaba inconsciente. No sólo parecía más decidido, sino que su rencor hacia los humanos había menguado. Quizás tenía que ver con la pata de oso que todavía no había desaparecido aunque ella sospechaba que debía de haber algo más, algo relacionado con su nudo. Aun así, era demasiado temprano para preguntarle por eso. Esperaría a que él se sintiera listo para hablar.

  Sin embargo, el alivio se vio invadido por el temor. Hasta ahora su objetivo había sido llegar hasta Abrazo de Tormenta pero no estaba segura cómo se las arreglarían para zarpar hacia la Isla de los Demonios. No tenían contactos ni dinero, puesto que en algún momento Olivia había perdido su bolsa con la escasas monedas que había ahorrado. Ni siquiera estaba segura qué tantos barcos llegarían hasta allí. Muy pocos humanos tenían permitido entrar en la isla y todos ellos eran magos o personas importantes. Se sabía que algunos barcos comerciantes lograban acercarse a la costa pero sus tripulantes tenían prohibido desembarcar, por lo que debían esperar por representantes de la isla para llevar a cabo sus negocios con los híbridos.

  The narrative has been taken without permission. Report any sightings.

  Pero eso no sonaba tan difícil como lograr que Silas pasara desapercibido una vez que llegaran al puerto, sobre todo ahora que él le había confesado que en un arranque de ira había destruido la piedra que Aurora había creado para él. Ahora con el cuerpo de Olivia debilitado era poco probable que cualquiera de las brujas se manifestara. Chispa les había advertido que eso sería letal para ella.

  –Destruir la piedra fue estúpido, lo sé –admitió Silas cuando ella le planteó la situación.

  –?Y por qué lo hiciste?

  –Estoy harto de esconderme, aunque sé que eso suena…

  –Yo también estoy cansada de esconderme... Esperemos a que eso cambie dentro de poco –Olivia llevó sus manos hacia los pliegues de su vestido y trató de rasgarlo.

  Silas la agarró de una mu?eca, lo que provocó que Olivia se sobresaltara al sentir una onda de calor que le provocaba el roce de sus dedos sobre la piel.

  –?Qué haces? –preguntó él.

  –Debemos esconder tu mano. Vendarla como si tuvieras una herida.

  –No servirá de nada si nos encontramos con un mago.

  –Esperemos entonces a no encontrarnos con ninguno.

  A pesar de las protestas de Silas, Olivia logró rasgar un largo de pedazo de los pliegues del vestido con el cual fue cubriendo la pata tratando de no apretarla demasiado. Con bastante esfuerzo alcanzó a cubrir la totalidad pero era imposible disimular la diferencia de tama?o entre ambas manos. Si alguien preguntaba tendrían que explicar que se trataba de una deformidad. En cuanto a sus ojos dorados no podían hacer nada y esperaba que nadie lo relacionara con las quimeras.

  Una vez terminada la tarea, nada más tocar su espalda el pasto, sucumbió al cansancio y cerró por fin los ojos. Aunque se encontraban huyendo, se sentía segura junto a Silas, por lo que se sumió en un sue?o profundo, libre de sue?os o pesadillas que pudieran atormentarla.

  Cuando despertó, el cielo pálido comenzaba a te?irse de tonos dorados de los primeros rayos de sol que asomaban por el horizonte. Silas no estaba su lado pero cuando Olivia se arrastró fuera del arbusto vio que se encontraba volviendo con el caballo, al que había llevado hasta una peque?o arroyuelo que corría cerca para tomar agua.

  A ambos les rugía el estómago de hambre pero no tenían tiempo de buscar comida. Deberían aguantarse por un tiempo. En cuanto Silas se cercioró que Olivia podía pararse por sí misma, se subieron al caballo y continuaron la marcha a galope.

  Durante las siguientes horas apenas hablaron, ambos sumidos en la temor de verse perseguidos en cualquier momento si no se apresuraban. Olivia no tardó mucho en sentir el cansancio del viaje y a poco a poco comenzó a sentir las piernas cada vez más entumecidas pero no le dijo nada a Silas. Tenía que aguantar sólo un poco más.

  Sin embargo, alrededor del mediodía Silas sí pareció darse cuenta, ya que su cuerpo estaba a punto de escurrirse entre sus brazos, por lo que detuvo la marcha y pese a que Olivia se resistía la hizo bajarse para descansar un rato.

  –El caballo también necesita descansar. No podemos estar así todo el día –dicho eso se alejó para inspeccionar los alrededores y aunque intentó encontrar comida volvió con las manos vacías.

  De repente, mientras Olivia estudiaba el horizonte, su corazón se detuvo al ver algo que se movía en la lejanía. Al advertirle a Silas, este la ayudó a levantarse para comenzar a huir pero justo antes de subirse de nuevo al caballo Olivia lo detuvo.

  –?Espera! –ella entrecerró los ojos para distinguir aquella forma oscura que avanzaba de una punta a otra siguiendo la línea del horizonte –. Es un carruaje... y no parece venir hacia nosotros.

  En silencio continuaron observando el carruaje que continuaba su camino hasta desaparecer. No mucho después, vieron pasar otra forma similar que hizo el mismo recorrido que el anterior. Otras más apareció pero esta vez en sentido contrario a las anteriores.

  –?Debe de haber un camino! –exclamó Olivia.

  –?Y qué hacemos? –Silas se mostró desconfiado –. No es que podamos ir por allí. Alguien nos verá, e incluso si no son magos, comenzarán a hacernos preguntas.

  Decidieron continuar a través del campo pero sin acercarse demasiado para que los vieran. Con el correr de las horas, vieron moverse más carruajes y carretas, también un grupo de jinetes de los cuales se mantuvieron ocultos temiendo que fueran magos o soldados en su búsqueda.

  La noche volvió a caer en su segundo día de huida desde que se habían despedido de Rovenna. Olivia se sentía desvanecer, no solamente de sue?o, sino también de hambre. Silas la ayudó a esconderse entre unos arbustos y decidió salir a intentar cazar algo. Durante su ausencia, la muchacha fue incapaz de pegar un ojo y cada crujido o aleteo de aves nocturnas la hacía sobresaltarse. Silas por fin apareció casi matándola de un susto mientras le metía en su boca a prepo un pedazo de pan semiduro.

  –Pe... pe... pero... ?cómo? –dijo ella intentando hablar con la boca llena mientras se zampaba el pan en pocos segundos de lo famélica que estaba.

  –Encontré un campamento de viajeros.

  –?Estás loco! –lo reprendió Olivia bajando la voz como si temiera que pudiera hablar alguien cerca.

  Silas se mostró despreocupado.

  –No me descubrieron, así que no debían de ser magos. Tuve que esperar un poco hasta poder robar algo sin que me vieran.

  Cuando Olivia terminó con el pan, él le tendió un pedazo de queso y luego una manzana. Mientras tanto, él comía lentamente otro pedazo de pan, lo último que quedaba.

  –?No me des toda la comida! ?No seas tonto!

  Otra vez, él no le hizo caso.

  –Tú lo necesitas más que yo. Has perdido una gran cantidad de energía que sólo recuperarás alimentándote. Yo puedo aguantar un poco más. Ah... y tengo buenas noticias.

  –?Cuáles?

  –Mientras esperaba que los viajeros se fueran a dormir, escuché su conversación. Uno de ellos comentó que se encontraban a dos días de viaje de Abrazo de Tormenta.

  Dos días... aquello parecía una eternidad en ese momento.

  Como el día anterior, se pusieron en marcha en cuanto amaneció, cuidando de no acercarse demasiado en dirección al camino. Debieron de detenerse de a ratos, algunas veces para descansar, otras veces para esconderse de los viajeros que avanzaban a través del camino. A la noche ninguno de los dos fue capaz de dormir. Olivia convenció a Silas que no debía arriesgarse de nuevo a que lo vieran estando tan cerca de su destino y este no tuvo más que darle la razón.

  Al día siguiente, cansados pero hirviendo de ansiedad, volvieron a retomar la marcha que continuó a un ritmo muy similar. No había centímetro del cuerpo de Olivia que no le doliera pero la esperanza que ardía en su pecho ayudaba a ignorar el patético estado de su cuerpo.

  Al caer el sol, una brisa fría se levantó, arrastrando consigo un aroma denso y penetrante de sal, algas y pescado.

  El aroma del mar.

  Manteniéndose lejos del camino, Silas y Olivia avanzaron sin preocuparse de que la noche les estaba cayendo encima. Sin hablarlo, ambos habían acordado en continuar pese a la oscuridad.

  –?Una luz! –exclamó Silas deteniendo de golpe al caballo y aunque Olivia ya no podía ver su cara, podía percibir el tono de triunfo de su voz.

  –?Es el faro!

  –?Qué es eso?

  –Una luz que sirve a los barcos para guiarse de noche. ?Debemos seguirla!

  Continuaron avanzando en la oscuridad hasta que el resplandor se hizo cada vez más fuerte y la punta del faro comenzó a asomar a medida que se acercaban. El viento se intensificaba y chocaba contra sus exhaustos cuerpos. Cuando Olivia escuchó el rugido lejano de las olas rompiendo contra las rocas, le dijo a Silas que lo mejor era continuar a pie, ya que se notaba cómo el camino se iba tornando cada vez más irregular, lleno de peque?as piedras sueltas y hierba húmeda.

  Maravillados, observaron cómo el brillo de la luna llena que habían visto ascender en esa última parte del viaje iluminaba las ondas de un inmenso mar oscuro. El reflejo plateado se extendía por el agua como un velo que acariciaba la superficie. Cuando por fin se acercaron a los bordes del acantilado, cuyos extremos se curvaban formando una extensa bahía, se quedaron sin aliento ante la visión que se desplegaba ante ellos.

  Desde lo alto, observaron las casas de piedra, muchas de las cuales parecían haber sido cavadas directamente en la roca del acantilado, integradas a la estructura natural como si hubieran emergido de la misma roca. Otras, por el contrario, parecían desafiar la gravedad, al borde del precipicio, con balcones que colgaban peligrosamente sobre el abismo. Como lejanas estrellas brillaban las luces parpadeantes, provenientes del interior de las viviendas, así como los faroles que iluminaban los estrechos puentes y pasarelas que conectaban los distintos niveles del puerto, descendiendo en zigzag por la pared del acantilado, hacia el corazón de la bahía, en donde en medio de una oscura mara?a de muelles y barcazas, se podían adivinar las sombras de los barcos, con sus velas recogidas y sus mástiles esqueléticos, oscilando entre las aguas agitadas.

  En el extremo sur de la bahía, opuesto a donde ellos se encontraban, se alzaba el imponente faro, una torre de piedra que ascendía en espiral, hasta culminar en un resplandor rojizo que se proyectaba sobre las aguas, iluminando de forma intermitente las olas que rompían contra las rocas.

  Los ojos de Olivia se inundaron de lágrimas. Toda su vida había escuchado y leído sobre Abrazo de Tormenta y le parecía tan irreal encontrarse allí. La emoción la llevó a tomar la mano de Silas sin darse cuenta y él, quizás también igual de abrumado, entrelazó sus dedos con los de ella hasta quedar unidos en un fuerte apretón que no terminó hasta que el sue?o comenzó a invadir sus cuerpos y se vieron obligados a tirarse sobre el pasto para dormir algo antes de bajar al puerto, lo cual hicieron no bien salió el sol.

  De día, al abrir de nuevo los ojos, aquella vista no les pareció menos impresionante. A medida que los primeros rayos del amanecer iluminaban el oscuro manto del mar hasta volverlo de un tono gris plomizo y luego un azul profundo, las casas talladas en la roca del acantilado iban adquiriendo tonalidades que se entremezclaban con variados tonos de rojos y verdes salpicados entre las rocas.

  Desde de lo alto también podían observar cómo el puerto iban cobrando vida a medida que sus habitantes comenzaban a deambular por sus estrechas callecitas para realizar sus primeras actividades. Entre los muelles, las blancas velas enrolladas esperaban listas para ser desplegadas, mientras que las diminutas siluetas de algunos marineros ya caminaban sobre cubierta, alistándose para zarpar.

  Olivia estaba segura de que sería uno de ellos el que los conduciría hacia su destino final.

  O eso esperaba...

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