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Capítulo 51 - El nuevo amigo

  Como todas las ma?anas desde que tenía ocho a?os, Milo se despertó en su escondite que no consistía más que en un peque?o hueco ubicado en una zona bastante alta del acantilado y oculto entre matorrales. El espacio no era muy amplio, apenas lo suficiente para acostarse y dormir unas horas pero eso era todo lo que necesitaba. Lo había encontrado por casualidad durante sus exploraciones por la ciudad, luego de que su padre zarpara hacia las islas para no volver jamás, y desde entonces se había convertido en su refugio secreto.

  Claro que, cuatro a?os después, su cuerpo había crecido bastante y el hueco se hacía cada vez más peque?o. Cuando pegara un estirón más y tendría que buscarse otro sitio. Ya en ese mismo momento apenas podía estirarse y necesitaba contonearse como un gusano para lograr emerger hacia el exterior.

  Sin embargo, al sacar la cabeza, recordaba por qué le gustaba despertar allí: la invaluable sensación de libertad que le ofrecía aquella vista privilegiada del puerto con sus casas de piedra extendiéndose hacia abajo y los barcos balanceándose suavemente en la bahía. En los muelles los pescadores volvían con la pesca del día, los comerciantes abrían sus puestos y un grupo de tripulantes se disponían a zarpar.

  Aspiró el aire fresco la ma?ana primaveral para despejarse la cabeza. Su estómago no tardó en comenzar a rugir y de los bolsillos de su viejo y roído pantalón sacó unos pedazos de carne seca que por el momento le ayudarían a calmar el hambre.

  Terminado su desayuno, descendió por las rocas hasta llegar al patio de una casa. Luego trepó con rapidez por un muro cubierto de enredaderas, saltó por arriba y cayó de pie en la calle piedra.

  A esa hora temprana de la ma?ana todavía no había mucha gente circulando en aquella zona, así que aprovechó y a toda velocidad comenzó a descender por las calles empinadas. Sus pasos resonaban entre las construcciones mientras cruzaba estrechos puentes y pasarelas que serpenteaban entre las casas del acantilado. Se conocía todos los atajos de la ciudad así que no tardó mucho en alcanzar la zona aleda?a al puerto en donde el olor a sal y pescado se volvía cada vez más denso, así como el sonido de las gaviotas revoloteando sobre la bahía.

  Su primer trabajo del día era ayudar a los pescadores quienes como todos los días lo saludaban sin muchas palabras mientras descargaban las redes de pesca y cargaban cajas de pescado fresco hasta los puestos de venta. Como muchos ni?os de su edad, Milo era un personaje recurrente del puerto. Muchos de ellos trabajaban para ayudar a sus familias pero también estaban aquellos como él cuyos padres había muerto o levado anclas sin volver la vista atrás.

  Eran hijos del puerto. No tenían una casa propia ni familia que los esperara al final del día. Habían aprendido a sobrevivir por sí solos. El muelle, con su caos y ritmo incansable era su hogar. Eran trabajadores incansables pero también espíritus libres. Formaban parte del paisaje, siempre en movimiento, correteando entre barcos y puestos de venta.

  Muchos de los adultos que trabajaban allí habían sido alguna vez hijos del puerto que habían sufrido las largas noches de frío y hambre, por lo que no podían evitar sentir simpatía por aquellos ni?os y a través de las generaciones, unidos de manera invisible por un pasado en común, entre los habitantes se había ido creando una red solidaria, inusual para la mayoría de las ciudades humanas. Esto se manifestaba en peque?os actos. Los pescadores les ofrecían cada tanto alguna moneda o pedazo de comida que les sobrara y siempre había un sitio junto al fuego de sus chozas para aquellos que no tenían dónde dormir. La panadera solía dejar una canasta de pan del día anterior junto a la puerta trasera para los madrugadores, al igual que uno de los mercaderes que siempre traía productos exóticos desde otras tierras y luego dejaba “olvidada” una caja con las frutas menos atractivas pero todavía comibles. Los due?os de una taberna junto a los muelles, sin hacer preguntas, siempre tenían listo algún plato de sopa para cualquiera de los ni?os que entrara en su cocina con el estómago vacío. Luego había gente de variados oficios como herreros y carpinteros que ense?aban su oficio a todos aquellos dispuestos a aprender.

  Los ni?os, reacios a que les tuvieran lástima, se ganaban esos favores con trabajo. Ayudaban a apilar cajas, a limpiar cubiertas o a hacer mandados rápidos. Sabían cómo moverse entre la multitud sin ser notados, y a menudo se encargaban de los recados más urgentes. Eran rápidos, ingeniosos, y sabían cuándo hablar y cuándo mantenerse callados. Milo, como la mayoría de ellos, había aprendido a leer el lenguaje silencioso del puerto: un gesto de un comerciante que les aseguraba una tarea bien pagada, la mirada de un pescador que veía llegar de lejos la tormenta, y el silencio prolongado en un rincón del muelle donde algo parecía ir mal.

  Entre los ni?os, había un sentido tácito de comunidad. A pesar de la competencia por el trabajo y los recursos, se cuidaban unos a otros. Compartían lo que podían, intercambiaban consejos sobre los mejores lugares para conseguir comida o cómo evitar a los guardias y magos cuando las cosas se complicaban. Aunque Milo era de los que se mantenía más apartado del grupo, siempre se había mostrado dispuesto a ayudar en algún momento de necesidad, como cuando alguno de ellos se enfermaba o lastimaba y necesitaba ser llevado ante un curandero.

  Ese día no iba a ser muy distinto de muchos otros. Una vez terminado su trabajo con los pescadores, se tomó, como siempre, un breve descanso, sentado en borde de uno de los muelles, observando el vuelo de las gaviotas mientras comía un pedazo de pan tierno y una manzana que le habían regalado. Para entonces el puerto se encontraba en plena actividad con los vendedores organizando sus mercancías y los compradores realizando sus rondas. Conversaciones y gritos resonaban en medio del murmullo de las peque?as olas.

  Su siguiente trabajo sería ayudar a los tenderos a cargar los carros con productos frescos que se irían a vender por toda la ciudad, desde los barrios más modestos hasta la zonas más prósperas, en donde se esperaban las entregas diarias de comida y otros productos para la casa. Milo era uno de los que realizaba aquellas entregas y gracias a su conocimiento de las calles era uno de los más rápidos. También aprovechaba esos recorridos para entregar mensajes. Era un trabajo mucho más cansador pero que le permitía ganarse algunas monedas que al caer la noche guardaría en una bolsa bien oculta al fondo de su escondite. Al principio, cuando era un ni?o llorón e inexperto, se había gastado sus primeras monedas enseguida pero con el paso del tiempo había aprendido ahorrar y sólo se animaba a usar alguna moneda en casos de extrema necesidad. ?Para qué estaba ahorrando? Todavía no estaba seguro. Muchos de sus compa?eros ya tenían pensado ganarse la vida con algún oficio pero él no se imaginaba ningún futuro.

  Dependiendo del éxito de sus actividades, al caer la noche decidiría si se pasaría un rato por la taberna para escuchar historias de marineros o piratas que habían arribado clandestinamente, quizás incluso conseguir información valiosa sobre los movimientos de los barcos que podría vender a otros comerciantes o contrabandistas.

  A veces se tomaba algún rato libre para pasarse por la capitanía en donde era bien recibido pero en los últimos tiempos lo hacía cada vez menos debido a la insistencia de Dhabeos Myrkan, capitán del puerto, quien, preocupado por el destino de los huérfanos, se había encomendado el mismo la misión de encontrarles un hogar temporal y educarlos en la nueva escuela que su esposa había creado justo al lado de la capitanía. Pese a las apariencias, a Milo le caí bien Dhabeos pero si seguía insistiendo con mandarlo a la escuela no tendría más remedio que continuar ignorándolo.

  él no quería saber nada de aquello y por eso continuaba prefiriendo su refugio en las alturas, ya que siempre existía el riesgo de que el matrimonio lo atrapara para sentarlo en aquellas ridículas mesas y obligarlo a pasar horas frente a una monta?a de libros. Sí reconocía la importancia de leer y escribir, así como de lidiar con los números, habilidades que le habían sido ense?adas por la esposa del tabernero, pero eso sólo lo había aprendido como necesidad para sobrevivir. Todo lo demás, idiomas extra?os, historia, música y otras ridiculeces, le parecía innecesario y no le ayudaban en nada en su día a día.

  Dhabeos incluso le había propuesto formar parte de alguna tripulación o formarse como oficial de la capitanía pero eso significaba quedar bajo las órdenes de otros y eso contradecía todo lo que Milo creía hasta entonces. Se había acostumbrado demasiado a su libertad y no existía nada ni nadie en el mundo que lo empujara a renunciar a ella.

  Terminó de comer y comenzó a dejar atrás el muelle en dirección al mercado en ese momento rebosante de gente. El aroma de especias, pan recién horneado y frutas frescas se mezclaba en el aire. En cada puesto los clientes regateaban con los mercaderes, vendedores ambulantes gritaban a lo largo y ancho de la calle, un grupo de mujeres compartía chismes a toda voz y algunos ni?os como él pasaban corriendo de largo en camino de cumplir con un encargo o cargando cajas y canastas. Varios conocidos lo saludaban con un gesto de la cabeza. Había algunos forasteros, algunos simples comerciantes, otros de mirada sospechosa que le hacían preguntarse si no serían piratas o incluso sirenios de los que a veces se rumoreaba que visitaban el puerto. También había extranjeros, aunque muy pocos, venidos de tierras lejanas que no se quedaban mucho en el puerto puesto que su deseo era explorar el interior de Terrarkana en busca de los seres legendarios cuyas historias surcaban los mares y atraían a nuevos aventureros.

  Se encontraba ya cerca del negocio en donde ese día debía presentarse cuando desde un estrecho callejón escuchó los sollozos que le hicieron pararse en seco. Cuando giró la cabeza vio a una persona agazapada en el suelo con la cabeza enterrada entre las rodillas y su cuerpo temblando ligeramente con cada respiración entrecortada. Parecía tan peque?a y delgada pero a Milo no le pareció que fuera muy joven. Su pelo negro como carbón era corto pero no tardó en darse cuenta de que era una muchacha, ya que llevaba puesto un vestido harapiento y manchado cuyos pliegues desflecados apenas le llegaban a cubrir la mitad de las pantorrillas.

  Su estado le recordaba a aquellos primeros días solo en el puerto en los que se había visto obligado a sobrevivir y sin saber si algún día volvería a ver a su padre. Se le hizo un nudo en el estómago y antes de pensar en lo que estaba haciendo se acercó hasta la figura sollozante y le sacudió un hombro.

  –?Estás bien? –preguntó.

  La muchacha, asustada, levantó la cabeza y dos grandes ojos del color azul del mar se abrieron en dirección a Milo que sintió como si aquella mirada le hubiera disparado directo en el corazón.

  Ella lo observó de pies a cabeza, lo cual provocó que Milo se sintiera más consciente de sí mismo e incluso avergonzado de su propio aspecto. No se había ba?ado en varios días y al pasarse nervioso una mano por sus cabellos pelirrojos pudo sentir una leve capa de grasa que se le quedó adherida a los dedos y no tuvo más remedio que limpiarse en su propias ropas a cuyo olor ya se había acostumbrado pero debía de ser peor que el de un perro.

  Sin embargo, ella no le dirigió ninguna mirada despectiva como solían hacer el resto de las muchachas de su edad que se paseaban por el mercado. Se secó los ojos con las mangas y esbozó una leve sonrisa.

  –Estoy bien, gracias.

  Volvió a encorvar los hombros, como esperando a que él se fuera pero Milo no se movió. De nuevo no pudo apartar la mirada. Hubiera podido sumergirse en aquellos ojos profundos y flotar allí durante horas.

  El silencio del callejón y la mirada inquisitiva de ella le obligaron a reaccionar.

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  –?Necesitas ayuda?

  Ella sacudió la cabeza.

  –Estoy bien, gracias, puedes seguir tu camino.

  Pero Milo no se iba a rendir así de fácil.

  –No te había visto nunca por aquí.

  –Nunca había bajado al puerto. Vivo allá arriba –ella sacudió la cabeza hacia arriba.

  –Conozco toda la ciudad. Si te hubiera visto allá arriba, seguro que lo recordaría.

  –No creo que sea posible que conozcas toda la ciudad. Simplemente no nos hemos cruzado nunca.

  Milo frunció las cejas.

  –?Cómo se llama el capitán del puerto?

  La muchacha no respondió.

  –Claro, nunca bajas al puerto tampoco, por eso no lo sabes –sonrió Milo con suficiencia –. Entonces te lo pondré más fácil. ?Dónde se encuentra la Casa de Gobierno? Si vives en la zona alta tendrías que haber pasado por allí miles de veces.

  Ella se mordió el labio al darse cuenta de que la habían descubierto en su mentira.

  –Ya veo... no eres de por aquí –continuó Milo –. ?Llegaste por tierra o por mar?

  Ella lanzó un largo suspiro como dándose cuenta de que no valía la pena seguir resistiéndose.

  –Por tierra.

  –?Sola?

  –Con un amigo.

  –Ah –Milo hubiera preferido que estuviera sola –. ?Y dónde está ella... o él...?

  –Me está esperando... pero... –la tristeza volvió a invadir sus ojos que de inmediato se llenaron de lágrimas y mientras continuaba hablando pareció olvidarse de que se encontraba frente a un extra?o –no sé cómo voy a hacer para verlo a la cara ahora.

  –?Qué ha pasado?

  La chica dejó escapar un sollozo.

  –He... perdido... el caballo.

  –?Tu caballo? ?Cómo lo perdiste?

  Ella continuaba hablando entrecortado como si le costara respirar.

  –Iba... a... venderlo... en... el mercado... pero... me enga?aron... y se... se... se... ?lo robaron! –terminó de hablar para ponerse a llorar a lágrima tendida.

  –Todo está bien –aquello no era nada raro que ocurriera sobre todo cuando se trataba de recién llegados como ella. Milo supuso también, al observar sus tersas y cuidadas manos, así como la piel de tono perlado, que sus orígenes no eran humildes. Para el estafador debió de haber sido muy fácil enga?arla. Se notaba a la distancia que carecía de los conocimientos necesarios para sobrevivir en las calles. Había tenido suerte de que él la encontrara antes de que otro hombre se le acercara para aprovecharse nuevamente de ella.

  Esperó a que ella terminara de llorar para volver a hablar.

  –Si es comida lo que quieres conseguir, puedo ayudarte.

  –No... no era sólo por la comida... aunque sí estoy hambrienta... pero necesitaba el dinero para algo más importante.

  –?Para qué?

  Ella no respondió y Milo no insistió porque sabía que primero tenía que ganarse su confianza.

  –No tienes que decírmelo ahora –continuó –. Vamos a buscar algo para que comas. No se puede pensar con el estómago vacío.

  Ella lo miró sorprendida.

  –Pero... ?por qué quieres ayudarme?

  Porque algún día, no sé cuándo ni cómo, me casaré contigo, pensó Milo.

  –Soy un hijo del puerto –él se golpeó el pecho con orgullo al decir eso.

  –No sé qué significa eso.

  –Los hijos del puerto nos cuidamos entre nosotros.

  –Pero yo...

  –No tienes a nadie quien pueda ayudarte en este momento por lo tanto eres tan hija del puerto como yo, además de tu amigo que debe de encontrarse en la misma situación.

  Ella asintió.

  –?Cómo te llamas? –le preguntó.

  –Milo.

  –Lindo nombre.

  Parecía sincera, lo cual derritió el corazón de Milo, aunque su tono se asemejaba al de una se?ora hablándole a un ni?o peque?o y él tenía que demostrarle que ya era todo un hombre.

  –?Y tú?

  –Olivia.

  Hermoso. El corazón de Milo se sentía como un pájaro alborotado dentro de una jaula que ansía salir volando hacia la libertad.

  –Tu nombre es lindo también –respondió él sintiendo el calor en las mejillas que empeoró al ver cómo ella le sonreía.

  Milo se aclaró la garganta.

  –Bien –dijo mientra se daba la vuelta –, vayamos a buscar a tu amigo y luego...

  –Está escondido. Debemos llevarle nosotros la comida.

  –?Por qué está escondido?

  Ella evitó responder de nuevo.

  –Si no me lo dices, no sabré como protegerte.

  –?Protegerme? ?Tú? –sin embargo, frente a la mirada decidida de Milo, Olivia suspiró cansada –. No puede acercarse a los magos.

  –?Los magos lo están buscando?

  –No puedo decirte más.

  –Está bien. Con eso será suficiente por ahora. Pero tu amigo no tiene de qué preocuparse mientras se mantenga cerca del puerto. Los magos nunca bajan hasta aquí a menos que deban zarpar en alguna misión y cuando eso sucede arman tanto revuelo con su presencia que es difícil no notar su presencia. No les gusta mezclarse con los marineros.

  Ella suspiró aliviada.

  –Eso es bueno.

  –Deberán sí evitar las zonas altas.

  –Entendido.

  Como se lo prometió, no tardaron en conseguir algo de comida aunque esta vez Milo decidió prescindir de la caridad y gastar una de las pocas monedas de plata que llevaba en el bolsillo para eventualidades. Con eso se hicieron de una canasta llena de fruta, pan, queso y jamón, así como una botella de leche. Ese era un día de grandes perdidas económicas para él puesto que no había ido a cumplir sus encargos con los vendedores pero no pensaba escatimar gastos ahora que había encontrado a una doncella en apuros a la cual debía de rescatar.

  él se encargó de portar la canasta mientras ella lo guiaba hacia una zona alejada de los muelles, pasando las caba?as de los pescadores, hacia una peque?a cueva entre las rocas del acantilado. Aquel era un pésimo lugar para esconderse y si hubiera habido magos en las cercanías los hubieran encontrado enseguida. También era un lugar que se inundaba muy fácilmente cuando la marea subía.

  Pero ahora Olivia contaba con Milo y no tenía nada de qué preocuparse. él se encargaría de todo.

  Siempre y cuando aquel extra?o que se encontraba escondido en la cueva no le frustrara los planes.

  –Silas... él es Milo. Milo, es el Silas –dijo Olivia presentándolos.

  –?Por qué lo trajiste? –le respondió enojado Silas, un muchacho quizás de la misma edad que Olivia, alto, fornido y con una melena desordenada cuyos rizos se disparaban en todas direcciones. Sin embargo, lo que más le llamó a Milos la atención eran sus ojos dorados. Nunca había visto un color así, debía de venir del extranjero.

  También llamaba la atención una de sus manos, cubierta con pedazos de tela, la cual parecía ser mucho más grande que la otra. Así que era deforme. Perfecto. Milo ya contaba con una ventaja.

  –?él me ayudó! –exclamó Olivia.

  –?Ya te olvidaste lo que sucedió la última vez que confiamos en alguien?

  –?Pero es sólo un ni?o!

  Aquel comentario se le incrustó en el corazón de Milo como una flecha pero le pareció más maduro mantenerse callado fingiendo que no se había sentido afectado.

  –?Y qué pasó con el caballo? –inquirió Silas.

  Olivia pasó a narrarle avergonzada cómo la habían estafado en el mercado.

  –?Sabía que tenía que ir contigo! –estalló Silas.

  –?Y qué hubieras hecho? –protestó Olivia –. ?Sabes menos que yo sobre esos temas!

  Así que él también debía de ser de alta cuna, iban conjeturando Milo mientras los escuchaba. Las personas de clase alta no solían preocuparse por el dinero y dejaban que sus sirvientes se ocuparan de las compras.

  –?Ahora qué haremos con él? –preguntó Silas obviando la pregunta de Olivia.

  –Pues... –Olivia miró en dirección a Milo que por fin decidió intervenir. Se había quedado callado todo ese rato viendo con deleite cómo aquellos no parecían llevarse para nada bien, así que no debían de ser amantes. Aunque sí había visto a parejas peleándose en la calle alguna vez así que no podía descartar la sospecha todavía.

  –No pueden quedarse aquí –dijo Milo –. Los llevaré a algún lugar seguro donde podrán descansar y pensar con tranquilidad.

  –?Por qué quieres ayudarnos? –le preguntó Silas con sospecha.

  –Soy un hijo del puerto.

  Como Silas tampoco sabía qué significaba eso, tuvo que explicar todo de nuevo.

  Pero el supuesto amigo de Olivia no terminaba de convencerse.

  –?Y sólo por eso?

  –Tú estás huyendo de los magos y a mí no me caen bien. El enemigo de mi enemigo es mi amigo.

  –Eso... –Silas permaneció pensativo un momento –. Parece tener sentido de alguna forma.

  –Perfecto, entonces síganme –Milo se dirigió a la entrada de la cueva pero Olivia lo detuvo.

  –No podemos salir ahora de día... Silas no puede mostrar su cara...

  Además de horrendo, era un fugitivo, un punto más a favor de Milo.

  –Ya vuelvo, esperen aquí –dicho eso, Milo salió corriendo en la dirección por la cual habían venido hasta llegar a la taberna en donde le solicitó a la due?a que le prestara por un rato un par de capas prometiendo que las devolvería al día siguiente.

  Al poco rato ya se encontraba saliendo de la cueva con Olivia y Silas con sus rostros ocultos bajo las capuchas.

  –?A dónde nos llevas? –susurró Silas.

  –Ya verás. Y camina normal si no quieres llamar más la atención.

  La casa a donde Milo los condujo se encontraba en una zona alejada del bullicio del puerto, a la que solo se podía acceder por un camino escarpado que serpenteaba peligrosamente por el borde del acantilado, flanqueado por rocas irregulares cubiertas de musgo. Había que tener cuidado ya que el viento hacía difícil mantener el equilibrio en ciertos tramos. Milo conocía muy bien ese sendero y avanzaba con paso firme, aunque lento, tomando de vez en cuando la mano de Olivia para evitar qu ella continuara apoyándose en Silas.

  La casa era peque?a y se encontraba oculta por una formación rocosa que la protegía de los vientos fuertes. Se trataba de una construcción sencilla, de piedra gris y gastada y tejas de color negro. Pertenecía a un capitán de barco, viudo y sin hijos, que en esos momentos se hallaba viajando por las islas del norte y no volvería a aparecer por allí hasta el oto?o. Era el refugio perfecto aunque Milo había preferido no usarla porque no le gustaba dormir encerrado ni ocupar hogares ajenos pero por Olivia estaba dispuesto a romper varias reglas.

  Al empujar con esfuerzo la vieja puerta de madera se les apareció un interior de aspecto modesto, apenas iluminado por la luz que se filtraba a través de peque?as ventanas que les ofrecía la vista de un vasto océano. Los muebles eran sencillos: sillas y mesa de madera desgastadas y una chimenea de piedra en la habitación principal que parecía ser usada también para cocinar. Sobre la chimenea se hallaba una colección de piedras pulidas y caracoles. En un rincón había cazos, ollas, un barril, bolsas de grano y hierbas humedecidas.

  –?Una casa! –exclamó Olivia con entusiasmo, como si nunca hubiera visto una, y luego se dispuso a inspeccionar el dormitorio y un altillo al que se accedía por un simple escalera de madera.

  Milo se sentía en las nubes por verla tan feliz.

  Durante el resto del día se dedicaron a airear la casa y quitar el polvo que había formado una densa capa tras la larga ausencia del capitán. Cuando cayó la noche cenaron lo que había sobrado de la comida que Milo les había comprado. Mientras comían, Olivia no dejaba de cabecear así que Milo insistió para que se acostara en el cuarto. Ella no quería ser la única que utilizara la cama pero Silas también insistió y Milo se sintió aliviado de que él no quisiera pasar la noche en la misma cama que ella.

  Así que con Olivia roncando en la habitación de al lado, Silas y Milo se mantuvieron un rato despiertos luego de acordar el rincón donde dormiría cada uno. Luego de tanto tiempo durmiendo feliz a la intemperie, a Milo ya no le apetecía volver a su cueva.

  –?Qué es lo que estás mirando, ni?o? –a la luz de la luna Milo vio cómo el rostro de Silas se arrugaba tras haberse pasado un rato observándolo con atención pensando que este no se había dado cuenta.

  –Tengo doce a?os, no soy un ni?o. Y tú... tú eres de verdad feo.

  él sólo quería provocarlo pero, para su sorpresa, no obtuvo la reacción que esperaba.

  –Lo sabía –respondió Silas –. Gracias. He querido explicárselo a Olivia pero ella no parece creerme por alguna razón.

  Así que Olivia pensaba que Silas era guapo. Un punto para él, entonces.

  Aun así, Milo se animó a continuar.

  –Tus ojos tienen el color de la orina. Nunca había visto ojos tan grotescos y tu pelo... parece un montón de pajas. Y tu mano...

  –No era necesario decirme todo eso, con decirme que soy feo ya era suficiente.

  –?Qué hay entre tú y Olivia?

  Silas se removió intranquilo debajo de la capa con la que se había tapado.

  –?Qué tiene eso que...?

  –?Están comprometidos?

  –?Claro que no! –se mantuvo un instante en silencio –. Pues... durante un tiempo tuvimos que fingir pero... no... no somos nada... supongo que... sólo... somos... amigos... –lo decía como si se acabara de dar cuenta –. Somos amigos.

  Milo suspiró mientras se acomodaba sobre un montón de redes que había encontrado amontonadas en el altillo.

  –Eso está bien. Mientras no seas competencia para mí entonces también podremos ser amigos.

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