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Capítulo 54 - El hombro dislocado

  Silas ya debería haberse acostumbrado a terminar en situaciones tan vergonzosas como aquella pero aún así no podía evitar sentirse abatido luego de que aquellos cinco ni?os hubieran entrado como si nada por las ventanas de la casa y con una rapidez digna de una manada de zorros lo rodearan con cuerdas hasta dejarlo completamente inmóvil.

  El se?uelo había sido una de las ni?as que había tocado la puerta para rogar por comida de una manera tan insistente que hasta se puso de rodillas. Harto de escucharla fue a buscar algo de pan para que lo dejara en paz de una vez y no notó nada extra?o hasta que fue demasiado tarde.

  Es más, aquella sincronización le recordaba a su vida con la manada cuando los mayores le ense?aban a los peque?os técnicas de cacería en donde cada integrante colaborada con una tarea. él, por supuesto, en su primera forma, nunca había logrado hacer nada útil. Lo mismo que le ocurría ahora.

  Sin dejar de mirar el suelo escuchó cómo Olivia lanzaba una nerviosa carcajada que no debió de convencer a nadie.

  – ?Lady Olivia? ?Yo? ?Me siento muy halagada pero no puedes estar más equivocado! ?En serio te parezco una dama de verdad? ?Sólo mírame! Además... ?Roca qué? ?No tengo ni la más pálida idea de dónde queda ese lugar!

  – Entonces... explícanos esto – las palabras de Rufus obligaron a Silas a levantar su cabeza para observar cómo el jefe de la pandilla sacaba un pedazo de pergamino y lo extendía frente a ellos.

  En él había dibujado dos rostros bastante similares a ellos. Aunque el rostro de Silas estaba muy desfigurado. ?Su nariz no podía ser así de grande!

  – ?Qué es eso? – preguntó Olivia aunque la respuesta fuera obvia.

  – Finn lo ha robado del bolsillo de uno de los mensajeros que ha llegado esta ma?ana. Deben haber hecho más copias.

  – Debe ser una casualidad... yo no tengo nada que ver con la nobleza – pese a su breve tiempo como actriz, la chica no había aprendido a responder sin titubear.

  – ?Eres una Lady? – exclamó Milo asombrado –. Pues eso... explica muchas cosas...

  – Yo... – Olivia intentó decir algo pero fue interrumpida por Rufus.

  – Eres una persona muy importante, Lady Olivia...– la mirada fría de Rufus se posó en Silas –. Pero tú... al parecer eres mucho más importante todavía... Lo curioso es que no posees ningún título, ni siquiera un apellido... Silas... la quimera.

  – ?Una quimera? ?Qué es eso? – preguntó Milo.

  – ?Ja! Y luego me dices a mí que vaya a la escuela – Rufus hizo un gesto y dos de los otros ni?os se colocaron a un costado de Silas para comenzar a quitar los vendajes que cubrían la pata de oso.

  – ?No hagan eso! ?Está herido! – chilló Olivia pero los otros dos ni?os se lo impidieron.

  Silas intentó sacudirse para liberarse. No quería lastimar a ninguno de ellos pero si se veía obligado a usar sus garras no tendría más remedio que...

  Sus pensamientos se vieron interrumpidos de golpe por una ráfaga de viento que envolvió la estancia entera. Las velas se apagaron y todo quedó oscuras. Mientras Silas era catapultado hacia atrás escuchó los gritos y golpes provenientes de los ni?os que debían de haber salido disparados en todas direcciones. Luego sintió la madera de la silla quebrarse al estamparse contra la pared y las cuerdas que lo mantenían preso se aflojaron. Arrolló su cuerpo cubriendo su cabeza con ambas manos para evitar que los objetos que volaban en círculo a su alrededor lo lastimaran.

  Las ráfagas no cesaron hasta varios segundos después y en cuanto se cercioró que ya no había más peligro la quimera se levantó. Alrededor suyo sólo había silencio y desde afuera de la casa tampoco parecía haber ningún movimiento. Así que la única que podía haber hecho aquello era Olivia.

  A continuación escuchó un quejido de la chica y Silas saltó en dirección a ella. Al tantear en la oscuridad casi tropezó con su cuerpo tirado en el suelo.

  – ?Olivia?

  La muchacha respiraba agitada mientras él intentaba levantarla con cuidado.

  – Pensé que... tenía... suficiente... energía... – ella hablaba como si cada palabra supusiera un esfuerzo –. Pero ya... me siento... muy... cansada...

  – Es porque todavía no terminas de recuperarte – la reprendió Silas –. Ya ves, tendrías que haber dejado que Milo saliera solo a trabajar mientras tú terminabas de recuperar tu fuerza.

  – Yo no... quería... hacer esto... fue... fue... un impulso... estaba... enojada...

  – Y no pudiste controlarlo. No te había visto usar tu propio poder de esta manera.

  Ella resopló ofendida.

  – Te... olvidas que... antes de... saber... que era... un bruja... era... una... una... aprendiz... de maga. Todavía... puedo... invocar... sellos...

  Silas la acercó a una de las ventanas y la hizo sentarse en una silla que todavía conservaba sus cuatro patas. Estudió su cuerpo de arriba abajo en busca de heridas hasta llegar a sus ojos azules que brillaban tanto como el mar bajo la luz plateada de la luna que se colaba por la ventana.

  – Eres un bicho raro, Olivia de Rocasombra.

  Ella entrecerró los ojos.

  – Mira quién... habla.

  Por un momento se miraron tan fijamente que el cuerpo de Silas comenzó a inclinarse hacia ella sintiéndose capaz de zambullirse en aquel azul prístino.

  Ella llevó una mano hasta la cara de Silas y cuando sus delicados dedos se posaron sobre su sien fue como si un rayo se precipitara de ese punto hasta su estómago. Al retirarlos vio que se habían cubierto de rojo.

  –Estás... sangrando...

  él se llevó su mano hacia la herida. No sentía más que un leve ardor. El corte debía de ser muy peque?o. Se dio la vuelta para estudiar brevemente el da?o y sólo pudo ver una monta?a oscura de cajas, barriles, redes y cerámica que se habían apilado por efecto del remolino. La mesa y el resto de los muebles se habían volcado con sus patas hechas astillas.

  – ?Cuántas veces me has salvado ya? – preguntó volviendo a posar sus ojos en los de Olivia.

  Una risa sofocada se escapó de los labios de ella.

  – Ya... ya... perdí... la cuenta – incluso en la penumbra él era capaz de ver el rubor encendiéndose en sus mejillas.

  – Debo tener cuidado o terminarás salvándome cien veces como dijiste. ?Qué pasará conmigo después?

  – Yo... yo... no... yo... siempre...

  Mientras ella intentaba responderle Silas se preguntaba por qué de repente sentía tanto calor cuando estaba a punto de hundirse en aquel mar helado que amenazaba con devorarlo entero.

  Los rostros de ambos de encontraban a centímetros cuando una voz infantil los interrumpió.

  – ?Bésala de una vez! – gritó una de la ni?as que enseguida comenzó a quejarse de dolor.

  Le siguieron las voces de los demás que sonaban como si estuvieran arrastrándose por el suelo haciendo tintinear pedazos de cerámica y muebles deshechos.

  – ?No! ?Qué asco!

  – ?Justo en este momento!

  – ?Es de no creer!

  – ?Son adolescentes! ?Ellos sólo piensan con sus...!

  – ?Olivia, no! – gimió Milo como si lo hubieran traicionado.

  Un estridente grito inundó la oscura estancia. Era Rufus.

  – ?Jefe, ya voy! – gritó Finn.

  – ?Idiota! ?Cuándo ibas a decirme que ella era una maga? – pese a su tono autoritario la voz de Rufus reflejaba un dolor intenso.

  – ?Eres de verdad una maga Olivia? – volvió a recriminarle Milo y parecía ser que aquello era mucho peor que lo anterior.

  – ?Jefe! – lloriqueó Finn –. ?En ningún momento los magos dijeron algo de eso! ?Hablaban de ella como si fuera una chica mimada indefensa! ?Decían que la quimera la tenía secuestrada!

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  Como siempre, las mentiras de los magos no tenían fin.

  Mientras los chicos seguían discutiendo, Silas pasó un brazo por debajo de los hombros de la muchacha.

  – Olivia, vámonos. Tardarán un rato recuperarse.

  Ella se resistió.

  – Pero... yo... ?los... los lastimé? – sus labios temblaron arrepentidos.

  – Pueden arreglarse solos. Son ladrones, hijos del puerto, no nos necesitan.

  – ?Pero... son ni?os!

  – ?Intentaron capturarnos para... no sé para qué pero para nada bueno seguro!

  – ?Hay una recompensa por ustedes! – dijo una de las ni?as.

  – ?Un baúl lleno de oro! – le siguió la otra.

  – ?Ya ves? – resopló Silas intentando arrastrar a Olivia sin lastimarla pero ella continuaba impidiéndoselo.

  – ?No podemos dejarlos así!

  – ?Ya te olvidaste de lo que ocurrió con Deema y Gorwan? ?Quieres repetir el mismo error?

  – ?Son ni?os, Silas!

  – ?Los ni?os pueden ser peligrosos también! – Silas aún recordaba en detalle los abusos de sus hermanos transformados en animales y lejos de la vista de los adultos. Lo habían perseguido y golpeado como los ni?os de los sirvientes que jugaban a la pelota en el patio de armas del castillo de Rocasombra. Nunca se lo había contado a nadie porque no podía vivir con la vergüenza de sentirse indefenso ante cachorros de quimera mucho más jóvenes que él.

  Y por nada del mundo iba a pasar por eso otra vez.

  – ?Carajo! – terminó de quitarse las vendas que cubrían la pata de oso y la acercó a la ventana. Sus afiladas garras brillaron como peque?as dagas de plata –. ?Ven esto, malditos sinvergüenzas? ?Un paso en falso y no dudaré en arrancarles el pellejo y rajarles el vientre para adornar las paredes con sus intestinos! ?Y luego de eso la maga hará volar sus cadáveres hasta dejar que se hundan en lo profundo del mar!

  – ?Silas! – protestó Olivia indignada pero él no le hizo caso y avanzó amenazante hacia los ni?os entrecerrando los ojos.

  – ?Quedó claro?

  – ?Sí, se?or! – exclamaron todos, incluido Milo.

  La quimera asintió y comenzó a tantear en busca de elementos con que hacer fuego. Cuando consiguió encender una peque?a llama en la estufa buscó una vela y con ella avanzó entre el caos de la estancia para constatar que tan heridos estaban realmente.

  Encontró a los dos ni?as abrazadas. Una de ellas, la más peque?a y de pelo corto, que tan inocentemente le había rogado por comida, tenía el rostro húmedo de lágrimas. Si no fuera por la forma en que lo habían maniatado, Silas hubiera sentido ternura por ellas. Tenían varios cortes que te?ían de manchas rojas sus ropas grises pero nada grave.

  Olivia, tras haber recuperado el aliento, se acercó para comenzar a vendarlas con jirones de ropa tirada por el suelo.

  – Lo siento tanto – susurraba ella mientras secaba las lágrimas de la peque?a –. ?Cómo te llamas?

  – Mi nombre es Katty.

  – Y yo soy Vinnie – respondió la mayor mientras intentaba atarse nuevamente sus desordenados cabellos ahora sueltos.

  – Yo no quería hacerles da?o... sólo estaba protegiendo a mi... amigo.

  – Ah... ?entonces no es tu novio? – pregunto Vinnie.

  – ?Claro que no!

  – Bien, entonces será mío.

  – ?No! ?Es mío! – Katty golpeó el hombro de Vinnie lo que hizo que esta gimiera de dolor y en respuesta intentó cincharle el pelo.

  – ?Qué hacen? – Olivia intentaba evitar que se lastimaran aún más.

  Silas carraspeó incómodo mientras continuaba con su inspección. Milo había sufrido un fuerte golpe en el pecho cuando un barril se le había ido encima pero a pesar de que respiraba con dificultad parecía que no se había roto ninguna costilla. En cuanto a los otros dos chicos, Finn y Penn, que por su gran parecido debían de ser hermanos, el primero tenía algunos peque?os cortes y el segundo sólo cojeaba un poco.

  Quien se había llevado la peor parte, para deleite de Silas, era Rufus a quien encontró apoyado contra la pared y con su brazo derecho torcido en un ángulo antinatural. Su rostro ahora pálido hacía juego con sus ojos grises y apretaba los dientes intentando no gritar de dolor.

  Silas no se molestó en disimular su sonrisa.

  – Esto es lo que te pasa cuando te metes con alguien más poderoso que tú, imbécil.

  Rufus lo fulminó con la mirada pero no dijo nada.

  – Silas, no lo molestes – lo reprendió Olivia acercándose –. Pobrecito.

  – ??Pobrecito!? – exclamaron tanto Silas como Rufus.

  – Dejame ver eso – Olivia se acercó a Rufus para estudiar el brazo.

  – ?Es un matón! – protestó Silas.

  – ?Soy el jefe de los fantasmas, maga petulante! – exclamó Rufus que intentó alejarse de ella solo para sentir una punzada de dolor que le hizo estallar en alaridos.

  – Calma, calma – la voz de Olivia le recordó a Silas la voz de su propia madre cuando de peque?o él se asustaba por los truenos cuyos ecos ensordecedores hacían temblar los picos de las monta?as.

  – ?Esto es tu culpa! ?Pero no es nada! ?He tenido heridas mucho peores! – gritaba Rufus intentando esconder su dolor con un tono furioso –. ?Una vez un contrabandista me atacó con un daga! ?Tengo una cicatriz enorme en mi pecho!

  – Claro que es mi culpa y me encargaré de resarcir el da?o – decía Olivia suavemente –. Ya veo... creo que sé como arreglar esto...

  – ?Ni se te ocurra tocarme, sucia maga!

  – ?En serio sabes cómo arreglarlo? – preguntó Silas desconfiado.

  Olivia se aclaró la garganta.

  – Debemos ponerle el brazo en su lugar antes de que empeore. Vi a Barthra haciéndolo un par de veces.

  – ?Un par de veces?

  – Varias veces quizás. A soldados o campesinos que habían sufrido accidentes... No es muy complicado pero... quizás yo no tenga fuerza suficiente – levantó las cejas mirándolo.

  – ?Primero nos atacas y ahora quieres torturarnos! ?Típico de los malignos magos! ?Chicos, hagan algo!

  Pero el resto no se movió. Silas no sabía si era por miedo o porque realmente creían que Olivia podía curarlo.

  La quimera suspiró.

  – ?Qué tengo que hacer?

  – ?No! – gritó Rufus pero Silas lo agarró con fuerza de su brazo sano.

  – No será agradable pero te sentirás mucho mejor enseguida, te lo prometo – dijo Olivia –. Finn, busca algo que pueda morder.

  Mientras ella le daba las indicaciones a Silas, el ni?o encontró un cinturón de cuero que le entregó a la muchacha y esta se lo puso en la boca a Rufus que ya rendido comenzó a morder con fuerza anticipando el gran dolor que estaban a punto de infligirle.

  Silas inspiró profundamente. Le divertía vengarse de esa manera del jefe de los Fantasmas pero por otro lado tampoco quería fallarle a Olivia. Llevó la mano derecha hacia el brazo torcido de Rufus, y apoyó la pesada pata de oso en su hombro para estabilizarlo. Contó hasta tres y con un movimiento rápido y preciso giró y tiró del brazo hacia su posición correcta.

  Un chasquido resonó en la habitación. Penn salió corriendo por la puerta de entrada y poco después escucharon sus arcadas. Finn salió detrás de él. Las dos ni?as volvieron a abrazarse y observaban con ojos aterrados sin poder moverse. Milo se mantenía quieto con sus manos cerradas en pu?os y tan pálido como Rufus como él pudiera sentir el mismo dolor.

  El joven jefe de la pandilla mordía con tanta fuerza el cinturón que parecía que sus dientes fueran a salir disparados y su cara se había humedecido de sudor. Sólo emitía gru?idos roncos que se intensificaron durante esos breves segundos mientras Silas le acomodaba el brazo.

  Hecha la maniobra, los gemidos de Rufus cesaron, el cinturón cayó al suelo y su respiración se fue normalizando.

  – Carajo.

  – ?Jefe! – Finn asomó la cabeza por la puerta –. ?Cómo te sientes?

  – Mejor pero no gracias a ti.

  – Jefe... – gimió el ni?o rogando por su perdón.

  – ?Bien hecho, Silas! – Olivia le palmeó el hombro y el pecho de Silas se infló de orgullo.

  Rufus se llevó la mano su hombro.

  – Más te vale que haya quedado bien... – fulminó con la mirada a la quimera –. Porque si no me aseguraré que a ti te duela el doble.

  Silas alzó sus garras de oso.

  – Agradece que no te he matado todavía. Estamos a mano. Ustedes nos tendieron una emboscada y recibieron una probada de lo que podemos hacerle.

  – Silas, basta – Olivia se restregó los ojos –. Realmente... no te reconozco.

  – ?Pero...!

  – ?Estás siendo muy infantil! Sabes que ellos son más débiles que tú,

  – ?Pero ellos...!

  Olivia no lo dejó continuar y se concentró en inmovilizar el brazo de Rufus. Si era como Barthra le había dicho, no podría moverlo durante varios días. Probablemente semanas.

  – Ahora que sabemos que están todos bien es hora de irnos.

  – ?Crees que los magos puedan rastrear tu magia?

  – Mi magia es muy débil comparada con la de... nuestras amigas... pero sólo por si acaso debemos buscar otro escondite – ella se giró hacia un lado –. Milo, muchas gracias por tu ayuda.

  – ?No, yo me voy con ustedes! – protestó el chico.

  Olivia lo miró sorprendida.

  – ?Incluso ahora que sabes quienes somos realmente?

  – Quizás seas una maga pero eres muy distinta de los demás. Lo he visto con mis propios ojos. En cuanto a las quimeras... no sé casi nada sobre ellas en realidad.

  – Las quimeras fueron perseguidas y asesinadas por los magos hace más de cien a?os – Rufus puso los ojos en blanco como si fuera algo que el otro debería saber.

  – Ustedes odian a los magos – dijo Silas.

  – Todo habitante de Abrazo de Tormenta odia a los magos.

  – Pero estabas dispuesto a entregarnos a ellos.

  Rufus arrugó los labios.

  – No me gustaba mucho la idea pero la recompensa valía la pena.

  – Incluso para ti eso es deshonroso – se?aló Milo –. Pensaba que al menos los ladrones también tenían sus códigos.

  – Quizás, jefe... – convino Vinnie adelantándose –. Nos precipitamos un poco...

  Rufus suspiró.

  – En cuestión de horas comenzarán a circular avisos de captura.

  – ?Cómo puedes saber todo eso? – preguntó Olivia.

  – Finn es el Orejas del grupo. Tiene una gran capacidad para esconderse y conseguir información. No es muy diestro para robar pero de vez en cuando consigue algo como ese pergamino que les mostré.

  – Jefe... – Finn miró al piso avergonzado.

  – ?Qué te ha hecho cambiar de opinión? – Silas se cruzó de brazos.

  – Milo no me cae muy bien pero tiene razón. Tu amiga es distinta. Otro mago me hubiera abandonado a mí suerte. ?Por qué me curaste después de que intenté capturarte?

  – Fui yo quien te curó – gru?ó Silas.

  Olivia se encogió de hombros.

  – Porque era lo correcto.

  Rufus resopló mientras se enderezaba con ayuda de Vinnie y Finn.

  – Se nota que eres una noble. Para ti es muy fácil decir eso. No sabes lo que es sobrevivir en las calles. Me temo que los atraparán enseguida. Buena suerte.

  Rufus ya se iba acercando a la puerta para irse cuando Katty comenzó a saltar.

  – ?Jefe! ?Qué hay de nuestra guarida?

  El chico suspiró y se detuvo en el umbral.

  – ?Es el lugar más seguro del puerto! – la secundó Vinnie.

  Finn y Penn, este último ya recuperado de su indisposición, se mostraron de acuerdo con la idea.

  – ?Entienden que estamos lidiando con magos? – les preguntó su jefe.

  Los demás protestaron diciendo que no le tenían ningún miedo a los magos pese a que Silas pensaba todo lo contrario.

  Pero Rufus lo sorprendió a continuación.

  – Votemos... todos a favor... – sus cuatro secuaces levantaron las manos con entusiasmo pero las de Rufus se mantuvieron en su lugar.

  A pesar de eso, el autoritario jefe respetó la decisión del grupo.

  – Bien, vámonos entonces – miró a Silas y a Olivia fijamente antes de cruzar la puerta –. Nos movemos rápido así que traten de no quedarse atrás.

  El resto del grupo siguió detrás de él, incluido un titubeante Milo y detrás de él Olivia.

  Silas la agarró del brazo.

  – ?Y si no es más que otra trampa?

  Olivia se mordió los labios.

  – ?Qué pasa, quimera, tienes miedo de mí de repente? – se jactó Rufus.

  Maldito ni?o. Silas tomó la mano de Olivia para no perderla de vista y juntos avanzaron detrás del grupo.

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