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Capítulo 55 - El antiguo faro

  Para confusión de Olivia, Rufus se detuvo justo delante de la entrada de la casa y se quedó observando el tejado con el ce?o fruncido.

  – Jefe... su brazo – se?aló Vinnie.

  – Ya sé... – gru?ó Rufus.

  – Deberíamos...

  – No podemos ir todos juntos o llamaremos la atención. Además, si nos cruzamos con un mago descubrirán a la quimera enseguida. Vinnie, te dejo a cargo.

  – No puedes ir solo por ahí en ese estado.

  – Alguien tiene que cuidar a los más jóvenes.

  – Pero...

  Milo se interpuso entre los dos.

  – Yo iré con él – dijo aunque no pareció que la idea le gustara.

  – ?Me cargarás en tu brazos? – se mofó Rufus –. Y yo que pensé que me odiabas cuando en realidad...

  – Conozco un comerciante que está en deuda conmigo. él podrá llevarnos en su carreta a dónde yo le diga. Luego seguiremos a pie – le dirigió una mirada de advertencia a Vinnie –. Si algo le pasa a Olivia, mataré a tu jefe.

  – Gracias por preocuparte por mí, chico – gru?ó Silas.

  – Uy, qué miedo – se burló Vinnie mientras ambos chicos desaparecían por la bajada que llevaba al puerto.

  – ?Y nosotros qué...? – el ánimo de Olivia se vino abajo cuando notó que los veloces Finn y Penn trepaban por el tejado, se encaramaban a las piedras y sin mirar atrás comenzaron a ascender cuál ara?as saltarinas escapando de la escoba de las sirvientas. Incluso escuchó que se desafiaban a quién llegaba más rápido.

  – ?No hagan nada imprudente! – les advirtió Vinnie cuya idea de imprudencia debía de ser muy distinta de la de Olivia.

  La peque?a Katty se agarró a la espalda de la otra chica, quien aún con esa carga lograba moverse con gran agilidad. Iluminados nada más que por los rayos de la luna los cuerpos de los cuatro ni?os se convirtieron en sombras camufladas entre las piedras.

  Abajo solamente quedaron ella y Silas.

  – ?Qué están mirando? No los esperaremos por siempre – la mitad del cuerpo de Finn colgaba en el aire.

  Aquella escena le revolvió el estómago.

  – Pero si ni siquiera nos están esperando – Silas sacudió la cabeza y le ofreció su espalda –. Vamos, Olivia, súbete.

  – ?Qué me suba? – preguntó ella horrorizada.

  – Tú cuerpo no va a resistirlo... ?Acaso alguna vez escalaste con tus propias manos?

  Olivia había intentado muchas veces en realidad escalar por las paredes del castillo sin ningún éxito. Tampoco le habían permitido acompa?ar a su padre cuando salía a cazar a la monta?a así que ese tipo de terreno le era desconocido.

  – ?Y tú sí sabes...?

  Maldición, se había olvidado de eso.

  – Claro que sí – se jactó Silas –. ?Cómo piensas que sobreviví tanto tiempo en la monta?a en mi primera forma? No tenía opción.

  – Pero mi peso...

  – Eres tan liviana como una pluma. No perdamos tiempo.

  Sonaba tan confiado que Olivia terminó aceptando. Envolvió sus brazos y sus piernas alrededor del cuerpo de Silas sintiendo una calidez extra?a en el momento que su pecho se pegó a su espalda. El recuerdo de sus caras tan cerca sólo un rato antes despertó el fuego en sus mejillas y agradeció que él no pudiera verla en ese momento pese al riesgo que corrían en aquella oscuridad.

  Aunque no era tan ágil como los ni?os, la fuerza y la destreza de Silas no tenían nada que envidiarles. La pata de oso se clavaba en las grietas de la roca con facilidad, mientras que su otra mano y sus pies actuaban con precisión.

  Ella sólo tenía que preocuparse de aferrarse lo más posible a él.

  – Olivia... – la voz de Silas sonaba rara –. Me estás ahogando.

  – ?Perdón! – aflojó un poco los brazos tratando de acomodarse pero un sudor frío cubrió su cuerpo cuando percibió que se estaba balanceando hacia atrás. Un grito aterrado se escapó de su garganta y sus manos se clavaron en los hombros de Silas, lo cual casi provocó que él perdiera el equilibrio.

  – ?Pero tampoco te sueltes! – gru?ó Silas.

  – ?Perdón!

  – ?Y deja de pedir perdón, mierda!

  Sin pensarlo mucho, giró sus ojos hacia abajo.

  A pesar de la brisa fría que chocaba contra sus cuerpos, Olivia sintió que se quedaba sin aire. Desde aquella altura el suelo no era más que un gran manto negro salpicado de destellos de luz de la ciudad. Un solo error y su vida terminaría allí mismo a tan sólo unos días de llegar a su destino.

  De alguna manera, Silas adivinó lo que estaba haciendo.

  – ?No mires hacia abajo!

  – ?Ya es tarde!

  – ?Por qué lo haces tan difícil?

  Olivia hundió la cara en su espalda ahogando un gemido.

  Los hombros de él temblaron.

  – ?Deja de hacer de eso! ?Estoy perdiendo la concentración!

  Varias piedras se desprendieron cuando Silas volvió a posar un pie pero logró ponerlos a salvo con un movimiento rápido. Cuando creyó que un nuevo grito estaba a punto de salir de su boca se mordió la lengua con tal fuerza que su paladar se vio invadido por el sabor de la sangre.

  Aquello no se parecía en nada a trepar las paredes del castillo. Hubiera preferido atravesar mil veces el Bosque de los Susurros o cruzar a nado el Golfo de las Luces Danzantes.

  A pesar de lo lejos que habían llegado, ahora comenzaba a dudar de cada una de sus impulsivas decisiones que la habían conducido a esa situación.

  Cada tanto Silas debió pausar la subida y palpar en la oscuridad para no dar un paso en falso. Olivia no supo cuánto tiempo había pasado y temía que la fuerza de la quimera se agotara de tanto esfuerzo. Se atrevió a mirar hacia arriba pero no logró atisbar la cima, sólo pudo ver las estrellas que titilaban distantes esparcidas a lo largo del inmenso cielo. Era un vista hermosa y al mismo tiempo aterradora. Se sentía minúscula como un insecto a punto de ser pisado por un gigante indiferente que poco podía importarle su sufrimiento. Sus brazos y piernas hervían de dolor, incapaces de seguir aguantando.

  Estaba a punto de resbalarse por la espalda de Silas.

  – ?Aguanta!

  Silas separó su mano derecha de la pared para agarrarla de la ropa y darle tiempo para acomodarse pero a causa del terror su cuerpo no le estaba respondiendo. Lo único que evitaba que se precipitaran al vacío era la pata de oso.

  – Qué dramáticos... – murmuró la voz de Vinnie.

  Cuatro manos la agarraron de los brazos y la levantaron. Instantes después sintió el pasto húmedo refrescando sus mejillas. Clavó sus dedos en la tierra como si fuera la primera vez que la tocaba.

  Detrás de ella escuchaba los gru?idos de Silas haciendo los últimos esfuerzos por alcanzar el filo del acantilado y cuando llegó junto a Olivia su cuerpo se desplomó a su lado.

  – Sígamos, siempre puede haber alguien patrullando cerca – les alertó Vinnie y la pandilla siguió detrás de ella –. Esperaremos por el jefe en la entrada.

  Olivia se incorporó con rapidez pero Silas permaneció acostado jadeando cada vez más fuerte.

  – Silas... ?Está bien?

  – Sí...

  – ?Yo sabía que era muy pesada!

  – No eres para nada pesada... Esto es... no... no es nada...

  Olivia tocó su hombro y ahí se dio cuenta del fuerte temblor que recorría su cuerpo.

  ?Acaso le había mentido y no tenía tanta experiencia escalando como se había jactado? Se sintió frustrada de que él continuara mostrándose reservado pese a todo lo que habían vivido juntos pero extra?amente también aquello le enterneció el corazón. Había querido mostrarse seguro para que ella no tuviera miedo.

  Posó su mano en su espalda y comenzó a acariciarlo como lo había hecho alguna vez su padre alguna noche que ella se despertó gritando a causa de las pesadillas.

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  – Está bien, está todo bien, ya estamos a salvo.

  – No soy un ni?o... – se quejó él pero poco a poco su respiración se fue normalizando al ritmo de los movimientos de su mano.

  – Quimera estúpida – murmuró Rufus apareciendo junto a Milo.

  Sin ninguna consideración tiró del brazo de Silas y lo obligó a levantarse. Este tambaleó un poco como si se hubiera mareado pero tras varias zancadas logró recuperarse.

  El resto de la pandilla los esperaba justo al lado de un gran pila de piedras que formaban un círculo irregular.

  – ?Este es su famoso escondite? – la voz de Silas reflejaba desconfianza.

  – No exactamente – respondió Rufus –. Estas no son piedras cualquiera. Son los restos del antiguo faro.

  Se estaba refiriendo al primer faro que se había construido durante la fundación de Abrazo de Tormenta y luego destruido durante la Revuelta del Mar. Sus ruinas se ubicaban en el extremo contrario al faro actual que había sido erigido unos a?os después de terminada la guerra.

  – Los magos querían deshacerse de estos restos – continuó Rufus – pero no quieren hacer enojar a los habitantes del puerto. El antiguo faro es un símbolo de lucha para nosotros.

  – ?Y es seguro?

  – El faro en sí mismo no, obviamente. Su importancia radica en el pasadizo secreto que comienza aquí y atraviesa el acantilado. Los antiguos habitantes lo usaron para escapar cuando el puerto fue tomado por los magos.

  Olivia no tuvo tiempo de decir nada más ya que Rufus la dejó sin palabras cuando él mismo extendió la mano hacia una de las piedras que cubrían el suelo para dibujar con sus propios dedos la llave que activaba el sello.

  Lo hizo tan rápido y con tanta habilidad que no le dio tiempo de leer los símbolos.

  Un círculo dorado brilló brevemente en la oscuridad y desde el punto central las piedras se separaron abriendo un agujero lo bastante grande para que un adulto pudiera colarse.

  Un círculo dorado brilló brevemente en la oscuridad y desde el punto central las piedras se separaron abriendo un agujero lo bastante grande para que un adulto pudiera colarse.

  – ?Sabes usar magia! – exclamó Olivia y Rufus le tapó la boca.

  Se quedaron todos quietos esperando por algún sonido sospechoso pero sólo escucharon el silbido de la brisa nocturna.

  Los ni?os fueron los primeros en precipitarse por las escaleras de piedra que habían quedado al descubierto. El pasadizo no era muy distinto de los que Olivia había utilizado en el castillo de Rocasombra. Por momentos las escaleras se interrumpían y continuaban por estrechos y oscuros corredores para luego volver a descender.

  En la completa oscuridad Olivia se tropezó varias veces con Silas mientras intentaban seguirle el ritmo a la pandilla. Era imposible calcular a qué altura se encontraban ya que al rato habían cubierto una gran distancia. A la muchacha le parecía absurdo que apenas un rato antes casi se mueran escalando el acantilado solamente para volver a descender a quién sabe donde.

  Sin embargo, evitó quejarse y se concentró en interrogar a Rufus.

  – ?Cómo es que sabes dibujar un sello?

  Rufus suspiró cansado.

  – Sólo sé algunos trucos. No soy ningún mago, nunca entrené y tampoco pienso hacerlo en el futuro.

  – ?Aún así! ?No cualquiera puede activar un sello!

  – Como sea...

  – ?Pero cómo lo conseguiste?

  él manifestó su renuencia a responder con un gru?ido pero se rindió ante la insistencia de Olivia.

  – Mi padre era descendiente del primer farero. No es más que un código que se ha pasado de generación en generación. Logró ense?ármelo a tiempo antes de morirse.

  – ?Y tu madre?

  – ?Nadie te dijo, princesa, que todos los Hijos del Puerto son huérfanos?

  – No soy ninguna princesa.

  – Bueno, según lo que he escuchado, estuviste muy cerca. Deja de hacer preguntas tontas. Comienzo a tener lástima de la quimera por tener que aguantar a alguien tan parlanchina como tú.

  Tras un último tramo de escaleras irregulares, se vieron abruptamente detenidos por una pared. Antes de que alguien dijera nada, Rufus volvió a dibujar una llave sobre un punto de la piedra que se abrió dando paso a un ancho y corto pasillo que antecedía a una gran sala de techo abovedado e iluminada por piedras incandescentes.

  Esto último fue lo que llamó primero la atención de Olivia ya que esas piedras no debían de ser las originales pues las mismas agotaban su poder en el correr de unos meses. Eran muy pocas las personas que podían costearlas por lo que no había duda que debían de ser robadas, así como una gran cantidad de objetos que se encontraban dispersos por el piso y también sobre la mesa circular que ocupaba el centro de la estancia.

  – Bienvenidos a la guarida de los Fantasmas del Puerto – suspiró Rufus que fue a sentarse cual rey supremo sobre una gran silla de aspecto antiguo y forrada de cuero.

  Había desde lo más simple a lo más lujoso: pedazos de pan, quesos de varios tipos, frutas, pescado seco, encurtidos, miel, sacos con especias de todos los colores, algunas monedas de oro y plata, juguetes de madera, entre ellos un peque?o barco pirata tallado al detalle, catalejos, navajas y dagas de finos mangos trabajados al detalle, brújulas, perlas, joyas de todas las formas y tama?os, candelabros, vestidos suntuosos demasiado grandes para las ni?as, barriles de vino y cerveza... Incluso frascos de pociones que pusieron en alerta a Olivia al recordar la explosión ocurrida en la torre sur del castillo. Quizás debería advertirles a aquellos ni?os de los peligros de andar robando materiales tan delicados.

  Un peque?o estante con una decena de libros antiguos la sorprendió gratamente pero antes de que pudiera indagar sobre ellos Milo y la pandilla se abalanzaron hambrientos sobre la comida. El estómago de Olivia rugía pero estaba demasiado alterada por los eventos de las últimas horas. Silas en cambio se abrazó a un enorme jamón como si acabara de capturar una presa en el bosque y comenzó a masticarlo con voracidad.

  – ?Usha un cuchillo, beshtia! – exclamó Finn con la boca llena.

  – ?T-enemosh de shobra, inclusho de plata! – exclamó Penn.

  Vinnie y Katty se habían ubicado delante de la quimera y mientras daban peque?os mordiscos observaban con atención sus ojos dorados.

  – ?Qué es este lugar? – le preguntó Olivia a Rufus que tampoco parecía interesado en la comida.

  – Es un salón de reunión. Aquí se reunían los antiguos líderes piratas para tratar asuntos importantes. La red de pasadizos todavía existe pero son muy pocos los que saben sobre ellos. Para nuestra pandilla la entrada que se encuentra en el faro es la más segura pero hay otras escondidas cerca de los muelles, callejones junto al mercado... incluso en alguna taberna.

  – ?Quiénes más saben sobre esto?

  – Sólo yo.

  – ?Seguro?

  – Ningún descendiente del primer farero ha compartido el código. Es una herencia secreta y sagrada.

  – ?Y no hay riesgo de que los magos puedan descifrarlo?

  – Para eso... – Rufus saltó de la silla y se acercó a la estantería de libros –. Tendrían que ser capaces de poder leer esto.

  Con cuidado tomó uno peque?o pero de aspecto muy antiguo. Su cubierta de cuero se había ennegrecido y tenía los bordes desgastados. Observó que el lomo había sido reparado con costuras. Al abrirlo, sus hojas amarillentas despidieron un mezcla de olor a tierra y salitre. En apariencia no parecía más que un libro corriente hasta que Olivia notó que no era capaz de reconocer ninguno de los símbolos que habían allí escritos. Ella estaba lejos de leer el idioma élfico fluidamente pero sabía que lo que tenía en frente no era élfico y mucho menos humano. Eran simples líneas, algunas puntiagudas, otras serpenteantes o en forma de espiral que se extendían a lo largo de la hoja de manera errática. Aquellas letras o, más bien, garabatos no tenían ningún sentido para ella a diferencia de la delicada caligrafía de los elfos que se basaba en perfectas y elegantes formas geométricas.

  Con razón ni siquiera había podido descifrar ninguna de las dos llaves que él había dibujado en la pared.

  – ?Y tú... puedes leer esto? – Olivia no pudo evitar sentir la envidia que le sobrevino de repente. Ella, la hija del Guardián del Círculo, tenía mucho menos conocimiento que aquel chico huérfano y ladrón.

  – Mi padre me ense?ó – él seguió pasando las páginas con suavidad, mostrándole ahora dibujos del antiguo faro en todo su esplendor iluminando el acantilado, así como mapas de los pasadizos –. Me dijo que estos pasadizos debían sólo usarse en caso de extrema necesidad pero... cuando él y mi madre... bueno... Ahí fue cuando decidí formar la pandilla y gracias hemos sobrevivido, incluso prosperado. Somos los amos indiscutidos del puerto.

  – ?Ja! – se burló Milo –. Los magos son los due?os del puerto. Por no decir del reino entero.

  Si los ojos de Rufus pudieran disparar flechas, el otro hubiera muerto en el acto.

  – ?Quieres que te haga tragar mi pu?o?

  Olivia no le permitió cambiar de tema.

  – ?Quieres decir que los piratas tenían su propio idioma? – preguntó.

  – No. El origen del libro es desconocido... – Rufus cerró el libro y volvió a ubicarlo en la estantería.

  Olivia entrecerró los ojos.

  – Mientes.

  él sacudió su brazo sano.

  – Deberías agradecerme por sólo habértelo mostrado. Lo hice para que te quedaras tranquila. Nadie puede llegar hasta aquí por su cuenta, sólo yo.

  – Dicho eso... – Vinnie se metió en la conversación –. Jefe, deberías buscarte urgente una novia y empezar a tener hijos a quien entregarles el código antes de que te mueras solterón y que nadie pueda usar el código nunca más.

  – ?Cállate, Vinnie! – las mejillas de Rufus se encendieron.

  – Esas cosas toman su tiempo. ?Qué haremos si un día te sucede algo?

  – No me pasará nada... además... estaba pensando en compartir el código con alguno de ustedes.

  – ?De verdad? – Finn, Penn y Katty abrieron los ojos como platos, ilusionados con la idea.

  Rufus arrastró los pies incómodo.

  – No pienso tener hijos. Algún día me iré de este asqueroso lugar y me volveré pirata. Es más, en un par de a?os podríamos juntar suficiente dinero para comprar nuestro propio barco – entre los chillidos entusiastas de lo más peque?os, Rufus volteó la cabeza hacia un lado –. ?Qué dices Milo?

  – Preferiría ser un esclavo antes de tenerte como capitán.

  – Pues eres un necio – Rufus volvió a sentarse sobre la silla y volvió a dirigirse a Olivia –. Así que... ?cuál es el plan?

  Olivia, con ayuda de Milo, le contó paso a paso lo que habían estado planeando aunque su ánimo se vino abajo al ver la expresión de Rufus. él los escuchaba en silencio y no hacía más que sacudir la cabeza.

  – Es un poco complicado, aunque no imposible... Pero hay un problema.

  Olivia inspiró hondo.

  – ?Cuál?

  – Una tormenta se acerca. Dudo mucho que su barco pueda zarpar en los próximos días.

  Milo bufó irritado.

  – Ahora resulta que predecir el tiempo... No hay signos de...

  – ?El jefe nunca se equivoca! – protestó Finn golpeando la mesa con un pu?o.

  – Eres muy inteligente para muchas cosas, Milo, pero te olvidas que vivimos en Abrazo de Tormenta y este nombre no fue elegido por azar ni por capricho – esperó a que el otro dijera algo pero Milo sólo pateó el suelo –. Una tormenta se acerca, he dicho. Este buen clima que hemos tenido en los últimos días es bastante inusual, extra?o... Además, Finn escuchó a los magos hablar de una extra?as fluctuaciones mágicas que podrían estar afectando los alrededores. Me pregunto si algo de eso tendrá que ver con ustedes...

  No era una idea descabellada, pensó Olivia. Si los magos podían detectar las fluctuaciones desde distancias lejanas eso significaba que la magia de la brujas se expandía rápidamente y estaba afectando los flujos de energía que circulaban en el ambiente.

  Nunca había escuchado que los elfos pudieran hacer eso. ?Sabía Daephennya en que se estaba metiendo cuando se puso a experimentar con su hija recién nacida? Lo dudaba. Quizás Aurora había tenido razón al hablarle del peligro de manipular los Códigos de esa manera.

  – Lazh quimerazh no podhemosh contlolal el clima – masculló Silas todavía con la boca llena de jamón –. De lo contralio, ya nosh hubiéramosh deshecho de losh humanosh.

  A pesar de la opresión que sentía en su pecho, Olivia logró responder con seguridad.

  – Y si yo fuera tan poderosa, ya nos hubiéramos escapado por nuestra cuenta ?no lo crees?

  Aquello de todos modos no era una mentira... al menos en parte...

  – Sí, supongo que tienes razón... – Rufus torció los labios decepcionado.

  Continuaron hablando un poco sobre lo que sucedería en los próximos días y cuando llegó el momento de dormir cada uno se buscó un rincón en el suelo y se acostaron entre mullidas mantas y esponjosas almohadas que también tenían pinta de haber sido robadas de alguna tienda lujosa.

  Olivia, sin embargo, no podía dormir, y no era culpa de los ronquidos de Silas que se había acostado a centímetros de ella con la excusa de mantenerse alerta en caso de que los ni?os intentaran tenderles una trampa. En realidad, había caído rendido no bien su cabeza se hundió en la almohada. Ella debería sentirse igual de cansada pero apenas logró dormitar un rato y lo mismo sucedió en las noches siguientes.

  Tal como el líder de la banda les había anticipado, al cabo de dos días una intensa tormenta tocó tierra y a partir de ahí ningún barco logró zarpar. Desde su refugio subterráneo eran capaces de sentir los temblores de los truenos azotando la tierra y debido a los fuertes vientos Rufus determinó que sería imposible utilizar la entrada que se encontraba en el antiguo faro.

  Aquello les daba tiempo para pensar mejor su plan de escape pero sabiendo que con el correr de los días la ciudad se vería invadida por magos que comenzaban a llegar desde varios puntos del reino.

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