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Capítulo 56 - Los viejos amores

  Si bien ya llevaban varios días de tormenta, en los cuarteles que formaban parte de la Capitanía del Puerto la actividad continuaba como siempre.

  En el ambiente flotaba el bullicio habitual de los escribas revisando manifiestos, oficiales gestionando los permisos y despacho de mercancías, capitanes de barcos impacientes por zarpar en cuanto las condiciones climáticas se lo permitieran, así como el rumor de las conversaciones de gente que simplemente había buscado refugio momentáneo del aguacero.

  Cada tanto, un relámpago iluminaba el interior, seguido por el retumbar ensordecedor del trueno que hacía vibrar tanto las ventanas como los utensilios de las mesas.

  Un par de aprendices corrían de aquí para allá cargando rollos de pergamino y tinta, mientras el Capitán del Puerto, un hombre robusto de barba entrecana y pelo largo sujeto por una cola de caballo, rugía órdenes desde su larga mesa de trabajo cubierta de mapas y documentos húmedos por las gotas que se filtraban del techo y por la puerta de entrada por donde se colaban fuertes ráfagas de viento que arrastraban desde el exterior un intenso aroma salobre.

  Un joven mensajero recién llegado avanzó corriendo dejando tras de sí una estela de agua que se escurría de sus botas y la empapada capa.

  – ?Qué dicen los vigías? ?Cuál es el estado de los muelles? – preguntó el Capitán al verlo.

  Temblando de frío y cata?eando los dientes el muchacho respondió:

  – ?Se?or! Los vigías reportan que el rompeolas principal está resistiendo, pero las olas ya son demasiado altas. Los muelles se encuentran parcialmente inundados, y el atracadero sur perdió varios postes de amarre. Las cuevas interiores están recibiendo barcos, pero con un oleaje así, algunos marineros han tenido problemas para maniobrar sin chocar contra las paredes del acantilado. En estos momentos el viento hace imposible permanecer en los muelles por mucho tiempo.

  El Capitán golpeó la mesa con un pu?o.

  – A este paso me veré obligado a pedir ayuda a los magos – gru?ó y sacudiendo la mano despidió al muchacho dándole permiso para que fuera hasta la cocina para calentarse y pedir un plato de comida caliente.

  – Veo que tu desconfianza se mantiene intacta – dijo una voz de mujer–. Sigues tan terco como siempre, Dhabeos Myrkan.

  Dhabeos alzó la vista hacia la entrada de la capitanía para descubrir a la maga de pelo canoso que lo observaba con un brillo irónico en sus ojos. A pesar de haber recorrido todo el trayecto bajo la tormenta, su atuendo violeta se mantenía seco e impoluto como un día de perfecto sol.

  – Rovenna “Domadora de Vientos”Astra.

  Ella sacudió la mano mientras se acercaba.

  – Y todavía insistes con ese ridículo apodo.

  él se levantó de su silla y le estrechó la mano con firmeza.

  – No podría haber uno mejor para la mujer que me salvó a mí y a toda mi tripulación de ser tragados por el temporal.

  Dhabeos se estaba refiriendo a sus tiempos como capitán de barco muchos a?os atrás cuando ambos habían coincidido en una comitiva especial enviada por el rey con la misión de renovar el tratado de paz con la Liga de los Piratas que se había visto en peligro tras algunos enfrentamientos con la armada real. A medio camino una tormenta los había tomado por sorpresa y hubieran perecido ese día de no ser por Rovenna, quien logró contener la fuerza del viento con una burbuja protectora que envolvió al barco y lo alejó del peligro.

  – Podrías volver a repetir la haza?a... – Dhabeos se?aló con la cabeza hacia una de las ventana por donde cruzó el fulgor de una centella.

  Ella negó con la cabeza.

  – Tu puerto es indestructible. Además... debo ahorrar energía...

  Dhabeos asintió.

  – He escuchado las noticias. Un ataque a uno de los pueblos de la franja este.

  Los hombros de Rovenna se tensaron.

  – ?Y te has enterado quién lo ha ocasionado?

  – Me hubiera enterado si los magos no estuvieran ocultando información. Todo lo que me ha llegado ha sido esto pero nada de nombres – Dhabeos le tendió a Rovenna un pergamino en donde se encontraban los retratos de Olivia y Silas que habían sido dibujados tras los interrogatorios.

  Tal y como Rovenna había previsto, tras su enfrentamiento con Eldrin, varios magos del Consejo siguieron los rastros de su magia hasta encontrarse frente a frente con la Maestra Arcanista caminando en dirección contraria a los fugitivos. Ordenó a los magos volver al pueblo con ella para investigar el origen del ataque. Desde allí envió un mensaje al Cónclave notificando acerca de la muerte del antiguo Líder de la Orden de Rocasombra.

  En principio, pensaba en culparlo también por el incendio al pueblo pero eran varios los testigos que habían visto a la misma Olivia atacar la Casa de Gobierno e incluso había un mago que había percibido algo sobre la verdadera naturaleza de Silas aunque no le había dado tiempo para descubrir qué era esa extra?a sensación.

  Además, de eso, Rovenna se encontró con la sorpresa del testimonio de una familia de actores que narró con detalle su viaje con los dos sospechosos, a quienes habían encontrado inconscientes en las costa este del golfo. Y no sólo eso sino que la pareja de jóvenes ?les habían revelado su plan de viajar hasta Abrazo de Tormenta!

  Hasta entonces Rovenna había pensado que contaba con tiempo para distraer a los magos del Consejo pero nunca se le había ocurrido – ?por la Ninfa! – que aquellos dos imbéciles compartirían con gente desconocida sus verdaderos nombres y muchos menos el destino a donde se dirigían.

  Por un breve instante Rovenna había admirado su valentía pero ahora se daba cuenta de que no era nada más que estupidez juvenil. ?Cómo había conseguido Olivia convencer a su padre para dejarla irse por su cuenta? Nadie estaba pensando. Sólo Rovenna, la única persona racional en todo aquel enredo.

  Pero, claro, el conde quizás no estaba preocupado por su hija porque ella era el verdadero peligro y no la quimera. él sólo le había hablado de su escape orquestado por Eldrin pero nunca de sus poderes y a Rovenna tampoco le había interesado preguntarle ya que según sus informantes la hija del conde no era más que una Iniciada.

  Ahora las fluctuaciones de energía comenzaban a tener más sentido, así como el interés de Eldrin y de la familia real por aquella chica, pero tanto poder no era normal en alguien tan joven con una falta de experiencia que quedaba demostrada por la improvisación de sus decisiones.

  Cada vez que parecía que estaba acercándose a la respuesta, se topaba con más preguntas.

  Sus subordinados no tardaron en relacionar a la Olivia del ataque con la heredera de Rocasombra, cuya desaparición hasta ahora era solo conocida por el Consejo y por cautela no se había revelado al público.

  Así que Rovenna, en su papel de Maestra Arcanista, sabiendo que el Cónclave tenía ojos y oídos en todos lados, no pudo evitar dirigirse a Abrazo de Tormenta encabezando un grupo de magos que debían ayudarla a capturar a los perpetradores del atentado.

  – Preferiría continuar esta conversación en privado – le susurró a Dhabeos quien rápidamente y sin hacer más preguntas se levantó de su asiento y la guió por un corredor que conducía a un extremo de la capitanía donde se encontraban los aposentos que compartía con su esposa.

  Antes debieron cruzar un patio interior en donde la lluvia caída a raudales aunque no se mojaron debido al escudo que creó Rovenna para impedirlo.

  – Algo es algo – suspiró agradecido Dhabeos.

  Antes de dirigirse a su estudio privado, el Capitán abrió la puerta de una gran sala con largas mesas en donde se hallaba su risue?a esposa almorzando en compa?ía de una veintena de ni?os cuyos cuerpos delgados y ropa desgastada evidenciaba su origen humilde. Dhabeos se acercó a la mujer para besar su mejilla, una muestra de cari?o que provocó burlas y silbidos de parte de los ni?os.

  La afable pero astuta mujer expresó su alegría de volver a encontrarse con la Maestra Arcanista y esperaba que pudiera concederle una audiencia sobre la posibilidad de incrementar el presupuesto de la capitanía para mantener abierta la escuela, algo que el Consejo se había mostrado reticente a hacer desde su fundación. Rovenna prometió encargarse ella misma del asunto y hablar con el Líder de la Orden de Abrazo de Tormenta, el encargado de controlar el uso de los impuestos que se aplicaban al puerto.

  – Necesito un registro de todos los barcos que han zarpado hacia la Hermandad del Isla en la última semana – le dijo a Dhabeos no bien cerraron la puerta de su estudio.

  – No necesito buscar ningún registro para decirte que el último barcó con ese destino zarpó hace ya más de diez días. Luego comenzó esta endemoniada tormenta que amenaza con tirar el puerto abajo.

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  Rovenna calculó cuántos días habían pasado desde que se había despedido de Silas y Olivia. Los números no daban, aquellos malditos ni?os debían de continuar en el puerto a menos que hubieran decidido navegar por su cuenta, lo cual no era improbable debido a su gran alto nivel de temeridad.

  De ser así ya podía darlos por muertos pero por ahora prefirió creer que habían encontrado alguna manera de esquivar la vigilancia de los magos.

  – Necesito pedirte un favor.

  Dhabeos enarcó las cejas y cruzó los brazos inclinándose hacia atrás.

  – ?Está la Maestra Arcanista dispuesta a deberme algo?

  – Ya le he prometido a tu mujer ocuparme de su escuela. Me parece que es más que suficiente.

  No muy convencido, Dhabeos asintió en silencio.

  – Cualquier hecho inusual que detectes por estos días, sin importar cuán peque?o te parezca – continuó Rovenna – deberás reportármelo directamente a mí y no al Maestro de la Orden. Es más, no quiero que ningún otro mago se entere.

  Dhabeos entrecerró los ojos.

  – ?Desconfías de tus propios magos?

  – No puedo decirte nada más, de lo contrario te estaría implicando en algo que no te concierne. Mi puesto como Maestra Arcanista peligra.

  – ?Acaso no ha peligrado siempre? – se burló él.

  – Ahora más que nunca.

  – ?Y esos dos? – Dhabeos se refería a los retratos que le había mostrado.

  – Si por milagro te los encuentras, deberás retenerlos y avisarme inmediatamente. Pero ten cuidado porque son más peligrosos de lo que aparentan.

  – Me pregunto qué habrán hecho para merecer tu protección.

  – Yo también me lo estoy preguntando...

  Dhabeos se puso a jugar con su barba pensativo.

  – Si se están escondiendo de los magos, no dudo que deben haber andar cerca de los muelles. Tus colegas no son bien recibidos aquí abajo.

  – Eso no les servirá por mucho tiempo porque a partir de ma?ana deberé emitir la orden de revisar cada rincón del puerto.

  – Curiosa situación en la que te encuentras.

  – Por eso necesito tu ayuda. Debo cumplir mi papel para evitar sospechas.

  – Cuenta conmigo, Domadora de Vientos.

  Como último favor, al menos por ese día, Rovenna le solicitó a Dhabeos dejarla sola por un rato antes de volver a la Casa de Gobierno donde la esperaba el Líder de la Orden para recibir sus próximas instrucciones. En cuanto el Capitán se alejó, Rovenna se cercioró de que no hubiera nadie más cerca y por precaución levantó un escudo para impedir que cualquier que pasara cerca escuchara las dos conversaciones que estaba a punto de tener a través del espejo élfico.

  Se comunicó primero con Theo, quien ese momento se veía en la ardua tarea de organizar su viaje hasta Rocasombra en los próximos días, al mismo tiempo que trataba de dejar todo en orden para cuando Rovenna retornara a Nemertya, lo cual no sería pronto ya que su fecha de regreso se volvía cada vez más incierta. Rovenna sintió lástima por él al notar las ojeras que se habían formado en su joven y cansado rostro.

  Sin embargo, mayores responsabilidades lo esperaban en Rocasombra que le quitarían muchas horas de sue?os. Era mejor que ya se fuera acostumbrando.

  Afortunadamente, todo estaba avanzando como debía sin complicaciones. No fue fácil seleccionar a todos los candidatos pero Theo había quedado conforme con su decisión y no dudaba de la lealtad de cada uno de ellos.

  Ni siquiera Zoran le había dado problemas ya que ni bien él y sus hombres habían llegado a la capital y entregado a los prisioneros abordaron un barco para cumplir con su próxima misión.

  Lo cual, para indignación de Rovenna, no era ni más ni menos que ocuparse de los dos fugitivos que se habían escapado hacia a Abrazo de Tormenta. Ella ni por asomo lo había mandado llamar pero Zoran, como Líder de la División Control, veía esto como innecesario. Al menos, pensaba Rovenna, su llegada se vería retrasada por la tormenta, aunque no dudaba de que utilizara sus poderes para manipular los vientos. Quizás ella debería hacer lo mismo pero para empeorar la tormenta. Eso seguro que pondría muy feliz a Dhabeos.

  Pero no podía ser tan incauta. Aunque sus heridas se habían recuperado totalmente y sentía su fuerza renovada, como décadas más joven, no podía depender de aquel sello élfico que quien sabe secretos debían contener.

  Tras despedirse de Theo, inspiró hondo y se preparó para su siguiente y no deseada conversación.

  – Narthoss... – susurró al espejo que emitió un brilló blanco antes de ir mostrando poco a poco la cara durmiente del elfo que debía de estar dormitando en alguna de las peque?as islas que pupulaban a lo largo del Bosque de los Espejos como era su costumbre. Alguna vez ella también había descansado junto con él acostados sobre el pasto boca arriba observando cómo las hojas de los árboles se traslucían bajo la luz del sol.

  Mientas aquel recuerdo el venía a la mente, los ojos violetas del elfo se abrieron de par en par como las alas de un mariposa listas para emprender el vuelo. A pesar suyo, Rovenna dejó de respirar por un momento. Sin importar los a?os, aún no podía evitar sentirse incómoda cada vez que lo miraba.

  – Rovenna... – respondió Narthoss en un tono suave que a pesar de la distancia que los separaba ella no pudo evitar sentir como una caricia –. Ya era hora. Pese a mi generoso regalo, tardaste mucho tiempo en usarlo.

  – Tú y yo sabemos que la espera para ti no es nada.

  – El amor me vuelve impaciente...

  Elfo atrevido.

  De todos los miembros de su raza, a ella le había tocado soportar al más excéntrico.

  – Prefiero hablar de tu otro regalo.

  El rostro de Narthoss se mantuvo impasible, esperando a que continuara.

  – No te hagas el inocente, sabes de lo que te estoy hablando.

  – Te he muchos regalos a lo largo de los a?os...

  No tenía caso en esperar que él lo admitiera. Podía tenerla así toda la eternidad.

  – Explícame que hace ese maldito sello en mi cuerpo.

  – Ah... el sello – el Se?or elfo exhaló un largo bostezo –. Lamentablemente, mi querida, el sello ya ha cumplido su función y por lo tanto se ha desintegrado.

  – ?Y cuál era su función?

  – Protegerte de peligro extremo, claro. Nunca pensé que tardaría tanto en activarse... De verdad sabes cómo defenderte. Ahora, si quieres que te haga otro... deberás volver.

  Con que esas teníamos.

  – ?Y dejar que me vuelvas a atrapar?

  – Yo nunca te atrapé, querida. Me ofrecí a ser tu mentor y mira a dónde has llegado.

  – ?Seguro que sólo fue un sello?

  él arrugó los labios como molesto por la insinuación.

  – Los humanos son criaturas muy delicadas. Me tardé a?os en dise?ar ese sello y sólo lo estampé en tu cuerpo cuando estaba seguro de que no te debilitaría. Nunca arriesgaría tu vida experimentando.

  – ?Alguna vez hiciste eso con otro humano?

  – Sólo contigo, querida.

  – ?Entonces sí experimentaste!

  – Mis cálculos nunca iban a ser erróneos... Sólo fue un regalo.

  – Que nunca te pedí.

  – Los regalos no se solicitan.

  Era imposible.

  – Debo hacerte otra pregunta.

  – Haz todas las quieras con tal de continuar nuestra amena conversación.

  Rovenna inspiró hondo.

  – ?Qué puedes decirme de los últimos movimientos de tu hermana?

  La sonrisa de Narthoss se apagó.

  – Hablar de mi hermana es muy aburrido.

  – Me veo forzada a hacerlo. Antes de morir Eldrin me confirmó que ella lo estaba ayudando.

  – ?Daephennya ayudando humanos? Poco probable.

  – Pero no imposible si se viera obligada a usarlos para sus planes.

  – Exacto. Sólo sería un objeto para ella. Una situación muy distinta de la nuestra. Aunque me pareció sentir algo familiar cuando la magia del mago atravesó tu sello.

  – Debo hacerte otra pregunta. ?Qué sabes de la hija del Conde Rocasombra?

  – Nunca la he conocido. Alaric nunca la llevó en sus viajes. Tanto para mí como para Phrondyr la muchacha es un misterio. Le expresé al conde mi deseo de conocerla pero él siempre me ponía como excusa la fragilidad de la muchacha. Incluso le ofrecí mi magia para curarla pero él se negó diciendo que no sería apropiado. Los Rocasombra siempre han sido muy tercos.

  – Puedo asegurarte que esa muchacha está lejos de ser frágil o al menos no tanto como él te hizo creer.

  Así que ella y Eldrin... No podía ser casualidad. Daephennya los había entrenado a ambos y el conde debía de estar al tanto. Era imposible que no supiera algo tan importante sobre su propia hija. Podrían hasta haber llegado a un acuerdo y Alaric había rechazado la ayuda de Narthoss porque su hermana ya había intercedido y el se?or elfo hubiera reconocido los rastros de la magia de su hermana en el cuerpo de la chica. Aunque conociendo al conde, Rovenna no podía creerlo. Pero él había sido un ni?o enfermizo. Quizás para evitarle el mismo sufrimiento a su hija recurrió a Daephennya y se vio envuelto en las conspiraciones de la elfa.

  Pero no podía permitir que la estima que sentía por el conde le impidiera ver la verdad. Ya estaba muy vieja para caer en ese tipo de enga?os. Una de las primeras lecciones de Eldrin.

  ?Pero cuál era el rol de la quimera en todo eso? ?Por qué Olivia había escapado? ?Sería que ella se oponía a los planes de su padre o, al igual que Eldrin, estaba siendo manipulada por la elfa?

  – Interesante... – opinó Narthoss tras escuchar la teoría de Rovenna –. Continúa, querida.

  – ?Cómo es que nunca me dijiste que las quimeras podía adoptar forma humana?

  – No les gusta que los llamen humanos. Prefieren el nombre “primera forma”. Nunca se lo revelamos a los humanos porque, bueno, Phrondyr y yo no lo hicimos para que las quimeras tuvieran cierta ventaja mientras que Daephennya, claro, lo ocultó por otras razones menos generosas. Quizás no quería que los magos las vieran como iguales.

  – ?Ventaja? ?Me estás diciendo que podría haber quimeras escondidas en el reino?

  – Eso no lo sé... las quimeras no quisieron recibir mi ayuda por más que la ofrecí. Entiendo sus razones.

  – Sería igual muy difícil para ellas esconderse de los magos.

  Narthoss se mostró de acuerdo. De existir quimeras viviendo en clandestinidad su vida estaría muy limitada, algo que aquellas criaturas no podrían aguantar. Su mejor alternativa siempre habían sido las vastas e inexploradas Monta?as Rugientes.

  – De lo que sí estoy segura es que tu hermana tuvo algo que ver con el ataque a los sirenios.

  El elfo ladeó la cabeza.

  – Esa, Rovenna, es una acusación muy grave. Por más que estoy distanciado de mi hermana, una afirmación de ese tipo podría complicar las relaciones entre las razas.

  – Pero si fuera cierto, me lo dirías ?verdad?

  Narthoss suspiró.

  – Debo tener cuidado contigo. A veces me pierdo en tu mirada y me olvido que eres la Maestra Arcanista. Prometo investigar el asunto y avisarte de cualquier peligro que pueda amenazar la paz del reino – él levantó la mano haciendo aparecer en su piel una cicatriz oscura en forma de hoja, idéntica a la de Rovenna –. Y yo... siempre cumplo mis promesas.

  Aquí vamos de nuevo.

  – Mi tiempo y el tuyo no son lo mismo. ?Acaso no ves este rostro demacrado?

  –Tu rostro es hermoso, delicado, mutable, al igual que las flores. Pero si tanto te molesta... siempre podemos cambiarlo... de algo sirve ser un Arquitecto.

  –Estoy bien así como estoy.

  –Lo hablaremos cuando vuelvas... Aunque nunca acordamos cuándo, sé que lo harás y por eso te dejé marchar.

  – Todavía me queda mucho por hacer antes de eso.

  Rovenna pensaba volver algún día, sí, aunque quizás lo que volviera serían sus restos mortales.

  – Y luego te quejas de que los elfos somos tramposos. Pero continuaré esperando, mi querida, ya falta cada vez menos. ?Cómo es que dicen los humanos? “Vinos y amores, los viejos son los mejores.”

  Rovenna colocó el espejo boca abajo sobre la mesa, poniendo fin a la conversación.

  –Elfo pervertido.

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