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Capítulo 92: Abandonada

  En la penumbra de lo desconocido, Lady Lidia parpadeó lentamente, sintiendo el peso del agotamiento sobre sus párpados. Su cuerpo dolía con cada peque?o movimiento, pero su mente aún estaba nublada, atrapada en una bruma de confusión.

  Cuando su visión finalmente se aclaró, se encontró encadenada a un pilar de piedra en una habitación oscura, pero curiosamente acogedora. Las paredes estaban adornadas con tapices y velas aromáticas, y el suelo cubierto por una alfombra de terciopelo carmesí. Era un espacio dise?ado para la hospitalidad, pero para ella, no era más que una prisión disfrazada de cortesía.

  —Bueno, parece que ya has despertado, hermanita… —dijo una voz familiar al fondo de la habitación.

  Berenice Montgard estaba cómodamente sentada en un elegante sillón, con las piernas cruzadas y un aire de absoluta calma. De sus dedos largos y delicados surgían tenues hilos de humo, producto del tabaco que estaba fumando con despreocupación.

  Lidia tensó los músculos y tiró de sus cadenas, sintiendo el frío metal magullar la piel de sus mu?ecas. Su furia brotó como un torrente incontenible.

  —?Berenice! ??Por qué?! ??Por qué te uniste a esa gente despreciable?!

  Su voz temblaba con una mezcla de rabia y dolor, su mirada ardía con una intensidad que no había sentido en a?os. Berenice soltó una peque?a risa burlona, exhalando el humo en una voluta perezosa.

  —Oh, cierto… —musitó con un tono irónico —Se me había olvidado que siempre fuiste la bondadosa, la tierna, la que nunca rompía ni un solo vaso por error… —Se inclinó ligeramente hacia adelante, con una sonrisa ladina —Qué aburrido debe ser nunca equivocarse, ?No?

  Lidia abrió la boca para responder, pero antes de que pudiera articular una palabra, un chasquido de los dedos de Berenice bastó para que un pa?uelo mágico se materializara y cubriera sus labios, silenciándola al instante.

  —Ah, ah, ah… —canturreó la Sacerdotisa, negando con el dedo —Todavía no es tu turno para hablar.

  Con un suspiro satisfecho, dejó su pipa a un lado y tomó una copa de vino rojo, meneando el líquido con lentitud mientras observaba cómo su hermana forcejeaba inútilmente.

  —Pobre Lidia… siempre sufriendo, siempre fallando… —dijo en un murmullo casi melancólico —Te entiendo, créeme. Pero ahora, finalmente, entiendes lo que es que alguien más te robe lo que más amas.

  Su sonrisa se desvaneció, y en su lugar quedó un destello de amargura en sus ojos.

  —Tú me lo quitaste todo, hermanita… —su voz se volvió más grave, más fría —Te llevaste al hombre que amaba… te llevaste el cari?o de nuestros padres… te llevaste mi futuro…

  Lidia sintió un nudo en su estómago.

  Las palabras de su hermana la golpeaban como un aluvión de memorias distorsionadas. ?Era verdad? ?Realmente le había arrebatado tantas cosas? En sus recuerdos, ella nunca había intentado quitarle nada a Berenice. De hecho, siempre había creído que sus hermanas eran las únicas que la amaban genuinamente, que la protegían del desprecio de sus padres y la frialdad de su linaje.

  Pero ahora… todo lo que creía saber se desmoronaba frente a sus ojos.

  Berenice observó cada peque?a reacción en el rostro de Lidia, y su sonrisa se amplió lentamente.

  —Oh… parece que tienes problemas para comprenderlo, ?Verdad? —murmuró con una dulzura venenosa.

  Se levantó con calma, su vestido ondeó levemente mientras sus tacones resonaban contra la rígida madera del suelo. Se acercó hasta quedar frente a Lidia y, con un toque delicado pero cruel, levantó su mentón para obligarla a mirarla a los ojos.

  —Bueno… como tu hermana mayor, permíteme ayudarte a entender.

  Su voz se deslizó como una caricia envenenada. Se giró levemente y, sin perder su porte elegante, comenzó a caminar por la habitación, midiendo cada palabra.

  —Hace muchos a?os… cuando aún éramos unas ni?as…

  Sus palabras flotaron en el aire mientras comenzaba a relatar su historia.

  Berenice Montgard, la primogénita de la prestigiosa familia Montgard, era la joya de la corona de su linaje. Desde peque?a, había sido la más talentosa, la más brillante, la más digna. Se destacó en todo lo que hacía. En los estudios, en el combate, en la magia. Sus padres la observaban con orgullo, y ella sentía la responsabilidad de ser la hija perfecta.

  —Oh, cómo amaban nuestros padres a su primogénita… —susurró con una sonrisa nostálgica —Cuánto esfuerzo pusieron en forjarme, en convertirme en la heredera ideal. Yo era su mayor orgullo… su mayor inversión.

  Pero todo cambió cuando nació Lidia.

  —Y entonces… llegaste tú. —Berenice se giró para mirar a su hermana con una sonrisa torcida —Peque?a, frágil, sin un talento especial… pero con esa maldita mirada de cordero inocente que tanto adoraban los demás.

  Lidia negó con la cabeza, su respiración comenzó a acelerarse. No… no podía ser cierto.

  —Te prefirieron a ti… no porque fueras mejor, no porque fueras más fuerte, sino porque eras… tierna. Porque podías despertar compasión. —El tono de Berenice se tornó más mordaz —Yo, en cambio, siempre fui fuerte, y los fuertes no necesitan amor, ?Verdad?

  Lidia sintió que su mundo se derrumbaba poco a poco.

  Toda su vida había creído que Berenice era la hermana perfecta, la intocable, la amada. Pero ahora, la verdad que se revelaba ante ella era mucho más retorcida de lo que jamás había imaginado. Berenice dejó escapar una risa suave, como si estuviera disfrutando de la confusión de su hermana.

  —Oh, hermanita… —susurró, inclinándose de nuevo hacia ella —Esto es solo el comienzo.

  A?os atrás…

  Era un día como cualquier otro en los barracones de la academia, un espacio que los jóvenes nobles rentaban para entrenar en combate. Berenice Montgard, como siempre, buscaba perfeccionar su destreza, pero aquella tarde su atención fue capturada por la energía vibrante de un joven guerrero.

  Xander Ard Hilloy.

  Su espada danzaba con ferocidad, sus movimientos eran rápidos y precisos, una demostración impecable del talento innato que poseía. La pasión con la que empu?aba su arma, la forma en que cada golpe resonaba con poder en la sala, hacía imposible apartar la mirada de él.

  Y Berenice no quiso apartarla.

  Sin dudarlo, se acercó y tomó la iniciativa para entrenar con él. Desde ni?os se conocían, pues sus familias eran aliadas de generaciones, y con el tiempo, la familiaridad entre ellos creció hasta convertirse en algo más.

  Para Berenice, lo que comenzó como sesiones de práctica compartidas se transformó en la excusa perfecta para pasar más tiempo a su lado. Día tras día, acudía al salón de entrenamiento, con la excusa de mejorar su técnica, pero en realidad, lo único que deseaba era estar con él. Cada choque de espadas, cada mirada fugaz entre ataques, cada pausa para recuperar el aliento… todo era un juego, un baile donde su amor se disfrazaba de rivalidad.

  Pero su mundo se derrumbó el día en que alcanzaron la mayoría de edad.

  A los quince a?os, la nobleza los consideraba aptos para contraer matrimonio, y aunque Berenice jamás lo había expresado en palabras, en su corazón albergaba la esperanza de que Xander algún día pidiera su mano.

  Una tarde, en la prestigiosa Casa del Gorrión Dorado, una velada de lujo reunía a lo más selecto de la aristocracia. Berenice, envuelta en un vestido de seda bordada, se entretenía escuchando los susurros de los nobles, ajena a la tormenta que se avecinaba.

  Entonces, la gran puerta se abrió de golpe.

  Las conversaciones cesaron, y todas las miradas se volvieron hacia el joven que irrumpió en el salón sin previo aviso. A diferencia de los demás invitados, que se movían con la gracia calculada de la nobleza, Xander caminó con firmeza y decisión, recorriendo la alfombra roja sin vacilar.

  Se detuvo frente a Lord Montgard y se inclinó con respeto.

  —?Lord Montgard! Lamento interrumpir su fiesta, pero me gustaría hablar con usted en privado. Es un asunto de suma importancia.

  Berenice sintió un vuelco en el estómago.

  Su padre, quien en ese momento conversaba con miembros de la alta alcurnia de la academia, frunció levemente el ce?o. Sin embargo, al ser Xander heredero de una de las casas fundadoras, no podía ignorarlo.

  Con un leve asentimiento, tomó a su esposa y a su hija para guiar a Xander a su despacho.

  Berenice caminó junto a ellos, tratando de mantener la compostura, pero su mente no dejaba de girar en espiral.

  Desde peque?a había sido instruida en las artes de la nobleza. Había acompa?ado a sus padres en innumerables veladas, aprendiendo a leer a los nobles como si fueran libros abiertos, identificando oportunidades y manipulando situaciones a su favor. Gracias a ello, su prestigio creció, convirtiéndola en una de las damas más codiciadas de la academia. Nobles de toda la academia se acercaban con la esperanza de pedir su mano en matrimonio… pero en su corazón, solo una propuesta le importaba.

  Cuando llegaron al pasillo que conducía al despacho, su cuerpo se movió por instinto. Se acercó a Xander y, con voz baja y apremiante, le susurró:

  —Oye… ?Qué sucede? No hagas una estupidez otra vez…

  Xander la miró con una sonrisa tranquila, sin rastro de nerviosismo.

  —No te preocupes, Berenice… —susurró de vuelta —Después de este día, tú y yo seremos familia… no creo que tus padres se nieguen.

  El corazón de Berenice se detuvo un instante. El calor subió a sus mejillas, y en su mente comenzaron a formarse imágenes apresuradas. ?Realmente Xander iba a pedir su mano? ?Ese era su propósito? Por un segundo, sus pensamientos se llenaron de una dicha irrefrenable.

  Pero esa dicha sería efímera.

  Cuando llegaron al despacho, Lord Montgard y su esposa se sentaron en sus respectivos sillones de cuero, mientras Xander permanecía de pie, con la espalda recta y los ojos llenos de una determinación poco común.

  Lord Montgard, acostumbrado a las intrigas políticas, entrecerró los ojos con interés.

  —Xander, hijo, dime… ?Cuál es la urgencia?

  Un sirviente se acercó con una copa de vino, pero Xander la rechazó con un gesto de la mano. Lord Montgard ordenó privacidad, lo que hizo que sus sirvientes abandonaran la sala.

  —Prefiero hablar con franqueza, sin juegos ni rodeos.

  El ambiente se tensó ligeramente.

  Berenice, que permanecía de pie junto a la puerta, observó cómo sus padres intercambiaban una mirada rápida. Algo en la seriedad de Xander los había tomado por sorpresa.

  Lord Montgard giró lentamente su copa, permitiendo que el vino respirara antes de llevarlo a sus labios. Su mirada, afilada y llena de curiosidad, se posó en el joven frente a él.

  —Muy bien, joven Xander… has estado inquieto desde que entraste al Gorrión Dorado. Dime, ?Qué te perturba?

  Xander inclinó la cabeza en se?al de respeto, su postura era rígida y solemne.

  —Lamento haber irrumpido en su velada sin previo aviso… —dijo con voz firme —pero me temo que no podía guardar esto en mi pecho por más tiempo.

  Madame Montgard, en aquel entonces la orgullosa matriarca de la familia, agitó una mano con gracia, su tono era cálido pero inquisitivo.

  —Joven, si es algo tan importante, no nos hagas esperar. Habla… esta también es tu casa.

  Las palabras amables de la se?ora aliviaron ligeramente la tensión en el rostro de Xander. Sus ojos captaron la honestidad en su mirada y, tras tomar aire profundamente, asintió.

  —Gracias, mi se?ora… —murmuró, aclarando su garganta antes de continuar —Como bien saben, nuestras familias han estado unidas durante casi dos siglos. Nuestra historia compartida es un testimonio de lealtad y respeto mutuo.

  Los se?ores de la casa Montgard asintieron con aprobación, pero la tensión en el aire aumentó cuando Xander hizo una breve pausa.

  —Me gustaría hacer ese vínculo aún más inquebrantable…

  Tomó un instante para reunir sus pensamientos, midiendo cada palabra con sumo cuidado. El ambiente en la habitación se tornó pesado, como si el tiempo se hubiese detenido. Lord Montgard frunció ligeramente el ce?o, y Madame Montgard entrelazó sus dedos con elegancia sobre su regazo, expectante.

  Finalmente, Xander se inclinó profundamente y, con voz suplicante, declaró:

  —?Por favor! ?Deseo formar un lazo en matrimonio con su familia!

  Las palabras cayeron como un trueno en la sala.

  Lord y Madame Montgard se quedaron sin aliento por un momento, con su sorpresa reflejada en sus rostros. Pero la que más sintió el impacto de aquellas palabras fue Berenice. Desde su lugar detrás de sus padres, su corazón comenzó a latir con fuerza, una calidez indescriptible ascendiendo por su pecho.

  Este era el momento con el que había so?ado durante a?os.

  Cada entrenamiento juntos, cada sonrisa compartida, cada palabra de aliento que Xander le había dado, todo la había llevado hasta este instante. La felicidad la envolvió como una brisa cálida, y su mente ya se llenaba de visiones de un futuro juntos.

  Sus mejillas se ruborizaron, y aunque intentó mantener su compostura noble, apenas pudo contener la sonrisa que amenazaba con iluminar su rostro.

  Entonces, la grave carcajada de su padre rompió el silencio.

  —?Muchacho! —exclamó Lord Montgard, golpeando su copa contra la mesa con entusiasmo —?Si era eso, no había necesidad de estar tan serio!

  Su esposa rió suavemente, más mesurada, pero con el mismo aire de aprobación.

  —Querido, si eso era lo que deseabas, no hay forma de que pudiéramos negarnos. Para la casa Montgard, sería un honor formar lazos con una casa tan distinguida como los Hilloy.

  Xander, al escuchar su aprobación, sintió que su pecho se descomprimía. La tensión que había cargado sobre sus hombros durante toda la velada comenzó a disiparse. Berenice cerró los ojos un instante, disfrutando del dulce alivio de la confirmación.

  Pero entonces…

  Lord Montgard inclinó ligeramente la cabeza, con su expresión más analítica.

  —Pero dime, muchacho… —sus ojos brillaron con intriga —no me dejes con la duda. —El silencio en la sala se hizo aún más profundo —?A cuál de nuestras hijas pedirás en matrimonio?

  Berenice sintió un leve escalofrío recorrer su piel.

  Pero era un temor infundado, ?Verdad? El corazón le latió con fuerza mientras esperaba las palabras que sellarían su destino. Xander, sin vacilar, levantó la cabeza con decisión. Y entonces, con una voz firme y clara, dijo:

  —Lady Lidia.

  La calidez en el pecho de Berenice se extinguió al instante. El tiempo pareció congelarse a su alrededor.

  Los sonidos del salón, las velas parpadeando, el aroma del vino, todo desapareció en un vórtice de vacío. Su sonrisa, que apenas comenzaba a florecer, murió en sus labios. Su sangre se volvió hielo. No podía haber escuchado bien. Sus ojos se abrieron más de lo normal, pero su cuerpo no reaccionó. No podía moverse, no podía respirar.

  Xander no la miró. Ni siquiera notó cómo la devastación la consumía desde dentro. No era ella. Nunca había sido ella. El hombre al que amaba con toda su alma… El hombre al que había esperado, el hombre por el que había so?ado con un futuro… Había venido a pedir la mano de su hermana menor.

  Berenice tragó saliva, sintiendo un nudo ahogarla por dentro. No pudo escuchar la respuesta de sus padres. No pudo ver la forma en que Xander sonreía con alivio.

  Todo se convirtió en un murmullo lejano, un eco distante de una realidad que no quería aceptar. Era una broma. Tenía que ser una broma. Pero cuando levantó la mirada y vio la expresión de Xander, la sinceridad, la emoción real en sus ojos, supo la verdad.

  Nunca la había amado.

  Sintió su respiración entrecortada y su corazón martillando en su pecho, cada latido la golpeaba como un pu?al. Se giró con una sonrisa vacía y salió de la habitación antes de que alguien pudiera notarlo.

  Su mundo se había derrumbado.

  Berenice bajó la mirada en aquel pasillo oscuro, tratando de ocultar su vergüenza. Era natural sentirse así.

  Ella era quien más tiempo había pasado con Xander, su compa?era de entrenamientos, la única que podía seguirle el ritmo en la espada y discutir con él durante horas sobre los misterios de la magia y el combate. Parecía que habían nacido para ser el uno para el otro.

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  Sus padres jamás se opondrían a tal unión; estar ligados a una familia fundadora solo les traería beneficios. Todo había estado perfectamente alineado, como si el destino mismo hubiera escrito ese desenlace.

  Y si Xander hubiera pronunciado otras palabras ese día, quizás habría sido así.

  —?Por favor! —suplicó Xander con voz firme —?Me gustaría pedir la mano de Lidia en matrimonio!

  El silencio cayó como una losa sobre la sala. Los se?ores Montgard se quedaron estáticos, intercambiando miradas sorprendidas. Pero Berenice… Berenice sintió su mundo derrumbarse en un solo instante.

  Todo su amor, toda su devoción, cada peque?a chispa de esperanza que había albergado en su pecho, se rompió como un cristal hecho a?icos.

  Desde ese día, dejó de asistir a los entrenamientos.

  La energía vibrante que siempre la había caracterizado se desvaneció, y con ella, su impecable desempe?o en la academia comenzó a deteriorarse. Y como era de esperarse, sus padres no tardaron en juzgarla.

  Diariamente, era reprendida por haber manchado el nombre de su familia. Una decepción, una carga… Esas eran las palabras que susurraban a su alrededor, resonando en cada pasillo, en cada reunión familiar, en cada mirada que sus propios padres le dirigían.

  El conflicto escaló hasta alcanzar su punto de quiebre.

  Un día, sin compasión ni empatía, sus padres la apartaron de la línea sucesoria de la familia Montgard. Y en su lugar, pusieron a Lidia.

  Al principio, la decisión no fue tomada a la ligera. Después de todo, Lidia no tenía el talento natural de su hermana mayor, ni su disciplina, ni su espíritu de guerrera.

  Pero al estar unida a la casa Hilloy, su único deber sería dar herederos a Xander. Para los Montgard, ese enlace era más valioso que cualquier habilidad marcial. Aceptaron la decisión a rega?adientes… pero la aceptaron. Y Berenice fue relegada al olvido.

  Pero su destino aún podía torcerse más.

  Una tarde, mientras deambulaba por la casa con la mente nublada, un sirviente la llamó.

  —Su se?oría la espera en el despacho.

  Sin opciones, Berenice se dirigió hacia allí con paso lento, la penumbra se reflejó en su mirada.

  Cuando entró en la habitación, sus padres la esperaban sentados en sus elegantes sillones de cuero, con la fría indiferencia de quienes ya habían tomado una decisión inquebrantable.

  Su estado de ánimo no era de su interés. No preguntaron cómo se sentía, no le ofrecieron palabras de consuelo. Solo la miraron con el mismo desdén con el que se observa un objeto defectuoso.

  Lord Montgard entrelazó los dedos sobre la mesa y habló con gravedad.

  —Hija mía… te hemos llamado porque nos preocupa tu futuro. —Berenice no respondió ante aquella declaración de amor falso —Hemos encontrado un candidato apropiado para que contraigas matrimonio.

  Lord Montgard tomó una fotografía de la mesa y se la tendió.

  Con manos temblorosas, Berenice la recibió, sintiendo una ligera chispa de esperanza. Tal vez… tal vez no todo estaba perdido. Pero cuando sus ojos se posaron en la imagen, su estómago se revolvió.

  El hombre en la fotografía era mayor, obeso, con un rostro severo y sin una sola pizca de encanto o dignidad. Un noble de gran fortuna… pero con décadas sobre sus hombros y una reputación despreciable.

  El terror la embargó de inmediato.

  —No… —susurró, con su voz quebrándose —No puede ser…

  Lord Montgard frunció el ce?o, visiblemente molesto por su reacción.

  —Es un hombre respetable y adinerado. Te garantizará una vida cómoda y sin preocupaciones.

  —?No me importa su dinero! —estalló Berenice, sintiendo la histeria apoderarse de su voz —?No quiero casarme con él!

  La paciencia de su padre comenzó a agotarse.

  —Berenice, no hagas un escándalo innecesario. —gru?ó, endureciendo su tono —Este matrimonio ya ha sido acordado.

  —?No! ?No lo acepto!

  Se lanzó al suelo, aferrándose al borde de la mesa como si eso pudiera cambiar el destino que le estaban imponiendo.

  —Por favor, padre… ?Se lo suplico! ?No me obliguen a esto!

  Lord Montgard cerró los ojos con irritación y se puso de pie. Su enorme sombra cubrió la figura de Berenice, y su mano se alzó con fuerza. Pero antes de que pudiera golpearla, una mano femenina lo detuvo.

  —Déjamelo a mí.

  Madame Montgard habló con una calma escalofriante. Por un momento, Lord Montgard pareció dudar… pero con un gru?ido, se giró y abandonó la habitación sin decir una palabra.

  Las puertas se cerraron. Ahora, madre e hija estaban solas. Berenice sintió una diminuta chispa de esperanza. Tal vez… tal vez su madre podría entenderla. Tal vez, como mujer, comprendería su miedo, su desesperación. Tal vez ella intercedería por ella.

  —Madre… —susurró, con la voz rota —Por favor, no me obliguen a esto…

  La única respuesta que recibió fue un golpe seco en la mejilla. La bofetada la lanzó al suelo. El ardor en su rostro no fue nada comparado con el ardor en su alma. Con los ojos abiertos por el shock, Berenice levantó la mirada, esperando encontrar piedad en los ojos de su madre.

  Pero no había piedad. No había ternura. Solo un frío desprecio.

  —Silencio, ni?a tonta…

  La voz de Madame Montgard resonó como un filo de hielo, cortante y despiadada.

  —Te dimos todo. Dinero, fama, poder… y no pudiste hacer algo tan simple como reclamar el corazón de un Hilloy.

  Los ojos de su madre, fríos como el invierno, se clavaron en los de Berenice, perforándola hasta lo más profundo de su ser.

  —Tu futuro, tu progreso y todo lo que representas han ido decayendo. Y eso… no es bueno para la casa Montgard.

  Berenice sintió que su pecho se encogía, pero no dijo nada. No había espacio para rechistar. No había lugar para el perdón.

  —?Crees que yo me casé con tu padre por amor? —continuó Madame Montgard, con una sonrisa torcida de amargura —Una mujer necesita seguir su camino, sin importar cuántas veces tenga que abrir las piernas.

  Las palabras la golpearon con la fuerza de una bofetada.

  —Así lo hice yo, y rogué para que tú no lo hicieras. —Madame Montgard se inclinó levemente, su sombra se alargó bajo la tenue luz de la lámpara —Pero no eres más que una decepción.

  Y sin esperar respuesta, se giró y abandonó la habitación, dejando tras de sí los ecos del llanto silencioso de Berenice. Todo estaba decidido.

  Berenice Montgard se casaría con un hombre repulsivo. Y no había nada que pudiera hacer para negarse. Pero había algo que sí podía hacer.

  Aquella noche, el odio y la rabia la consumieron.

  Se sentó en el suelo de su habitación, con los pu?os apretados sobre la alfombra, y dejó que las lágrimas cayeran sobre sus nudillos. No de tristeza… sino de ira… de coraje por la humillación.

  El eco de las palabras de su madre la atormentaba.

  ?"Abre las piernas…" "Eres una decepción…"?

  Días después, los diarios de la academia ya se habían llenado con la noticia del glorioso matrimonio entre la casa Montgard y la casa Hilloy. Su mirada se llenó de asco al ver las letras grabadas en el papel. Se levantó y comenzó a caminar.

  La mansión Montgard estaba en silencio, envuelta en la serena penumbra de la noche. La luna se alzaba sobre los jardines, proyectando sombras espectrales sobre las paredes de mármol.

  El destino la llevó hasta la habitación de sus padres.

  Su padre había salido para atender asuntos importantes, dejando a su esposa descansando sola en la cama que compartían. Madame Montgard no era una mujer que bajara la guardia, ni siquiera en su sue?o.

  El chirrido de la puerta la despertó al instante. Su mano, por instinto, se deslizó bajo la almohada, donde siempre guardaba un cuchillo. Levantó la hoja con rapidez, lista para enfrentar cualquier amenaza.

  Pero al ver la silueta de su hija, su tensión se disipó.

  —Berenice… —murmuró con voz somnolienta —?Qué haces aquí a esta hora?

  Berenice permaneció en la entrada, su figura apenas era iluminada por la luz de la luna.

  —Madre… ma?ana es mi último día aquí. —Su tono era apagado. Casi vacío… —?Hay alguna manera de anular el matrimonio?

  La respuesta de Madame Montgard fue rápida y tajante.

  —No. —Su voz se endureció, con el mismo tono de desprecio de siempre —Debes ir a preparar tus maletas. El lord vendrá ma?ana temprano. Deberías estar agradecida de que logramos conseguir-

  Sus palabras se cortaron de golpe.

  Los dedos de Berenice se cerraron alrededor de su cuello. La estrujó con todas sus fuerzas. Los ojos de Madame Montgard se abrieron en par, reflejando puro shock e incredulidad. Se llevó las manos a la garganta, intentando zafarse, pero la fuerza de su hija era inhumana.

  Pataleó. Se arqueó sobre la cama, tratando de liberar su respiración. Pero Berenice no aflojó el agarre. No había emoción en su rostro. No había rencor ni furia descontrolada. Solo una mirada asesina y vacía…

  Los ojos de su madre comenzaron a llenarse de lágrimas. Intentó hablar, pero sólo emitió un ahogado jadeo. La cama se sacudió violentamente con sus espasmos. Sus u?as se clavaron en los brazos de su hija, desesperada. Pero no había compasión en el corazón de Berenice. Solo repulsión. Repulsión de saber que esa mujer había dicho esas palabras sin remordimiento. Repulsión de saber que había intentado venderla como un simple objeto. Repulsión de saber que, aún en sus últimos momentos, lo único que había en sus ojos era sorpresa… y no amor.

  Nunca hubo amor. Los dedos de Berenice se hundieron aún más en la piel de su madre. Hasta que la lucha cesó. Hasta que su cuerpo dejó de moverse. Hasta que sus ojos, alguna vez llenos de arrogancia, se vaciaron por completo.

  Berenice permaneció sobre el cadáver de su madre por unos segundos más. Y luego, simplemente… se puso de pie. Sin mirar atrás, caminó por el mismo pasillo por el que había llegado.

  El sonido de sus pasos resonó con calma en la mansión silenciosa. No había prisa. No había culpa. No había redención. Solo sombras y muerte.

  Pero la noche aún no había terminado.

  En la fría recámara donde el cuerpo inerte de Madame Montgard yacía sobre la cama, las sombras se movieron.

  Desde las penumbras, una silueta se deslizó en la habitación. Era un observador. Un testigo. Sus ojos fríos contemplaron la escena con desdén, como si nada de aquello lo sorprendiera. Se inclinó ligeramente sobre el cadáver, observándolo con indiferencia. Luego, una sonrisa ladina apareció en su rostro.

  —Vaya… qué inesperado.

  El viento nocturno susurró a través de la ventana entreabierta, llevándose consigo los últimos vestigios de la antigua Berenice.

  La figura, envuelta en sombras, permaneció inmóvil por un instante más, observando el cadáver de Madame Montgard con una expresión inescrutable. Luego, sin emitir sonido alguno, se desvaneció en la penumbra de la noche.

  Con una agilidad sobrehumana, se deslizó entre las calles de la academia, su silueta era invisible para los ojos comunes.

  Pronto llegó a su destino. Una mansión oculta entre los distritos más lujosos de la academia. Sin esfuerzo alguno, escaló la fachada de mármol hasta el balcón más alto.

  Allí lo esperaba Madame Hilloy, la Sacerdotisa a quien servía.

  La mujer, de cabellera oscura y porte elegante, se encontraba de espaldas a él, vestida únicamente con una bata de seda traslúcida. Más allá, en la alcoba iluminada por velas tenues, el hedor del pecado flotaba en el aire. Los jóvenes reclutas dormían desordenadamente sobre las sábanas de su lecho, ajenos a la presencia del recién llegado.

  Aún con la fragancia embriagante impregnando la habitación, la sombra se inclinó con respeto.

  —Lo siento, mi se?ora…

  Madame Hilloy exhaló una bocanada de humo de su pipa y se ajustó la bata con una sonrisa entretenida.

  —Veo que la misión ha terminado rápido…

  —No, mi se?ora. —La sombra habló con voz grave, pero sin emoción —Me temo que no pude terminar con su vida…

  Madame Hilloy arqueó una ceja.

  —Entonces, ?El objetivo sigue vivo?

  El encapuchado levantó la cabeza lo suficiente para encontrar sus ojos.

  —Yo no dije eso… —murmuró —Permítame explicarle…

  Mientras el asesino relataba lo ocurrido, un brillo de genuino interés apareció en los ojos de la Sacerdotisa.

  —Ya veo… —susurró tras escuchar la historia —Esto puede ser interesante…

  La noticia cayó como un rayo sobre la academia. Madame Montgard había sido hallada muerta en su habitación. Y con ello, el matrimonio de sus hijas se vio brevemente interrumpido.

  Pero no por mucho tiempo. Berenice no huyó, no se ocultó. Simplemente permaneció en su habitación hasta el amanecer. Sabía que tarde o temprano la descubrirían. Pero prefería la cárcel a una vida al lado de un cerdo. Cuando el cuerpo fue encontrado, cerró los ojos… y esperó. Pero el destino, una vez más, se burló de ella.

  A la ma?ana siguiente, llegó su prometido.

  El carruaje, imponente y ostentoso, se detuvo frente a la mansión Montgard. Cuatro caballos negros tiraban de él, adornados con costosos arneses de oro y plata.

  Cuando la pesada puerta de madera se abrió, la figura corpulenta de su futuro esposo descendió lentamente.

  Berenice sintió arcadas solo de verlo.

  El hombre tenía el rostro redondo y la piel sucia de sudor. Sus dedos, gruesos como salchichas, acariciaban nerviosamente los pu?os de su abrigo carmesí. Sus peque?os ojos oscuros brillaban con un deseo que le revolvía el estómago.

  Berenice rezó. No a los dioses, no al destino. Rezó para que los doctores encontraran la verdadera causa de muerte de su madre y la se?alaran a ella como culpable. Que la encerraran, que la condenarán o que la ejecutarán. Pero… el veredicto final fue "fallo cardíaco". Y con ello, nada cambió.

  Poco tiempo después, los matrimonios se llevaron a cabo. Berenice se convirtió en la esposa de un hombre repulsivo. Y Lidia… Lidia se casó con Xander.

  Los días de nupcias fueron insoportables.

  Cada día, Berenice tuvo que soportar ver a su hermana menor vivir el amor que le había sido arrebatado. Cada noche, tuvo que lidiar con las manos sudorosas y los jadeos de su esposo, que la acechaba como un buitre hambriento. Cada risa, cada celebración, cada felicitación dirigida a Lidia y Xander era una daga más en su corazón.

  A pesar de que las bodas se celebraban simultáneamente, nadie hablaba de su matrimonio. Nadie la felicitaba, nadie la miraba… ella no existía.

  Y la furia dentro de ella crecía… alimentándose de cada desprecio, de cada insulto disfrazado de cortesía, de cada vez que alguien la llamaba "Lady Montgard" con una sonrisa hipócrita.

  Pero entre todas las miradas indiferentes, una la buscó deliberadamente.

  Durante el baile, entre el murmullo de las conversaciones y el repiqueteo de las copas de vino… una figura se acercó a ella. Una mujer de presencia imponente y belleza madura, con un vestido negro que resaltaba su esbelta silueta.

  Su perfume era una mezcla embriagadora de incienso y tabaco. Berenice alzó la mirada lentamente. Era madame Hilloy.

  —Hola, querida… —la voz de Madame Hilloy era suave como el terciopelo, pero cargada de un matiz de burla apenas disimulado —Felicidades por tu… compromiso.

  El leve desdén en su tono no pasó desapercibido, especialmente cuando dirigió una mirada fugaz al noble gordo y sudoroso que se quejaba en voz alta sobre el servicio de la fiesta.

  Berenice, con la expresión vacía y sin vida, simplemente inclinó la cabeza en una reverencia leve. No tenía fuerzas para responder, ni siquiera para fingir cortesía. Madame Hilloy, fascinada por la absoluta falta de emoción en su rostro, sintió que su interés por la joven se intensificaba.

  Con elegancia, se acercó un poco más, inclinándose para susurrarle al oído:

  —?Quieres matarlos a todos?

  Berenice se sobresaltó.

  Por primera vez en toda la velada, su letargo emocional se quebró. Levantó la mirada, sorprendida, encontrándose con los ojos penetrantes de Madame Hilloy.

  Pero la Sacerdotisa solo sonrió.

  Deslizó un peque?o anillo en la palma de su mano y cerró los dedos de Berenice alrededor de él con una delicadeza inquietante.

  —Cuando quieras hacerlo… cuando quieras dejar tus preocupaciones atrás y explotar… úsalo para contactarme.

  Con la misma elegancia con la que había aparecido, Madame Hilloy se apartó, perdiéndose entre la multitud de invitados.

  Los nobles a su alrededor la alababan por su belleza y talento natural, su risa se mezclaba con el tintineo de las copas, como si todo fuera un juego en el que solo ella conocía las reglas.

  Berenice observó su silueta desaparecer y, por primera vez, sintió envidia. Quería ser como ella. Quería ser inmutable. Quería poder, autoridad. Quería ser la due?a de su propio destino.

  Pero en ese momento, aún estaba encadenada a su miseria. Perdida en la fiesta, tentada a acabar con su propia vida, el peso de su existencia se hizo insoportable. Pero entonces, una voz familiar la sacó de su tormento.

  —?Sucede algo?

  Fue Xander. Se había alejado del bullicio para acercarse a ella. Había notado su estado. Berenice apretó los dientes. Por supuesto que lo había notado.

  —Si necesitas algo, lo que sea, házmelo saber… —dijo con sinceridad, y por un instante, su mirada se desvió hacia el hombre repugnante con el que la habían casado.

  Berenice sintió un nudo en la garganta.

  —Estoy bien, Xander… —susurró, tratando de mantener su voz estable. Pero justo cuando él estaba por irse, vaciló un instante antes de a?adir: —Y… por favor, haz feliz a mi hermanita. Ella lo merece.

  Xander sonrió, llevándose la mano al pecho con solemnidad.

  —Así será…

  Y con esa respuesta, el agujero en el corazón de Berenice se hizo más grande.

  Después de eso, su matrimonio fue un infierno. La enviaron lejos, muy lejos. A las tierras heladas de Tirr Nha Lia, donde la nieve cubría el suelo durante la mayor parte del a?o y la temperatura descendía con cada paso que daba en aquel desolado paraje.

  Allí, su esposo mostró su verdadera naturaleza. Golpes, insultos, humillaciones, asaltos sexuales. Día tras día, su cuerpo y su espíritu fueron destrozados, una y otra vez.

  La nobleza de la región la veía, pero nadie la llamaba "Lady Montgard". No llevaba ropas de una se?ora de casa. Llevaba harapos. Su habitación estaba infestada de alima?as, sin una sola vela que iluminara la oscuridad en la que dormía. Era una sirvienta en su propia casa. Pero el destino aún tenía más para ella.

  Dos a?os pasaron. Dos a?os de frío. Dos a?os de desesperación. Dos a?os de miseria. Y cuando pensó que ya no podía perder nada más, recibió las noticias de su padre.

  Su hermana menor, María, se había comprometido con Alerion Van Saint. El matrimonio más prestigioso de la última década.

  La noticia llegó hasta los rincones más remotos, incluso hasta sus tierras heladas. La nobleza lo celebraba. María, la más joven de las Montgard, una familia noble de segunda, estaba destinada a la grandeza.

  Berenice, con la vista fija en el periódico, sintió cómo algo dentro de ella se rompía definitivamente. Sus manos temblaban. Su aliento se volvía cada vez más errático. Hasta que, con un grito desgarrador, lanzó el periódico por la ventana.

  —??POR QUé?!

  Su voz resonó en la vacía habitación, rebotando en las paredes frías y agrietadas. Su respiración se volvió frenética. La rabia la consumía. El odio la abrasaba desde dentro. ?Por qué? ?Por qué María recibía la felicidad mientras ella sufría? ?Por qué Lidia vivía con Xander, en el amor y el lujo, mientras ella era tratada peor que una esclava? ?Por qué tenía que soportar todo esto?

  Berenice cayó en la furia y la locura dentro de aquella fría habitación, su cuerpo se sacudió por la rabia contenida durante a?os.

  Tiró todo a su alrededor. Golpeó los muebles viejos. Rasgó las cortinas mugrientas.

  Sus u?as se clavaron en la madera podrida de las paredes, y sus pu?os se estrellaron contra la superficie áspera hasta que su sangre quedó impregnada en la habitación como un testimonio de su desesperación.

  El eco de su respiración agitada llenó el espacio sombrío. Se había convertido en una criatura hecha de ira, de odio y sufrimiento. Y mientras sus lágrimas caían al suelo helado, su voz se alzó en un susurro lleno de promesa:

  —Todos… todos sabrán lo que me hicieron…

  Se abrazó a sí misma, sintiendo que iba a enloquecer. Entonces, su mano, aún temblorosa, se deslizó hasta su pecho. Y encontró el anillo. Aquel anillo que Madame Hilloy le había entregado a?os atrás.

  ?"Cuando quieras hacerlo… cuando quieras dejar tus preocupaciones atrás y explotar… úsalo para contactarme."?

  Sus dedos se cerraron alrededor de la fría joya. La sangre corría por sus venas, hirviendo con un solo pensamiento. Si el destino se había burlado de ella… si el mundo la había traicionado… si nadie iba a salvarla… entonces, ella destruiría el mundo. Y por primera vez en mucho tiempo… Berenice sonrió. Un estremecedor y retorcido alivio la envolvió. Porque ya no tenía miedo. Porque ya no tenía esperanza. Porque ya no tenía nada que perder. Y eso la convertía en la criatura más peligrosa de todas.

  Con las pocas fuerzas que le quedaban, lo deslizó en su dedo y activó el artefacto. Una tenue luz mágica emergió del anillo, formando la imagen etérea de la Sacerdotisa. Su expresión era la misma de aquella noche… una sonrisa depredadora.

  —?Querida! —exclamó con un tono casi juguetón —Te tomaste tu tiempo…

  Berenice se arrodilló, aferrando su pecho con angustia.

  —Se?ora… por favor… ayúdeme…

  Por primera vez en mucho tiempo, Berenice suplicó. Pero no suplicó por piedad. Suplicó por poder. Suplicó por venganza.

  Madame Hilloy la observó con satisfacción y alzó una mano, como si calmara a una ni?a temblorosa.

  —Muy bien, querida… dime exactamente lo que necesitas.

  Y así, el destino de Berenice quedó sellado.

  Lo que ocurrió después fue un renacimiento.

  Siguiendo las órdenes de la Sacerdotisa, un grupo de asesinos entrenados fue enviado a Tirr Nha Lia. La mansión de su esposo ardió aquella noche. El cuerpo calcinado del hombre fue hallado entre las cenizas, su muerte fue declarada como un trágico accidente.

  Los mismos sirvientes y nobles que antes la despreciaban se inclinaron ante ella, temerosos de la nueva Se?ora de las Tierras Heladas.

  Pero eso no fue suficiente. Berenice reclamó su trono con sangre.

  Aseguró su dominio asesinando a todas las esposas e hijos de su difunto esposo, erradicando cualquier línea de sucesión que amenazara su poder. La sirvienta humillada… la mujer olvidada… ahora era la única y absoluta gobernante de Tirr Nha Lia. Y con ese poder, comenzó su educación real.

  Día tras día, Madame Hilloy la moldeó. Le ense?ó cómo infiltrar las mentes de los demás. Cómo arrancar secretos con una sonrisa. Cómo sembrar dudas y traiciones con una sola frase. Cómo manipular, cómo destruir desde dentro. Cómo convertirse en una verdadera discípula de la Gran Madre. La que no abandona a los suyos. La que ofrece poder a los desprotegidos. La que devora a los dioses con las sombras de su voluntad. Y Berenice aprendió.

  A?os después…

  Una fría tarde, cuando el sol agonizaba sobre las monta?as nevadas, recibió un nuevo mensaje. El anillo en su dedo vibró con una luz tenue.

  Sin perder un instante, se arrodilló en el suelo helado y activó la magia. Frente a ella, la imagen de su maestra apareció con la misma elegancia de siempre. Berenice inclinó la cabeza con respeto absoluto.

  —Maestra… ?Qué necesita de esta humilde discípula?

  Madame Hilloy exhaló el humo de su pipa y la miró con un brillo calculador en los ojos.

  —Oh, tranquila, mi ni?a…

  El tiempo había llegado. Los ojos de Berenice se abrieron con sorpresa. Su respiración se entrecortó por la emoción. El momento por el que había esperado toda su vida… Había llegado. Y entonces, las palabras que sellarían su destino resonaron en el viento helado:

  —Es hora de que vuelvas a Grand Delion…

  Una sonrisa peligrosa se dibujó en los labios de Berenice. Su hora había llegado. Y su venganza estaba por comenzar.

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