Bardrim no retrocedió.
En su rostro apareció una sonrisa salvaje, el tipo de sonrisa que solo un verdadero guerrero podía esbozar cuando encontraba a un digno oponente. Con un bramido, bajó la cabeza y se lanzó hacia adelante como un ariete viviente.
El cráneo del enano impactó con brutalidad contra el estómago del orco, hundiéndose en su carne como si fuera una maza de guerra.
El coloso verde tropezó hacia atrás, sus ojos se abrieron en par mientras un gru?ido gutural escapaba de su boca. Se llevó las manos al vientre, sintiendo el dolor extenderse por su torso como un incendio.
—??Te gusta eso, eh?! —Bardrim escupió sangre al suelo antes de alzar los pu?os —?Juro por mi alma que tengo más para darte!
El orco entrecerró los ojos, con su orgullo herido y la ira burbujeando en su interior.
—?Maldito enano…!
Levantó su pu?o, un martillo de carne y hueso, y lo dejó caer con la fuerza de una maza de guerra. Bardrim alzó los antebrazos para bloquear, pero la potencia del impacto lo hizo caer de rodillas.
El siguiente golpe llegó como un relámpago. Un pu?etazo seco y demoledor impactó de lleno en la mejilla del enano. Su cabeza giró violentamente hacia un lado. El sabor metálico de la sangre se extendió por su boca, y una punzada de dolor recorrió su mandíbula. Pero, en lugar de quejarse… soltó una carcajada siniestra.
—Hah…! ?Eres un bruto, maldita sea!
Y antes de que el orco pudiera reaccionar, Bardrim se impulsó con las piernas y embistió de nuevo.
?BAM!
Primero golpeó al torso.
?BAM!
Luego dio un pu?etazo a la mandíbula.
?BAM! ?BAM! ?BAM!
Izquierda. Derecha. Y para finalizar, gancho al mentón.
Cada golpe se sentía como el golpeteo incesante de un martillo sobre un yunque al rojo vivo. El orco tambaleó. Sus pasos resonaron en la caverna, pesados como los de un titán herido.
Pero aún no caía.
En un último intento por acabar la pelea, el coloso verde rugió y envolvió sus enormes brazos alrededor del enano en un abrazo aplastante.
Bardrim sintió el aire escaparse de sus pulmones.
—?Ghhrkk…! ?Maldición, suéltame, bestia maloliente…!
Las costillas del enano crujieron bajo la presión descomunal. El mundo a su alrededor se volvió un torbellino de dolor y desesperación. Con un grito de furia, el orco lo levantó por completo y lo estrelló contra el suelo.
El impacto sacudió el suelo, levantando polvo y escombros.
Bardrim quedó tendido boca arriba, su visión se nubló por un instante. El aire le ardía en los pulmones, y cada fibra de su cuerpo exigía descanso. Sobre él, el orco jadeaba, con su pecho subiendo y bajando con esfuerzo.
—Te aplastaré como a un insecto…
El coloso levantó su pu?o para el golpe final. Pero Bardrim aún no había terminado. Con un último esfuerzo, alzó ambas manos y, en un golpe desesperado, estampó sus palmas abiertas contra las orejas del orco.
El sonido fue seco, profundo, como si una campana gigante hubiera sido golpeada con un mazo. El orco bramó de dolor. Su equilibrio se perdió de inmediato, tambaleándose hacia atrás con la vista nublada.
Bardrim no desperdició la oportunidad.
Se incorporó con un salto, apretó los dientes y canalizó cada gramo de fuerza que aún quedaba en su cuerpo en su último ataque. Su pu?o brilló con un rojo intenso, una última llamarada antes de extinguirse, y entonces, con toda su voluntad, lanzó su golpe final.
Su pu?o impactó de lleno en la mandíbula del orco con un crujido aterrador. El coloso verde se desplomó hacia atrás, su gigantesco cuerpo cayó como un árbol talado. El polvo se elevó en el aire cuando su espalda golpeó la tierra con un estruendo que hizo temblar la caverna.
Hubo completo silencio.
Bardrim jadeó, escupió sangre al suelo y se limpió la nariz con el dorso de la mano. Avanzó lentamente hacia el cuerpo inerte del orco, observándolo con la respiración entrecortada. Por un momento, creyó que finalmente había terminado. Pero entonces… el orco soltó un profundo resoplido.
—Hah… buen golpe, enano… —gru?ó, con una sonrisa llena de sangre —Pero ya se terminó tu tiempo.
Bardrim sintió un escalofrío recorrer su espalda. De repente, una presión indescriptible cayó sobre él, como si una garra invisible se aferrara a su alma y la aplastara. Su mirada bajó hacia sus propias manos. Las venas de su cuerpo, que antes brillaban con un rojo incandescente, comenzaron a oscurecerse, volviéndose negras como el carbón.
—No… —murmuró con horror.
Buscó con la mirada a Lidia. La maga temblaba, con los ojos vidriosos y la piel pálida. Sus piernas flaquearon y, antes de que pudiera sostenerse, un hilo de sangre escapó de su nariz.
Bardrim entendió al instante. El vínculo mágico que Lidia había usado para fortalecerlo se había roto. Su cuerpo ya no resistía. Su tiempo se había acabado. Pero no tuvo oportunidad de reaccionar.
Un apretón de hierro rodeó su garganta. El mundo se inclinó bruscamente cuando el orco lo levantó del suelo con un solo brazo. Bardrim forcejeó con todas sus fuerzas, pateó el aire, golpeó con los pu?os desnudos, pero el agarre del coloso era inamovible. Una trampa mortal que se cerraba lentamente.
—Fue un buen combate, maestro Bardrim… —murmuró el orco con solemnidad —Pero esto ya se ha terminado.
Los ojos del enano se abrieron de par en par. Sintió la presión en su tráquea intensificarse, su cuerpo luchó desesperadamente por encontrar aire que no llegaba. Trató de hablar, pero solo un sonido ahogado escapó de su boca.
El orco apretó aún más. Las venas del enano se marcaron en su frente. Sus brazos, antes firmes y llenos de energía, comenzaron a perder fuerza. Sus golpes, que al principio fueron desesperados y frenéticos, se volvieron débiles. Su visión comenzó a oscurecerse, como una vela que se apagaba lentamente en la tormenta.
Bardrim sintió cómo el aire se escapaba de sus pulmones, su vista se nublaba y su cuerpo perdía fuerza. El orco lo miraba con una sonrisa de triunfo, disfrutando los últimos momentos del legendario herrero.
Pero entonces, para su sorpresa, Bardrim sonrió. No con resignación, no con debilidad, sino con rebeldía. Una risa ahogada, rasposa y desafiante se escapó de sus labios.
El orco frunció el ce?o.
—??Qué es tan gracioso, enano?! —bramó, desconcertado.
Bardrim entrecerró los ojos, con su sonrisa ensanchándose a pesar de la agonía.
—Je… ya… perdiste… orco idiota…
El coloso parpadeó, pero antes de poder reaccionar, Bardrim alzó ambas manos y tomó la cabeza del orco con una fuerza inesperada.
—Déjame mostrarte la gran habilidad de aquel que te quitará la vida…
El orco sintió un escalofrío recorrer su espalda.
??Esto es peligroso! ?Debo…!?
Pero su pensamiento fue interrumpido. Flechas de maná puro se incrustaron en sus piernas, paralizándolo al instante. Lidia, con su cuerpo tambaleante y sus manos temblorosas, había reunido cada gota de su energía restante para darle a Bardrim la oportunidad que necesitaba.
El orco rugió de rabia, pero su destino estaba sellado.
En Duvengard, la tierra ardiente y hogar de los enanos, se venera a Hefesto, el dios de la forja y las llamas.
La leyenda cuenta que, al nacer, su madre, Hera, lo arrojó desde los cielos por considerarlo deforme. Su caída fue tan devastadora que cada impacto en las monta?as hizo temblar la tierra, alzando islas en su despertar.
A pesar del dolor, a pesar del rechazo de los dioses, Hefesto jamás alzó un arma por venganza. Solo soportó su tormento con una voluntad inquebrantable, tan ardiente como mil volcanes.
Para los enanos, su historia no es de sufrimiento, sino de coraje y resistencia, una historia de voluntad firme como el mithril.
Con el tiempo, Bardrim tomó esta historia como inspiración y desarrolló una habilidad basada en esta. Un arte de combate donde cada herida recibida no debilitaba al guerrero, sino que alimentaba su furia, convirtiendo su propio cuerpo en un horno viviente, revirtiendo toda herida causada hacia el oponente.
Un solo toque era suficiente para reducir a cenizas a cualquier enemigo. Este poder era conocido como…
—?Voluntad de Hefesto!
Bardrim rugió con todo su ser. Un río de lava emergió de sus manos, cubriendo los brazos y el rostro del orco.
El aire se llenó con el sonido de los huesos fundiéndose y el hedor de la carne carbonizada. El orco gritó, un rugido de furia que se transformó en uno de terror absoluto. Intentó apartarse, desesperado. Golpeó a Bardrim con la fuerza de un monstruo acorralado, pero el enano no lo soltó.
—?No esta vez, maldito bastardo! —gru?ó, apretando con más fuerza.
El calor era insoportable. El orco pataleó, sus músculos se tensaron en un último intento de escapar. Pero fue inútil. El fuego devoró su carne. Su cuerpo entero se estremeció antes de caer al suelo con un impacto seco. Lo único que quedó de su cabeza fueron cenizas. Desde el interior de su torso, los huesos aún chisporroteaban, derritiéndose poco a poco en un silencio sepulcral.
Bardrim se tambaleó. El resplandor rojo en sus venas comenzó a desvanecerse. Luego, con un suspiro exhausto, cayó de rodillas y luego al suelo.
El dolor ardía en cada rincón de su cuerpo. Su respiración era un susurro pesado y cansado. Pero había ganado. Lidia se acercó, tambaleándose, y se arrodilló junto a él.
—Anciano… —lo llamó con suavidad, llena de alivio y agotamiento.
Con esfuerzo, tomó su brazo y lo ayudó a incorporarse. Bardrim gimió por el dolor en sus huesos, pero sonrió con cansancio.
—Tsk… Maldición, esto sí que dolió… ya estoy viejo para esto
Lidia sonrió débilmente.
—Venga… aún tenemos que ir a ayudar a los ni?os.
Bardrim suspiró y se apoyó en ella para levantarse. La batalla había terminado… pero la guerra aún estaba lejos de acabar. Dejó escapar un suspiro pesado, cada palabra que pronunciaba iba acompa?ada de un gemido de dolor.
—Sí… supongo que sí… pongamos… en marcha…
Cada paso era un tormento, cada músculo en su cuerpo gritaba por descanso, pero el enano y la maga avanzaron sin detenerse. Su misión aún no había terminado. Los túneles oscuros se extendían ante ellos, y en algún lugar en esas profundidades… estaba Cáliban.
La batalla de Luna continuaba en el corazón de la oscuridad. La mujer serpentina se movía con una velocidad que sus ojos no podían seguir, deslizándose con una gracia letal.
Su cola se disparó como un látigo, buscando envolver el torso de Luna en un abrazo mortal. Pero la asesina reaccionó en el último instante. Saltó con agilidad felina, girando en el aire con la precisión de una sombra. En pleno movimiento, su mano se movió con destreza, y una de sus dagas voló directo hacia el rostro de su enemiga.
Pero la sacerdotisa se inclinó a un lado, esquivando el proyectil con una facilidad inquietante. Su boca se entreabrió, y dos colmillos afilados como dagas brillaron con la luz titilante de las antorchas mágicas.
—Rápida… —susurró la mujer, con una voz rasposa y seductora —Pero no lo suficiente.
Luna no respondió. Las palabras eran un desperdicio de aire si no iban acompa?adas de sangre. Se lanzó al ataque una vez más. Con una velocidad cegadora, deslizó su segunda daga hacia la garganta de su enemiga.
El filo cortó el aire… pero no encontró carne.
La sacerdotisa torció su cuerpo con una flexibilidad imposible, esquivando por centímetros cada tajo. Cada intento de Luna era evitado con la fluidez de una sombra deslizándose por el agua. Entonces, en un movimiento letal, la cola de la Euríale se enrolló alrededor de la mu?eca de su alumna y la jaló con una fuerza brutal.
Luna sintió su cuerpo elevarse antes de que la gravedad la traicionara. Su espalda se estrelló contra la pared de piedra, el impacto resonó en toda la caverna.
Por un instante, su visión se nubló. Un segundo de debilidad, un segundo que podía costarle la vida. La sacerdotisa se deslizó con sigilo, acercando su rostro al de su presa. Su aliento frío acarició la piel de Luna.
—No eres rival para mí… —susurró con un siseo venenoso.
Pero Luna no se rindió. La asesina movió sus dedos y, en un instante, sacó una aguja envenenada de su manga. Antes de que la sacerdotisa pudiera reaccionar, la clavó en su cuello.
La Euríale siseó con furia y retrocedió de inmediato, llevándose una mano a la herida. Su mirada, antes burlona y condescendiente, ahora ardía con una rabia asesina.
—Astuta…
Luna no perdió la oportunidad. Se impulsó con las piernas, cerrando la distancia en un abrir y cerrar de ojos. El veneno del dardo cegó los sentidos de la Euríale por unos breves segundos… segundos que fueron suficientes.
Luna hundió su daga en el costado de su maestra, hasta el mango. Un bramido de dolor estalló en la cueva. La sacerdotisa se tambaleó, con su sangre goteando entre sus dedos.
Pero no cayó. La cola de la Euríale se enroscó alrededor del cuello de Luna.
Sintió la presión sofocante de los músculos escamosos apretando su tráquea, robándole el aire. Su visión se tornó borrosa, un frío amargo recorrió su cuerpo mientras sus extremidades perdían fuerza.
Pero antes de que la oscuridad la reclamara, con un último acto de pura voluntad, giró la daga que aún estaba clavada en la herida de la sacerdotisa y la hundió hasta el fondo.
La sacerdotisa se estremeció y su agarre se aflojó. Luna cayó de rodillas, jadeando con la daga aún en alto. Por un instante, ninguna de las dos se movió.
Luego, con un siseo ahogado, la sacerdotisa conjuró una lluvia de cuchillos mágicos. El aire se llenó de destellos de acero y fuego azul.
Luna rodó hacia un lado, esquivando cada proyectil con la agilidad de una sombra, pero no podía evadirlos todos. Un proyectil afilado encontró su costado, rasgando su carne con un dolor ardiente.
La sangre caliente brotó de la herida.
Luna apretó los dientes, presionando la herida con la mano para intentar contener el sangrado. Mientras la asesina trataba de mantenerse en pie, la sacerdotisa sacó un par de viales de su cinturón y los bebió de un solo trago.
La lucha se volvió monótona y su ritmo predecible. Para la Euríale, el juego había perdido su emoción.
—Hija mía… es inútil. Solo postergas lo inevitable…
Con un chasquido de sus dedos, la lluvia de cuchillos cesó. El peso del agotamiento cayó sobre Luna. Su respiración era errática, su cuerpo temblaba. La sacerdotisa se acercó con calma, sus ojos brillaban con esa mezcla de sadismo y benevolencia retorcida. Se quitó la capucha con un movimiento suave, dejando que Luna viera su rostro.
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Luna deseaba no volver a ver aquel rostro…
Tenía un ojo verde y afilado como el de un depredador, y en el otro lado, una cicatriz grotesca que cruzaba su piel desde la frente hasta la mejilla. Un recordatorio de un combate que Luna conocía muy bien.
—Por tus a?os de servicio, te daré una última gentileza antes de arrebatarte la vida… —Su voz era suave, casi maternal —Dime, ?Cuál es tu última voluntad? Tu maestra se asegurará de escucharte…
Luna sintió asco.
Esas palabras te?idas de falsa benevolencia le revolvieron el estómago más que la sangre en su boca. Pero entonces, algo en su interior hizo clic. Su rabia, su desprecio… no tembló. No apartó la mirada. Y luego, hizo algo que nunca antes había hecho en presencia de su maestra.
Sonrió. Su sangre resbalaba por sus labios, manchando sus dientes en un rojo carmesí.
La Euríale frunció el ce?o. Era… extra?o. En todos los a?os que la entrenó, nunca la había visto sonreír de esa manera. En realidad, nunca la había visto hacer ninguna expresión aparte de su fría y vacía mirada.
—?Mi última voluntad? —Luna entrecerró los ojos, su sonrisa se amplió con un filo cruel —Quiero escuchar tus gritos desde lo más profundo del infierno…
La sacerdotisa se quedó en silencio… y luego, rió. Una carcajada encantada, genuina, que hizo eco en las paredes de la caverna.
—?Bien! ?Bien! —Aplaudió suavemente con sus garras escamosas —El hecho de escucharte así, incluso en tu último día, me hace pensar que no fallé como maestra después de todo…
Sus dedos se deslizaron hasta la empu?adura de la daga en su espalda, desenvainándola con una calma inquietante. El filo curvo ondeó con un brillo peligroso bajo la tenue luz de la caverna.
—Ahora bien… ya que te he escuchado… —Dio un paso adelante —Es hora de verte partir, mi ni?a.
La maestra asesina avanzó lentamente, cada paso hizo eco con la certeza de la muerte. Su sombra se alzó sobre el rostro de Luna, oscureciendo lo poco que quedaba de su mundo. El filo de su daga destelló bajo la luz tenue de las antorchas. Este era el final. Alzó su mano, lista para arrebatarle la vida a su alumna. Pero entonces… un dolor agudo surgió en su interior.
Primero fue un ardor sutil en su palma. Luego, una punzada que subió como una aguja en llamas hasta su mu?eca. Y, en un solo latido, su brazo entero se incendió con un tormento insoportable.
La daga cayó al suelo con un golpe metálico.
—?Agh! ??Qué es esto?! ??Qué me hiciste?! —bramó la Euríale, llevándose la mano al pecho en un intento desesperado por calmar la sensación abrasadora.
Luna se incorporó lentamente, su cuerpo aún estaba débil, pero su mirada era de acero puro.
—Dijiste que la brecha en nuestro poder no podía romperse con veneno…
El silencio se volvió espeso, sofocante. Los ojos de la sacerdotisa se abrieron con incredulidad, con un terror latente.
—Eso… no es posible… —Su respiración se aceleró. Su cuerpo se tambaleó. No podía ser cierto —?Bebí la cura para el veneno de wyvern! —gritó con desesperación.
Pero antes de que su mente entrara en caos, Luna reveló la verdad.
—Gracias a tus ense?anzas, pasé diez a?os desarrollando un veneno tan letal como indetectable. —Las palabras golpearon a la sacerdotisa como una bofetada —Uno lo suficientemente potente como para acabar con la vida de un décimo rango…
Su voz era fría, calculadora, pero te?ida de satisfacción.
—Intenté perfeccionarlo una y otra vez. Mi objetivo era ir por la cabeza del Soberano… pero al final, el resultado no fue lo que esperaba. —Luna inclinó la cabeza, observándola con calma —Sin embargo… fue suficiente para matar a un octavo rango.
El corazón de la sacerdotisa se encogió. No. No era posible. Incluso si Luna hubiera desarrollado un veneno así, su instinto lo habría detectado. Su olfato, su entrenamiento… no había manera de que no lo hubiera percibido. Y sin embargo… el ardor en su cuerpo no era un enga?o.
Una gota de sangre recorrió su mejilla mientras intentaba entender. Luna dio un paso adelante. Con un gesto lento, se limpió la sangre de los labios y se inclinó para verla de cerca. La maestra y la alumna. Los a?os de ense?anza culminaron en un solo instante.
—Debes estar pensando que no podía ser posible, ?Verdad? —El silencio se rompió con un susurro —Todo apuntaba a un veneno de wyvern… y de hecho, tienes razón.
Luna esbozó una sonrisa, la misma que había desconcertado a su maestra momentos antes.
—Me tomó a?os perfeccionar sus características. El olor, la textura, el sabor…
Los ojos de la Euríale se ensancharon. El aire se sintió más frío.
—Y entonces… —la voz de Luna se tornó un susurro mortal —un día obtuve un resultado curioso.
La sacerdotisa tragó saliva con dificultad.
—Verás, mi veneno no actuaba enseguida. —El aliento de la Euríale se volvió errático —Se mantenía inactivo dentro del cuerpo… —Luna sonrió aún más, disfrutando el momento —Hasta que entrara en contacto con cierta sustancia…
Un escalofrío recorrió la espalda de la sacerdotisa. La conclusión cayó sobre ella como una roca.
La Wyveria.
Una planta extremadamente rara, encontrada en lo más profundo del Monte T’Karvyr, La cuna de los wyverns, cerca de Tyrant. Era bien sabido que su néctar contrarrestaba el veneno de wyvern y fortalecía la resistencia a múltiples toxinas.
Por eso los curanderos, los doctores, los alquimistas… y los asesinos, la buscaban desesperadamente. Por eso la sacerdotisa la había usado en su “cura” y por eso ahora estaba muriendo.
Sus piernas flaquearon. Un pánico helado le paralizó el pecho.
—La… la vacuna… —balbuceó, sintiendo por primera vez en su vida el verdadero miedo.
Su corazón martillaba en su pecho. Su piel se volvió más pálida. El veneno estaba recorriendo su cuerpo.
—Así es, maestra… —susurró Luna, con una voz fría y sombría, como un cuchillo deslizándose por la oscuridad —Debo decir que gracias a tu confianza pude asestar el golpe del veneno, pero lo que realmente me dio la ventaja… fue que te inyectaras el antídoto enseguida.
La sacerdotisa se estremeció. Un escalofrío recorrió su espalda, entonces, el dolor se intensificó. Un grito desgarrador resonó en la cueva. La Euríale se retorció en el suelo, su cuerpo era sacudido por espasmos incontrolables. Sus maldiciones se ahogaban en su propia saliva, su lengua apenas podía formar palabras coherentes.
Luna la observó en silencio. No mostró felicidad, no mostró odio, no mostró compasión. Solo frialdad.
Los ojos de la maestra, empa?ados por el tormento y la desesperación, se fijaron en los suyos. Y en su última exhalación, solo hubo arrepentimiento. Con un último esfuerzo, intentó aferrarse a los pies de su alumna, pero sus fuerzas la abandonaron. Su cuerpo cayó sin vida.
Luna permaneció inmóvil. Extra?amente, no sintió nada. Ni satisfacción, ni tristeza, ni culpa. Por un momento, pensó que debía sentir algo. Pero verla allí, inerte, solo confirmó una verdad cruel.
Hizo exactamente lo que su maestra habría hecho.
Sin más, dio un paso al frente y pasó de ella. El cuerpo ya no significaba nada. Pero su suerte ya estaba decidida. El veneno, las heridas, la sangre derramada. Su cuerpo ya no le respondía. Las fuerzas de sus piernas se desvanecieron, y cayó pesadamente contra la pared rocosa.
Intentó levantarse, pero falló. Apoyó sus manos en la fría piedra, tratando de encontrar estabilidad. El esfuerzo fue inútil, su cuerpo temblaba violentamente. Cada aliento pesaba como una losa sobre su pecho.
—No… todavía… no… debo… Cecilia…
Su mente divagó. Sus pensamientos volaron lejos. A un lugar más cálido, a una memoria más brillante, a un tiempo donde el sol aún alumbraba su vida.
?"?A qué te refieres con entregarte?"?
Las palabras resonaron en su mente. Ecos de un pasado que jamás pudo olvidar. El día que traicionó a Lord Thorm. Aquel hombre que le dio una segunda oportunidad, aquel hombre que la convirtió en lo que era.
él quería que ella fuera quien lo entregará. Que fuera Luna quién lo traicionara. De esa manera, podría acercarse a la academia. Encontrar el arma y advertirle al director. Bajo su orden, así lo hizo.
Mientras Lord Thorm era torturado, Luna vagaba en las sombras. Ubicando el arma, ubicando a las amenazas, ubicando a su sobrina. Resistió la tentación de mirar a su familia herida. Muchas veces deseó sacarlo de su celda. Liberarlo, pero proteger a Cecilia era lo primero.
Cuando la veía desde los tejados, su corazón, endurecido y marchito, se relajaba un poco.
Veía a Cecilia feliz.
Jugando, estudiando, entrenando, viviendo la vida que Luna ni su hermana jamás tuvieron, y eso le bastaba. Saber que era feliz… le bastaba.
Pero no siempre fue así.
El pasado, oculto en las profundidades de su mente, emergió con una claridad cruel. El día que su hermana murió, el día que el odio la consumió. Aquella ni?a inocente, apenas un bebé, lloraba en sus brazos.
Vio a Cecilia cuando apenas era una peque?a bebe.
Heredó el hermoso rostro de su madre, pero Luna no podía verla como una bendición. Solo la veía como el monstruo que le arrebató lo que más amaba. Sostenía a la criatura con sus manos temblorosas. Su aliento era pesado y sus emociones eran veneno. Entonces, en la penumbra de la habitación, se preguntó:
?Tal vez… solo tal vez… si acabo con esto aquí… si la libero del mundo antes de que traiga más dolor… tal vez mi vida podría tener algún propósito.?
Estaba lista para arrebatarle la vida, lista para cumplir con lo que creía que era lo mejor. Lo había hecho antes, siempre lo había hecho y lo haría una vez más.
Por cruel que fuera.
Luna contuvo el aliento. Sus manos, entrenadas para matar sin titubeo, se acercaron lentamente a la peque?a cabeza de la bebé.
Un solo movimiento, un solo instante era suficiente. Todo acabaría antes de que la criatura sintiera dolor. Pero entonces… algo cálido rodeó su dedo me?ique. Peque?o, frágil y dulce. Los ojos de Luna se abrieron con sorpresa cuando sintió la diminuta mano de la bebé aferrarse a su dedo con una firmeza inesperada.
Su corazón, que siempre había sido un bloque de hielo, se detuvo por un momento. Su mente se nubló y sus piernas cedieron. El aire se sintió pesado en sus pulmones. Por un momento, no encontró palabras.
—Tú… maldita… ?Qué es lo que planeas? —susurró con voz temblorosa.
Pero la bebé solo respondió con un balbuceo. Apretó su peque?o pu?o con más fuerza. Luna intentó zafarse, pero no pudo. El agarre era sorprendentemente fuerte. Ella, que había escapado de trampas, cadenas y guardianes de élite, no podía liberar su dedo del agarre de una recién nacida.
Suspiró, dejando que el viento se llevara su resignación.
—Bien. Tú ganas hoy… pero la próxima vez, yo tomaré tu vida…
Su voz era dura y fría. Pero, sin que ella lo notara, su pecho se sintió menos pesado. Por primera vez en a?os, una sonrisa, diminuta e imperceptible, apareció en sus labios.
Las noches se volvieron rutina.
Arrullando a Cecilia hasta que se quedara dormida. El tiempo de acabar con su vida se postergaba cada vez más. Cuando la peque?a creció, Luna la llenó de cuentos, poemas y lecciones.
Los días pasaron. Las semanas se convirtieron en meses. Los meses en a?os. Y cuando finalmente reaccionó, ya era demasiado tarde.
Aquella criatura inocente se había convertido en una ni?a sonriente que la seguía a todos lados. Una ni?a que la llamaba "tía", una ni?a que la amaba incondicionalmente.
Por más que lo intentara, no pudo evitar encari?arse con ella. En Cecilia, veía un reflejo de su propia inocencia, veía los ecos del rostro de su hermana. Con el tiempo, su amor por Cecilia creció más y más. Cada noche la arropaba, cada día la protegía.
Le contaba historias sobre su madre, asegurándose de que nunca cargara con culpa alguna. Le ense?ó a ser un alma pura, tal y como su hermana hubiera querido. Se convirtió en su espada, su escudo y su guía. Con cada nuevo amanecer, su deseo de protegerla se hacía más fuerte.
Pero Luna no era una tonta. Sabía que la oscuridad acechaba el destino de su sobrina. La muerte vendría por ella, y por eso… cada noche, en las sombras, cortó la garganta de aquellos que se atrevieron a buscarla.
Cada asesino que intentó acercarse a Cecilia, murió sin ver el amanecer. Cada conspirador, cada espía, fue silenciado sin piedad. Su hoja jamás dudó, día y noche, todo… para proteger la última luz que dejó su hermana en este mundo.
Ahora, en aquella oscura catacumba, la muerte volvía a acecharla a ella.
—Cecilia… debo…
No pudo decir otra palabra. Su cuerpo ya no tenía fuerzas. El peso de la sangre perdida la arrastraba a un abismo sin retorno. Pero no podía detenerse, no podía morir aquí. Se arrastró contra la pared, raspando su piel contra la roca áspera. El ardor de sus heridas abiertas era insoportable, pero el dolor solo significaba que aún estaba viva.
Aún tenía algo que hacer, aún tenía a alguien a quien proteger.
Entonces, cerca del laboratorio del Culto a la Madre…
Las sombras les pisaban los talones. Cecilia y su grupo corrían por las instalaciones, esquivando cada patrulla que se cruzaba en su camino. Elizabeth lideraba el paso con precisión, guiándolos entre la penumbra como si la oscuridad fuera su aliada.
El aire estaba cargado de tensión, los pasos resonaban en el suelo de piedra, el eco de su propia respiración les recordaba lo cerca que estaban del peligro. De pronto, al llegar a una esquina, Elizabeth alzó la mano en se?al de alto.
Todos se detuvieron al instante. Justo delante de ellos, un escuadrón armado bloqueaba el camino.
—??Ya encontraron algo?! —preguntó el aparente líder, con voz firme y autoritaria.
—?No, se?or! Hemos ampliado el perímetro de búsqueda, pero aún no hay se?ales de los intrusos.
—?Entonces divídanse en grupos más peque?os y revisen cada sector! ?No pueden haber ido muy lejos!
Las órdenes se cumplieron al instante. El escuadrón se dispersó, tomando diferentes rutas.
Uno de los soldados se acercó al pasillo donde la luz no reinaba. La penumbra lo tragó en un susurro… y nunca volvió a salir. Un resplandor azul se deslizó en la oscuridad. Hilos afilados como cuchillas se enroscaron alrededor de su cuello. Su cabeza cayó limpiamente al suelo sin un solo grito.
—Listo, sigamos… —susurró Nhun, tomando la delantera.
Cecilia se estremeció. Su mirada descendió al cadáver y su piel se erizó.
—Nhun… asesinaste a ese hombre… —murmuró, temblando con algo entre miedo y repulsión.
Nhun no se giró.
—Ceci, ahora no. —su tono era cortante —No tenemos tiempo para preocuparnos por cosas como esa.
—Pero-
—Nhun tiene razón, Cecilia. —la voz de Reinhard la interrumpió. El joven lagarto miró el pasillo con ojos afilados, su mandíbula se tensó —Todos en este lugar quieren matarnos. No tiene sentido preocuparse por sus vidas ahora mismo.
Entonces, el enemigo los encontró. Un grupo de vigilantes emergió de las sombras, con sus armas desenvainadas y sus intenciones claras. No dudaron, no hablaron, solo atacaron.
Reinhard, Astrid y Juliana reaccionaron de inmediato.
—?Por la derecha! —gritó Astrid, moviéndose con agilidad.
Reinhard arrojó su lanza con precisión. La punta atravesó el corazón de un enemigo, clavándolo contra la pared. Astrid desenvainó su estoque en un parpadeo. Su filo bailó en el aire en un duelo fugaz y terminó con la cabeza de su oponente rodando en el suelo. Juliana, aún dominada un poco por sus instintos salvajes, no necesitó más que un solo golpe. El cuerpo del vigilante cayó inerte al suelo, sus huesos se fracturaron por el impacto.
Por un instante, todo parecía bajo control. Pero entonces… Cecilia fue tomada por sorpresa. Una sombra se abalanzó sobre ella con la espada en alto.
Nhun giró rápidamente, preparándose para intervenir. Pero antes de que pudiera hacerlo… Cecilia reaccionó. Su bastón golpeó con precisión el punto exacto en el cráneo del enemigo.
El impacto fue seco y brutal. El hombre cayó al suelo, inconsciente. Cecilia se giró rápidamente, buscando al resto del grupo.
—No lo maté. —susurró, sintiendo un leve alivio.
Pero Nhun no compartía su compasión.
—?Cecilia! ?Cuidado!
La sombra que había noqueado se levantó de golpe, su espada brilló con un filo letal. Su arma descendió con velocidad. Cecilia apenas tuvo tiempo de reaccionar. Pero antes de que la hoja llegara a su destino, un dardo de sangre cruzó el aire.
Se incrustó en la frente del enemigo. El vigilante cayó muerto. Cecilia quedó paralizada. Lentamente, giró la cabeza hacia el lugar de origen del proyectil.
Elizabeth bajó la mano, sus ojos carmesí brillaban con una frialdad aterradora.
—Entiendo que no quieras quitar vidas, Cecilia… de hecho, me parece honorable que lo hagas. —dijo Elizabeth con voz firme, aunque sin dureza —Pero no bajes la guardia. Un solo error y todos acabaremos muertos.
Cecilia apretó los labios.
—Lo siento… —susurró —Es solo que, todo esto está mal… ?Por qué tiene que ser así? ?Por qué quieren hacernos da?o?
Elizabeth bajó la mirada. Entendía perfectamente lo que sentía Cecilia, pero lamentarse no cambiaría nada. El culto no veía el sufrimiento ajeno. Para ellos, el fin justificaba los medios. Si vacilaban, si se preocupaban demasiado por la moralidad, si dudaban en matar a sus enemigos… terminarían cometiendo un error fatal.
Nhun se acercó y puso una mano sobre el hombro de Cecilia.
—Venga, es hora de irnos…
Pero antes de que pudieran moverse, un eco retumbó en los pasillos. Golpes, golpes secos y pesados que sacudieron las paredes de piedra. Cecilia se giró de inmediato, su corazón latió con fuerza.
—Esa dirección… —Sus ojos se abrieron con un brillo de reconocimiento —?Ahí está Cáliban! ?Debemos ayudarlo!
—?Cecilia, no! —Nhun la sostuvo del brazo con fuerza —Tenemos que huir…
—?No podemos dejarlo solo! —suplicó Cecilia, con la desesperación en su voz —?Está luchando ahí, podemos ayudarlo!
Reinhard chasqueó la lengua.
—No lo creo. —Su mirada era analítica, fría —Seríamos un estorbo más que una ayuda, deberíamos…
Pero Cecilia no esperó a que terminara de hablar. Con un movimiento brusco, se liberó de la mano de Nhun y corrió en dirección a la batalla.
—?Cecilia! ?Espera! —gritó Nhun, lanzándose tras ella.
Los demás la siguieron, tratando de alcanzarla antes de que fuera demasiado tarde. Pero Cecilia era rápida, demasiado rápida. Y entonces, desde el otro lado del pasillo, un grito rompió el silencio.
—?Los encontré! ?Están por aquí!
El eco de la advertencia se expandió como pólvora encendida. Eran guardias. Más de los que podían manejar. Un soldado había encontrado los cuerpos que dejaron atrás. En cuestión de segundos, el túnel se llenó de enemigos en ambas direcciones. Las antorchas y las luces mágicas revelaron los rostros de los guardias, con sus armas desenvainadas y su magia arremolinándose en sus manos.
Los estaban rodeando.
—?Maldita sea! —escupió Reinhard, alzando su lanza.
—?Prepárense! —gritó Astrid, poniéndose en guardia.
Los enemigos atacaron sin dudar. Reinhard, Astrid y Elizabeth se lanzaron contra un lado, resistiendo la embestida de los guardias. Juliana, Dimerian y Nhun se apresuraron para cubrir a Cecilia. El túnel era estrecho, los movimientos eran limitados. No podían usar hechizos de gran alcance sin arriesgarse a herir a sus propios compa?eros.
—?Cecilia! ?Retrocede! —rugió Dimerian, bloqueando una andanada de golpes con su espadón.
Pero ella no podía hacerlo. Estaba atrapada en el combate, bloqueando cada golpe que venía hacia ella con su bastón. Pero sus compa?eros estaban cansados, lo podía ver en sus posturas, en su respiración entrecortada, en sus movimientos cada vez más pesados.
Si esto seguía así… perderían. Cecilia tomó aire y gritó con todas sus fuerzas.
—?Chicos!
El sonido de su voz resonó en las paredes de piedra. Los demás levantaron la cabeza, alertados.
—?No podemos seguir así! ?Nos atraparán! —exclamó Elizabeth, esquivando por poco una lanza mágica.
Los enemigos seguían llegando, cada vez más. No podían aguantar mucho más tiempo. El corazón de Cecilia retumbaba en su pecho.
El espacio se reducía.
El sonido del metal chocando, los gritos de combate y los pasos de los guardias resonaban en su cabeza como un estruendo ensordecedor. Intentó pensar en una solución, pero la presión la retenía. El miedo le nublaba la mente. Y entonces… como un gesto involuntario, su mirada descendió a sus mu?ecas.
Las pulseras brillaban con un tenue resplandor dorado, reflejando la luz titilante de las antorchas. Algo en ese destello la sacudió, algo dentro de ella despertó.
—?Ceci! ??Qué estás-?!
Nhun se congeló al ver la expresión de su amiga. Cecilia se había puesto de pie, con su mirada clavada en las pulseras, el único recuerdo que le dejó su madre. Pero ya no con afecto, ni con nostalgia, sino con repulsión.
Nhun entendió en un instante lo que Cecilia estaba a punto de hacer. Su cuerpo se tensó de horror.
—?No lo hagas, Ceci!
Pero ya era demasiado tarde. Cecilia arrancó las pulseras con fuerza.

