El cabello de Cecilia comenzó a tornarse blanco como la nieve, cada hebra perdió su color en un proceso antinatural. Sus pupilas se desvanecieron, dejando un vacío espectral en sus ojos. Algo dentro de ella se agitaba, creciendo sin control. Podía sentirlo expandiéndose por su cuerpo, como un torrente de energía insondable que la reclamaba desde su núcleo.
El pasillo quedó sumido en un silencio sepulcral. Los guerreros detuvieron sus armas. Nadie se atrevió a moverse ante tal presencia.
Incluso sus propios amigos la observaban con una mezcla de asombro y temor. La atmósfera era pesada, cargada de una presencia tan abrumadora que se sentía como si otra entidad hubiera tomado posesión de su cuerpo.
Dimerian tragó saliva, sin apartar la vista de Cecilia. Su voz tembló cuando preguntó:
—?Eso es… normal?
Nhun, sin aliento, negó lentamente con la cabeza.
?Usualmente, solo algunas hebras del cabello se vuelven blancas… pero ahora, ni siquiera puedo reconocerla…?
—Esta es la primera vez que sucede esto… no sé qué está pasando…
Cecilia alzó la mirada al techo, sus ojos vacíos reflejaron el brillo de las antorchas. Sus manos temblaban, incapaces de contener el poder que la consumía desde dentro.
Pero ya no había vuelta atrás.
Uno de los guerreros del culto, incapaz de soportar la tensión, decidió romper el silencio. Apretó con fuerza el mango de su lanza, girándola con destreza antes de lanzarse en un movimiento fulminante hacia el corazón de Cecilia.
Pero nunca llegó a tocarla.
En un parpadeo, no… mucho más rápido que eso, Cecilia desapareció. Un segundo después, ya estaba detrás de él. Los espectadores ni siquiera vieron el movimiento. Fue como si el tiempo mismo se hubiera roto.
La palma de Cecilia se posó suavemente en la espalda del guerrero.
En el mismo instante, un poder oscuro y antinatural se hundió en su cuerpo. El hombre soltó un alarido desgarrador, un sonido tan inhumano que reverberó por el túnel como un eco maldito. Su carne comenzó a marchitarse al instante, como si la vida estuviera siendo absorbida de su ser. Su piel se pegó a sus huesos, su carne se agrietó, volviéndose seca y cenicienta. Sus ojos se hundieron en su cráneo y su boca quedó congelada en una mueca de horror.
Cuando su cuerpo cayó al suelo, lo hizo con un sonido hueco. Los demás lo miraron con espanto. Parecía una flor marchita, un caparazón deshidratado al que le habían arrancado el alma misma.
Cecilia giró lentamente su rostro hacia sus amigos. Su expresión era inhumana. Su voz resonó con un eco ominoso, cada sílaba vibró en las paredes del túnel.
—Agáchense…
Ni bien escucharon la orden, sus cuerpos reaccionaron antes que sus mentes. Se lanzaron al suelo tan rápido como sus piernas se lo permitieron. Y entonces, en el centro del pasillo, Cecilia alzó ambos brazos.
Sus manos se abrieron, apuntando a cada extremo del túnel. Una presión asfixiante se apoderó del lugar. El aire pareció tensarse. Los guerreros sintieron un escalofrío recorrerles la espalda.
Algo iba a suceder. Y cuando su voz estalló en un rugido, lo supieron con certeza.
—?Re… retirada!
Pero la orden llegó demasiado tarde.
El aura blanca recorrió los dedos de Cecilia, deslizándose como una corriente viva e indomable. Un instante después, un poder antiguo y desconocido se extendió por los pasillos, como una ola de muerte silenciosa.
No hubo gritos, no hubo resistencia. Solo un susurro maldito que recorrió los túneles y se llevó consigo todas las vidas que tocó.
Uno a uno, los miembros del culto cayeron sin siquiera comprender lo que los había golpeado. Sus cuerpos se marchitaron en segundos, transformándose en cadáveres secos y quebradizos. Un jardín grotesco de carne muerta se extendió a lo largo del pasillo.
Astrid contuvo la respiración, su rostro pálido reflejó el horror.
Las sombras se alargaban sobre los cuerpos sin vida, todos con las mismas marcas que el primer guerrero caído. No era solo una matanza… era una erradicación absoluta. Y en el centro de aquel paisaje macabro, Cecilia giró lentamente su mirada blanquecina hacia sus compa?eros.
Su voz, fría y etérea, resonó con una gravedad inhumana:
—Sigan avanzando…
Con esas últimas palabras, el aura ominosa la abandonó. Sus piernas cedieron y su cuerpo cayó al suelo sin resistencia.
—?Ceci! —Nhun corrió hacia ella con el corazón latiéndole en la garganta.
Se arrodilló a su lado y, con dedos temblorosos, colocó de nuevo las pulseras en sus mu?ecas, asegurándose de que no hubiera da?o visible.
—?Ceci! ?Despierta! —sacudió a su amiga con desesperación buscando alguna respuesta.
Los segundos se sintieron eternos… hasta que, finalmente, un leve murmullo emergió de los labios de Cecilia.
—?Qué… qué pasó? —preguntó con voz somnolienta, como si despertara de un sue?o profundo —?Dónde estamos…?
Nhun exhaló con alivio, pero antes de responder, Elizabeth se acercó con el ce?o fruncido.
—?No recuerdas nada?
Cecilia parpadeó, con su mente aún nublada.
—No… ?Por qué me miran así? ?Qué sucede? —De repente, su expresión cambió. Un pensamiento cruzó su mente como un rayo —?Es cierto! ?Rápido, tenemos que ayudar a Cáliban!
Intentó incorporarse de inmediato, pero al mover su pie, algo la detuvo. Su piel se erizó al sentirlo. Miró hacia abajo y vio el cadáver seco y marchito de uno de los cultistas. Un escalofrío la recorrió de pies a cabeza. Su aliento se cortó, su mirada se alzó lentamente, abarcando la escena a su alrededor.
Había decenas de cuerpos regados por el suelo. Todos marchitos, todos sin vida. Las mismas marcas de muerte estaban en cada uno de ellos. Su cuerpo comenzó a temblar. Su mente y corazón fueron invadidos por un terror indescriptible.
Su dedo tembloroso se?aló el horror ante ella.
—Esto… —su voz salió en un hilo quebrado —Esto… ?Lo hice yo…?
Antes de que el pánico la consumiera por completo, una mano firme la sujetó. Era Reinhard.
—Cecilia, no tenemos tiempo para esto. —Su tono era severo, pero en su mirada había comprensión —Tenemos que ayudar al líder. ?No es eso lo que quieres…?
Ella tragó saliva, sintiendo que su cuerpo apenas le respondía, pero asintió, vacilante. Sin más, el grupo tomó acción y avanzó a toda prisa. Dimerian y Reinhard corrieron a la retaguardia, asegurando que nadie quedara atrás.
Mientras corrían, Dimerian susurró en la penumbra del túnel:
—?No tienes curiosidad por lo que pasó…?
Reinhard no respondió de inmediato.
—Sí… —susurró finalmente —Pero ahora no tenemos tiempo para indagar respuestas. Tal vez el líder sepa algo… o quizás esto tenga que ver con su maldición… —Su mirada se endureció —Sea lo que sea, tenemos que avanzar...
El túnel seguía extendiéndose ante ellos, oscuro e incierto. La batalla aún no había terminado. En su mente, Reinhard tenía miedo de que Cecilia ya no fuera la misma y quizá… nunca pueda volver a serlo.
Al mismo tiempo. El silencio de la caverna fue destrozado por un destello azul…
Una figura veloz danzaba en la penumbra, esquivando con la gracia de una bailarina flotando entre los reflejos del maná. Sus movimientos eran ágiles, imposibles de predecir.
Pero su oponente no era cualquier rival.
?BOOM!
Un centenar de proyectiles estallaron contra las paredes de la cueva, haciendo rugir la roca con cada explosión. Desde el centro de aquella tormenta mágica, Adelina avanzaba con furia desatada.
—??Lo único que puedes hacer es correr?!
Sus ojos ardían con impaciencia. Su presa la esquivaba con destreza, deslizándose entre las sombras como un espectro. Adelina apretó los dientes.
—Bien… si vas a esconderte en las sombras… entonces hagamos que desaparezcan primero.
Se elevó en el aire, desplegando sus alas con majestuosidad.
Alzó su mano por encima de su cabeza y un fulgor blanco brotó de sus dedos, ardiendo como el núcleo de un sol en miniatura. Los antiguos cánticos feéricos resonaron en el aire, su lengua ancestral invocó una magia de luz pura. Un orbe brillante nació entre sus manos, expandiéndose hasta iluminar cada rincón de la cripta con un resplandor cegador.
La sacerdotisa gritó.
El intenso brillo laceró su visión, forzándola a retroceder. A ciegas, saltó hacia atrás mientras lanzaba proyectiles mágicos al azar, intentando ganar distancia.
Pero Adelina era demasiado rápida.
En un parpadeo, apareció detrás de su adversaria. Un látigo de maná puro se materializó en su mano, enrollándose con fuerza alrededor de los brazos de la sacerdotisa.
—Muy bien, ahora… tengamos una linda charl-
Antes de que pudiera terminar su frase, el suelo explotó bajo sus pies. Una columna de humo y escombros envolvió a Adelina. Emergió de la nube de polvo bloqueando proyectiles con un escudo mágico, con sus ojos brillando con una intensidad asesina.
Pero no tuvo ni un segundo para reaccionar, tres nuevas siluetas la rodearon, tres nuevas presencias llenas de poder. Adelina chasqueó la lengua, frunciendo el ce?o. Las recién llegadas no le dieron tiempo para descansar. Cada una lanzó un hechizo distinto. Fuego, viento, relámpagos. Adelina entrecerró los ojos mientras esquivaba con precisión milimétrica cada intendo de quitarle la vida.
?Más magia de espejismo…?
Pero algo no cuadraba. En medio de la lluvia de ataques, analizó sus movimientos y eran perfectos. Cada hechizo encajaba con el siguiente en una sinfonía de destrucción perfectamente orquestada.
Sus ataques no eran simples ilusiones.
?Las copias no deberían ser capaces de usar magia. Esto es más que un espejismo…?
Adelina entrecerró los ojos. ?Eran clones? ?Cuatrillizas? ?Creaciones mágicas con conciencia propia? La respuesta no era clara y no tenía tiempo para averiguarlo en aquella caverna entera que se sacudía con el rugido de los hechizos.
Adelina esquivaba, desviaba, bloqueaba y redirigía cada proyectil con una velocidad sobrehumana, pero la presión era abrumadora. Las ráfagas de magia llenaban la cripta, rebotando contra las paredes y sacudiendo la piedra con su fuerza.
Fue en ese momento cuando recordó unas palabras de su nuevo jefe:
"Las alas de las hadas funcionan como un núcleo provisional de energía…”
Las palabras de Cáliban resonaron en su mente. Si las alas acumulaban energía… entonces tenía que encontrar la manera de usarla a su favor.
?Debo terminar con esto rápido y ayudar a la hermana Montgard…? —pensó la sacerdotisa.
Sus ojos destellaron con determinación. Las hechiceras también lo notaron, llegando a un plan sin necesidad de comunicarse.
—?Gravitatis!
Una de ellas alzó su mano y el aire pareció colapsar a su alrededor.
La gravedad aumentó de golpe. Las alas de Adelina dejaron de responder, su cuerpo se precipitó al suelo con un impacto seco. Sintió sus huesos crujir bajo la presión, luchando con todas sus fuerzas por levantarse.
—?Obice!
Otra de las figuras conjuró una barrera cristalina que la encerró completamente dentro de una cúpula mágica. La sacerdotisa la observó desde afuera con una sonrisa fría.
—?Ignis!
Con ese hechizo, la temperatura en el interior de la cúpula se disparó al instante. Llamas voraces llenaron el espacio, envolviendo a Adelina en un fuego abrasador que devoraba su piel. El dolor era insoportable, su carne parecía arder hasta el hueso mientras intentaba resistir.
Pero no era suficiente. La última hechicera se adelantó con un tono frío y apático, su voz resonó como un eco cruel:
—Flammabiles…
Un gas venenoso se filtró dentro de la cúpula. El fuego y el gas reaccionaron al instante.
?BOOM!
Una explosión muda tragó la barrera y el suelo bajo ella, generando un cráter humeante. La sacerdotisa observó las brasas y el humo negro con tranquilidad. No quedaba nada. Se dio media vuelta, convencida de su victoria.
—Montgard necesita refuerzos. —murmuró para sí misma, avanzando hacia la puerta que la llevaría al pasillo principal.
Pero justo cuando iba a cruzar el umbral, se detuvo en seco. Un dolor agudo atravesó su pecho. Su respiración se cortó por un segundo. Buscó con la mirada la fuente del dolor… pero su cuerpo estaba intacto.
Por supuesto, el dolor no era suyo.
—Así que era magia de clonación, ?Eh? ?Qué interesante!
La voz de Adelina emergió de entre las sombras. La sacerdotisa giró bruscamente su rostro, palideciendo. Una de sus aliadas estaba empalada. Una flecha mágica perforaba su vientre, destilando una energía resplandeciente. La mujer soltó un jadeo ahogado antes de desplomarse.
—?Imposible! ?Deberías estar muerta!
Pero Adelina solo sonrió. Desde las tinieblas, sus alas brillaban con un resplandor tembloroso… absorbieron la energía de la explosión misma.
Adelina extendió sus alas.
Brillaban con una intensidad cegadora, más fuertes y majestuosas que nunca. Con un simple aleteo, el humo se dispersó a su alrededor, revelando su cuerpo intacto. No había rastros de quemaduras ni heridas. No tenía ni un solo rasgu?o.
Los ojos de la sacerdotisa se abrieron con incredulidad.
—No… no puede ser…
Adelina inclinó la cabeza con curiosidad y miró el cuerpo inerte de una de las copias. Luego, sus ojos se posaron en la sacerdotisa original.
Algo no encajaba.
Las demás copias parecían ilesas… salvo la mujer en el centro, cuyo rostro reflejaba un leve dolor, como si compartiera el destino de la copia caída. Adelina sonrió con diversión.
—Oh… ya veo. —Sus alas se agitaron con elegancia mientras daba un paso hacia adelanten—No solo compartes tu nivel de magia… también el dolor y las reacciones de tus copias.
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La sacerdotisa se tensó. Adelina continuó, con su tono impregnado de curiosidad genuina:
—No pensé que me cruzaría con una habilidad innata tan rara.
Pero la sacerdotisa no le daría tiempo para analizar más. Con un grito de furia, se lanzó al ataque. Su velocidad era brutal y su intención letal, esta vez, no cometería errores.
Pero ya no quedaba rastro de debilidad en Adelina. En un simple suspiro, desapareció. Cuando la sacerdotisa la volvió a ver, ya estaba frente a ella.
A solo centímetros de su rostro. Sus ojos grises, iluminados con un resplandor azul, se clavaron en los suyos, sonriendo con frialdad.
—Serás mi saco de entrenamiento por un momento…
Antes de que pudiera reaccionar, el pu?o de Adelina se hundió en su vientre. El impacto dobló el cuerpo de la sacerdotisa en dos, obligándola a escupir sangre en un jadeo ahogado.
Las copias intentaron responder.
Pero Adelina simplemente agitó su mano. Una onda invisible las lanzó con violencia contra las paredes de piedra. Sin oportunidad de contraataque. Adelina avanzó con calma, con un aire de glamour y satisfacción.
—Debo agradecerte… gracias a ti, entendí una duda que ha rondado en mi mente desde hace algunos días.
La sacerdotisa se tambaleó, aún sintiendo el eco del golpe en su interior. Pero algo le hizo estremecerse. El flujo de maná de Adelina… era más fuerte. Más denso, más estable.
Eso no tenía sentido.
Después de haber recibido tanto da?o, su poder debería haber disminuido, pero en lugar de eso… se había vuelto más eficiente. Su instinto le gritó que percibiera el maná de su enemiga.
Lo hizo… y lo que vio la dejó sin aliento. Su voz salió como un murmullo tembloroso:
—Una barrera… imposible…
Adelina dio una palmada leve y sonrió con suficiencia.
—?Oh! Te diste cuenta. —Levantó una mano, observando sus dedos con interés —Sí… creé una peque?a barrera sobre mi cuerpo. Es menos detectable y mucho más eficiente. —Su sonrisa se ensanchó —Uno de los nuevos dones que obtuve…
Con una sencilla acción, chasqueó los dedos, esperando ver el resultado.
El aire de la cripta se partió en dos. Un torbellino de magia envolvió la sala en un rugido ensordecedor. Una espiral de viento afilado descendió como una bestia hambrienta, atrapando a la sacerdotisa y sus copias en su interior.
Las paredes de la caverna temblaron, pero el hechizo estaba controlado con precisión maestra. No había riesgo de derrumbe, pero dentro del remolino… todo era diferente. Cada ráfaga de viento era como una cuchilla diminuta, cortando la piel de la sacerdotisa y sus copias una y otra vez.
El dolor era insoportable. Su cuerpo se desgarraba lentamente. El flujo de sangre danzaba en la tormenta mágica como una pintura macabra. Adelina observaba el espectáculo con fascinación hasta que finalmente, todo se detuvo.
El remolino se disipó… y los cuerpos cayeron al suelo. Las copias desaparecieron como sombras disipadas. Solo quedaba la original, tendida en el suelo. Inmóvil, herida y vulnerable.
Adelina se acercó con paso elegante, su aura opresiva llenó la cripta. El poder fluía por su cuerpo de una manera que jamás había experimentado.
—Ya veo… —susurró para sí misma.
Su núcleo externo estaba completamente estabilizado. Su control mágico se había expandido aún más. Ya no tenía que recitar hechizos, ya no tenía que dividir su concentración. Podía usar magia de séptimo nivel con un simple movimiento.
?Esto… no es… posible?
La sacerdotisa, tumbada en el suelo, no podía moverse. Su cuerpo estaba paralizado por el dolor extremo. Podía sentirlo en cada fibra de su ser. El mismo tormento que sintieron sus copias… también lo estaba experimentando ella. Adelina inclinó la cabeza, con los ojos iluminados por una satisfacción oscura.
—Dime…
Se detuvo frente a su víctima. Su sombra la cubrió por completo, y sus alas resplandecían como cuchillas afiladas. Entonces, su tono se volvió frío y letal.
—?Qué es lo que planean tú y el culto?
Desde el suelo, la sacerdotisa supo de inmediato que no había victoria para ella. La batalla estaba perdida. No quedaba más opción que aceptar su derrota y con ella… su muerte. Una sonrisa pícara se dibujó en su rostro ensangrentado mientras alzaba la mirada por última vez hacia Adelina.
—?Crees que pueden detenerlo…? —susurró con burla —Qué ilusa… solo están perdiendo el tiempo.
Adelina frunció el ce?o, sin apartar la vista de la moribunda mujer.
—?De qué demonios estás hablando?
Pero la sacerdotisa no había terminado. Sus ojos enloquecidos brillaron con fervor fanático.
—La Gran Madre traerá a sus huestes… —una risa casi histérica sacudió su cuerpo —Y cuando lo haga… el mundo entero se sumirá en caos.
Adelina endureció su expresión. Esa mujer estaba más allá de la cordura.
—?Larga vida a la Madre de la Mirada Triste! ?Larga vida a la Madre de Madres! ?La Se?ora de las Se?oras! ?La Reina de las Reinas!
Y entonces, rasgó su propia camisa con desdén.
Adelina sintió un escalofrío.
La piel de la sacerdotisa estaba marcada con runas grabadas a fuego, talladas en su carne con magia oscura. Solo podían significar una cosa, un sacrificio.
—?Tú! ?Maldita lunática!
Adelina alzó su brazo con rapidez. Pero fue demasiado tarde. Una explosión descomunal sacudió los cimientos de la cripta, haciéndola temblar como si la tierra misma rugiera de dolor. Adelina reaccionó en el último instante, extendiendo una barrera justo a tiempo para contener el impacto, pero aún así llegó a recibir da?o de la explosion.
Cuando el humo se disipó, no quedaba rastro de la sacerdotisa. Ni un cuerpo, ni alma, nada. Adelina chistó con fastidio, observando las cenizas que se esparcían a su alrededor. Toda información valiosa se había ido con ella.
—Malditos fanáticos… —susurró en aquel frío y oscuro lugar.
Se giró sobre sus talones y se dirigió hacia la salida. Aún había una batalla por ganar y tenía que apoyar a su jefe.
El combate de Lord Xander estaba a punto de alcanzar su clímax. Berenice se movía con una precisión mortal, esquivando cada tajo de la espada de su adversario. Pero cada golpe que evadía, la obligaba a retroceder más y más. Veneno y acero chisporroteaban con cada impacto, pintando la sala con destellos fríos y cálidos a cada momento. Berenice apretó los dientes.
???Qué demonios es esta técnica?! ?No puedo contrarrestarla en absoluto!?
Cada paso que daba la acercaba al filo de la muerte. Sabía que si seguía así, en algún momento de la batalla… Lord Xander tomaría su cabeza sin esfuerzo.
El guerrero avanzó con calma, su mirada helada como una hoja de invierno se posó sobre su antigua amiga.
—Muy bien… terminemos con esto.
Su voz era una sentencia de muerte. Berenice sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Lord Xander levantó su espada. El siguiente golpe lo daría con toda su fuerza en un solo movimiento, definitivo y letal.
Pero cuando la hoja estaba a punto de partirle la cabeza en dos… su forma cambió. Berenice se transformó en Lidia. Imitó su rostro angelical, su expresión quebrada por el dolor, sus ojos llenos de lágrimas falsas hicieron estremecer a Xander.
—?Querido…? —susurró con voz temblorosa —?Por qué me haces da?o…?
Los ojos de Lord Xander se abrieron con horror. En el último instante, retiró su espada. Ese segundo de duda fue todo lo que Berenice necesitaba. Con una flexibilidad maestra, propinó una potente patada en su vientre.
El impacto hizo que Xander retrocediera varios metros. No le daría tiempo para recuperarse, Berenice se lanzó al ataque. Su espada se elevó, su objetivo era su cabeza.
—?Ja! ?Eres tan fácil de enga?ar! —se burló, con una sonrisa retorcida y asesina.
El filo de su espada brilló con la luz tenue de la cripta, reflejando la locura que ardía en su mirada.
—?Tan loco te tiene mi hermanita?! ?Dime, Xander, tan buena es calentando tu cama como para que te encapriches de ese modo?!
Su risa era aguda, venenosa, una burla desesperada que ocultaba algo más profundo. Pero Xander no reaccionó. Solo la miró con una calma inquebrantable, su expresión era pétrea como una lápida.
—Maldita sabandija rastrera… —susurró, sosteniendo su espada con firmeza —?Tus trucos no funcionarán conmigo otra vez!
El choque resonó en la cripta. El enfrentamiento fue una tormenta de acero y destreza. Berenice atacaba con furia, cada tajo estaba cargado de resentimiento y odio. Xander bloqueaba con precisión, cada golpe desarmaba la rabia de su oponente poco a poco.
Pero con cada espadazo, con cada tajo que cortaba el aire, su ira se disipaba. Porque esta no era solo una batalla, era una ejecución.
Durante toda su vida, Berenice había sido su más grande amiga. Le confió sus promesas. Le confió sus secretos. Le confió su familia, su distrito, sus activos.
Y nunca vio el monstruo que crecía en su interior. No lo vio… hasta que fue demasiado tarde. Berenice se merecía el peor de los destinos, pero al ver en lo que se había convertido… no pudo evitar sentir culpa.
Por un instante, una fracción de segundo, su determinación vaciló. Y Berenice lo notó. Aprovechó su oportunidad, con un grito de furia, bajó su guardia de manera deliberada, lanzándose al ataque con imprudencia…
Pero Xander ya no caía en sus juegos. Con un brutal contraataque, la estrelló contra el suelo con un golpe devastador.
La cripta tembló con el impacto.
Berenice sintió el mundo girar, su cuerpo, entumecido por el dolor, ya no le respondía. Intentó levantarse, pero Xander ya estaba sobre ella. El filo de su espada apuntaba directamente a su rostro.
La sacerdotisa tembló, impotente. No por miedo, sino por lo que vio en los ojos de Xander. No era odio, no era amor, ni siquiera la severidad que siempre lo caracterizó cuando alzaba su espada contra sus enemigos.
Era lástima.
Una profunda y desgarradora lástima por aquella que una vez llamó amiga. Berenice sintió su pecho encogerse. Odiaba esa mirada, con cada fibra de su ser. Sus manos se cerraron con rabia, sus dientes se apretaron con desprecio.
—No te atrevas…
Su cuerpo tembló de furia. Ese rostro, esa misma mirada. La había visto antes… en su hermana menor, Lidia. Aún cuando la torturó mentalmente, aún cuando le contó todo lo que había sufrido, aún cuando le explicó sus razones para odiar. Lo único que obtuvo de ella fue… lástima.
Las palabras de su hermana le quemaban la memoria como un hierro al rojo vivo.
?"Hermana… entiendo tu dolor, entiendo tus preocupaciones y tus causas… pero… el cómo reaccionamos a nuestro dolor es decisión nuestra. Y tú tomaste una decisión muy estúpida. Tu traición me duele en el alma… pero lo que me duele más es saber que no hay nada que pueda hacer para salvarte…"?
Berenice rechazó aquellas palabras con todo su ser. No las quería recordar, no quería sentir. Pero la imagen de Lidia, con lágrimas en los ojos, no desaparecía de su mente.
La consumía, la enfermaba, le retorcía el estómago en un profundo asco y ahora, Xander la miraba de la misma manera. Como una ni?a perdida, como alguien que ya no podía salvarse.
La ira explotó dentro de ella como un volcán en erupción.
—Ustedes dos… ?Dejen de mirarme así!
Su rugido de furia sacudió las paredes, su maná hirvió como un mar desatado. El poder de Berenice se elevó al máximo. El aire vibró con su energía destructiva, ondas de maná brotaron de su cuerpo con cada respiración agitada.
—?Estoy harta de ustedes dos! ?Desaparezcan de mi vista! —rugió Berenice, retumbando en la cripta mientras su magia se desataba en un torbellino de energía venenosa.
El maná se arremolinaba a su alrededor como una tormenta descontrolada. Su transformación estaba completa. Las ropas de Berenice se deformaron, convirtiéndose en una armadura de veneno puro. De ella goteaban líquidos violetas luminiscentes, chorreando sobre el suelo como ácido.
Su espada creció descomunalmente, su filo vibró con un brillo espectral. Pero no era la magia la que la sostenía.
Era su odio. Un odio que le daba fuerzas más allá de sus límites humanos.
—?Terminemos con esto de una vez por todas!
Y entonces, cargó contra Xander. No hubo respiro, no hubo táctica, no hubo estrategia. Berenice desató un aluvión de ataques sin descanso, su espada cayó sobre Xander con la fuerza de una tormenta.
Cada impacto estremecía la caverna, cada tajo era puro resentimiento convertido en filo. Berenice sacrificó todo su maná restante para aumentar su velocidad, reflejos y fuerza bruta hasta niveles inhumanos.
Porque sabía, que si no podía vencer la técnica de Xander, entonces la rompería con poder absoluto. Los golpes cayeron sobre Xander sin piedad. Cada corte dejaba una marca ardiente en su piel, cada estocada le hacía retroceder un paso más. Su sangre goteaba sobre el suelo, pero Xander no cedía.
Berenice gritaba con cada golpe, temblando de emoción desbordada.
—?Te niego tu victoria! ?Te niego a ti y a mi hermana! ?Te niego tu control sobre mí! ?Niego todo lo que representas y todo lo que me has hecho! ?Niego el dolor, la debilidad y los pesares sentimentales! ?Lo niego todo!
Su último rugido sacudió la cripta.
—?Nadie, ni nada, volverá a encadenarme nunca más!
Xander levantó su espada, pero solo para esquivar, bloquear y desviar. No contraatacó. Berenice lo notó de inmediato y lo odió aún más por ello.
—??Por qué no atacas?! —rugió, con su rostro retorcido por la ira —?Defiéndete! ?Atácame, cobarde!
Pero Xander mantuvo su expresión inquebrantable. Aún cuando sentía sus dedos romperse por la fuerza de los impactos, aún cuando la sangre goteaba por su cuerpo, aún cuando su piel ardía por el veneno. Solo la miró con tristeza, era un duelo más profundo que el acero.
?Berenice…? —Las palabras se formaron en su mente mientras esquivaba los golpes que amenazaban con partirlo en dos ??Qué fue lo que te sucedió? ?Qué te hizo pensar que todo esto era una buena idea??
Xander susurró, casi en un murmullo.
—?Por qué no me lo dijiste?
El eco de la batalla no impidió que Berenice lo escuchara con claridad. Su corazón se detuvo por un instante. En esa voz… no había odio, ni furia, ni desprecio, solo… dolor.
—Yo estaba ahí para ti… —El sonido de su espada chocando con la de Berenice se volvió un eco lejano —Debiste haberme dicho. —Xander esquivó otro tajo, sin cambiar su tono —Te habría ayudado con todo mi ser. Podría…
Antes de que pudiera terminar su frase, un rugido de furia explotó de la garganta de Berenice. Levantó su espada y la bajó con toda su fuerza, pero Xander no contraatacó.
Solo la esquivó.
Berenice temblaba. Ella pasó noches enteras preguntándose qué habría pasado si aquel día hubiera hablado con Xander. Si hubiera aceptado su oferta, si hubiera extendido la mano y pedido ayuda.
Pero ese camino ya no existía. Había pasado a?os entregándose al placer y al poder para olvidar, se sumergió en la corrupción para borrar su pasado. Pero ahora… todo lo que había tratado de olvidar había vuelto, como fantasmas que la atormentaban.
Xander bajó la espada y dejó que los golpes lo alcanzaran. El veneno ardió en su piel, las heridas abrieron su carne, pero en sus ojos no había odio, no había miedo. Solo había la certeza de que Berenice ya no era la persona que alguna vez conoció.
La inocente con la que entrenaba en su juventud… se había ido para siempre…
Berenice rugió con todo el odio en su alma. Su pu?o se cerró con violencia y golpeó el rostro de Xander con una fuerza descomunal. El cuerpo del guerrero salió disparado, atravesando el aire como un proyectil antes de estrellarse contra la pared de la cripta.
El impacto sacudió todo el lugar. Un cráter masivo se expandió por la roca con el golpe, escombros llovieron a su alrededor. Pero Xander no reaccionó, no contraatacó a pesar de haber visto su ataque.
Solo se quedó ahí, entre los escombros, con la mirada perdida. Berenice temblaba de rabia.
—??Por qué?! —gritó, con su voz al borde del quiebre —?Defiéndete! ?Alza tu espada! ?Lucha con tu vida!
Su furia era absoluta, pero Xander solo la miró. Su expresión no mostraba dolor, no mostraba resistencia. Solo mostraba pena. Su respuesta fue apenas un susurro, cargado de tristeza.
—No lo sé… —Sus manos ensangrentadas se aflojaron en la empu?adura de su espada —Mi odio hacia ti se enfrió…
Berenice contuvo la respiración.
—…por la pena y la lástima de ver a aquella con la que compartí tanto… —luchó para que su voz no temblara —…convertida en el ahogo de su propio dolor.
El silencio se hizo eterno. Xander se incorporó lentamente, apartando los escombros de su cuerpo. Cada herida que ardía en su piel, cada corte que marcaba su carne era su propio castigo.
Un martirio merecido. Por haber abandonado a aquellos que amaba, por haber traicionado las expectativas de aquellos a quienes juró proteger, por haber fallado. Y ahora… era el momento de terminarlo.
Xander levantó su espada. El resplandor rojizo de su arma desapareció y fue reemplazado por una luz ominosa.
Una neblina carmesí danzaba en su filo, vibrando con un poder que parecía devorar la luz misma. Berenice se estremeció, por primera vez en la batalla… sintió miedo.
—Esto es… —Su respiración se agitó.
??Esto es peligroso!?
Quiso retroceder, quiso mantener la distancia, pero ya no importaba. No había palabras de odio, no había resentimiento. Xander había dejado todo eso atrás, y ahora, solo quedaba el guerrero, solo quedaba su deber.
Su agarre en la espada se volvió firme. Apretó la empu?adura con ambas manos y en lo más profundo de su alma, se despidió de su vieja amiga.
?No sé lo que te ha pasado… pero lamento no haber estado ahí para ti. Vieja amiga…?
Xander susurró. Su voz era como un lamento, un eco de lo que alguna vez fue.
—Es tiempo de despedirnos.
Berenice se preparó. Pero Xander movió los labios… y en su susurro, se selló su destino.
—Danza del Caos… —El tiempo pareció detenerse —Segundo movimiento, Crepúsculo Eter-
Berenice sabía que no podría esquivar a tiempo, no tenía opción. Conjuró su defensa más poderosa. Alzó las manos, invocando un escudo maldito con su último aliento de maná. Xander detuvo su ataque, sabiendo que no podía atravesarlo con facilidad, así que cambió de movimiento.
Un muro de sombras se levantó entre ella y Xander, un hechizo impenetrable, o eso pensó. Sonrió, segura de que había ganado. Pero Xander no se detuvo y… entonces, el filo cayó.
—Quinto movimiento…
La cripta entera se estremeció. La luz carmesí iluminó el túnel. Berenice vio el tajo carmesí avanzar hacia ella, sintió la fuerza imposible de ese corte.
—División.
Su escudo fue destrozado en un solo golpe. La luz se extinguió, el hechizo maldito fue borrado de la existencia. Berenice vio su derrota con sus propios ojos, el filo de Xander atravesó su defensa como si fuera papel.
El choque de la hoja con su carne nunca llegó, no sintió dolor, solo sintió una fría certeza.
Había perdido.
Berenice quiso gritar, quiso maldecir. Pero en el último instante… solo sintió tristeza. Su mente comenzó a divagar en aquel eterno momento.
??Qué hubiera sido de mí… si hubiera tomado otras decisiones??
Esa pregunta la carcomió por a?os, la atormentó en incontables noches. Pero ahora, ya no importaba. Su vida se extinguía como la llama de una vela.
Las visiones del pasado inundaron su mente como el eco de una vida que nunca podría ser recuperada. Recuerdos, sombras de lo que alguna vez fue y de lo que jamás volverá a ser.
Vivió como quiso, tomó lo que pudo de los demás, arruinó vidas enteras para preservar la suya, pero al final… nada de eso la salvó. Un último pensamiento cruzó su mente antes de que la oscuridad la consumiera por completo.
?Solo una palabra… si tan solo hubiera dicho una palabra aquella noche… tal vez… solo tal vez…?
Su visión se difuminó, y en sus últimos momentos, vio una imagen nítida. El joven Xander, sosteniendo una copa de vino. Brindando en el día de su boda, sonriendo… feliz…
Los recuerdos de la sala de entrenamiento, las risas compartidas, los momentos que forjaron su amistad la ahogaron por última vez. Lo único que pudo sentir fue nostalgia. Con su último aliento, su voz temblorosa se alzó en la oscuridad.
—Ah… Gran Madre… —su visión se oscureció y su cuerpo cayó lentamente —No podré ver tu glorioso imperio…
Y con esas palabras… la Sacerdotisa dejó de existir.
Murió sin pedir perdón, murió sin arrepentirse de sus acciones, pero lamentando lo que pudo haber sido.
Xander bajó su espada lentamente. La vibración carmesí que la envolvía se disipó en el aire. Con un suspiro pesado, la enfundó en su cinturón y alzó la mirada hacia el cuerpo de la que una vez llamó amiga.
Su expresión era una mezcla de tristeza y resignación. Se arrodilló junto a los restos de Berenice, sintiendo el peso de su alma oprimir su pecho. Con manos firmes, arrancó las telas de las banderas que colgaban con el emblema de la Gran Madre.
Las desplegó con cuidado y cubrió el cuerpo de su vieja amiga. Un entierro improvisado, un último acto de respeto para el recuerdo de una joven inocente.
—Perdóname, Berenice… —dijo con un susurro lleno de tristeza. Xander cerró los ojos, tomando aire —Rezaré para que en tu siguiente vida… nazcas en una familia que te dé el amor que siempre mereciste.
Se levantó, tomando una antorcha de la pared… la arrojó sobre el cuerpo de Berenice. Las llamas crecieron rápidamente, envolviendo sus restos en un fuego purificador.
Xander no miró atrás.
No tenía sentido aferrarse a los fantasmas del pasado. Dio media vuelta, caminando hacia la salida de la cripta, las cenizas de Berenice se esparcieron lentamente por la fría habitación… perdiéndose como un recuerdo olvidado en la eternidad.

