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Capítulo 27: El Trono Manchado de Sangre y el Secreto del Rey

  La noche sobre Jericó se volvió pesada, como si el cielo mismo fuera de plomo. En la sala de estrategia, el aire era gélido y el único sonido era el crepitar de una antorcha que moría. Tibar, ajeno a la traición que se cocinaba en su propia copa, terminó de beber con un suspiro de alivio, limpiándose los labios con el dorso de la mano.

  —Deliciosa esta agua... —murmuró Tibar, sintiendo una frescura inusual que recorría su garganta—. Tenía mucha sed, el calor de la tarde fue extenuante.

  —Ya veo —respondió Hadram, observándolo con una calma gélida mientras él mismo sostenía su copa de vino con dedos firmes—. Hace bien, amigo. Después de tomar el vino, yo mismo tomaré un poco de agua para aclarar la mente.

  —Hace bien, príncipe. El juicio debe estar siempre limpio. Bueno, ?en dónde estábamos? —Tibar intentó se?alar el mapa de papiro sobre la mesa—. Aquí... en el flanco norte...

  De pronto, Tibar parpadeó con fuerza. El mapa comenzó a ondular ante sus ojos como si estuviera bajo el agua. Intentó apoyarse en la mesa, pero sus brazos se sentían como si fueran de trapo.

  —Tibar... ?estás bien? —preguntó Hadram, acercándose un paso, pero sin hacer ademán de ayudarlo.

  —Si... yo... estoy bien... —la voz de Tibar salió arrastrada, pastosa—. Solo fue un mareo repentino... pero pasará... siempre pasa...

  —?Seguro? —insistió Hadram con una voz que parecía venir de muy lejos—. Tibar, estás tambaleando. Tus piernas no te sostienen.

  —No... no está pasando eso... solo necesito... yo... yo... —Tibar intentó sujetarse del hombro de Hadram, pero sus dedos perdieron la fuerza.

  Sin poder luchar más contra la sustancia que corría por sus venas, el gran guerrero, el hombre que había sobrevivido a mil batallas, se desplomó pesadamente en el suelo de piedra. Su respiración se volvió lenta y profunda; estaba sumido en un sue?o del que no despertaría en horas. Hadram se quedó de pie frente al cuerpo, mirando a su aliado con una expresión que mezclaba la culpa con la necesidad.

  —Lo siento, Tibar —susurró Hadram en la soledad de la sala—. Pero mis planes no pueden fallar. Eres mi único amigo, pero debo destruir lo que está a punto de pasar. Espero que cuando despiertes... y veas el nuevo mundo que he construido, puedas perdonarme.

  Hadram salió de la sala de estrategia, dejando a Tibar en la penumbra. No fue a sus aposentos. Sus pasos, pesados y decididos, lo llevaron al Santuario Real, un lugar imponente donde las sombras de los dioses antiguos parecían observar cada movimiento de los mortales. El aroma a incienso viejo y mirra inundaba el lugar.

  Se arrodilló frente a las estatuas de Baal, Asera, Ishtar, Quemos y Dagon. Sus rostros de piedra eran severos, iluminados apenas por braseros de bronce.

  —Dioses... por favor, les pido que me perdonen por lo que pretendo hacer —oró Hadram con la cabeza gacha, apretando los pu?os—. Se los ruego, no me dejen cargar solo con esta culpa. Pero saben que si no lo hago, alguien morirá... y no puedo permitir que sea ella.

  Como se?al de su compromiso, Hadram comenzó a colocar una ofrenda sobre el altar: un banquete especial de frutas exóticas, pasteles ba?ados en miel, carnes rojas y jarras de vino de la mejor reserva.

  —Como forma de agradecerles por la fuerza que me dan, les entrego este sacrificio —dijo Hadram con voz ronca—. No se preocupen, este es solo el inicio. Les daré más de lo que imaginan una vez que la corona esté sobre mi cabeza. Con su permiso...

  Hadram se levantó, su sombra proyectándose gigante contra las paredes del santuario, y caminó hacia los aposentos de su padre. El momento final había llegado.

  Mientras tanto, en los aposentos reales, el Rey Zekeriel se sentía el hombre más viejo del mundo. Con manos temblorosas, comenzó a quitarse la pesada corona de oro y sus anillos. Se detuvo al llegar a una joya única, un anillo de oro con una flor grabada que guardaba en su dedo anular desde hacía décadas. Era el anillo de su boda con Amaht, su primera esposa.

  


  El vértigo de los recuerdos del Rey: El templo estaba lleno de nobles y el aroma de los pétalos de rosa inundaba el aire. Zekeriel, joven y gallardo, miraba con devoción a la mujer frente a él.

  —Ante nuestros dioses, ?aceptáis a vuestro esposo, el Rey? —preguntó el sumo sacerdote.

  —Acepto —respondió Amaht con una voz clara y dulce que resonó en las columnas—. Prometo serte leal, ser sabia en los momentos complicados y amarte ante la vista de nuestros dioses.

  Ella deslizó el anillo en el dedo de Zekeriel con una sonrisa que iluminó todo el reino. Zekeriel, emocionado, tomó su mano.

  —Acepto —dijo él—. Te respetaré y seré leal ante ti y nuestros dioses por el resto de mis días.

  él le entregó a ella un anillo de oro con una flor en medio, el sello de su pacto. El beso que siguió fue cargado de una pureza que Zekeriel nunca volvió a sentir.

  —Cuánto te extra?o, mi querida Amaht... —susurró el Rey en la penumbra, una lágrima solitaria rodando por su mejilla.

  —?Puedo pasar? —la voz de Hadram, fría y cortante, rompió el hechizo del recuerdo.

  En los aposentos de la princesa, Lizarel no encontraba paz. Estaba acostada, pero su cuerpo estaba rígido. Un presentimiento oscuro, un frío que no venía del viento, le recorría la espalda.

  —?Por qué siento esta inquietud? —se preguntó Lizarel, levantándose de la cama—. Hadram no ha venido... algo está mal. Debo buscarlo.

  Se puso sus sandalias y salió al corredor. El palacio estaba inusualmente silencioso, las antorchas chisporroteaban como si tuvieran miedo. Su corazón latía con angustia mientras caminaba hacia el ala real. De pronto, escuchó voces familiares. Se acercó a la puerta de los aposentos del Rey y, al verla entreabierta, se pegó a la pared, observando la escena con el aliento contenido.

  Dentro de la habitación, la tensión era insoportable. Hadram miraba a su padre con un odio que llevaba a?os cocinándose.

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  —Hijo mío, ?qué pasa? —preguntó Zekeriel, tratando de recobrar su postura de rey.

  —Podemos hablar, padre —dijo Hadram, dando vueltas alrededor de él—. Digamos que quiero saber bien la verdad.

  —?De qué verdad hablas?

  —De mi madre —soltó Hadram con una fuerza que hizo que Zekeriel retrocediera—. Tú siempre me has dicho que murió dormida, que fue algo natural.

  —Y así fue, hijo. Tu madre murió de forma natural, esas cosas pasan en la vida.

  —?A Mí NO ME MIENTAS! —el grito de Hadram hizo que Lizarel se estremeciera en su escondite—. ?Ya sé la verdad! ?Sé que tú mandaste a matarla! ?Crees que nunca lo supe?

  Zekeriel palideció, pero intentó mantener el control. —No sé qué estás diciendo. Yo nunca hice eso.

  —?NO MIENTAS! —repitió Hadram—. Lo sé todo. Sé que tú ordenaste que mi madre fuera asesinada cuando yo era peque?o. Aún recuerdo los susurros de los guardias, recuerdo el miedo en el aire.

  —Hijo... —Zekeriel bajó la voz—. Ella y tu hermana dejaron de creer en nuestros dioses. Se volvieron rebeldes, peligrosas para el orden del reino. Pero yo nunca mandé a matarlas de esa forma...

  —?Mentira! —rugió Hadram—. ?Y mis hermanos? ?También "dejaron de creer"? Sé que mataste a mis hermanos mayores antes que a mi madre y mi hermana. ?Por qué lo hiciste?

  Zekeriel, acorralado por la verdad, suspiró y se enderezó con una frialdad brutal. —Lo hice porque es parte de la tradición. Cuando eras peque?o, decidí que fueras Tú el futuro Rey de Jericó. Tus hermanos mayores eran débiles, sensibles. Hadad tenía estrategias, sí, pero no tenía el fuego para gobernar. Nikkal era ágil y firme, pero no era como yo. Te elegí a ti porque eras idéntico a mí, y elegí a Lizarel para que fuera tu reina por su fuerza. Los maté porque eran piezas débiles en un tablero de guerra.

  —?Débiles? —Hadram se rió con amargura—. Eran tus hijos. Tu propia sangre. Despreciaste sus cualidades solo por tu ambición. Y a mi madre... decías amarla, pero la destruiste. Sabes cuántas veces la hiciste llorar. Ella venía a mi cuarto a desahogarse por tu culpa. Yo era un ni?o, no entendía qué pasaba, pero sentía su dolor. La abrazaba mientras ella lloraba por mis hermanos muertos por tu mano.

  


  El vértigo de los recuerdos de Hadram: Hadram, de siete a?os, jugaba con un peque?o caballo de madera cerca de los aposentos de su madre. Escuchó los sollozos.

  —?Por qué? ?Por qué cambió tanto? —lloraba Amaht, derrumbada en el suelo.

  —Mamá, no llores —decía la hermana de Hadram, abrazándola.

  —Tu padre es un asesino... mató a tus hermanos... ya no lo reconozco —decía la reina entre hipos de dolor.

  Hadram entró corriendo. —?Mami! No estés triste, eso me pone triste a mí también.

  Con sus manitas peque?as, el ni?o limpiaba las lágrimas del rostro de Amaht. El recuerdo cambió a una escena de violencia: Zekeriel entrando a la habitación, furioso.

  —?Aquí estás! —gritó el Rey—. ?Te dije que dejes de llorar! Eso te hace ver fea y débil ante el pueblo. Me arrepiento de haberme casado contigo.

  Zekeriel le dio una bofetada tan fuerte que Amaht cayó al suelo en silencio. El peque?o Hadram se escondió detrás de su hermana, temblando de pavor.

  —Tú fuiste el culpable —sentenció Hadram en el presente—. Mataste sus sentimientos mucho antes de que su cuerpo dejara de respirar. Y ahora dices que te arrepientes... qué oportuno.

  —Hijo, yo ya me arrepentí... —dijo Zekeriel, viendo cómo Hadram sacaba la navaja plateada.

  —Lizarel aún no sabe quién eres realmente —continuó Hadram—. Pero yo no voy a permitir que ella sea la siguiente víctima de tu "tradición". Te perdono por ser mi padre... pero no por ser un asesino. Lo siento.

  Lizarel vio, desde la rendija de la puerta, cómo Hadram se lanzaba sobre el Rey. Vio el brillo del acero y el líquido rojo manchar las vestiduras reales. Zekeriel cayó al suelo sin soltar un solo grito, dejando su corona rodar por el mármol. Lizarel, horrorizada, retrocedió. Sus manos temblaban, su respiración estaba acelerada. Aquel no era el Hadram que ella conocía. Aterrorizada por haber visto el asesinato del Rey, corrió de vuelta a sus aposentos, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies.

  Hadram se quedó mirando el cuerpo inerte de su padre. No sonrió. No hubo triunfo en sus ojos, solo una seriedad mortal.

  —Perdón, padre... pero ya había recibido amenazas —susurró—. Si Lizarel no se convertía en reina pronto, los nobles la matarían. Ahora yo soy el nuevo Rey. Prometo que irás con Moth, donde te recibirán con honor.

  Hadram recogió la corona, sus manos manchadas de sangre. Salió de la habitación y se dirigió a sus aposentos. Al entrar, encontró a Lizarel en la cama, fingiendo estar despierta, pero con el corazón a punto de salirse del pecho.

  —Amor... ?qué haces? ?Estás despierta? —preguntó Hadram.

  —Si... si... —mintió ella, tratando de que su voz no temblara—. Es que... fui a hacer mis necesidades, por eso me levanté.

  —Entiendo —dijo él, acercándose despacio. Lizarel vio sus manos rojas y retrocedió instintivamente—. Sabes que te amo, ?verdad?

  —?Por qué... por qué tus manos están así? —preguntó ella, fingiendo ignorancia.

  —Ah, esto... fui a tomar vino y había uvas, las estrujé con demasiada fuerza —mintió Hadram con una naturalidad aterradora—. No te preocupes. Muy pronto todo será mejor para ti, te lo aseguro.

  Hadram la besó. Lizarel sintió el sabor metálico en el aire y un miedo que nunca había sentido por ningún villano. En este reino, pensó, tienes que cuidarte la espalda incluso de quien duerme a tu lado.

  Hadram salió a resolver "asuntos" y se dirigió a los jardines, donde se lavó la sangre en la piscina real. Mientras tanto, Lizarel, decidida a no ser una víctima pasiva, llamó a una de las bailarinas del palacio.

  —Toma esto —le dijo Lizarel, entregándole una bolsa pesada—. Son 50 monedas de oro. Quiero que vayas a la piscina y distraigas a Hadram con tus servicios. Que no se mueva de allí.

  —?Por qué, princesa? —preguntó la chica.

  —?Solo hazlo! O buscaré a Leora para que lo haga.

  La chica asintió y se fue. Lizarel necesitaba que Hadram tuviera una coartada, pero también necesitaba tiempo para procesar lo que acababa de ver.

  Minutos después, el silencio de la noche se rompió con gritos. Dos soldados habían encontrado la puerta del Rey abierta. —?EL REY! ?EL REY ESTá MUERTO! —gritaba un soldado mientras corría hacia el jardín—. ?PRíNCIPE! ?PRíNCIPE!

  Hadram, que estaba en la piscina "divirtiéndose" con la bailarina como coartada, fingió molestia. —?Cómo osas interrumpir mi descanso? —preguntó con soberbia.

  —?Lo siento, príncipe, pero es urgente! ?Su padre ha sido asesinado en sus aposentos!

  —??QUé?! —Hadram salió de la piscina fingiendo una sorpresa magistral—. ?Vamos ya! ?Esto no puede ser!

  Frente al cuerpo del Rey, Hadram montó un espectáculo de dolor. Abrazaba el cadáver de su padre y gritaba al cielo. —?Papá! ??Cómo pudieron hacerte esto?! —se volvió hacia los guardias—. ?Maten a todos los soldados personales de mi padre! ?Alguno de ellos debe ser el asesino!

  —Pero príncipe, ellos son leales... —objetó un soldado.

  —?NO LO SON! ?Fingieron lealtad y lo mataron! ?Vayan ahora o yo mismo los mato!

  Al día siguiente, la sala del trono era un hervidero. Los nobles estaban aterrados y furiosos. La Segunda Esposa gritaba sin consuelo: —?No es posible! ?él no puede estar muerto!

  —Alguien entró y lo asesinó mientras yo estaba en la piscina —declaró Hadram con cinismo.

  —?Yo dudo de usted! —gritó un noble anciano—. Usted nunca piensa en el reino, solo en mujeres y vino. ?Tal vez usted es el impostor! O tal vez fue ella... —se?aló a Lizarel—. ?La princesa Lizarel siempre quiso el poder! ?Ella es una MALDICIóN para Jericó!

  Lizarel se mantuvo firme, con la mirada fría de una verdadera reina. —Se equivocan. Si yo fuera la asesina, habría huido. Estaba durmiendo y el príncipe lo sabe. Mis padres no enviaron a nadie; si yo fallara, ellos mismos me matarían. No me culpen por su falta de seguridad.

  Los nobles empezaron a murmurar insultos contra ella. Hadram, viendo la hostilidad, recordó un vértigo de memoria de una charla con Tibar:

  


  —Recuerde, príncipe —había dicho Tibar meses atrás—. Debe proteger a Lizarel. Si pasan 5 meses y ella no es coronada reina, los nobles y el pueblo la considerarán indigna y la asesinarán.

  Hadram miró a Lizarel, la mujer por la que había manchado sus manos de sangre real. Sabía que el tiempo se agotaba. —Lizarel... —susurró Hadram para sí mismo—. No te pasará nada. Ya sé qué hacer para que nadie vuelva a llamarte maldición.

  ?Qué hará Hadram para asegurar el trono y la vida de Lizarel?

  ?Podrá Lizarel vivir con el secreto de que su esposo es un parricida?

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