Tap, tap, tap.
Un hombre se acercó a Thot.
—?Qué pasa? —preguntó.
—Ya estamos listos para seguir —dijo el extra?o.
Tanto Thot como el hombre giraron la mirada hacia el río.
Thot suspiró.
—Nosotros al parecer lo estamos… ?pero ellos?
—?Qué deberíamos hacer? —preguntó el extra?o.
—?A mí me preguntas qué hacer? —respondió Thot, con cansancio—. En ningún momento me dijeron que sería el líder.
—Pues tomaste la iniciativa al gritarnos a todos en ese momento. Creo que, si pudiste mantener la calma en esa situación… es porque eres el único indicado para este trabajo.
Thot soltó un suspiro de resignación.
—Por los dioses… entonces yo tendré que lidiar con ella.
El sujeto le puso una mano en el hombro.
—Lo siento mucho, hombre, pero no tienes de otra.
Guardaron silencio.
Un momento después, el hombre retiró la mano.
Se rascó la cabeza y, al ver la negativa silenciosa de Thot, decidió ser honesto.
—Si te soy sincero… hasta yo tengo miedo. No sé qué debería decirle si me acerco. Ya sabes cómo es esto… hay demasiadas historias de gente que ofendió a esa clase de personas solo por algún comentario al azar…
—Bueno… tal vez ella en verdad no sea mala persona —respondió Thot—. Si no, no habría tomado la iniciativa de apoyarnos a todos. Podría haber tomado al ni?o y escapar. Incluso si quería matar a esos hombres, podría haberlo hecho sin preocuparse por nosotros.
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—Lo sé… pero eso no cambia mi opinión. Por eso debes encargarte tú.
Thot contempló el paisaje tranquilo frente a él. Algo de sus dudas pareció disiparse.
Respiró hondo y comenzó a caminar hacia el río, pisando las piedras y haciendo algo de ruido a propósito, aunque sin exagerar.
?Dioses… quien sea… denme valor?.
Al llegar al costado de la mujer, a unos dos metros de distancia, quiso hablar.
—…
Pero las palabras no salieron.
Había planeado iniciar la conversación de forma casual, pero al llegar, su mente quedó en blanco.
La mujer se movió ligeramente, sin apartar la vista del ancho río.
Estaba sentada en una zona cubierta de peque?as piedras, sin vegetación alguna hasta que, mucho más allá, el bosque retomaba su dominio.
—Siéntate —dijo ella, con una voz inexpresiva.
Thot no sabía qué esperar, pero aquella orden lo devolvió a sus sentidos. Obedeció.
Tomó valor porque no sabía qué otra cosa hacer… y porque una nota sutil en la voz de la mujer se había quebrado.
De algún modo, ese detalle le hizo sentir que frente a él había una mujer real, no una divinidad de los mitos.
—…
—…
—…
Los tres continuaron observando el paisaje. El río fluía en calma; algunos insectos se posaban sobre el agua antes de reanudar su danza errática.
Thot pensó y pensó, pero las ideas no llegaban.
Tras un rato, fijó la mirada en el ni?o sentado entre las piernas de Maribel. Creyó haber encontrado un punto de partida.
—?Cómo se llaman…? —preguntó, nervioso—. Ambos.
La mujer guardó silencio unos segundos.
—Me llamo Maribel.
Nada más.
Era evidente que no revelaría el nombre del ni?o.
—?Estás bien, Maribel?
Ella bajó la cabeza, pensativa, pero no respondió. El ni?o tampoco parecía dispuesto a hacerlo por ella.
Solo el murmullo del río llenaba el lugar.
—Entiendo —dijo Thot.
Un instante después, su corazón dio un vuelco.
La precaución regresó.
Había olvidado por un momento que ella era una cultivadora: seres que, según los mitos, podían hacer caer los cielos, elevar los mares y estremecer la tierra si así lo deseaban.
—O… o tal vez no entiendo —a?adió, nervioso—. Solo quería agradecerte por salvarnos antes.
Tic.
La piedra que Maribel sostenía se hizo a?icos.
Ella respiró hondo.
Los ojos de Thot se abrieron de par en par. Algo que jamás había oído en las historias estaba ocurriendo frente a él.
—Snif…
Una pesadez se asentó en su pecho. Incluso sin comprender por qué, la emoción brotó desde lo más profundo.
Inevitable. Incontrolable.
Thot comenzó a sollozar, liberando sentimientos que no sabía que llevaba dentro.
Aquello provocó otro llanto: el del ni?o.
Los tres lloraron durante un tiempo, aislados del resto del mundo, con el río y sus piedras como cómplices que ocultaban los sonidos.
Ninguno sabía qué más decir.
Así que simplemente lloraron, cada uno desde su lugar.

