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Travesía a un lugar seguro (III): Soltando un corazón.

  En la noche, Maribel salió a comer.

  Por muy mal que ella se sintiera, aún lo necesitaba, aunque fuera un poco y de vez en cuando.

  De día solía sacar la cabeza por la ventana para tomar aire; por las noches acompa?aba a la caravana en la cena. Escuchaba en silencio las conversaciones que tenían sus acompa?antes.

  Aprendió cosas interesantes de esas conversaciones.

  Anotaba en una lista improvisada significados y términos.

  Poco a poco comenzaba a tener un mejor contexto de las palabras de ese nuevo idioma; llegaría el día en que ella no requeriría del apoyo del sistema para comunicarse.

  Maribel miró la lista sin expresión.

  ?Solo el sistema sabe si se quedará cuando pueda hablar por mí misma?.

  La voz masculina respondió en su mente.

  Tenía un habla más humana.

  ?No tengo intenciones de abandonarte?.

  ??Cuántas veces dirás lo mismo? Siempre que te metes en mis pensamientos y me respondes… no sé si creerte?.

  ?Cada vez y sin falta? —la respuesta se repetía— ?te recordaré la promesa de felicidad?.

  Maribel apretó los labios.

  ?Sistema, dejaste de compartir tus sentimientos desde esa ma?ana. ?Acaso te decepcionaste? ?Ya no te importa hablarme??

  ?Sabes que no te abandonaré, pero tu corazón se aferra a la idea contraria?, respondió con calma. ?Entonces, afronta tu corazón?.

  Maribel se quedó sin palabras.

  No quería tomarlo como maldad, pero tampoco podía entender al sistema.

  ??Acaso no piensas darme consuelo??

  ?Siempre te recordaré la promesa de felicidad?.

  Maribel se reclinó sobre la ventana; afuera iniciaban la rutina de la cena.

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  Thot venía de camino. Al verla, se acercó.

  —Ma?ana llegaremos a la Secta de la Primavera Eterna.

  —Está bien —dijo mientras bajaba del vehículo.

  Afuera, el resto de las personas guardó silencio al escuchar que ella había contestado.

  ??Realmente es tan sorprendente??

  ?Si una persona no habla por días y luego responde por primera vez, entonces sí?.

  Maribel entendía lo obvio, pero el sistema se lo recordó de todos modos, no como reproche sino como un simple comentario.

  Al inicio, Maribel dudó un poco, pero decidió hablar más.

  Al llegar a la silla, habló:

  —Quiero pedirte algo —se sintió incómoda al hacerlo, pero sabía que se lo merecía—. ?Podrías llevarme directamente a la secta? Con él incluido, por supuesto —dijo mientras se?alaba a Pedro.

  Thot se quedó en silencio, con una expresión de ironía.

  —Por supuesto. Pensábamos hacerlo igualmente. Además, resulta que hay entre nosotros quienes quieren intentar unirse a la secta.

  Maribel levantó la mirada con sorpresa.

  —?Pueden unirse los mortales? —dijo incómoda al llamar a los humanos mortales en lugar de personas.

  La gente se miró entre sí un momento.

  —Por favor, se?orita, no se burle de nosotros. Si tenemos suerte, podríamos ser como usted.

  Maribel soltó una peque?a risa, casi burlesca.

  ?No querrían ser como yo. Estoy en la mierda?.

  Soltó un suspiro.

  ?Por supuesto, no hablan de estar como yo, sino de ser como perciben que soy?.

  —Adelante, inténtalo, si es lo que quieres —animó Maribel.

  Una expresión de haber sido retada surgió en el rostro de la joven; su sonrisa transmitía competencia. La mujer habló:

  —Maribel… ?te importaría ser mi amiga?

  —?Eh? —la voz salió áspera—. Ajen… quiero decir… ?realmente quieres que seamos amigas?

  —?Sí! —respondió la joven al instante.

  Maribel se reclinó.

  —?Incluso cuando es posible que nuestros caminos se separen?

  La joven de diecisiete a?os se rio entre dientes.

  —Si eso ocurre o no, es irrelevante. Igual no te olvidaré.

  Maribel quedó impactada y se enderezó ligeramente.

  La voz de la mujer, su mirada y su sonrisa: ninguna flaqueó.

  —Si resulta que no puedo cultivar, te recordaré hasta morir de vejez; y si puedo, te recordaré hasta que mi vida acabe o hasta el fin de los tiempos.

  El impacto en el corazón de Maribel fue duro. Estaba de luto, no solo por los que murieron esa ma?ana, como Thot pensaba.

  Cerró los ojos, como si hubiera recibido un golpe.

  Maribel sentía el peso de haber participado directamente en la matanza de muchas personas y, aunque entendía que debía hacerlo, aun así no lograba encontrar consenso en su corazón. Más aún, murieron cinco hombres y un ni?o.

  Pero las palabras de esa joven la hicieron sentir algo que su mente había estado esforzándose por ignorar, incluso sin saber por qué.

  ?Tú salvaste a esas personas, Maribel; no dejaste que las excusas te detuvieran y combatiste la maldad, incluso si tu corazón te lo reprocha (…) ya no dudes de que hiciste lo correcto?.

  Los ojos de Maribel se abrieron. De repente, todos sintieron una sacudida en el pecho; entonces ella se reclinó apenas.

  —Gracias.

  Entre sus manos escurrían lágrimas, pero esta vez eran dulces.

  Las gotas caían entre suspiros, sin sentir nada más que alivio.

  —Valió la pena romper mi promesa.

  Aquella escena violenta de muerte había trastocado su corazón profundamente, pero ahora sentía absolución.

  Una sensación de estar en un campo de flores blancas se esparció por el lugar sin que Maribel pudiera controlarlo; pese a la noche profunda, todos olvidaron por uno o dos segundos que estaban alrededor de una fogata: solo pudieron imaginar vívidamente el prado blanco.

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