Ella se calmó.
Las risas que escapaban sonaban un poco ahogadas, pero eran genuinas, lo que provocaba miradas extra?as.
Maribel no se limpió las lágrimas; en su lugar, mostró una sonrisa sincera, contrastada por la tristeza en sus ojos.
Era como si quisiera dejar que todos la vieran.
Todos permanecían quietos, sin atreverse a decir nada en voz alta. ?Por qué? Porque, por algún motivo, al verla así, todos sentían el deseo de poder ser como ella.
Fue como si sus corazones y mentes estuvieran atrapados por algo invisible, algo que los reprimía de ser ellos mismos y que solo ahora podían percibir. Como si ella reflejara aquello.
Pedro estaba confundido, pensando cómo reaccionar ante la situación. Pero, a diferencia de todos los demás, el ni?o se levantó y habló.
—Ya no llores, todo estará bien. ?Te duele en algún lado?
—No, no… Pedrito, no me duele nada… es solo que… ya estoy mejor.
Maribel suspiró con alivio y le frotó la cabeza.
—Si estás mejor, ?por qué lloras?
Maribel sonrió.
—Es difícil de explicar. No sabría decirte el porqué, pero estoy mejor.
Cuando todos se tranquilizaron, las personas comenzaron a presentarse.
La mayoría se despidió temprano, con alguna clase de incomodidad en el pecho.
La última presentación fue la de la joven.
—Yo soy Amara, tengo dieciocho a?os y quiero emprender el camino de la inmortalidad. Un gusto en conocerte, Maribel.
Amara podía notar que Maribel estaba calmada.
Por primera vez no lucía reprimida ni misteriosa, así que se sintió cómoda al hablar con la cultivadora.
—Un gusto, Amara. Yo soy Maribel… tengo treinta a?os.
Amara abrió los ojos con sorpresa.
—No pareces de treinta. Te ves como si tuvieras veintitrés. En realidad, esperaba que tuvieras al menos sesenta.
—Jajajaja… gracias, nunca me habían dicho eso antes.
—Sí, claro. La mayoría no pensaría que tienes treinta a?os a simple vista.
—Amara, tengo una duda —la mirada de Maribel se volvió penetrante—. ?Yo actúo como una vieja de sesenta?
La conversación comenzó a volverse un poco pesada para Maribel. La chica hablaba de temas que ella no acostumbraba tratar, pero no quería interrumpirla, al menos no al inicio.
Cuando se sintió cansada, le indicó con sutileza que se iría a descansar.
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Maribel pensó que la manera en que aquella joven ignoraba su edad era un poco extra?a, pero no podía juzgarla; había sido ella misma quien se puso a su nivel.
Cuando estaba por dormir, la voz de un hombre resonó en su mente.
?Maribel, tengo una frase para ti.?
??Oh? Hola, sistema. Dime cuál es la frase.?
?Las cosas crecen hacia adentro, pero nunca pueden crecer solo hacia adentro.?
Maribel alzó una ceja.
A diferencia de antes, no pensaba ignorarlo. Decidió anotar las frases del sistema más tarde.
?Gracias por el consejo, aunque aún no lo entiendo. Aprecio de verdad que quieras ayudarme?. Maribel suspiró. ?Aunque creo que sería más rápido si simplemente me dijeras las cosas como son?.
Una sensación extra?a de incredulidad llegó a Maribel.
Esa reacción, a su vez, la dejó incrédula, porque de algún modo parecía haber sorprendido al sistema.
?Pero… te he estado diciendo las cosas directamente y como son?.
?Claro que no, no me das el contexto adecuado?.
?Aunque ense?o, no entiendes mis palabras?.
Maribel quedó pensativa.
?Pero no me estuviste ense?ando nada?.
[El sistema ense?a de la manera más efectiva que puede. Si la anfitriona no se ilumina por sí misma ante los significados, las palabras del sistema serán meras palabras vacías.]
Maribel alzó una ceja.
?Esa forma de hablar otra vez. Si no desglosas las cosas como se debe, es normal que no entienda?.
?Estoy expresando los asuntos de la forma menos confusa posible. En realidad, si te hablara como anta?o, no entenderías nada?.
Maribel rodó los ojos.
??Qué desdicha la mía, entonces!?
?Ahora mismo podrías considerarte una desdichada, pero hay muchos más desdichados. Personas que cultivan por milenios solo para avanzar un poco en su nivel. Tú, en cambio, ascenderás como la luz del amanecer cuando vayas más allá de la circulación celestial menor?.
Maribel se movió incómoda.
?No me considero una de esas leyendas que circulan por el mundo. En realidad, me veo como un peque?o gatito callejero al que salvaste por capricho?.
La voz rió, divertida.
?Seguro esas leyendas se ven grandiosas, pero desde un punto de vista más amplio, ?qué son frente a la formación y evolución del universo??
Ella suspiró.
?Esto es un juego para ti, ?verdad? Eso explicaría por qué eres tan tranquilo con todo lo que me pasa?.
El sistema no respondió.
Maribel esperó un rato en silencio y, ante la ausencia, agregó con ironía:
?Y también explica por qué casi siempre me dejas a solas con mis pensamientos?.
A la ma?ana siguiente, la caravana volvió a partir. El camino era claro; cualquiera diría: “Ese es el camino, sin lugar a dudas”.
De algún modo, aquello hizo sentir a Maribel que perderse anteriormente no había sido tanto culpa suya, sino del mal estado del camino.
Una sonrisa ladeada se formó en su rostro.
—Si le contara a mis padres lo que estoy viendo… no me lo creerían.
—?Verdad que sí? Los míos tampoco lo creerían… oye, espera, ?tú no venías de aquí?
—Yo nunca dije que viniera de aquí. Que sea una cultivadora no significa necesariamente que pertenezca a una secta.
—Así que una cultivadora errante… ya veo. Tiene sentido.
Maribel giró levemente la cabeza. No sabía qué era lo que tenía sentido, pero decidió dejarlo pasar.
Se concentró en la inusual estética del lugar. Era como ver una mezcla de lo medieval castellano con otras regiones del mundo antiguo, demasiadas para identificarlas. Sorprendentemente, algunas cosas incluso parecían modernas, como ciertas tiendas.
La visión era extremadamente surreal para ella.
No era capaz de distinguir de un vistazo qué era chino, qué era de la India ni qué pertenecía a una tierra media indefinida. La estética estaba tan mezclada que alguien inexperto como ella no podría reconocer los matices. Incluso si apareciera algo de América, probablemente le costaría identificarlo.
Finalmente entraron en un edificio enorme, exageradamente grande para tener solo dos pisos. La única palabra que Maribel podía usar para describirlo era ostentoso, y lo era en exceso.
Podía entender que tuvieran espacio y quisieran presumirlo con edificios grandes, pero ?qué necesidad había de colgar piedras preciosas por todos los techos? Incluso los más adinerados de la multitud parecían sorprendidos, y eso ya decía bastante.
Maribel escuchaba ruidos por todas partes y, aun así, los constantes murmullos de asombro por las piedras espirituales eran imposibles de ignorar.
Desafortunadamente, parecía no existir demasiado sentido del decoro para bajar la voz y esperar el turno con paciencia.
Parte de la caravana permanecía con ella; habían decidido turnarse para rendir el examen y cuidar las pertenencias.
La mayoría estaba nerviosa.

